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Crónica

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EL CLUB DE LOS GOMBROWICZIDAS

Carlos Yusti

A través de la Internet conocí a un escritor cuyo único tema de sus conversaciones, libros, crónicas, entrevistas, cartas y correos electrónicos giran en torno a la vida y desmilagros del escritor polaco Wiltold Gombrowicz. Mi vinculación virtual con tan singular personaje surgió a raíz de un texto que escribí sobre el autor de “Ferdydurke”. Esto fue suficiente para que me incluyera como miembro del club (virtual por supuesto) de los Gombrowiczidas. A este club pertenecen todos aquellos que han escrito, o se han vinculado de alguna manera, con Gombrowicz. Como miembro tengo derecho a un seudónimo y a formar parte de la mitología que flota alrededor del escritor polaco. Mi mote, mi alias en club tan selecto es: “Dalí selvático”.

Todas las mañanas ( incluso los domingos) llega puntual a mi correo un texto de Gombrowicz escrito por el sumo pontífice de los Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez (conocido como Goma). Son textos que cuentan chismes, anécdotas, viñetas malintencionados, críticas deslenguadas de Gombrowicz y otros miembros del club. Goma tiene una escritura vitriólica y una verborrea que no se anda por las ramas para atacar y defenderse. Goma conoció en persona a Gombrowicz, fue su amigo durante su periplo argentino y desde entonces se ha convertido en el albacea radical de su memoria. Ha publicado algunos libros sobre Gombrowicz que son referencia obligada. Como era de esperarse, y como soy menos daliliano selvático de lo que aparento, no contesto sus correos, ni para bien ni para mal. Hago como hace el escritor español Enrique Vila-Matas; Orate Blaguer en el club, quien en un texto publicado en Letra Libres escribe: “No me atrevo a contestar desde Europa a la carta del fiel Goma porque intuyo que, de hacerlo, él se daría perfecta cuenta de que, aunque no escribo como Gombrowicz, ocupo actualmente su lugar y su personalidad en la tierra. Quiero ahorrarle ese susto a Goma, es la pura verdad. Chau Goma, me digo a todas horas. No quiero que él sufra, no quiero que le atormente la idea de que Gombrowicz ha reanudado la correspondencia con él. No quiero que eso pase como tampoco quiero seguir entrometiéndome más en la vida, la soledad y los amigos de mi maestro, el señor Gombrowicz, mi señor.”


SOBRE LA CIUDAD

Raúl Hernández

No podría acariciar siquiera una aproximación estilística al cuadro de Marc Chagall. No podría tampoco delinear exactos referentes vinculados a la estética, la simetría, los colores sucintos, meditados y luego expuestos por el pintor. No podría, de ningún modo, referirme a todo lo que no fuera una emoción. En definitiva, no podría teorizar. Prefiero hablar “de las cosas” y no del “porqué de las cosas”. Si, es necesaria la especulación analítica, pero eso es trabajo de los teóricos.

De este modo, voy paseando nuevamente por el pasaje Lucrecia Valdés. Miro el cielo, nubes obesas, repletas de intenciones, imágenes, nada más que imágenes. Este frío pareciera contener muchas historias, pienso. Son como soplidos de vivencias pasajeras. Me voy luego a dar cuenta de que todo eso que ha pasado no lo había imaginado. No, como imaginar lo que va suceder, si todo destino es inimaginable. Como este señor que pasa en bicicleta, despotricando contra el mundo.

Ahora, estar sobre la ciudad es un poco incomodo, por lo cual se percibe. Es como volar aleteando, diciendo que estoy bien, que no se preocupen. Es un viaje extraño, de supervivencia, cuando te reflejas en los escaparates y miras esos sombreros, estufas, lienzos que avisan una promoción. Y te vas dando cuenta que este invierno no es igual a otros inviernos, que los colores de las ropas siguen siendo ocres, pero tu no eres el mismo. También piensas esto en la peluquería mientras el peluquero te pregunta “¿le dejo la patilla tal cual?”

 SI NO ES TAN BURRO EL OREJÓN ÉSTE

Carlos Osorio

clom99@gmail.com

Así crece este muchachito llamado a preservar la tradición. Hijo y fruto del dilatado y hueco vientre dinástico, de la erección del linaje, del estirón de las circunstancias, de la elongación al azar del cuerpo con ralea, del alargado rebuzne que intenta el arrugado poder. Hoy más grande, distribuye su tiempo entre el monasterio casero, rodeado de servicios y comodidades (si hasta parece hijo de zánganos reyes) y el prestigioso colegio de curas, ubicado allá arriba de la montaña... más allá del cielo incluso y que, desde su claustra recámara, temeroso, miguelangelito observa concentrado y en transe.

Cofrádicas instituciones que congregan a la grey más granada y que ofrece a cada ciudadano inscrito, a cada ciudadano forzosamente parido, la j-aula de oro precisa para el calándrico aprendizaje de asuntos, sobre todo los que atañen al cómo desenvolverse en sociedad, al cómo hay que mandar, de cuánto se puede lograr e incluso ahorrar, y que oferta en módicas sumas, tal como si se tratase de un santo y áureo paquete de crédito, el don y dicha de la mentira, la gracia de ser embustero, el angelical carisma de ser caradura, la simpleza del egoísmo, la riqueza del oportunismo, que irán caracterizando, matizando más bien, a estos a-dorados y verdaderos hijos de dios aquí criados.  

Son su cárcel exclusiva, su probeta divina, su prisión del amor, un establo de paz, del cariño, de la bondad, de la dicha, hasta de plena armonía se habla a veces, porque abarrotan su existencia y encadenan la vida, como que la sujeta con fuerza, evitando que, en este caso, miguelangelito, se deslice por caminos equivocados, que pueda errar el designio. Y aquí el martirio es parte de la responsabilidad pre púber, ni siquiera juan bautista queda exento de pensarse y no es novedad que éste símil de san vicente y sexto de los hijos, que lleva tanta carga y no la siente, sea comparado con el profeta, y si bien no tiene mucho de qué hablar, ni de qué predicar, da lo mismo por último, con el jesús en la boca hasta cierto parecido le notan, es considerado un bien nacido, un proficuo de su propio destino y ya se atreven a proponer que será un santo en toda la extensión de la palabra, un ventajoso ganador preparado para adivinar hasta el esplendoroso presente, ni hablar del futuro que le toca.

Y en esta su corta edad se cruzan todas las insinuaciones posibles, y no hay día que pase que no recuerde el llamado de ejemplo a seguir. Así, este novel del clan, ya adquiere obsesivos gestos, entre que similares a un mesías, no le sale mal tampoco el de prócer, son sus maneras que gestionan su pase automático a la liga de los grandes, al de los pocos convocados a determinar, en forma serena y con ayuda del más allá, el rumbo preclaro que requiere la patria y evitar así, el descarrilamiento probable de los valores, el fatal derrame de la sangre con linaje, para cuando no exista más posibilidad que un ciudadano como él.


LA ÚLTIMA METAMORFOSIS DE MICHAEL JACKSON

Carlos Yusti

A falta de héroes la gente echa mano de esos héroes subalternos de la música pop o del fútbol. A falta de santos un cantante negro trasmutado en blanco, a fuerza del “milagro” de la cirugía cosmética, también puede resultar valedero. Lo importante es la adoración, una panacea donde enfilar nuestras fuerzas, nuestra idolotraía y nuestra fe tan en el aire estos días. Esa hambre de ídolos es de antigua data. El hombre se crea sus santos y demonios para sentirse seguro. Se confecciona héroes a su medida para descargar su culpa, sus penas en los hombros de otro y así aligerar la carga. Tanto los ídolos del pasado como los de hoy vienen envueltos en el papel celofán del mito, una neblina de misterio los envuelve, una cortina de mago los oculta a nuestra ojos crédulos. Jamás vemos su fragilidad, sus miedos o tristezas; esos trucos baratos que le permiten permanecer inalterables a pesar de todas esas miserias mundanas que poco apoco los carcomen.

Michael Jackson fue uno de esos mitos extraños que la gente consumió con deleite morboso y sin miramientos. Como vampiros sedientas absorbieron sus cambios físicos, su hipocondría, sus hijos y sus objetables gustos sexuales. La prensa de farándula se sirvió a placer de sus debilidades y flaquezas mundanas para crucificarlo a cuatro columnas y a todo color. Sus taras, fobias, obsesiones y desviaciones de todo tipo siempre estuvieron en la mesa mediática para que sus admiradores y detractores las degustaran hasta el hartazgo.




VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Raúl Hernández

 “Cuando vean los ojos
que tengo en los míos tatuados”.

Alejandra Pizarnik

Vendrá así, de pronto, solo avisando la existencia de lo oculto, de ese humano abandono. Rondará el espíritu del silencio, como ahora, en este momento que acaba de pasar. Así, de esta forma, inundando tus ojos con mis ojos, como si las caminatas nocturnas fueran la sombra que atribuye otra figura, otro andar en las paredes. Figuras que se expanden, y llegan de improviso, como un gato lanzado a nuestro rostro.

Vendrá esta presencia que arrincona al miedo y lo hace temblar. Pero también estila elegancia de farol e historias de taberna como en los poemas de Cesare Pavese. Si bien es el peligro inminente el que amenaza, perfuma con lo fatal y se destaca por lo perfecto de esta fisura.

Un caminante sabe lo que conlleva el último palpitar, -me identifico con Pavese- es por eso que hago del transito señales que en los charcos se reflejan. En las veredas, mi piel húmeda atrapada para siempre en una alambre de púas, sólo por un designio exquisito. Y miro esos ojos que aparecen tras la puerta. Subo la escalera, corro, miro hacia al lado y esta ahí. Es ella, quebrando los pavimentos con los tacones, queriendo agarrar la luna de un arañazo. Me observa y me hace un guiño. Despierto.



 

Carlos Yusti

Muchas veces en el universo de la literatura los lectores somos casos perdidos: creemos todo o simplemente buscamos en la lectura una distracción sin consecuencias perdurables para el alma. Como escritor o lector, según sea la circunstancia, me coloco en el bando de tener a ratos una vaga sensación de encontrarme del otro lado espejo.

Por un bituminoso azar la literatura, también aplicable a todo el arte en general, está asociada a todas las patologías posibles y la locura es una fiel acompañante al punto tal que de sus garfios cuelgan muchos artistas y escritores, semejando un desnudo y desolado cuadro de Francis Bacon. De uno de esos ganchos pende uno de los más enigmáticos y envolventes: Antonin Artaud.

En mis días de Animal Literario (con otros amigos conformé un grupo llamado Animales Krakers) la actriz Gladis Prince me regaló un ejemplar de “El teatro y su doble”. Aquel libro escrito con el sol de las vísceras posee una fuerza y una claridad descomunal. El libro no era en lo absoluto un manual para actores al estilo de “Un actor se prepara”  Constantin Stalivnasky, mucho menos un ensayo académico y crítico sobre el teatro, era (para ser exacto) una visión a quemarropa sobre el arte, la cultura y el teatro. En ese tiempo estaba urgido de escritores a contracorriente y no de esos lamebotas de las letras con aspiraciones de ingresar a la academia. Artaud cumplía con el perfil: actor de cine y teatro, adicto, poeta, integrante ultroso del surrealismo y a causa de ello expulsado, ateo de profunda y convicta espiritualidad, huésped asiduo del manicomio.

UN CHANCHITO REGALÓN SE ASOMA  

Carlos Osorio

clom99@gmail.com

Esta ejemplar familia se caracteriza por hacer de la tradición una costumbre y, por sobre todo, hacerla parte de la cotidianeidad. Aquí la herencia de gestos son ritos incapaces de quedar en desuso, no se botan en el cochinero de la vida, tan basural de las buenas cosas y de la decencia. Si hasta el pijama afranelado y apolillado del más viejo se conserva, y se conserva porque se encarga de vestir, generación tras generación, a los afortunados y flojos machitos descendientes y a sus muchas debilidades y deficiencias.

Ni hablar de las pantuflas de la abuela que son tremendas y tremendo patrimonio. Recuerdan que, con ellas, su paso matriarco veló todos y cada uno de los pasitos de las hijas e hijos del hogar. Su tranco fuerte fijaba límites, lijaba callosidades, espolones y todas las máculas que por allí pretendieran pisotear la moral. De que no se fuera a desvelar tanta educación rigurosa, por ningún motivo a trasnochar el insípido y rancio linaje. Si hasta de madrugada ejercía su liderazgo panóptico; vigilar y castigar el desvío del origen gracias a la casi angular piedra pome que masajeaba el juanetero líquido sanguíneo y que hoy todos los suyos sudan y portan dignamente.

Observar aquel retrato ya desgastado de la parentela en pleno, esa vez del funeral del recordado pater abuelo, odiado por algunos, querido por otros (y otras), y que fue la ocasión obligada para convivir y limar asperezas anteriores, es observar fijamente la debacle de un clan venido a menos y, entre otras cosas, de probar el trago amargo, de sentir la decepción al testamento garabateado por el viejo. Encuentro que a su vez permitió memorizar la estirpe de aquellos hijos de caudilla mueca triste, acaso por el cariño al difunto, acaso por las migajas que éste les dejaba o acaso porque son así de tristes en el ocaso.

Aquella postal malhumorada es la excusa eterna para culpar a la bella nodriza, la agraciada y excitante dama de compañía de los menores deslechados y que aparece radiante y protuberante al borde inferior de la foto: Si hasta se va de lado el retrato. Despechados gritan en desorden su furia. -¡Si fue ella quién se quedó con casi todo! – ¡Si terminó y acabó con el viejo putamadres de un santiamén! -¡Oiga! si es la responsable de su muerte. Si le paró y hasta el corazón enamoradizo dejó de latir en el revolcón ése, aquella vez que la ardiente empleada alimentaba, a pecho descubierto, al nieto, al padre y al querido abuelo respectivamente.

Que tal bajeza no les hizo mella, que no importa, que siempre existen mujeres así, pérfidas capaces de todo en pos de la herencia ajena. Que igual el tata requería atenciones especiales, que su mano tiritaba si no era atendido con urgencias, nada de negarle el deseo pese a su pañal de incontinente, si era un fértil a su edad, un regador innato de la semilla aristocrática, era su personalísimo chorreo para combatir la pobreza de otros... de otras en este caso. –Si hartas canas tenía como para oponerse a que las echara al viento o en una almohada ajena a la suya. Ejercía una especie de juego bancario cada vez que andaba con la maldad y entusiasmo acumulado. Depositar su, a esas alturas, escuálida millonada reproductora, en algún maculado deposito externo, era su inversión a plazo fijo, por lo demás, era cosa de cruzar hacia la estancia doméstica y ser acogido, con beneplácito, con cálido cariño y puertas abiertas, por la ejecutiva y siempre dispuesta pechugona dama.

 

ANOTACIONES SOBRE LITERATURA IMPROBABLE

 

Carlos Yusti

La mala literatura contenida en los libros de Paulo Coelho, en esos de autoayuda con vacas o ángeles y en aquellos escritos para desentrañar códigos secretos y rastrear las peripecias de vampiros adolescentes son una cosa, pero existe una literatura vaga, difuminada, improbable que flota en esa penumbra de gran la obra o risible tomadura de pelo. En ocasiones ( y gracias a la fe tenaz de sus autores) algunos de estos singulares ejemplares llegan a editarse.

 



INTERFERENCIAS es un libro- catálogo que reúne una serie de ensayos y registros fotográficos de obras realizadas por la artista Chilena Brisa MP desde una perspectiva interdisciplinaria. Los ensayos que se presentan en este libro han sido realizados entre los años 2005 y 2008 publicados en diferentes sitios web de difusión cultural, éstos se presentan como ejercicios reflexivos, referenciales y críticos paralelos a la producción de obra. (En idioma Español) Los registros fotográficos corresponden a obras realizadas entre los años 2000 y 2008 enfocadas principalmente a la convergencia de diferentes lenguajes como el video, la danza, la performance, la tecnología informática y aquellas referentes a la ciudad y el espacio público.

 

 

ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Raúl Hernández

 

A partir de este libro de Susan Sontag (Alfaguara, 2003) que analiza la fotografía de guerra en sus distintas etapas en la historia, como una sucesión de hechos que vinculan el acontecer funesto en la mantención de imágenes a la posteridad, como el desquite contra el enceguecido contar y los entreveros de una sociedad molida por el disparo enceguecedor de la ruptura, podemos observar, de pronto, en nuestro suceder cotidiano y en las personas que habitan esta ciudad, un dolor que no queríamos ver y que se esparce, como si fueran amebas lunáticas. Plantas en el patio trasero de la vida. Sucede que nos vamos poniendo desprolijos, habitantes dolientes y las ventanas apoyan este traslucido deseo.

¿Por qué vamos cayendo al pozo ciego? Qué pasa que este acaecer diario, toda esta “productividad”, es la destreza del que cae por la escalera, el fatal descenso de las piedras en el cerro. Qué pasa cuando me dices que esto es una techumbre que resbala, y que el amor no existe, quizás. La esperanza va siendo una fogata a lo lejos en el corazón. El por qué de esta guerra interna con el porvenir, es una pregunta lanzada al despeñadero.

Esta sociedad capital, siempre lejana de los pueblos del país, sabe muy bien maltratar a sus ciudadanos con fatales observaciones de marketing televisivo y de prensa. Cada una de las fotografías que bien podrían ser las que habla Virginia Woolf en su “Tres guineas “ y de la cual se adentra Susan Sontag para comenzar su libro, son sacadas de una impensada mentira avalada por ese “no darse cuenta” que siempre permite que podamos empujar al otro que espera nuestro mismo bus. El “nosotros” al cual apela Woolf, ahora toma un matiz paradigmático al no saber muy bien que es ese “nosotros”. Pues bien, ese dolor de la guerra lo traslado a ese dolor de vivir con extorsiones mentales en la vorágine de esta ciudad, en este siglo XXI, con los estados malignos y egoístas del solipsismo, del ombligismo, de la presunción de un bienestar de iglú, cuando estamos rodeados de “nosotros”.



"010" Video instalación de Bernardo Piñero (IQLab, Argentina).

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