Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Crónica


LUTZ Y OWENS: SOMOS IGUALES EN CUALQUIER RINCÓN

Alvaro Oliva

Jesse Owens fue un importante atleta norteamericano que se destacó en Berlín 36, en una época monstruosa donde el ser humano mostró lo peor de su esencia en las guerras mundiales. En aquellos años, se había organizado este encuentro deportivo en el cual Hitler pretendía llevar su ideología de la raza superior también al deporte.

James Cleveland Owens, nació en 1913 en Danville, Alabama. A la edad de siete años trabajaba recogiendo algodón en los campos de los terratenientes.

Su familia se trasladó a Cleveland, Ohio, cuando tenía ocho años. En esta nueva ciudad siguió trabajando para ayudar a sus padres que eran pobres.

El entrenador Charlie Riley descubrió el talento para el atletismo de Jesse, y se ofreció a entrenarle por las mañanas para que pudiera seguir trabajando en las tardes. Ya entonces destacó en el salto de longitud, la carrera de cien metros y la de 220 yardas.

Después de una excelente actuación en los Campeonatos Interescolares de Chicago, se fue la universidad estatal de Ohio donde ingresó al equipo de atletismo de la universidad.

Acudió al "Big Ten" de Ann Arbor en 1935, a pesar de llevar una semana recuperándose de una caída por las escaleras. En menos de 45 minutos batió tres records mundiales e igualó el de cien metros lisos.

 

Escuchando Morphine, claro está.

DE BELLEZA E HILO CURADO

Raúl Hernández


Salgo disparado como un hombre bala. ¿Donde llego? No sé. Quizás a los pies de un cine en donde solo dan películas de Woody Allen. O quizás, termino como siempre, amarrándome los cordones de los zapatos en la calle Matucana. Y camino y camino y de pronto estoy dentro de un carrete de hilo curado que eleva volantines en collage multicolor, salen los chicos a la pesca, paso por la calle Quechereguas. Duermo una siesta y sueño: Vamos a ese bar, yo te miro a los ojos, y mientras las conversaciones de los parroquianos se transforman en murmullo insípido, me adentro en tu mirada. Soy un espectador y tomo la escalera mas corta para llegar dentro de ti. Despierto. Es la beldad, pienso, mientras me adentro en el libro Historia de la belleza de Umberto Eco y paso mi dedo por la línea del tiempo. Cierro los ojos y palpo las páginas, imagino la ternura, arrastro mil imágenes que se parecen a una boca, una boca delineada por los pétalos húmedos de un jazmín.

Voy a la plaza, miro los volantines echar una comisión. El viento que llega de improviso, la madre que le dice al niño que mire para ambos lados antes de atravesar la calle. Abro los ojos y me encandilo, ¿Qué es una musa? Yo no soy el dueño de este museo pero me atrevo a gritar desde la azotea. ¿Qué es una musa? Es la chica perdida que pintó Amadeo Modigliani, que no amó, que desertó y abandonó, que arrancó y se suicidó. ¿O es la chica a quien nadie saca a bailar? Es la mujer que abraza en el cuadro de Gustav Klimt. Es Isadora Duncan para Sergei Esenin. ¿O es otra cosa distinta? ¿Otra esencia fulminante? Si, puede ser otro concepto, la no displicencia con el formato de divinidad, la contradicción, el ceño fruncido, el mirar para atrás, el desenlace poco idóneo, el miedo a la metáfora, los pechos y la blusa entreabierta, un lunar que avanza en close up hacia el publico que mira esta película. Bah, de veras que esto no es una película. Pero sí una fotografía, apunto y click, una foto. Apunto y otro click, ya no estás. Y que importa. La ausencia es el preámbulo de un próximo regreso.


EL RESQUEBRAJADO DESTINO DE LAS HERMANAS HUDSON

Alvaro Oliva

Imposible olvidar la historia de las hermanas Hudson en la  película “What ever happened to Baby Jane?”. Creada en 1962, y protagonizada por la bella Bette Davis y Joan Crawford nos sumerge en una historia de éxito y decadencia donde el menú de sentimientos y acciones humanas cobran protagonismo.

La cinta, dirigida por Robert Aldrich, nos cuenta la vida de dos hermanas que terminan odiándose.

Jane se hace famosa cuando es niña al triunfar en el canto y el baile, mientras su hermana Blanche vive sus primeros años con un bajo perfil. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo los papeles cambian y mientras Jane comienza a perder fama, Blanche alcanza renombre en Hollywood, cuando es adulta.

A pesar de este revés, la carrera de Blanche se detiene tras un accidente automovilístico bastante confuso. Así, queda en silla de ruedas y bajo los cuidados de su hermana Jane quien, perturbada mentalmente, comienza a cuidarla y a torturarla por haberle quitado el sitial que tenía.

De esta forma, la apariencia de Jane se deteriora y comienza a vestirse como una niña y a maquillarse grotescamente mientras bebe en exceso. La locura de Baby Jane llega a tal punto que llega a mantener aislada a su hermana y a preparar almuerzos con animales muertos.

Posteriormente, Jane asesina a la sirvienta de la casa, tras enterarse del estado y abandono de Blanche. Sin embargo, a pesar de la evidente locura y odio hacia Blanche el final de la película nos da una muestra, una vez más, que las apariencias engañan.

 

Alcibiades o la Universalidad de la Ambición

Este artículo se reproduce en la columna de Diego Cerda Seguel, en Escaner.cl con la expresa autorización del autor

Mariano Nava Contreras

Universidad de Los Andes (Venezuela)

Palabras claves: Alcibíades, Jackeline de Romilly, Grecia Clásica


RECORDANDO A NACHA GUEVARA

Nacida el 3 de octubre de 1940, en Argentina,  Nacha Guevara ha desarrollado su carrera demostrando su constancia y pasión por las artes. A los 28 años, tras una breve carrera como actriz  independiente se presenta en el teatro Payró con un show experimental de canciones titulado “Nacha de noche” junto a su compañero Alberto Favero.

Durante el año 1969, en pleno gobierno de facto tiene su primer éxito con el recital “Anastasia querida” gracias a la invitación de Roberto Villanueva, entonces director del Centro de Experimentación del instituto. El espectáculo, integrado con versiones libres de canciones de Jacques Brel, Boris Vian, Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Tom Lehrer, Violeta Parra y los argentinos Griselda Gambaro, Julio Cortázar, Jorge de la Vega y Ernesto Schoo atacaba de manera irreverente y despiadada las instituciones y costumbres.

“Anastasia querida” recibió la mención como el «espectáculo del año» otorgado por la revista Primera Plana.

En 1970, la dictadura militar clausuró el Instituto Di Tella y Nacha pasa al underground del café-concert, y comienza a cantar en la mítica “La botica del ángel” de Eduardo Bergara Leumann (donde parodió a Libertad Lamarque y otras cantantes), en “El Gallo Cojo” de Lino Patalano, en "La fusa" de Punta del Este y “La cebolla” en Mar del Plata

De esta forma, se transformó en un personaje contestatario, ya que emitía opiniones polémicas en programas de televisión. Además, poseía un fuerte compromiso ideológico ya que realizó canciones sobre poemas de Pablo Neruda, Juan Goytisolo.

En 1973, en el café-concert, “Teatro Margarita Xirgu” de Buenos Aires presenta “Las mil y una Nachas”. Un music-hall de inusuales características para Buenos Aires donde cantaba dieciséis personajes.

Tras este completo espectáculo obtiene el premio “Estrella 1973” de los críticos del “Informe del espectáculo”.


LAS ILUMINACIONES

Raúl Hernández

Luego de una temporada en el infierno, las iluminaciones. Arthur Rimbaud pudo generar este matrimonio entre el cielo y el infierno, como William Blake, conseguir esta nueva etapa. “¿Poeta joven? Rimbaud era poeta joven” me diría el escritor argentino Enrique Fogwill luego de conversar con él, y presentarme así en el Centro Cultural de España, por ahí a principios de este siglo.

También recuerdo, desde no se donde: Sólo los maravillosos ven cosas maravillosas, los demás, ven puertas, casas, ventanas. Es ese estado maravilloso el que aparece de pronto, así, de la nada, como la luz de un automóvil que ingresa a un pasaje. Silbar por los caminos siempre será el mejor soundtrack de este entorno sublime. Los perros ladran con bondad, los ciclistas miran para ambos lados.

Y no será esa búsqueda de limpieza clara y silenciosa la que enderezará la Torre de Pisa. No, la torcedura y su fractura tendrán el correspondiente espasmo, y así también la calma, el té de medianoche, una tarde primaveral que se avecina. Busco y aparecen flores, estrellas fugaces, gatos negros que arrancan y miran hacia atrás. Nadie sabe de esto, nadie esta atento al submundo de las emociones cautivas. Eso es imperecedero y pasa a ser un lugar común. ¿Dónde estás esta noche? En éxtasis mental, en marcha, con magos y acróbatas, trapecistas, hombres bala, enanos, payasos y beldades sumisas, las cartas y el comodín de cada semana. Estoy leyendo un poema ahora que habla de los caballos en una despedida, caballos sueltos que aparecen de la nada, aquí, soy un personaje más del Lagar de Don Quijote. A veces, los floreros rotos se pueden pegar con poxipol, y quedan re bonitos, con una pintura nueva y un tulipán colocado por una mano misteriosa que aparece en esta escena.

Nombrar es quitar, iluminar es avanzar sin impedir, sin decir, sin contar. Tú estás ahora tomando un café, yo estoy aquí, de pronto, en La Unión, y me encuentro con espejismos y sempiternas sospechas, avanzo y encuentro una flor de amaranto, encuentro un libro arrojado a las estrellas, un libro que podría ser de papel invisible, y esas voces, esas palabras vendrían a ser tu voz apelando al comienzo de una mañana lluviosa, lluviosa, como el vestido del invierno. Y todos los mensajes que aparecen en las paredes, todas las sombras son ahora una iluminación que acontece y aparecen magnolias, buganvilias y besos de cereza. Duraznos en flor y matorrales en estricto desorden. Ya volverán los pasos en el camino, volverán las poleras de feria persa, la ausencia de toda prontitud. La perfección del amor incoherente.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, diría Cesare Pavese. Esa muerte puta, diría Oliverio Girondo. Vendrá, claro, pero luego de toda esta montaña, allá, a lo lejos, no desde esta visual, dando la espalda, tirándole gomitas al cielo con Eddie Brickel and the New Bohemians. Si, vendrá eso que está presente, pero después, más tarde, con la irresponsabilidad de quien deja abierto un refrigerador, por que viene alguien a buscarte, para ir allá, a conversar de nada, mientras pasa nada, esa nada que ilumina, y no es el aburrimiento de personaje de ciudad, es otra cosa, es un estilo de energía, una caricia al viento, un paseo por el barrio perfumado, esa nostalgia del futuro que bien aconteció Jorge Teillier, esa belleza eterna, belleza de pronto, la magnitud de un cuadro en el Museo del Prado, y salgo casi cayendo como una piedra arrojada al despeñadero.



Valencia derivada (con Prozac)

Carlos Yusti

Los buenos ensayistas son escasos quizá por las exigencias nada exigentes del género. Son pocos los ensayistas que se preocupan por el denso arte de escribir y que hacen como ese personaje ficticio de Cortázar, Johnny Carter, un jazzista de saxo que se traspapela con el Charlie Parker real, quien durante un ensayo de repente deja de tocar y rabioso dice: “Esto lo estoy tocando mañana”. El buen ensayista trata de ser un individuo que escribe mañana y entonces se vuelve un lío.

El ensayo tiene contados cultivadores, poquísimos adeptos (y ni se diga adictos). Sin mencionar que el ensayista es considerado como un escritor aplazado al cual no se le toma con alguna pizca de seriedad en el ambiente literario. Por lo general se le subestima y se le relega, o se le ficha, como escritor en segunda potencia: escritor que escribe de todo sin ser maestro en nada. De todos modos el género, inventado por Montaigne y que Francis Bacon retoma con inigualable maestría, tiene hoy enorme maleabilidad y gracias a ello se arguye (a manera de sorna claro) que sólo se dedican al ensayismo (no confundir con escapismo) esos escritores sin fibra musical para la poesía, carentes de convulsiones imaginativas para la novela o el cuento, o sea, los ensayistas se le juzga en su condición de parias de la literatura.

Escribir buenos ensayos, con calidad de página como escribiera Umbral, es un poco hacerle frente a ese estrépito de rumores transeúntes, malentendidos de barra y hablillas de café. En Valencia se ha dado un fenómeno poco frecuente: el ensayo como tributo de inspiración, cotilleo, erudición y cosa. Todo mezclado en un cóctel que intenta limpiar al género de cierta profesoral y hemorroidal pesadez, de quitarle esa broza de tanto acartonamiento libresco, de tanta erudición casposa y retomarlo desde la pasión para empacar (sin prejuicio) la vida leída y vivida en pocas páginas dándole un chance volátil a la fantasía literaria que la realidad escribe con soltura y desenfadado absurdo.

Maricadas al margen el ensayista se inventa la realidad a partir de sus lecturas, sus fobias, sus odios, sus amores y con todo esa bisutería existencial trata de convertir en metal precioso la hojalata de las palabras. José Carlos De Nóbrega es un buen ensayista y su libro Derivando a Valencia a la deriva viene a confirmar un rumor: el ensayo respira en Valencia aires distintos.


SI AL FINAL, TAN MALO NO ERA... ¡POBRE!

Carlos Osorio
clom99@gmail.com

Si hasta las palomas ya se habían encariñado, familiarizado con el hierático personaje, sentían del héroe el afecto necesario, solemnidad extrema pese a la oposición de la columna subversiva de livias caseras que, cada tanto, regaban con su ácida protesta la humanidad del prócer, su cara dura de fierro allí expuesta.  ¡Tírenle más migas de pan al añejo prócer! –Ironizaba la multitud que pedía su cabeza a cualquier precio y, sobre todo, a falta de piedras que aventarle. -Entre más le tiremos, más cagado terminará. Innovador y sutil metáfora a modo de ir alimentando la odiosidad contra el sabandija erguido de tanta heroicidad de héroe, tan hinchado de patriotismo, tan repleto de temple, tan sobrealimentado de orgullo, tanto pedo con el líder para cagar tan aguada su obra.

Con el tiempo, el borde de sus regordetas orejas se inflamaban en señal clara de molestia por el grosero desprecio pese a que, su oído sordo, y hueco, en más de alguna ocasión recibió palabras de agradecimiento y de ánimo ante la lluvia de insultos del respetable que lo abucheaba en comparsa con la bandada de dúculas voladoras que, ave-ce-s, odiaban su santuaria estirpe por la poca tranquilidad donada, hasta la palomita blanca, esa del cuentito de la paz lo detestaba, nunca fue capaz de decirle nada, nunca se atrevió a cruzar alguna palabra con el mudo testigo del rechazo ciudadano.

Ni hablar del copo de forjados pelos tiesos, junto a su amplia frente, allí no sólo se paraban detractoras y forajidas parvadas, allí también se paralizaban sus ideas, su autoimpuesta razón de ser, su imposición de estado. Qué decir de su escaso hombro en donde, los plumíferos, siempre descansaban, lo sentían su homo-plato y cumbre predilecta para la hora de la comida y para filosofar de la vida, sobre la retórica de su existencia. Ni hablar del monolito que, cual poso séptico, su mundo fraguaban, más de alguna dejó su huella, al mejor estilo roc-estar, cuando el cemento fresco apenas endurecía la pose eterna del caudillo de rocas en cuestión.

Granditud, gratitud, nobleza, ira, rabia y exabruptos obligados para el hijo de la patria. Suave y tersa humanidad casi comparable con pista de aviones, que permitía el suave descenso de cagones y guturales pichones, sin importar demasiado el ajustado y aerodinámico diseño del héroe, de su pobre, pequeño, escuálido y modesto ser espanta pájaros venido a menos, desde donde lideraba, proyectando la confianza y serenidad, iluminando con la luz adecuada a la bandada de kamicazes pajaritos que se le venían encima. Son lo mejor que sus vidas han tenido y, añorar ese tiempo, es su aleteado homenaje después del patético y desteñido destierro de la estatua.



MOCHACCINO

Raúl Hernández

Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Contigo o sin ti. Lo demás será torcedura rasguñada, un caminar entre herramientas en el suelo, un solitario huracán en el corazón. Hoy las caminatas parecen ser parte de una escena cotidiana en donde existe el paneo continuo de las vitrinas y los supermercados, las lavanderías y la comida china. Y todo se vuelve un poema de Idea Vilariño, un poema que habla de mi y de ti. O de mí y no de ti. O de ti y no de mí. O de las esquinas obscuras del trasnoche de un día lunes inútil y fácil de anular.

Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Mi poema no es este, es el que no está, el que dice que está, pero no está. Ese poema que yo iba a escribir, pero que quedo en el intento y se desvaneció rápidamente por que no era sólo una fotografía sino que era una botella de cerveza quebrada en el suelo, con el golpe que produce, con la expansión que produce, con el big bang que produce. Ese era el poema, el que me interesa. El que dice y se expande, el que no se queda en la palabrería fútil ni en la limpieza descarada. Se queda en el sonido, en el olor, en ese recuerdo, en lo que no queríamos saber, en la tibieza de la pena ácida, en la maldad y en la desidia. En el momento de luz y en la tiniebla. En los tarros de basura que son el plato preferido de los viejos vagabundos que me saludan en el barrio y me dicen: hola tío. Ese poema carente es una escalera, es un correr por la calle y saltar el charco. Es el edificio Diego Portales torcido en el derrumbe, es el día lluvioso con el rayo del relámpago que dispara contra un árbol y lo hace caer.

BANSKY, ESTÉNCIL VÁNDALO E INSPIRADO

Carlos Yusti

El arte auténtico ha encontrado en la calle una singular trinchera. Museos y galerías privadas de alguna manera asfixian y constriñen al arte en la actualidad, sin mencionar que el mercado le resta toda peligrosidad innovadora al cotizarlo en cifras astronómica.

Grandes artistas han sido en primera instancias grafiteros de oficio, otros, quizás con inclinaciones menos artísticas, emplean las paredes de la urbe para estampar sus inquietudes hormonales. Algunos ingenuos van a las paredes para dejar constancia de sus carencias intelectivas o el nivel elevado de su cursilería. En el Mayo Francés la pared fue una hoja volante para la frase creativa, política y apremiante. Lo cierto es que hoy día las paredes de la ciudad siguen siendo buena hoja para la redacción de los mensajes más dispares y de las estéticas menos encoñadas y algo más informales.

El artista va a la calle tratando de encontrar un respiradero para su trabajo creativo, es un ensayo sobre los derroteros que puede seguir su obra. Algunos han conocido el estrellato como Basquiat o Haring. Hoy son los cinco minutos de fama para Banksy.

No hace mucho un coleccionistas compró, a través de Internet, un graffiti por la suma de trescientos mil euros. El autor no era otro que el escurridizo y fantasmal Banksy. Las calles de Londres son el lienzo de este artista y quien a pesar de ser un tanto borroso es uno de los artistas más cotizados.

Nadie sabe a ciencia cual es su identidad. Sus datos biográficos se pierden en las callejuelas de su Bristol natal. Tampoco se conoce a que barrio pertenece, ni en que suburbio perdió sus dientes de leche o le dio por dibujar. Para otros grafiteros es un icono, un ejemplo digno a imitar. La policía le tiene cierta ojeriza. Para los transeúntes su arte es a veces sorpresivo, panfletario. Otros lo consideran un grafitero con talento auque en Londres hay mejores. Pero en lo que muchos parecen coincidir es que se publicita bastante bien, aunque él mismo se ha definido como vándalo profesional. Para los turistas tomarle fotos a su trabajo en tan importante como hacerle fotos a los sitios históricos de Bristol.

 



SUBIENDO UNA ESCALERA DE CARACOL


Raúl Hernández

Conozco las escaleras de caracoles y su personalidad bauhaus. Vivo y comienzo un ascenso zigzagueante que logra iniciar una nueva aventura carcomida por la enseñanza sublime de la perdida y la escinsión. Esta nueva escena que recorro desde el despegue siniestro de cada mañana con los tibios alfileres de la lluvia. La montaña rusa del corazón.
Y toda esta proyección fragmentada no prescinde de sucesos de locura y caos, pesimismo sonámbulo y miradas a lo lejos. Tú sabes que he estado mirando los barcos llegar a tierra desde mi primer naufragio. Todas las noches soy parte de un cuadro de Escher en donde mi escalera tropieza con el designio del sobreviviente inconcluso, esa imagen disociada del espejo, ese verse ladeado, como en los espejos de los parques de diversiones. Obeso, malformado, curvo. Mi cabeza es entonces un panal de abejas y todo forma parte de un eterno ir y venir de bares imaginarios en donde los fantasmas son parte de la celebración y el desborde. Las bacanales se inician como si aparecieran subrayadas en los calendarios. Yo prefiero estar tendido en mi ataúd de sabanas rojas y flotar como flotan los volantines cortados.
De pronto, toda manilla de esta escalera viene a cuidar de mi catarsis y comienzo la mirada a los escalones, ese encuentro con la astilla del sueño perdido, ese polvo de amor barrido por el tiempo. ¿Dónde estas ahora, que el viento borró tus manos? ¿En las noches de luna imaginaria? ¿En una foto en donde los enmarcados van desapareciendo? Encuentro closets desvencijados, cajas musicales con bailarinas blanquecinas, tornillos y cassettes de tiempos de adelantar y retroceder: Francisco Bochaton, Holden, Luis Alberto Spinetta, Morrissey, John Coltrane, Buena Vista Social Club. Todo el soundtrack de una vida que tropieza en esta escalera hasta llegar al comienzo y quedar malherido y comenzar de nuevo limpiando el barro de los huesos. Miro hacia arriba y solo veo nubes, nubes con figuras extrañas y siniestras como la guarida de un animal que no existe, como el fatal sueño de Leopoldo María Panero. Subo nuevamente esta escalera y traslado cajas, cajas con libros que son como los amigos. Cuando están, todo entorno es más templado, más cerca del rayo verde. Tomo fotografías de este momento, encuadro con mis dedos y disparo. Nadie me mira, nadie esta atento a estas atenciones. Intento correr, subir esta escalera a gran velocidad, pero me canso y desisto y me siento en los escalones. Subo y subo gateando y dudando.

 

Correjir es escribir


Carlos Yusti

Alonso Quijano es un lector compulsivo. Como a todo buen y gran lector (como es lógico) le asalta la tentación de escribir, pero no todos los grandes lectores cruzan la línea y se enfrentan a la hoja en blanco. Don Quijote expone, o más bien Cervantes, las razones por la cuales no escribe: “…,y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.”

Tanto escritores grandes o pequeños se han visto zarandeados por la burla y el ninguneo de sus contemporáneos. El escritor Antón Chéjov le escribe (Moscú, 28 de marzo de 1886) a Dmitri V. Grigoróvich: “Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado “círculo literario”. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria.”

No es por casualidad ni por prurito que el buen lector aplaza el momento de la escritura, ese momento de un encuentro de amor-odio con las palabras. No hay formulas para escribir, quizá existan algunos trucos, la consabida carpintería del oficio, pero a fin de cuentas todo escritor está un poco solo tratando de sacarle un brillo especial a esa hojalata de todos los días del lenguaje.

Los grandes escritores también han sido grandes correctores de sus libros. James Joyce realizó más veinte mil correcciones nuevas a las galeradas finales del Ulises. Stendhal sometió a implacables y profusas correcciones a la Cartuja de Parma. El más desquiciado corrector de sus libros fue sin duda Balzac y en una ocasión escribió: “Algunas veces una sola frase ocupaba toda la velada: la retorcía, la amasaba, la forma necesaria, absoluta, no se presentaba sino después de agotarse todas las formas aproximadas”. El torturado por excelencia con eso de la escritura fue Flaubert.


BÁJENLO CON CUIDADO, NO SE NOS VAYA A OFENDER.


Carlos Osorio
clom99@gmail.com

El héroe enmudece, se acuerda cuando alzaba la voz carrasposa, de verdad, más allá de los cerros y el recóndito territorio. Recuerda, de paso, el dolor de pecho, de su busto, de su integridad, que a mal traer lo tienen (pareciera no basta con verlo desterrado del domo), con terribles afonías otorgadas por el implacable clima, bronquitis y anexos donados como charreteras, como medallas a su mé-rito de prócer hoy cuesta abajo en la rodada, y se estremece de calofríos (su coraje es termómetro que aviva su esmirriado destino) y añora e implora toda fiebre de haber sido, toda terciana de ya no ser. Cefaleas que nunca se olvidan, memoria ardiente que urgente le reclama.

Tiempo o temperatura para un mortal héroe inmortalizado, un muerto en vida, prócer pasado de modas, pasado al baúl de recuerdos, pasado para la punta de la picota, del no-va-más ciudadano, que ya lo astilló por completo, por el colador de los grandes chascos -era bonito pero ya chole con su rara hermosura- por el cedazo de púas que ahorcaron su escotado y sublime caparazón, por el canto general que es elegía y capitanea a estas horas su degollamiento, por la canción carioca de Guillén, del llanto sin pañuelo, del pecho sin escudo, de la trampa y el vuelo, de la soga y el nudo, en donde cada palabra, cada gesto, cada insignificante mueca, enmudecía el ambiente, casi palabra de dios que entibiaba, cálida palabra de ley que desmoronaba auditorios, palabras de macho (las estatuas no son muchas pero son recias), que abrigaban la desesperanza y resarcían las derrotas, palabra de héroe que protegía la buenaventura y segregaba las calamidades, resumidero de palabras al viento y un tiempo pétreo como mudo testigo. Allí el héroe corrige, el héroe se ufana aún de ser héroe, no se avergüenza de su historia e historiales, allí nadie lo vuelve a escuchar y toda palabra que vocifere será usada en su contra.

El héroe se equilibra, fue un caudillo de renombre y se considera merecedor de insistir con sus bondades y desequilibrado legado. Que se lo habla todo, eso sí, que no hay forma de acallarlo, que hasta dicharachero se le ve a veces, que su lenguaje de señas es santo en el pecho, busto de humanidad con nudo en la garganta, en el cuello, en... Pese a todo insiste, el héroe siente que la penuria lo universaliza, el héroe está sobre nosotros y ya eso, eso cree, lo transforma en guía planetario y estrella que orienta, línea y pauta a seguir, sin dar cuenta siquiera que terminará atomizado, estrellado, desecho, completamente liquidado, licuado con otros metales ya corroídos.

E insiste una vez más, porque el héroe es un retrógrado hincha pelotas, un animal del discurso bonito que tararea con pasión su arrebato y siente que, el suyo, es nuestro propio discurso, un mudo reflejo de anhelos, un disco rayado de boleros o voladores coleópteros de amor propio, hedonista, ególatra, narcisista. El héroe se distrae y no atina, no es su tonada hacerlo, su espejo ya no lo observa, ni de reojo. El héroe es un músico sin partituras, sin orquesta, sin compás ni tiempo exacto, su bravata y cantaleta no trascienden. El héroe se resigna, ya llevan a enterrar su escuálido alter ego, junto a su estirpe, altares y convicciones, junto y, apenas, con un disonante réquiem de voces muy bajas.

 

 

LORENA OROZCO: PROCESOS DE VIDA (FENÓMENO EN CONTÍNUO CAMBIO Y MOVIMIENTO)

 

“El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo al la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente Virginia Woolf: Las Olas.

 

Araceli Zúñiga

 

Las Olas; procesos de vida y fenómeno en continuo cambio y movimiento.

Nos acercamos a Lorena Orozco. Parte fundamental de las Mujeres en Acción de Josefina Alcázar. Serie documental del performance en México, investigación apoyada por CONACULTA, FONCA, CITRU  y ex Teresa arte actual.

Para mi, esta artista visual es una figura perenne y entrañable del performance mexicano. Ella incursiona en múltiples entrecruzamientos artísticos. Es multi, inter y transdisciplinaria. No puede ser de otra manera. Trabaja con y desde el performance y las escrituras emergentes artísticas que necesite. Aun las no descubiertas todavía. Para eso es la experimentación y el inquirimiento de esta artista, híbrida de sí misma.

 

Lorena Orozco es una artista mexicana nacida en 1967 en la Ciudad de México.  Egresada de la escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado  “La esmeralda”. Realizó estudios de Arquitectura en la UNAM y desde hace varios años incursiona en las áreas de pintura, instalación y performance, tanto en México como en el extranjero.

 

Entre otros reconocimientos, ha sido dos veces becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en las disciplinas de pintura y medios alternativos, ha obtenido dos premios de adquisición en el Encuentro Nacional de Arte Joven en las emisiones de 1996 y 97, así como el segundo premio de Performance en 1996 dentro del 5to Festival de Performance en Ex’ Teresa Arte Alternativo. En la Bienal de dibujo Diego Rivera 2002 le otorgaron el premio de adquisición. Su obra de pintura fue seleccionada en la Bienal Tamayo en las emisiones de 1998 y 2002. En la Bienal de Yucatán 2006 el jurado le otorga la Mención Honorífica por la instalación “Territorios Encontrados”. En 2008 la Mención Honorífica en la 1ra Bienal de Pintura Pedro Coronel.

 

   Ha participado en más de 60 exposiciones colectivas de pintura e Instalación en México, Los Ángeles y Beijín; también con más de 30 piezas de Performance en diferentes festivales en México, Estados Unidos y Canadá. En 2007 fue invitada al 3er Festival de Arte Corporal, Caracas, Venezuela

 

   Sus exposiciones individuales las ha realizado en la Galería Open Space en Victoria Canadá, el Museo de Contemporáneo José Luis Cuevas, en el Centro Culturas San Ángel, en el año 2004 en la Galería Artieri y en el año 2007, exposición de pintura y dibujo “Horizonte” en Galera 51, ambas en la ciudad de México.

 

En 2004. Realiza la selección de obra y museografía de la exposición “Humanit´ Art”, casa Frissac para la Cruz Roja Internacional. / 2008. Realiza la curaduría junto con el artista Fernando de Alba para la exposición “SANTUARIO Mariposa Monarca” en el Instituto de México en París.


IRSE ES MORIR UN POCO

Raúl Hernández

Desaparecer, marcharse, irse. “Decir adiós es crecer”, dice Gustavo Cerati en su canción Adiós. Pero crecer es imperecedero y fatal, bien lo saben la araucaria y las casas antiguas. Estirar ramas o maderos podrá ser una concreción hacia un absoluto inocuo, pero demacrante. ¿Por qué no despedirse hacia adentro? ¿Un infra adiós? ¿Una salida por la puerta trasera?

J.D. Salinger luego de escribir sus libros El guardián entre el centeno y Nueve cuentos decidió hacerse a un lado y desaparecer, ocultar sus formas, pero no sus letras. El precio no importa, lo que importa es la lejanía impuesta de forma aplicada, asumiendo la exacerbación llevada al límite, espantando a los visitantes con tiros de escopeta. ¿Y por qué despedirse? La obra, por sí sola, no responde a esta pregunta, y queda tendida en la hamaca de la historia, zigzagueando frente al viento de las bibliotecas. Juan Luis Martínez habla de la imagen velada del autor. La desaparición del poeta en pos del limpio aullido de la obra. Incluso escribe ese genial poema La desaparición de una familia como un instante de continua perpetuidad, en el cual el lector se somete a la fragmentación dubitativa, como un puzzle al cual se le pierden de a poco sus piezas, día tras día, haciendo que el paisaje cada vez sea una región en el mapa al cual le han quitado territorio. La desaparición será esta vez la despedida del autor que tacha su nombre con alevosía.