Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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blog de Carlos Yusti

 

 

ENCUENTROS CON LA CENSURA

Carlos Yusti

 

La iniciación a la lectura tiene varias etapas. En mi caso comenzó por las comiquitas de los diarios, las novelitas vaqueras, luego las policiacas y al final del túnel estaba esa luz impecable, lúcida y límpida de los clásicos. Sthendal fue el primer autor de fuelle que leí con deleite. Luego cuando mis hormonas despertaron mi curiosidad mi atención se centró en determinados libros marcados como prohibidos. El Decamerón y las novelas del Marqués de Sade me proporcionaron esa otra dimensión de la literatura que se extralimita, que pisa la grama de los prejuicios y dogmas preestablecidos por el poder eclesiástico o político.

La censura tiene variadas aristas y muchas veces se vale del guirigay leguyerico para asestar sus golpes. Escribir es siempre exponerse, es quedar al descubierto y ser presa de la censura y demás florituras recalcitrantes de ciertos personajillos del poder político (o de la casa cural de la parroquia) que buscan por todos los medios que la escritura sea incolora, indolora y carente de faltas y erratas políticas.

Mis encuentros con la censura tiene menos de tragedia y más de teatro de equivocaciones cómicas. Cuando cruzaba en bicicleta mis 16 años edité con otros amigos (“Animales Krakers” se llamaba el grupo) una revista con pretensiones literarias (tenía más pretensión que literatura por supuesto), pero que en el fondo sólo buscaba pasarse de la raya. Su estilo escatológico y bilioso fue su marca de fábrica.

 

 

 

Marcel Duchamp en Barcelona

Carlos Yusti

Paseando por las ramblas de Barcelona en un agitado y tumultuoso día del libro (o Sant Jordi) me encontré con un ejemplar que recopila una serie de conversaciones entre Pierre Cabanne y el artista Marcel Duchamp. Hace años lo había leído y en esos avatares de amores y mudanzas lo perdí. No dudé ni un segundo para adquirirlo de nuevo.

Duchamp fue un artista bastante fuera de lo común. Su trabajo artístico estuvo siempre en la cuerda floja de la búsqueda arriesgada y el abandono absoluto. Más que pintar cuadros o crear esculturas fue un pensador del arte, de su proceso y de los efectos en el ojo y sensibilidad del espectador. Todo el arte actual (desde el conceptual, el performance, el body-Art hasta el minimalismo son sus deudores directos) pasa por Duchamp e incluso su obra conformada por discos pintados con líneas circulares (montados en un artefacto sencillo que los hacía girar) prefiguran el Cinetismo. Con él la estética de la obra de arte se movió de sus goznes, sus obras poco a poco diluyeron los prejuicios sobre los objetos cotidianos y le devolvieron una lúcida y asombrosa belleza que no se encontraba en los libros de arte.

Duchamp aseveraba que un cuadro (o una obra de arte) que no moviera al espectador hacia el asombro no valía la pena y remataba diciendo: “En la producción de cualquier genio, pintor o artista sólo hay cuatro o cinco cosas que cuentan realmente en su vida. Todo lo demás nos s más que relleno de cada día. Por lo general esas cuatro o cinco cosas sorprendieron en el momento de aparecer”.

 

Elogio de las groserías

Carlos Yusti

 

Decir groserías, tacos o palabrotas, es una cosa, y ser grosero otra. A veces suelo ser grosero, pero soy poco dado a pronunciar groserías. Aunque cuando comencé a escribir pensaba que colocando algunas, aquí y allá en el texto, lograría cierto malditismo y un poco de contundencia en mis argumentos. Por supuesto estaba errado y sólo con el ejercicio de la escritura y mucha lectura comprendí que el lenguaje utilizado con pericia, cultura e inteligencia era tan efectivo como un golpe físico.

Ángel Rosenblat escribió Buenas y malas palabras. El título del libro es un tanto engañoso ya que no es un sondeo lingüístico sobre las groserías, conocidas también como malas palabras (entre comillas). Rosenblat más bien explora los entretelones de palabras y expresiones utilizadas a diario. Un libro que nos acerca al lenguaje con agudeza y humor descubriendo lo malhablados que somos, descubriendo algo de nuestro espíritu o, como lo escribe el propio Rosenblat: “Porque detrás de las palabras, a veces oculto o disimulado en ellas, está siempre el hombre”.

 

 

Bibliotecas y dictadores

 

Carlos Yusti

El capitán Nemo dice que los doce mil volúmenes de la biblioteca del Nautilus son los únicos lazos que lo ligan a la tierra. Más que el submarino lo que atrapó mi precoz imaginación fue la cantidad de libros del capitán. Lo que no sabía era que la realidad en ocasiones depara sorpresas inesperadas e inauditas. Cuesta hacerse a la idea que a los dictadores les gustan los libros. Jamás hubiese creído que un dictador sanguinario como Augusto Pinochet tuviera una afición que rozaba en lo obsesivo: coleccionar libros.

En una excelente crónica de Cristóbal Peña, Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet, título verniano por excelencia, se develan los entretelones de una rareza que parece calcada del realismo mágico. Peña escribe que un equipo de expertos bibliográficos trabajó 194 horas en terreno y otras 200 dedicadas a pesquisas e investigaciones, casi detectivescas, para calcular el valor en dinero y patrimonial de los libros y de todo el mobiliario y al respecto Peña escribe: “El informe establece que los libros adquiridos por el general Pinochet son cerca de 55 mil, cuyo valor global fue estimado en US$ 2.560.000. A este monto se suman los valores del mobiliario, encuadernación y transporte de publicaciones editadas en el extranjero, todo lo cual fue tasado en US$ 52.000, US$ 75.000 y US$ 153.000, respectivamente”.

 

Escepticismo en el taller literario

Carlos YUSTI

El poeta Reynaldo Pérez Só

 

“El país existe por sus poetas. Son los únicos héroes silenciosos de la lengua, la sensibilidad, la cultura. Mientras una tierra no los tenga, la nación es un trozo de carne que se pudre en la intemperie de los políticos y las matanzas. Veamos la historia”.

Reynaldo Pérez Só

 

Aunque siempre he tenido para mi que eso de escribir no es cuestión de talleres literarios, sino de mucha lectura no reniego de los talleres literarios ya que pueden convertirse en un buen intento para que los participantes se acerquen bastante a esa magia de la lectura y a las dificultades para trabajar con el lenguaje a la hora de escribir.

En otros países les denominan talleres de escritura creativa e incluso existen cátedras universitarias abocadas en especifico a la escritura creativa. El escritor Hanif Kureishi ha dicho que asistir a las cátedras de escritura creativa no sirven para nada y  que cada asistente lo que necesita hacer es “leer la mayor cantidad de literatura buena que puedas, por años y años”. Y por supuesto  escribir mucho y arrojar a la papelera bastante también. Los participantes buscan en estas cátedras entender (y dominar) los procesos de la creación literaria, ese casi imperceptible mecanismo de la creatividad construyendo un universo con las palabras.

 


 

Un santo patrono llamado Cabrujas

 

José Ignacio Cabrujas    

 

Carlos Yusti

Cuando uno es joven y lector comete muchas insensateces. Una de ellas puede ser leer teatro. Otra es merodear por una escuela de teatro no para ver obras, sino a las actrices y empaparse un poco de ese limón que es la vida bohemia y que actores/actrices saben exprimir como nadie. De insensatez en insensatez me encontré de pronto metido en un grupo de teatro amateur. No actuaba, no cantaba y mucho menos bailaba, pero había leído mucho teatro y algunas libros de teoría teatral y eso fue suficiente. Como era lógico (de anteojito hubiese escrito Cabrujas) yo seguía detrás de las actrices sin éxito. Lo bueno de esta etapa fue descubrir a José Ignacio Cabrujas.

En uno de esos desplantes retóricos que Ibsen Martinez acostumbra, escribió: “La ignorancia y la beatería provincianas, de la mano de la improbidad intelectual de nuestra peor “crítica cultural” amateur, han querido, de un tiempo a esta parte, hacer de José Ignacio Cabrujas una voz de la tribu: un oráculo, un santo patrono. Nada más risible a mis ojos. Nada más descaminador, creo yo”.

 

ELOGIO DEL LIBRO DIFÍCIL

Carlos Yusti

"Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende"

 Lichtenberg.

 

Un amigo poeta (además gran lector) me comentó que no existían libros difíciles, sino lectores acomplejadamente complicados. No obstante, hay libros que uno como lector voraz no ha podido pasar de ese lindero de la primera página. Las razones nunca son claras, pero lo extraño es que en el estante de muchas bibliotecas (de conocidos y amigos) no existe un tramo en exclusiva para "Libros difíciles de leer".

Lo raro y patético es que el libro difícil viene precedido por el barniz de clásico imprescindible y por una fama cimentada por eruditos; además es infaltable en la lista de libros que cualquiera debería llevar a una isla desierta, a veces forma parte del canon particular de un escritor famoso. Otra característica del libro difícil es que su autor es un paradigma de la literatura universal. No haber leído determinado libro difícil, si uno se pretende escritor, es pasar por un ignorante con ínfulas.

 

 

Leer en el barrio

Carlos Yusti

 

El barrio de mi adolescencia ha cambiado mucho y no me refiero al aspecto físico, sino al espiritual. El barrio de mis días juveniles tenía el alfabeto de ingenuidad escrito en el alma. Por supuesto que tenía sus monstruos de rigor, pero la gente enfrentaba todo eso con una dignidad de punta en blanco. Hoy todo los valores más elementales se han ido por el caño. Mi profesora de geografía económica insistía con una frase: “Lo único que no cambia es el cambio”, con semejante galimatías lo que pretendía era que recordáramos que el cambio posee una leyes inalterables/inapelables, que todo variaba menos esas leyes que regían al cambio. El Barrio cambió, pero sigue intacto en mi memoria y volver a sus calles es transitarlo de nuevo en el recuerdo sin nostalgia y con esa mínimo empuje de lo efímero.

 

EL ARTE, LA TRAMPA Y LA RATONERA

 

Carlos Yusti

 

El arte en la actualidad atraviesa un momento estelar y no precisamente por las constelaciones de genios que pululan en su ambiente, sino por la caótica catarsis de mal gusto, sicaterismo estético, improvisación llamada con rimbombancia como performance, arte efímero, instalación, arte conceptual y la falta elemental del dominio plástico (dibujo, composición, etc.).

Todo esto conjugado ha empujado al arte actual a una calleja sin salida, a una especie de agujero de crisis que sin duda dará frutos artísticos menos fraudulentos y algo más duraderos.

 

 

 

 

Anotaciones de un ilustrador primerizo

Carlos Yusti

El grupo literario Los Animales Krakers fue algo así como la resaca de los grupos literario antológico que se desarrollaron en el país(Venezuela). Es decir, ya los grupos literarios de manifiesto y cosa formaban parte de las hemerotecas y las tesis de grado en letras de algunas universidades. No obstante en la ciudad de Valencia (eran los mediados de los años 70)  aparte de los Krakers dos grupos más hacían vida literaria en los periódicos de la ciudad. Eran grupos más apegados a la tradición y la alta misión social y política de la literatura. Uno era el grupo Talión en el que participaba activamente el poeta Luis Alberto Ángulo y el otro era el grupo era La Braga conformado (o en el que participaban) Dixon Ramírez, José Angel Contin, Orlando Chirinos, Gustavo Montiel, Gloria Berroteran, Ulises Rivero, Tomasa Ochoa, Pedro Marcano, Javier Brizuela, Luis Cedeño, Edgar Cadet, Rafael Gallardo y Ramón Elias Pérez. Nunca hubo acercamiento con estos grupos, pero nos los leíamos recíprocamente. Como no teníamos acceso a los periódicos ni a las revistas literarias editadas por la Universidad de Carabobo (Poesía y Zona Tórrida) decidimos editar nuestra propia publicación.

 

 

Albert Camus, el filósofo transparente

Carlos Yusti

 

En el barrio de mis andanzas adolescentes mi amigo Juan Aponte  era un nietzscheano de piel oscura y racista. Por mi lado yo leía en si no a Jean Paul Sartre y a Albert Camus. Juan me decía que leyera filósofos de verdad y no propagandistas partidista con labia seudofilosófica. Como es lógico le hice poco caso a Juan, aunque también leí a Nietzsche y al final me atrapó Camus.

 

Carlos Yusti

Uno de mi libros predilectos, y que llevo siempre en mis mudanzas/andanzas domésticas, es el “Índice del Libros prohibidos”. El ejemplar que poseo está en latín y fue un obsequio de mi amigo y profesor de castellano y literatura Humberto Gonzáles. Lo tengo entre mis libros preferidos por la sencilla razón de ser una advertencia de la estupidez humana, de su razonamiento intolerante y de ese espíritu de censura que emana siempre de cualquier estamento de poder sea religioso o político.

 Esa idea de que algunos libros son peligrosos y pueden torcer la mente de los individuos siempre ha parecido un chiste pésimo, pero que algunos se toman con una irracional vehemencia provocando no sólo la quema de algunos libros, sino la persecución, el boicot (y a veces) el asesinato de los autores de ichos libros.

Hace algunos años en Alemania se desató la polémica debido a que una editorial había decidido reimprimir Mi lucha, ese exaltado manifiesto que mezcla resentimiento, algunas ideas y brochazos autobiográficos escrito por Adolf Hitler y que se encuentra prohibido en el país desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

No obstante el libro que inspiró de manera contundente al nazismo no ese, sino una obra clásica escrita por Tácito titulada «Sobre el origen y territorio de los germanos», conocido también como Germania. Con menos de treinta páginas el libro no es un tratado político, sino étnicogeográfico escrito a finales siglo I. Cornelio Tácito (Cornelius Tacitus) (c. 55–120) aparte de su cargos políticos fue un historiador.

Los nazis encontraron en la obra un respaldo a sus motivaciones y a esa creencia de la superioridad de la raza y al parecer fragmentos del texto fueron utilizados para avalar la leyes raciales y segregacionistas de Núrenberg. Himmler estaba subyugado con el escrito y  en 1943  comisionó una patrulla especial las SS para que se trasladaran hasta Italia y obtuvieran el más antiguo manuscrito que se conserva del libro de Tácito, el Codex Aesinas.

 

Sicosis para leer

ARTE, LADRILLO Y MERCADO

Carlos Yusti

   Un elefante en la India que pinta cuadros y los vende por miles de rupias es noticia que recorre el mundo. También lo es lo que hizo una señora, Cecilia Giménez, en un pueblo español al intentar restaurar un pequeño mural que representa el rostro espinado de cristo. Dicho Ecce Homo fue realizado por Elías García Martínez, artista valenciano del siglo XIX que fue profesor de la Escuela de Arte de Zaragoza. La señora ante el deterioro (y la desidia, tanto de la iglesia como de la municipalidad) quiso devolverle la belleza a ese rostro agitado de dolor y carcomido por el goteo implacable del tiempo. Buscó un pincel y algunos tubos de colores y se entregó a su faena de restauración. Al finalizar del rostro adolorido de Cristo sólo quedó una máscara del día de brujas un tanto pavorosa. Si se compara el Ecce homo de la doñita con las pinturas rupestres prehistóricas hay que convenir que nuestros antepasados Neardenthales, que pintaron esos hermosos Bisontes en algunas cavernas del mundo, eran unos artistas y que la querida señora que se improvisó como restauradora no lo es. No obstante la señora Giménez realizó su primera individual para sorpresas de quienes la criticaron a favor o en contra.

   Estas dos noticias tienen en común esa minimización que se hace del arte. Tanto los dueños del elefante pintor como la señora Giménez ven el arte como una actividad dominguera que cualquiera sin el más mínimo talento, o sin un poco destreza y escuela, pueden llevar a cabo. Esto puede servir para abrir la ventana del arte actual en la cual un hervidero de hombres y mujeres (que se hacen llamar artistas) han encontrado en el arte efímero, en el performance, en las instalaciones y en los ready-made (término que se podría traducir como arte encontrado, o mejor como objeto encontrado, en francés objet trouvé; en inglés, found art o ready-made), su trinchera ideal para canalizar su falta de talento, su impericia para el dibujo y la escultura tradicional; en suma para darle rienda a su falta de idoneidad artística y a su definitiva ignorancia plástica con ínfulas.

   Que algunos estafadores del arte coticen en altos precios sus obras no dice mucho de la calidad de su trabajo, o del alcance plástico de obras en las cuales priva más la improvisación y el afán de figurar. Estos creadores han encontrado en los mercachifles del arte a los voceros perfectos para que curadores, críticos y demás bicho de uña, que viven a expensas del arte, sustenten sus obras artísticas dudosas con una palabrería pomposa y una filosofía de quincallería corta y pega, que ni Paulo Coelho, ofreciendo argumentos para explicarla y convertirla en algo trascendente. Todo esto a la postre parece una charada bien orquestada como aquel primer ready-made de Duchamp (un urinario masculino) que envió como una burla grotesca a un reputado salón de arte.

Sicosis para leer

 




DEL LECTOR HEMBRA AL LECTOR EN RED

 

"Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas".

ALBERTO MANGUEL


Por Carlos Yusti

Hoy día ese asunto de los géneros (no los literarios, sino los bilógicos se entiende) se ha tornado un tema en alza en la cotidianidad más mundana. El Término “lector hembra”, acuñado por el escritor argentino Julio Cortázar, hizo su aparición cuando esta discusión de los géneros no se vislumbraba por ninguna parte.

Por supuesto eso de “lector hembra” tiene una connotación machista y Cortázar lo utilizó de manera despectiva/irónica para designarlo como contrafigura del lector ideal. Para el sempiterno autor de Rayuela, el lector-hembra es ese individuo que quiere todo resuelto y no complicarse mucho mientras se arrellana a gusto y seguro en su sillón ajeno al drama, que como una borrasca se desata en algunas novelas o en determinadas historias. El lector destacado es ese que se compromete, que se arriesga y deviene en un lector-cómplice que hace suya tanto el drama que se desarrolla en novela como esa odisea del escritor al momento de crear la historia y los personajes. Mucho tiempo después Roland Barthes en otro barrio escribía: “…el objetivo del trabajo literario (de la literatura como trabajo) es hacer que el lector no sea más un consumidor, sino el productor del texto”.

Cortázar que no se chupaba el dedo, a pesar de ese aspecto de niño gigante que tuvo, se enteró por sus lectores(as) su excesivo traspié: “Yo creo que Rayuela es un libro machista (…) Es el momento de hacer una verdadera autocrítica, porque cuando empecé a recibir una correspondencia muy nutrida con respecto a Rayuela descubrí que una gran mayoría de lectores eran mujeres, y eran mujeres que habían leído Rayuela con gran sentido crítico, atacándola o apoyándola o aprobándola pero de ninguna manera en una actitud pasiva, con una actitud de lector-hembra: es decir que eran lectoras que no tenían nada de hembras en el sentido peyorativo que el macho tradicional le da a la palabra hembra”.

 

Rayuela: Instrucciones para salir ileso

 

 

Todo lector de Rayuela percibe de inmediato el acaudalado bagaje de lecturas que forma el andamio intelectual con cuya ayuda Cortázar levanta su novela. Esas lecturas aparecen a lo largo del libro a veces como puntos de apoyo sobre los cuales hace palanca la obra, otras, simplemente como nervaduras invisibles o semivisibles que alimentan o sostienen sus páginas”.

Jaime Alazraki (Prólogo a Rayuela, reedición Biblioteca Ayacucho)

 

Carlos Yusti

En esa montaña rusa (que es la experiencia lectora/leída) con sus movimientos de serenidad y de vértigo hay libros ( y autores) que te persiguen toda la vida aunque uno no se encuentre huyendo de manera abierta y declarada; libros que forman parte de tu arsenal espiritual, de tu trinchera para resguardarte de la artillería sostenida de la deshumanización y la estupidez que a diario te bombardea.

Rayuela, esa novela que escribió Julio Cortázar como un exorcismo y un recorrido de iluminación zen (el título pensado por el escritor para la novela en principio fue Mandala), especie de viaje místico hacia ese abismo personal del ser. Dicho así la trama de una novela que es dosenuna parece simple, pero zambullirse en sus páginas y personajes, más que en una trama especifica en sí, puede resultar resbaladizo para no utilizar la palabra peligroso. Su lectura te dejas marcas y moretones, nadie sale indemne de su lectura.

En mi biblioteca hay varias versiones, desperdigadas aquí y allá como pétalos de una flor exótica y cambiante. La razones para esta obsesión rauyuelesca la ignoro, pero he logrado contabilizar alrededor de 15 ediciones en español de países distintos, y sin duda incluiré la última edición en homenaje a sus 50 años. Novela que no envejece y la cual en el momento de su publicación resultó experimental y un tanto vanguardista, pero hoy su propuesta de los dos novelas en una resulta una especie de fuego/juego de artificio con esa subrayada petulancia tan argentinosa.

Lo que importa de Rayuela no es tanto su estuche (o sus pretensiones de puzzle que buscar hacer participe al lector), sino esa forma especial con los cuales Cortázar amasó a sus personajes; personaje, que al igual que en esas grandes novelas etiquetas como clásica adquieren vida autónoma, relegando a su autor al papel de secretario de esas pasiones tan humanas que de alguna manera se traspapelan con las pasiones de los lectores. Personajes que son vitrinas, espejos y ventanos donde el lector se pierde de manera irremediable.

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