Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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MOCHACCINO

Raúl Hernández

Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Contigo o sin ti. Lo demás será torcedura rasguñada, un caminar entre herramientas en el suelo, un solitario huracán en el corazón. Hoy las caminatas parecen ser parte de una escena cotidiana en donde existe el paneo continuo de las vitrinas y los supermercados, las lavanderías y la comida china. Y todo se vuelve un poema de Idea Vilariño, un poema que habla de mi y de ti. O de mí y no de ti. O de ti y no de mí. O de las esquinas obscuras del trasnoche de un día lunes inútil y fácil de anular.

Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Mi poema no es este, es el que no está, el que dice que está, pero no está. Ese poema que yo iba a escribir, pero que quedo en el intento y se desvaneció rápidamente por que no era sólo una fotografía sino que era una botella de cerveza quebrada en el suelo, con el golpe que produce, con la expansión que produce, con el big bang que produce. Ese era el poema, el que me interesa. El que dice y se expande, el que no se queda en la palabrería fútil ni en la limpieza descarada. Se queda en el sonido, en el olor, en ese recuerdo, en lo que no queríamos saber, en la tibieza de la pena ácida, en la maldad y en la desidia. En el momento de luz y en la tiniebla. En los tarros de basura que son el plato preferido de los viejos vagabundos que me saludan en el barrio y me dicen: hola tío. Ese poema carente es una escalera, es un correr por la calle y saltar el charco. Es el edificio Diego Portales torcido en el derrumbe, es el día lluvioso con el rayo del relámpago que dispara contra un árbol y lo hace caer.

Y ahora parece que voy apurado por la calle pero de repente todo es como la película Memento y no descubro, no se donde va la cosa, solo se que estas veredas de pronto son planas, de pronto son adoquines parchados, de pronto tengo que atravesar y mirar a ambos lados. Entro a una tienda y pido un café, un poco de cafeína pero amortiguada. Mochaccino es la decisión final en un vaso plástico que me sigue y vamos de nuevo, para donde era la cosa, donde había que ir. Todo este momento es sólo un autoadhesivo en el refrigerador del tiempo.

El poema que se atraviesa en el día. La indiferente imagen del abandono. Lo que es y lo precario que es. Un poema de Idea Vilariño, un poema como un café tibio que se acaba. Un sueño en blanco y negro en donde los protagonistas se ven nebulosos, casi terroríficos, en donde las calaveras piensan ser las estrellas de esta noche, y la luna se perfuma y sale a pasear y todos estos entes sombríos, todas estas calles humedecidas. Un poema que hable de si mismo, un poema que hable de alguien que no se parece a mi, un poema que no hable, que no diga, que oculte y luego revele y luego te diga eso que justo tu no querías saber, pero lo lees y es una forma de traslado, un escalón en mal estado, la perfecta metamorfosis de Gregorio Samsa.

Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Y ahora parece que voy apurado por la calle. El poema que se atraviesa en el día.
Ahora parece que todo esta en silencio y puedo escribir ese poema inconcluso. Ahora parece que no hay nadie. Ahora parece que todo lo que vendrá esta escondido tras los matorrales. Escribo, y ese secreto invisible, ese desamor de invierno, ese salir a la calle sin rumbo fijo, ese frio que continua y no da pies atrás, la imagen de la femme como algo extraño que no entiendo y solo puedo ser hincha de un equipo de futbol de segunda división que pierde por goleada y el arbitro tiene que ver en todo esto y lo voy a increpar y se da vuelta y es una mujer klimtiana que me dice, que me grita y me dice: vete de mi, cuervo negro.

Escribo, y ese poema secreto queda entremedio de la gente que camina en la calle, en el paisaje, en la carretera, en la playa abandonada, y todo vuelve a ser el final de una película, y aparecen los créditos y una canción que la identifica. Vuelve todo a ser un día domingo, sin incendios en el barrio, sin bomberos muertos. Escribo, y esa idea invisible queda entremedio de las sábanas y es un fantasma que me acompaña. Bebo un café mochaccino que me ayuda a contrarrestar todo este frio alrededor. Pero se acaba. Vuelve el frio y nace el poema. No yo. No más yo.

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