Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Valencia derivada (con Prozac)

Carlos Yusti

Los buenos ensayistas son escasos quizá por las exigencias nada exigentes del género. Son pocos los ensayistas que se preocupan por el denso arte de escribir y que hacen como ese personaje ficticio de Cortázar, Johnny Carter, un jazzista de saxo que se traspapela con el Charlie Parker real, quien durante un ensayo de repente deja de tocar y rabioso dice: “Esto lo estoy tocando mañana”. El buen ensayista trata de ser un individuo que escribe mañana y entonces se vuelve un lío.

El ensayo tiene contados cultivadores, poquísimos adeptos (y ni se diga adictos). Sin mencionar que el ensayista es considerado como un escritor aplazado al cual no se le toma con alguna pizca de seriedad en el ambiente literario. Por lo general se le subestima y se le relega, o se le ficha, como escritor en segunda potencia: escritor que escribe de todo sin ser maestro en nada. De todos modos el género, inventado por Montaigne y que Francis Bacon retoma con inigualable maestría, tiene hoy enorme maleabilidad y gracias a ello se arguye (a manera de sorna claro) que sólo se dedican al ensayismo (no confundir con escapismo) esos escritores sin fibra musical para la poesía, carentes de convulsiones imaginativas para la novela o el cuento, o sea, los ensayistas se le juzga en su condición de parias de la literatura.

Escribir buenos ensayos, con calidad de página como escribiera Umbral, es un poco hacerle frente a ese estrépito de rumores transeúntes, malentendidos de barra y hablillas de café. En Valencia se ha dado un fenómeno poco frecuente: el ensayo como tributo de inspiración, cotilleo, erudición y cosa. Todo mezclado en un cóctel que intenta limpiar al género de cierta profesoral y hemorroidal pesadez, de quitarle esa broza de tanto acartonamiento libresco, de tanta erudición casposa y retomarlo desde la pasión para empacar (sin prejuicio) la vida leída y vivida en pocas páginas dándole un chance volátil a la fantasía literaria que la realidad escribe con soltura y desenfadado absurdo.

Maricadas al margen el ensayista se inventa la realidad a partir de sus lecturas, sus fobias, sus odios, sus amores y con todo esa bisutería existencial trata de convertir en metal precioso la hojalata de las palabras. José Carlos De Nóbrega es un buen ensayista y su libro Derivando a Valencia a la deriva viene a confirmar un rumor: el ensayo respira en Valencia aires distintos.

José Carlos De Nóbrega se ha curtido con el thriller del bar y de la calle, busca las mariposas amarillas que trae la realidad en el concierto chinesco de la noche, viene de muchas lecturas, de tutearse con la palabra escrita en la música y en los libros. Con un humor desclasado va pinchando la piel sensible de la Valencia, de san Desiderio, va desordenando con humor el boato de una ciudad goda y retraída, casi hasta el autismo, en el sonoro timbre de los apellidos.

Para De Nóbrega los grandes temas de la literatura y los temas subalternos de la vida (o viceversa) tienen su espacio en sus ensayos. Le imprime a cualquier tema frescura y como gran equilibrista cruza la soga del bostezo con un estilo que no cansa. Además le sobra ironía lapidaria para zanjar cuestiones tan peliagudas como el acontecer literario de la ciudad con sus villanos, héroes y rastreros de rigor. El libro Derivando a Valencia a la deriva se inicia con el texto: “Valencia o de la encrucijada del odio”. Sin tomar en cuenta el título telenovelesco el ensayo salda algunas cuentas con la literatura en Valencia, la cual, parafraseando a Bolaño, se podría decir que es una ciudad en la cual hasta los escritores pésimos saben escribir. Aunque De Nóbrega suelta perlas como esta: “Debajo de la abúlica calma chicha y provinciana de Valencia del Rey, zaherida tercamente por políticos mezquinos, urbanistas perversos, mercachifles peseteros y ciudadanos indolentes, fluye intermitentemente, ora con mesura, ora incontinente, pero sin piroctenia ni estruendosos aplausos, la corriente que escribe a la ciudad día tras día”.

Los ensayos del libro son variados y se pasean por distintos temas como la revista Poesía, el taller poético, alguna que otra reseña de libros y autores circunscritos en las alambradas de ese Macondo industrial que es Valencia. Hay un ensayo que da cuenta sobre el oficio de ensayista: “Carta de un ensayista a los alumnos del Segundo de Ciencias C”. En dicha carta De Nóbrega hace una declaración de principios sobre el género, la política y la literatura sin prurito alguno. El ensayo, algo abstemio para mi gusto, apunta esencialmente a dejar inquietudes abiertas. Nada de consejos pavosos ni monserga clientelar y sí digresión desprejuiciada sobre esos temas de siempre.

“Esto lo estoy escribiendo mañana” se dice uno para celebrar la buena escritura de los amigos. Uno como escritor se va diseñando para mañana aunque a uno lo tengan por insufrible, egoísta, socarrón y degustador del vino. También como ensayista uno va diseñando su estilo con las fórmulas aprendidas e inventando algunos trucos nuevos. José Carlos De Nóbrega va confeccionando su forma particular de escribir ensayos dejando las filigranas barrocas para los puristas del género y los profesores de medio pelo que los escriben interesados en los escalafones de asenso curricular.

Un libro de ensayos tendría que ser algo así como un suburbio en la cual los sucesos sorprendentes se den la mano con la reseda de lo cotidiano, dejando notar las costuras de la lectura. El ensayo es una cuestión de modales más que de estilo y José Carlos De Nóbrega tiene estilo y malos modales, cuando escribe, o debería decir cuando escribe mañana, se entiende.

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