Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Polvareda
(Novela por entrega)


I

Por Rocío Casas Bulnes

“Y ésta fue su existencia, porque ya no puede verse el libro que tenían antiguamente los reyes, pues ha desaparecido. Así, pues, se han acabado todos”

Nombres de todos los descendientes salidos de nuestros abuelos. ¿Los recuerdas?, estos son sus nombres. Convocaremos aquí a las generaciones de reinos y de nuestros primeros padres. Vinieron desde muy lejos, atrás en el tiempo, cuando de pronto el negro infinito del cielo se llenó de puntos. Y aparecieron unas como luciérnagas que se desplazaban a todo lo ancho, a veces chocando, recorriendo caminos separados hasta que por fin una a una se acomodaron en un rinconcito. Se hicieron su nido en la noche.

Luego, la bola blanca vino desde el oriente. Primero se escuchó el rodar de piedra contra los árboles y la tierra. Al llegar al agua del mar se detuvo un poco, como dudando, y luego se metió así nomás, y mientras avanzaba iba dejando una luz en la superficie de las olas. Salió por allá, donde termina el horizonte, y rodó entonces por el cielo hasta bien arriba. Nunca se movió de ahí, pese a sus eternos cambios de ánimo. Sólo cuando llegó el sol y se dio la vida, sólo ahí las luces de todos los tamaños en el cielo negro desaparecieron a intervalos para dar paso a lo que sería. Nada se vio a su llegada, se cubrieron las cosas con una luz dura que las hizo desaparecer. Poco a poco surgieron sutiles colores nuevos, hasta que ya estando lejos a lo alto se le vio como un punto de fuego. Así lo cuentan.

Salieron de ahí los señores, los primeros padres y estos que después se dijeron primeros padres. Muy atrás la abuela generadora, muy atrás el tapir. Salieron y se hicieron sus casas, que por lo que cuentan eran muy grandes. Había de todo en esas casas, comarcas se armaban de gente funcionando en torno a un señor, manufacturando su vida en función de lo necesario para el otro, y esos señores crecían más y más, y protegían a los suyos para que éstos los protegieran a ellos. Algunos llamaban a eso solidaridad. Primero eran unas cuantas, luego muchas casas aparecieron, nueve casas hubo y tantas como apellidos existían. Eran señores de las ciudades, todas las que surgieron en ese entonces. Se escribieron listas para sujetar esos nombres, para que no se perdieran y algo de legado quedara. Esos grandes señores de las grandes, grandísimas casas. Este era el de la ciudad tal, éste el de la casa de al lado, y así sucesivamente en todas las generaciones perdidas. Primer señor: presidente de la casa grande. Octavo: canciller de las familias. Segundo: encargado de asuntos públicos en casa grande. Quinto, ministro de cultura. Tercero: jefe de fuerzas armadas. Séptimo: Administrador de asuntos jurídicos. Cuarto: recaudador. Sexto, alcalde eclesiástico. Noveno, rey de legislaciones. Nombres de señores, generaciones que ocuparon los asientos. Investidos de autoridad, se les vio ejercer los espacios desde la selva de la chiquitanía al cabo de hornos y los cuatro caminos.

Sólo tres eran los primeros, llamados así, y encontraron el lugar perfecto para hacer sus reuniones, arriba de un edificio alto muy nuevo. Desde ahí miraban la ciudad. Veían las casas grandes, también casitas pequeñas, y también las que no eran casas. Se juntaban ellos ahí para discutir las habilidades de mujeres y hombres, y sus posibles colocaciones. Se dice que su condición era grande, tanto que no cabía en ese edificio tan amplio de pisos lustrados, ascensores y tuberías del primer nivel, ojos ocultos en todos los cuartos, salas y antesalas, paredes llenas de pinturas sin ningún valor. Los señores se compraban tallas extra-large.

Debajo del edificio una piedra punzante subía por dentro, adornada en la cima por una fuente artificial justo en el centro del hall. Por debajo nadie sabía hasta dónde era pero personas de todas partes, lejos de las casas grandes, llegaban en manadas y giraban en torno a ella, tocaban como si fuera muy frágil ese monolito gris. El lugar era por lo tanto centro de todos los encuentros, o así se decía. Incluso se le llamaba con el nombre del dios, éste era el nombre del dios y ese era su templo. Rodeaba la piedra toda una serie de comercios para los milagritos, ofrendas y encargos a quienes ritualmente estuvieran equipados para invertir. Y como los que entraban a ver la piedra sólo podían pasar a la planta baja, pues arriba los señores de las grandes casas estaban discutiendo asuntos que apremiaban, el lugar parecía estar partido en dos. Si uno veía desde afuera, el edificio era un hormiguero en su base, y mientras se subía la mirada aparecían los reflejos del cielo hasta la cima rematando en una punta de oro. Sí, de oro, porque estos señores no se andaban con cosas.

Por momentos parecía que la situación se iba a desatar en descontrol. Periódicamente hombres por montones llegaban a quemarse cigarros en los brazos, otras veces las mujeres se tiraban el pelo hasta arrancar mechones. En una ocasión hubo gran golpiza colectiva, en torno a la piedra, con los señores tras ventanales polarizados un poco aprensivos y a punto de soltar las lacrimógenas, pero luego de unos minutos en que se reventaron con todas sus fuerzas salieron de ahí bajo una tranquilidad tan natural, tomándose del brazo y sonriendo de tal forma que con el tiempo hasta lo olvidaron. En general todo en orden transcurría, por fin y desde eras completas entraba en un sistema estructurado para el ser humano. Ya no andaban a la deriva minuto a minuto, sino que las calles eran las mismas y los caminos habían sido memorizados. Tanto que, cuentan, algunas personas eran capaces de dormir mientras se dirigían a sus trabajos, por las mañanas, cuando todos querían quedarse en cama. Iban soñando mientras las piernas avanzaban por donde ya sabían, los ojos funcionando para no chocar con nada pero completamente desconectados de la mente. Tales habilidades consiguieron nuestros primeros padres.

Luego, en épocas de beneficencia, todos iban con los reyes y les entregaban partes de su herencia. Eso era tan bien recibido como castigado si se faltaba a ello, porque la justicia lo dictó así. Hacía mucho que a los reyes ya no les interesaban las plumas, pero aún se sentían atraídos hacia las piedras preciosas. Las deseaban con furia y ardor, mas nunca pudieron verlas. No es tan malo, pensaban, nos llega el costo de las piedras aunque no conozcamos sus colores. ¿Qué pueden importar sus colores?, decían y luego en secreto saboreaban la complicidad de reír en grupo, saberse en compañía de quienes suelen ser bautizados como nuestros.

Los primeros señores también decidían cuando iba a ser la guerra, porque así lo decían los dioses y porque así lo quisieron. Iban a un lugar desconocido y allí veían si en los días próximos habría hambre, contaminación, frío, si se avecinaba un terremoto o se derramaría petróleo en el agua. Sabían que las vías de comunicación se apagaban por momentos, para solucionar otro aspecto en apariencia distinto. Mirando escenas que luego interpretaban, por supuesto las lecturas no eran siempre las mismas pero se trataba de hacer lo que dicta la mayoría. Una mayoría que se perdió dentro de las tierras más lejanas, nunca vistas y nunca conquistadas, quienes jamás se enteraron de votación alguna. Y se hacía lo que se podía. Supieron bien que había un libro donde todo eso estaba escrito, donde las visiones aparecidas se interpretaban claramente, porque ese libro se había escrito pero ya no estaba.

No sólo pasaba eso con los grandes señores, hay que decirlo porque al menos eso cuentan sus historias. Tenían panzas duras y redondas pero puntualmente cumplían con una rutina de ayuno que venía inscribiéndose desde algún lugar lejano en un tiempo antiguo. Nadie supo de dónde venía esa tradición pero se contaban historias de héroes que las inauguraron, y esos hombres heroicos no tenían nada que ver con los señores porque eran más bien flacos, sucios y medio pirados. O sea, rallaban un poco la papa. E incluso cuando los encerraban bajo llave recibían miles de cartas provenientes de todos lados, textos que en su mayoría no podían leer porque estaban escritos en otros idiomas y con letras que no habían visto jamás. Esos personajes que así se llamaban fundaron el ayuno sagrado. Los señores, recordando el nombre de otros, se encerraban muchos días y noches en silencio dentro de una concentración absoluta. Durante tres semanas no veían a nadie, no pronunciaban palabra, no comían un solo bocado y tomaban agua a moderación. No veían a sus señoras, secretarias, amantes ni musas de la esquina. No se masturbaban. Dedicaban sus días y noches al rezo, al llanto, al miedo, a la angustia.
Rezaban los grandes señores con el fin de los tiempos, por la alegría y el bienestar de todos los que estaban allá abajo del edificio y por toda la curvatura de la tierra. Rezaban porque se acabaran las guerras innecesarias y las muertes por obligación, porque crecieran más árboles frutales y días templados. Dales alimento a mis esclavos, a mis hijos, entrégales vida y fuerza para que trabajen y tengan más hijos con familias que cubran las tierras baldías. Ya hemos cercado el pastizal azul y hemos puesto redes en los mares. Los aviones atraviesan continentes, en cámaras de metal puedes hundirte hasta el fondo del océano sin dejar de respirar. Se ha conseguido lo que la ciencia y magia pueden hacer. Ayer vinieron los charros y nos cantaron cielito lindo.

Dicen que gemían a gritos, golpeándose las caras y jugando con fuego quién sabe cómo. Porque cuando todo terminaba el lugar de reclusión quedaba con rincones carbonizados, con las cortinas raídas y las ventanas ralladas. Parecía que entraron allí unos vándalos manifestantes de nada, esos que solo quieren odio y venganza. Imposible encontrar algo que evidenciara la naturaleza sagrada de lo que supuestamente había ocurrido. Algunos cuentan que escucharon cómo luego las paredes hablaban, bien quedito, y seguían diciendo cosas. Dales caminos y casitas, que no se topen con psicópatas ahí en la calle, que los sanos sean libres. Hacían advertencias, porque si bien los reyes y señores eran devotos eso no les quitaba lo autoritario. Y que no pasen por esas pestes o hambrunas que son una lata para todos, que no suceda eso porque tú lo quisiste así, cuida a los que trabajan la mayor parte de sus vidas para sostener la estructura magnífica que diseñaste, a los que en algún momento decidiste moldear como niño que juega con plastilinas. Los viste y por fin te quedaste maravillado con tu obra. No nos abandones.

Quienes más balbucían estas y otras plegarias eran los tres reyes. Sus camisas estaban perfectamente limpias y planchadas en cualquier momento del rito porque traían varios cambios de ropa perfecta para la ocasión. En esas ocasiones no se ponían la corbata, pues la cosa no tenía que ver con negocios, y haciendo todo lo posible para que negocios y otros asuntos quedaran bien distinguidos, los separaron en dos bloques concretos. Por su parte, los nueve hombres eran quienes más se concentraban en el ayuno y penitencias, las cuales gozaban con un horror en éxtasis. Eso se cuenta.

Cuando pasaban las tres semanas salían de ahí en un estado de ánimo bastante similar al de la marea de gente luego de las golpizas masivas. Entonces se encontraban con todos los impuestos acumulados en ese tiempo, y otros más que estaban por llegar. Ellos no desperdiciaron esos víveres, sino que los usaban y consumían, no los malgastaban porque el deber político lo dictó, el mismo que los condujo a arrebatar países y continentes para hacerlos propios. Todas esas tierras eran ahora suyas. A veces se preguntaban cómo serían. A través del ventanal térmico era posible distinguir cómo una filita india cruzaba las cordilleras, cual hormigas que presumen de su laboriosidad. Esta es una raza discreta, trabajadora, abnegada. Dicen que son buenos para hacer ciudades donde el orden y el progreso impera. La de allá reúne unas cuantas tribus dizque legendarias, de todas se escucha que son alegres, amables, ruidosas y sanguinarias. Por las tierras están avanzando otros que han cruzado el desierto y sólo existe un motivo por el que alguien cruza el desierto.

Las filas indias de pobladores lejanos trayendo flores del maguey, chicas de piel porcelana, chocolate, plantas psicotrópicas, música, licores afrodisíacos, pedazos de haciendas, animales salvajes y abejas. ¡Abejas!, gritó un rey y todos asintieron mientras le clavaban sonrisas duras. Abejas. Cada vez había menos y el que eso estuviera relacionado directamente con la multiplicación de moscas era una de las ironías en las que ellos recomendaban no pensar demasiado. Se cuenta que en ese entonces los hombres en su autoritarismo se hicieron frenéticamente adictos a todo insecticida. De un momento a otro, problemas de peste solucionado, todas las plantas pueden respirar y florecer. Sin embargo esto duró muy poco, porque el polvito dorado que las abejas dejaban caer en sus vuelos había desaparecido, y por lo tanto la fecundación vegetal. Llegaron panales en torno a los que flotaba una estática de zumbidos penetrantes. Fueron muy bien recibidos por los señores, junto con los cerdos y venados. Se apuraron en consumir todo para ponerse al día y despidieron a los que se quedaron fuera porque en la planta baja ya no existía espacio para un alfiler.

Así fue que crecieron hasta cubrir enteramente el planeta, mas esto sucedió paulatinamente y no pudo ser fácil advertirlo. Contaremos ahora quiénes hicieron la división y cómo se destruyeron las ciudades.


                                       … CONTINUARÁ …

 

Junio / 2012


Rocío Casas Bulnes (1984-), escritora e investigadora que ha centrado su trabajo en el estudio de las diferentes manifestaciones artísticas. De padre mexicano y madre chilena, nació en San Diego y vivió durante su infancia y adolescencia en Estados Unidos, España, Chile, Portugal, México y Francia. Fue alfabetizadora para adultos en comunidades campesinas mexicanas. Luego de pasearse por la Historia del Arte y el Teatro, hizo un diplomado en Estudios de Arte y se tituló de Literatura Creativa obteniendo la distinción máxima. Publica ensayos, artículos, entrevistas y narrativa para medios tanto periodísticos como especializados. Sus trabajos pueden encontrarse en publicaciones dentro de Latinoamérica y Europa. Ha sido traducida al inglés y al rumano, y fue incluida en la segunda antología de Contemporary Literary Horizon. Próximamente se publicará su libro El hombre de siempre. Vive y trabaja en Santiago de Chile. 

http://www.rociocasasbulnes.blogspot.com

Y??? qué emocionante mito fundante del fin... cuánto falta para la próxima entrega???

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