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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN

Episodio VEINTE

HUMOR MUY NEGRO.

 

          “You can run on for a long time… Run on for a long time… Run on for a long time… Sooner or later God’ll cut you down. Sooner or later God’ll cut you down…”

God’s Gonna Cut you down.                                      .

Johnny Clash                                                  .

 

Por José Agustín Orozco Messa

 

By Copyright©José Agustín Orozco Messa.

                 All rights reserved.

 

 

          Cada año ingresa un número variable de alumnos a las distintas facultades de artes, regadas por el mundo. Un mínimo porcentaje está ahí por razones desconocidas. La mayoría, porque sienten que la vocación artística es lo que les gusta en la vida. Aunque cada uno es un caso independiente, hay historias que se repiten cada tanto en tanto.

           El caso de Aarón puede ser uno de ellos. Ingresó a la facultad de artes plásticas para estudiar pintura. Como todos, tuvo que acreditar tres exámenes de conocimientos: tanto teóricos como prácticos para poder ganar un lugar en la matrícula. Como todos, se distinguió más en unos conocimientos que en otros. En su caso, mostró habilidades en el dibujo que llamaron la atención del cuerpo docente. Como siempre, el docente encargado de aplicar el examen a todos, le preguntó algo que le preguntarían repetidas veces durante las siguientes semanas:

― ¿Tú ya habías estudiado dibujo antes? ¿O no?…

         A lo que Aarón respondía con una simple negación. Si bien, es cierto, que cada generación, aparece por lo menos un alumno que siempre, parece tener, habilidades innatas. También es cierto, que para aprobar el examen de dibujo, el alumno ya tiene que saber dibujar, por lo menos, “un poco”. Es como presentar un examen de matemáticas y desconocer las sumas y restas. ¡Simplemente sería imposible aprobar! De hecho, los exámenes son de ubicación, para evaluar en qué lugar, de entre cincuenta aspirantes, están cada uno de ellos. Por lo general, se busca que los aspirantes estén dentro de un cierto nivel medio y son rechazados, aquellos que son catalogados como bajos según el estándar del examen. Porque, a final de cuentas, las artes no son igual que las matemáticas. De modo que, hay mucho de subjetividad en los criterios de evaluación. A diferencia de las matemáticas donde uno más uno siempre serán cuatro. En el dibujo un trazo no es igual que otro trazo. Y un dibujo puede tener “sentimiento” mientras que otro dibujo “no le dice nada al que lo está evaluando”. Cosa que nunca sucederá con el uno más uno igual cuatro.

         Sea como fuere, Aarón, a juicio de sus evaluadores, “…tenía sensibilidad en sus dibujos, mostrando un precoz dominio de la línea. Conjugado con una mirada profunda, para plasmar el volumen y la sombra con gran fuerza expresiva.” En el examen de pintura, hubo división de opiniones entre los evaluadores. Por un lado, un grupo decía que el joven aspirante: “conseguía mostrar un buen manejo de las gamas cromáticas en las formas y volúmenes.” Mientras que, el otro grupo, decía que pintaba igual de bien que el resto de los aspirantes.

         En el examen de conocimientos, dejó un poco que desear. Aquellos docentes que rápidamente lo habían adoptado como una joven promesa de las artes. Parecían esperar, como en la lucha libre mexicana, que se definiera todo en una “tercera caída”, donde el aspirante mostrara su conocimiento en historia del arte y en distintas técnicas, sobre las cuales versaban las preguntas del examen. Empero, resultó que apenas y contestó los suficientes “reactivos” para conseguir aprobar, con el mínimo, dicha evaluación. Cosa que pareció decepcionar un poco a aquellos docentes, que habían quedado muy satisfechos con sus dibujos. El otro grupo, simplemente no le dio importancia al asunto. Con todo, Aarón quedó aprobado e ingresó junto con otros tantos nuevos alumnos para la siguiente generación.

         Conforme pasaron los primeros semestres, Aarón comenzó a mostrar que, aquellas primeras impresiones no estaban infundadas. Evidentemente, era cierto que tenía cualidades para el dibujo que también comenzaron a manifestarse en sus ejercicios de pintura. Consiguiendo que varios de sus compañeros de generación lo vieran con admiración. Algunos alumnos más avanzados, aunque solo en su tiempo de estar estudiando, lo veían con una mezcla de envidia y cierta molestia. No tanto por su aparente dominio de las técnicas que se le enseñaban, sino porque parecía ser muy apreciado por los docentes.

          Quienes parecían más molestos con la presencia de Aarón, eran aquellos alumnos que participaban en planillas escolares buscando obtener puestos de control, es decir, ser elegidos como “Jefes de Grupo” y, sobre todo, ser postulados como el “representante de todos los alumnos” ante el Consejo Académico. Generalmente, quienes participaban en estos asuntos, eran alumnos regulares que no destacaban de entre la mayoría pero, por alguna razón, eran “favoritos” o “apadrinados” o, simplemente, contaban con el favor de algún docente que les apoyaba en dichas aspiraciones. Al ver que, varios docentes, simpatizaban con Aarón, rápidamente imaginaron que él sería apoyado para postularse como “representante”. Puesto que, en realidad, ambicionaban no porque estuviesen muy interesados por velar por los asuntos académicos de sus compañeros estudiantes de todos los demás niveles sino, más bien, porque dicho puesto permitía ir creando alianzas con cierto carácter político y, sobre todo, con fines netamente personales.

         Sin embargo, Aarón no estaba interesado en ser representante de nadie. De allí que las primeras asperezas que hubo entre estos alumnos y Aarón, se dejaron de lado, cuando aquel declinó postularse. Quedando todo en relativa normalidad, con un Aarón que si bien, estaba entre el pequeño grupo de alumnos destacados de la facultad de artes: había un alumno de origen japonés que se distinguía por ser muy bueno en la escultura directa sobre piedra y madera; otro, ya algo mayor de edad, que era muy ponderado por los docentes de fotografía; otro más, que era el “favorito” del docente de grabado, tanto que más parecía su “asistente personal” porque le ayudaba en su taller particular para imprimir y entintar las planchas de grabado, o para “granear y cargar” las pesadas piedras de litografía y así, sucesivamente, con el docente de cerámica y el serigrafista, quienes también tenían sus alumnos estrellas.

         Con todo, Aarón se comportaba como un alumno más de su generación y de la facultad en general. Nuevamente atrajo la atención cuando cursaba el tercer semestre. Sucedió que la facultad envió los trabajos de un grupo de alumnos para participar en un concurso nacional, organizado por la máxima autoridad cultural del país: el Instituto Nacional de Bellas Artes o INBA. Varios alumnos, principalmente de los semestres finales, estaban muy emocionados porque consideraban serían ganadores o, por lo menos, obtendrían una mención honorífica. Los menos optimistas, o quizá más realistas, pensaban que sus trabajos serían seleccionados para mostrarse en la exhibición colectiva, es decir, serían seleccionados de entre los cientos de trabajos, a veces se rebasaba el millar, que se presentaban a concurso cada año. Logrando la proeza de aparecer en el catálogo que se imprimía, para el registro, y engrosando su incipiente currículum.

         Sorprendentemente para casi todos, incluido el propio Aarón, fue que ninguno de los “favoritos” ganó mención alguna. Incluso, muchos no fueron ni siquiera seleccionados para la exhibición colectiva. Pero su par de trabajos, uno de dibujo y otro, una pintura, fueron premiados con mención honorífica y un segundo lugar, respectivamente. Ese fue el principio de una serie de premios y reconocimientos que comenzó a cosechar cada semestre Aarón. Algo que gustó mucho a, casi, todos: sus docentes “directos”, es decir, los que le daban clases de dibujo y pintura diariamente, porque se mostraban satisfechos que “su alumno” tuviese el reconocimiento nacional. Prácticamente que lo interpretaban como un logro personal. Casi nadie reparaba en preguntarse: ¿por qué los otros cincuenta o setenta alumnos que tenían regados, dichos docentes, en los diferentes niveles o semestres, no ganaban nada en los concursos? Por su parte, la dirección de la facultad, porque el alumno había puesto en boca de todos, pero sobre todo de la universidad, en general, a la facultad de artes. Siempre criticada por sectores duros, como las ingenierías, de que disfrutaba de recursos económicos sin que produjese nada “de valor” a cambio. Y, en lo particular, entre las propias disciplinas artísticas: porque, a juicio de los directivos de artes plásticas, la facultad de música se llevaba casi siempre todos los aplausos. Pero, sobre todo, más recursos económicos, claro que tenía el triple de alumnos, el triple de carreras y sus docentes tenían, casi todos, doctorados. Pero, los docentes de artes plásticas, no se fijaban en esos pequeños detalles. Y al rector de la universidad, porque el alumno traía excelente publicidad hacia el interior de la universidad entre el circuito universitario nacional, donde otras universidades, más grandes, obtenían siempre los aplausos pero, sobre todo, la distribución de los recursos económicos federales que se repartían cada año en el presupuesto asignado. Quizá los únicos que no quedaron muy contentos, fueron los otros alumnos “estrellas” porque fueron opacados por “el nuevo” pero, sobre todo, por aquellos alumnos “políticos” que veían con preocupación el asenso de Aarón, pensando que eso les quitaba atención a ellos.

          A pesar de todo, Aarón más o menos se mantuvo igual que siempre: llegaba a tomar sus clases, departía con el resto de los alumnos, era un alumno del montón en materias teóricas como historia del arte o análisis estético. Así como en otras donde parecía no tener mucho talento o interés como en escultura o fotografía. Con todo, se volvió algo normal que sus dibujos y pinturas obtuviesen buenas críticas en cualquier premio al que se presentara. Así, los semestres se volvieron años y Aarón llegó al final de la licenciatura en pintura y dibujo.

       Para esas fechas, su nombre era ya bien conocido en los principales círculos artísticos de arte joven del país. Además de las exposiciones colectivas donde su obra se había presentado, producto de los concursos que había ganado consecutivamente. Obras que, dicho sea de paso, habían pasado a formar parte de las colecciones de los organizadores por haber sido ganadoras. También ya tenía varias exposiciones individuales en su currículum, muchas en importantes galerías privadas y en otras públicas, donde costaba mucho trabajo conseguir que las obras fuesen aceptadas. Incluso había docentes con más del doble de edad que Aarón, que nunca habían logrado colocar obra en dichas galerías.

        También por esas fechas, su último semestre antes de egresar de la carrera. Aarón recibió una invitación del Honorable Consejo Universitario de la facultad de artes para que aceptara dar unas clases de dibujo a los alumnos de nuevo ingreso. Sin embargo, dicha invitación pareció pisar “muchos callos” dentro del Cuerpo Académico de Pintura, donde varios docentes manifestaron que el alumno, “si bien era una joven promesa del arte, no cumplía con los requisitos académicos para impartir clases. Ni siquiera estaba titulado como ‘licenciado’”.

        La discusión, que parecía se zanjaría fácilmente, requirió de varias juntas del cuerpo académico e incluso, el caso se llevó hasta la rectoría. La cual, decidió arreglar el asunto informando a los docentes que, alegaban, tener derecho a esas horas de carga académica por su mayor antigüedad: que las horas serían sacadas a concurso público “para quien quisiera participar y cumpliera los requisitos”. Ante tal respuesta por parte de las máximas autoridades universitarias, no tuvieron más remedio que aceptar. Sin embargo, todos los quejosos se sintieron, relativamente, satisfechos porque el “alumno estrella” había sido eliminado de la ecuación. Ahora quedaba entre ellos, “ver” quien se iba a quedar con las horas.

       El hecho que se realizara una convocatoria nacional no molestaba a casi ninguno de ellos. Para empezar, las convocatorias se publicaban únicamente en la página web universitaria. Así que, si los aspirantes externos, no estaban atentos de revisarla, casi nunca se enteraban. Porque las fechas siempre eran de lo más arbitrarias, se podía sacar la convocatoria con tres o más meses de anticipación. De manera que, quienes estuviesen dando clases en otra institución, en dicho momento, les resultaba prácticamente imposible viajar para entregar su documentación. Necesariamente tenían que pedir un permiso por varios días, lo cual nunca es tan fácil de hacer, o estar desempleados o renunciar y arriesgarse a conseguir la otra “chamba” en la nueva universidad. Esto último, equivalía al famoso doble salto mortal que realizaban los trapecistas en los viejos circos de antaño. Razón por la cual era frecuente que nadie, o muy pocos, se presentaran a dichas convocatorias y, cuando eso sucedía, eran uno o dos quienes conseguían ser aceptados. Oh, sí, porque la universidad sacaba unas convocatorias de lo más sui géneris. En parte porque, cada universidad tiene sus propios criterios de selección, y, por otra parte, porque muchas veces, se hacían las convocatorias “a la medida” del candidato que se quería “ganara la selección”. Sea como fuere, en dicha universidad, era frecuente que, se pusieran “unos candados” que hacían “casi imposible” que los candidatos externos consiguieran ganar unas horas.

      Para empezar, se ponían absurdas trabas temporales, por ejemplo, únicamente se aceptaban documentos que acreditaran la experiencia docente frente a grupo de los últimos tres o cinco años “naturales”. Entonces, si se presentaba un candidato que tenía dos años de estar haciendo investigación y presentaba sus tres o cinco años de docencia bien documentados, aunque habían sido de manera un tanto “free lance” y por lo tanto, con alguna irregularidad temporal. Que realmente no afectaba en nada su experiencia. Resultaba que el “director” o “gestor” [gestor porque era el encargado de “gestionar” todos los asuntos académicos de la facultad], le decía.

— Fíjese maestro que no le puedo recibir su documentación…

         Extrañado, el aludido, contestaba:

— ¿Eh, qué? ¿Pero cómo? ¿Por qué?

— Porque estos documentos son de hace dos años y la convocatoria claramente dice: “los últimos tres o cinco años”.

         Todavía sin entender, alegaban:

— Oiga, pero esta documentación acredita mis años de docencia frente a grupo…

      Luego de varias explicaciones medio enredadas, el aspirante comprendía que le estaban pidiendo “años naturales”. A lo que contestaba:

— Pero eso es absurdo. ¡Usted me está negando mi experiencia frente a grupo como si no existiera! No puede ser posible que…

        Muchos, pedían que se les mostrara la convocatoria, donde a la letra decía: “los últimos tres o cinco años a partir del inicio del siguiente ciclo escolar”. Entonces, se entraban en áridas discusiones donde el aspirante decía:

— Pero, oiga, que aquí no dice años naturales. No puede ser, es absurdo que se interprete de esta manera porque aquí dice algo ambiguo y usted me está negando mi experiencia que es real y está acreditada, y se puede comprobar.

        Y el director o gestor, muy sonriente, contestaba:

— No maestro, yo no le estoy negando nada. Yo únicamente estoy haciendo lo que indica la convocatoria. Mire usted. Yo le puedo recibir sus documentos pero, en la rectoría, otra persona va a cotejarlos y allá los pueden rechazar. Se lo digo por experiencia.

— ¡Pero que absurdo!

        Exclamaba molesto el aspirante a docente universitario, con deseos de decir: “¡pero que estupidez! En lugar de absurdo”.

— Si usted insiste, yo recibo sus documentos pero me veo obligado a ponerle una nota que es bajo protesta y, en el recibo, se pondrá que no cumple “al pie de la letra” con lo señalado en la convocatoria.

      Muchos optaban por tomar sus papeles y retirarse en ese momento. Otros, pensando que la justicia se impondría, como en las películas con happy end, continuaban con el trámite. Solo para darse cuenta que se les solicitaban otras cosas con la misma ambigüedad. Por ejemplo, su investigación tenía que estar registrada dentro de un Cuerpo Académico pero, si no estaban trabajando en ese momento dentro de una universidad, pues era imposible que estuviese registrada. Por lo menos, era muy difícil que así fuese. Por lo tanto, en el rubro de investigación tampoco acreditaban. Lo mismo pasaba en cuanto a exposiciones: donde tenían que ser de los “últimos tres o cinco años”. Cuando el aspirante sacaba exposiciones de tres o cuatro años hacia atrás, únicamente le recibían la documentación que acreditaba uno o hasta dos años, si es que, nuevamente, se ponía a discutir sobre lo absurdo de dicho criterio que le estaba invalidando todas sus exposiciones.

     Se le pedían publicaciones indexadas pero, ¡por supuesto! De los últimos tres o cinco años. Entonces, si había realizado una investigación muy buena que hasta había sido publicada como libro. Si tenía más de cinco años de antigüedad: ¡no servía! Al llegar a la parte del título, si es que todavía seguía allí sentado delante del “gestor” o “director” de la facultad de artes, el aspirante decía mordaz:

— ¡Mi título es de hace más de tres o cinco años! Espero que eso no sea también un requisito.

       Como si no hubiese entendido el comentario, el gestor/director contestaba.

— Oh, no, no, no se preocupe.

       Sobra decir que, raras veces, alguien externo a la universidad conseguía pasar el examen de oposición. Por lo tanto, todos los docentes que peleaban las horas de dibujo, estuvieron en espera para ver los resultados. ¿Cuál no sería su sorpresa? Cuando aparecieron los resultados, con veinte días de retraso, indicando que Aarón había ganado la plaza. Es decir, la sorpresa no fueron los veinte días de retraso, porque eso era algo muy común y frecuente que sucediera. No, lo pasmoso fue que Aarón hubiese ganado la convocatoria. Obviamente, la “línea” venía directa desde la propia rectoría universitaria y ya nadie reclamó nada. 

     Entonces, empezó el nuevo ciclo escolar, Aarón comenzó a dar sus clases de dibujo. Por ser joven, hacía buena química con los alumnos de recién ingreso. También por ser joven, tenía mucha paciencia y sus métodos para explicar cómo había que realizar las cosas resultaban frescos y del agrado de sus alumnos. Razón por la cual, rápidamente comenzó a tener el apoyo estudiantil.

      En menos de dos años, su carga académica pasó de ser por horas a tener un tiempo completo. Siendo que había docentes, con mayor experiencia, mejor currículum académico e incluso, una antigüedad que superaba la década; quienes seguían por horas o apenas y tenían una plaza de medio tiempo. Aunque, en esos dos años, Aarón dejo de participar en las, casi semestrales, convocatorias a concursos de plástica joven nacionales. En parte, porque eran para “estudiantes” y él ya había dejado de serlo. Pero, en realidad, se debió a que las presiones que debió soportar para integrarse a la vida académica dentro de un cuerpo académico donde tenía “bastantes” enemigos, provocó que descuidara un tanto su trabajo personal.

      Empero, eso no significaba que hubiese dejado de producir obra. Por el contrario, él era uno de los pocos docentes que trabajaban “codo con codo” con sus alumnos, es decir, mientras ellos dibujaban, él también dibujaba para poner los ejemplos del cómo había que hacer las cosas. Razón por la cual, todos los alumnos le tenían gran aprecio mientras que otros docentes, miraban con malos ojos esas prácticas didácticas. Sobre todo cuando algunos alumnos comenzaron a poner en duda, las habilidades “dibujísticas” de sus docentes. Comentaban:

— Por qué no se ponen a dibujar también durante la clase. En vez de estar por ahí parados fumando un cigarro y únicamente criticando los dibujos.

— A mí se me hace que ese maestro no sabe dibujar.

— Yo no le conozco ningún trabajo a ese maestro.

— Yo nunca le entiendo qué cosa es lo que quiere, no se sabe explicar…

       Esos y otros comentarios peores comenzaron a circular por los pasillos de la facultad de artes. Cosa que, lejos de mejorar la relación del joven docente con sus compañeros laborales, la empeoró. Como en aquellos tiempos, en que los alumnos mayores sintieron que Aarón les quitaría oportunidades para escalar puestos momentáneamente políticos pero con miras a ingresar a laborar dentro de la propia universidad. Pues ahora, eso ya se había vuelto realidad para aquellos excompañeros. Algunos pocos, por ahí andaban “hueseando” dar cursos intersemestrales o conseguir algunas horas por semestre que eran “horas eventuales” y por eso, ningún otro docente se las peleaba. Sin embargo, ese estilo natural que mostraba Aarón para relacionarse con sus alumnos. Quizá, involuntariamente, mostraba que tenía mayores cualidades plásticas. Pero, lo que si dejaba muy claro era su mejor empatía para ganarse el favor de los alumnos.

       De allí que una cierta envidia visceral se extendió a docentes que veían en ese joven, el peligro de todas las nuevas generaciones que venían empujando y exigiendo cambios; las nuevas ideas de cambio representadas en las modificaciones que había que realizar a planes de estudio que, según ellos, “tenían muchos años de funcionar muy bien y no había una razón clara para modificarlos” pero que la universidad exigía por firmar convenios con otras universidades que, a su vez, lo pedían. Eso sin mencionar la envidia de ver que, Aarón, parecía tener un cierto toque del Rey Midas, solo que a diferencia de aquél que volvía oro todo aquello que tocaba. Aarón parecía volver “excelente” cualquier dibujo que realizaba.

       En el marco de todo este “sano clima académico”, Aarón buscó mover su obra en las galerías más importantes del país. Explorando, quizá, despegarse de todo ese ambiente “académico” tan ratonero y pueblerino. Porque, a todo esto, él no pertenecía a una familia rica. Más bien, provenía de una familia clase media que, debido a las inteligentes administraciones de los gobiernos en turno, de los últimos cien años y nada más. Se había empobrecido más, su familia, cayendo a clase media baja. Aunque el gobierno siempre dice que la economía nacional es cada vez mejor y que todo el país marcha con paso firme hacia el progreso, de manera que en un corto plazo, que nunca acaba de terminarse, el país se volverá una de las potencias mundiales.

       De modo que, el haber entrado a trabajar inmediatamente que egresara le había caído como un regalo del cielo. Sabía que era muy difícil conseguir un empleo, sobre todo, en un país que presume mucho de su cultura pero no destina dinero a la misma. Es decir, en el papel se menciona que grandes cantidades multimillonarias van al rubro de cultura. Cosa cierta pero, en la parte burocrática, se pierde de manera turbia todo el dinero. Y el dinero, ya diezmado, que aparece, se va en pagar generosos sueldos a burócratas que no saben nada de cultura. Pero están en dichos puestos porque son amigos de los políticos de turno. Y, el poco dinero que finalmente llega a su destino, se administra de la manera más pedestre que la mente más oligofrénica pueda imaginar.

       Ciertamente Aarón había ganado varios premios durante sus años estudiantiles pero eso no implicaba, necesariamente, que hubiese recibido fuertes sumas en metálico. Los premios, cuando hubo un pago, por ejemplo, por adquisición de la obra que pasaba a poder de la entidad convocante; pagaba una suma equivalente a un mes de salario de un empleo normal. Vamos, que con esas cantidades nadie se iba a enriquecer. La única manera de hacerse de recursos, era logrando entrar en el circuito de galerías comerciales. Cosa que costaba mucho trabajo pero, para él, parecía que, por lo menos, las cosas marchaban bien y hasta rápido.

      Porque la mayoría de los artistas que lograban entrar a dicho circuito comercial lo hacían luego de muchos y largos años, de tocar puertas y dar muchas vueltas. Algunos decían que esto se debía a “las mafias”, aunque fuesen “intelectuales” pero mafias al fin, que dominaban el mundo del arte. Otros lo achacaban a la excesiva comercialización que dominaba el mercado artístico. Haciendo que las tendencias sobre tal o cual artista, lo volvieran comercial y a otros, “supuestamente más talentosos”, resultaran “no comerciales”. Volviendo un enigma el por qué unos si lograban vender su obra y otros no. O, lo que es lo mismo, la subjetividad en el arte.

       Con todo esto, Aarón logró colocar sus obras en el gusto de los compradores y un par de galerías del país, que movían arte mexicano hacia el extranjero: sobre todo hacia galerías en EE. UU., Alemania, Inglaterra y Francia, se interesaron por sus pinturas, dibujos y grabados. Así, en pocos meses, Aarón estaba logrando cosas que, a otros artistas, cuando tienen mucha suerte, les puede llevar toda una vida de trabajo. Los que no la tienen, se quedan en el camino. Todo esto, escasamente durante su tercer año como docente universitario y apenas durante su primer año como docente de base y tiempo completo.

       Esta buena racha, hizo que las tensiones dentro del glorioso Cuerpo Académico de Pintura y Dibujo, se polarizaran. Por una parte, era buena publicidad tener un miembro tan prestigiado entre sus filas. Algunos pensaron que, tal vez, Aarón migraría para dedicarse a producir obra de tiempo completo y a presentarse en las exposiciones que inauguraba, sobre todo en el extranjero. Para conseguir un mayor acercamiento con sus compradores y coleccionistas particulares. Cosa que no podía hacer con libertad por estar sujeto a “checar tarjeta” diariamente en la universidad que trabajaba. Aquellos que tenían un grado académico y un postgrado, no dudaban en hacer relucir que Aarón, ni siquiera estaba titulado como licenciado. Sin embargo, lo que pasaba por la mente de Aarón era un misterio porque a nadie decía lo que pensaba hacer.

      Quizá los únicos que, sinceramente, deseaban que Aarón continuara con ellos, eran sus alumnos. Algunos de ellos, comenzaban a ingresar pequeñas obras: grabados o pinturas, en las galerías que comercializaban la obra de Aarón. ¡No era gran cosa pero por algo se empezaba! Dentro de este escenario, como ocurriese tres años atrás, la universidad dio un nuevo giro a la situación. Ofreció a Aarón una beca para estudiar una maestría seguida por un doctorado. La condición era que tendría que laborar los siguientes diez años, después de obtenido el doctorado para la universidad.

       Este nuevo giro a la tuerca, inició un reguero de comentarios que se extendieron como fuego por toda la facultad de artes. Estaban los que expresaron su molestia porque a ellos nunca se les había dado apoyo para estudiar su posgrado. Otros, mostraban disgusto por la futura distribución de las cargas académicas que vendría a continuación. Los alumnos no lo exteriorizaron, al menos no en su mayoría, pero también estaban inseguros por lo que vendría a continuación ya que, no solo perderían las enseñanzas [y los apoyos extras como las relaciones con galerías] de Aarón, sino que tendrían que tomar clases con docentes que no eran de su agrado. Otros sonrieron porque sabían que irse a estudiar seis años pondría tropiezos en el éxito comercial que estaba teniendo Aarón. Incluso, unos pocos, pensaron que Aarón no aceptaría porque, precisamente, eso afectaría su reciente éxito mercantil y, aseguraban, esto sería el catalizador que impulsara a Aarón para irse de la universidad y dedicarse a producir obra de tiempo completo.

       Fue entonces cuando, ocurrió lo que nadie esperaba: un martes, luego de terminar de dar sus clases, Aarón fue informado que había una reunión del glorioso Cuerpo Académico de Pintura y Dibujo, que no estaba programada. Además, un par de horas más tarde, tenía una reunión en la rectoría universitaria. Así que, cambiando sus planes, decidió salir “de carrerita”, es decir, con prisa, “echando leches” como dicen mis amigos ibéricos, a comer algo a la vuelta de la esquina. Eso les dijo a sus alumnos, de quienes se despidió rápidamente y al maestro que le fue a informar de la dichosa junta académica. Casi nadie lo notó salir de la zona de artes, que agrupa todas las facultades del área: música, danza, teatro y artes plásticas. Lo siguiente que se supo, unos quince minutos después, fue que alguien vino corriendo desde la calle para informar que “al maestro Aarón, lo habían atropellado a la vuelta de la esquina.”

      Los detalles nunca se supieron, como las cámaras de video vigilancia municipales, colocadas en los postes de alumbrado público, nunca funcionan no hubo evidencia. El área donde está ubicada la unidad de artes tiene tráfico vehicular continuo. En la calle siempre hay alumnos de las distintas facultades transitando o simplemente parados en las aceras. Alguien, un supuesto alumno, dijo que una motocicleta lo había atropellado mientras caminaba por la banqueta, arrojándolo contra un vehículo que transita a exceso de velocidad. Porque esa es un área de veinte kilómetros por hora y todos pasan arriba de cuarenta sin importar todos los señalamientos en las paredes y esquinas.

       Otro, anónimo, dijo que no. Que un vehículo que transitaba a exceso de velocidad sobre la avenida, iba a chocar contra una motocicleta repartidora de pizzas que apareció intempestivamente sobre la ruta y, por tratar de esquivarla, se subió sobre la banqueta arrollando al pobre de Aarón, quién no tuvo tiempo de decir ni pio. Un tercero, comentó que Aarón estaba caminando sobre la avenida rumbo a un puesto de tacos ubicado en la esquina contraria, cuando un camión sin frenos pasó como a ochenta kilómetros por hora, dándole pasaporte al otro lado de la Luna. Hasta se llegó a comentar que unos ciclistas habían sido quienes lo atropellaron, provocando su muerte.

       Como dije, los detalles nunca se aclararon. El hecho, Aarón falleció mucho antes que llegara la ambulancia. Que en este país, siempre llega unos cuarenta y cinco minutos después de ocurridos los accidentes. Y, eso si ese apura, que si no, se tarda el doble de tiempo. Reduciendo, drásticamente, las posibilidades de supervivencia de los accidentados en un 99%.

      En fin, que Aarón pasó a sumarse como uno más en la lista de artistas e intelectuales, sin mencionar a las celebridades y científicos, que han muerto en un accidente de tráfico. Entre quienes se cuentan: Antonio Gaudí, atropellado por un tranvía en 1926, como era barbudo y tenía el pelo largo, además de tener setenta y cuatro años al momento del accidente, se le confundió con un mendigo y no le dieron atención médica rápida. Vamos, igual que pasaría en México, así que murió tres días más tarde a consecuencia de las heridas; Isadora Duncan, ahorcada por su propia estola que se atoró en la rueda del automóvil, un Amilcar GS modelo 1924, donde iba de copiloto, el cual la arrastró varios metros antes de romperle el cuello, en 1927; Friedrich Wilhelm Murnau muere en 1931, en un accidente automovilístico donde iba como copiloto; En 1942, la famosa Tina Modotti, célebre mujer y fotógrafa, murió de un ataque cardiaco mientras viajaba a bordo de un taxi en la Ciudad de México; James Dean, manejando su Porsche 550 Spyder, rebautizado con el apodo de “Little Bastard”, chocó y perdió la vida en un cruce carretero cuando un automóvil Ford conducido a exceso de velocidad le cerró el camino sacándolo de la carretera y catapultándolo a la leyenda, en 1955; Un año más tarde, en 1956, muere Jackson Pollock al estrellar su auto contra un árbol cuando ya había alcanzado la fama con la que tanto soñara y batallara para lograrla.

       El 2 de enero de 1960 muere el ciclista italiano Fausto Coppi a consecuencia de un contagio de malaria que no fue atendido a tiempo. Sin embargo, la prensa europea da la noticia de su muerte producto de un accidente automovilístico. Entonces, el 3 de enero de 1960, Albert Camus lee la noticia y comentó a unos periodistas que estaban con él: “mourir en voiture est un mort imbecile”, es decir, morir en automóvil es una muerte idiota. Entonces, al día siguiente, 4 de enero, él mismo muere instantáneamente por una doble fractura de cráneo y de cuello, cuando el automóvil en que viajaba de copiloto choca contra dos árboles en un raro accidente producto de una pinchadura de neumático y de la lluvia que caía en ese momento.

       En 1964, el escritor y psiquiatra Luis Martín-Santos, autor de la novela Tiempo de Silencio, de 1962, innovadora novela donde maneja tres técnicas narrativas al estilo de James Joyce. Muere, al día siguiente de chocar el auto donde viajaba contra un camión. Ese mismo año, seis meses más tarde, muere el poeta Eduardo Cote Lamus, en un accidente de tráfico. Y en noviembre del mismo año 1964, muere el tanguista Julio Sosa, apodado El Varón del Tango, cuando choca su automóvil por ir a exceso de velocidad. Destruyó un monolito de piedra que protegía un semáforo, que estaba en rojo y se llevó hasta el propio semáforo. Aunque se hicieron innumerables intentos por salvarle la vida, le operaron dos veces de urgencia, murió sin recobrar la consciencia esa misma noche.

       El poeta Jorge Debravo, que regresaba a su casa luego de comprarse una motocicleta, murió al ser arrollado por un camión conducido por un borracho, en 1967. Otro poeta, el tabasqueño/mexicano José Carlos Becerra, luego de una meteórica carrera en las letras muere cuando recorría Europa, luego de ganarse la beca de la Fundación Guggenheim. Habia estado en Londres seis meses, de allí pasó a Alemania, Francia, España. Viajaba rumbo a Grecia para finalmente, regresar a Inglaterra porque la Universidad de Essex le había ofrecido una plaza de profesor invitado. Cuando iba de paso por Italia, murió en un accidente carretero del que no se tienen los detalles el miércoles 27 de mayo de 1970 y, a punto estuvo, de ser enterrado como un desconocido en una fosa común y que se perdieran los tres manuscritos inéditos que llevaba con él.

      Otra meteórica carrera en las letras y poesía fue cortada cuando el poeta alemán Rolf Dieter Brinkmann estaba en Inglaterra. Había ganado una beca en la academia alemana Villa Massimo en Roma. Había sido profesor invitado en el Departamento Alemán de la Universidad de Austin, Texas, EE. UU. Y una pocas semanas antes de salir de la prensa su libro Westwärts 1 & 2, estaba dando unas lecturas en el Festival de Poesía de Cambridge, cuando al cruzar la calle en el centro de Londres, miró para el lado contrario de la calle al cruzarla y fue atropellado por un anónimo conductor que huyó, en 1975. Un año más tarde, en septiembre de 1976, el poeta fundador del Nadaísmo, el colombiano Gonzalo Arango Arias, murió en un accidente carretero cuando estaba planeando un viaje a Londres. Según dice Juan Carlos Vélez Escobar: el viaje de Gonzalo era para que “los colombianos al perderme…, me ganen.”

      Una de las muertes más tristemente célebres, digo, si cabe la expresión, fue la ocurrida el 26 de marzo de 1980, luego de veintinueve días después de ser atropellado, el 25 de febrero, cuando Roland Barthes cruza la parisina Rue de Écoles delante del Collège de France, o Sorbona. Como en otros casos aquí mencionados, los detalles no se conocen. Se sabe que Barthes iba montado en bicicleta. Había estado en un desayuno con François Miterrand mucho antes que llegara a presidente de Francia. No se sabe si iba rumbo a la Sorbona o si estaba saliendo de ella. Únicamente, que fue atropellado por una furgoneta perteneciente a un servicio de lavandería. Que probablemente daba servicio a la propia universidad, es decir, a la residencia universitaria. Ni siquiera se conoce el nombre del anónimo chofer que acabara con tan contundente semiólogo para quien todo era un signo.

      En 1996, el longevo escritor italiano Gesualdo Bufalino, de setenta y cinco años y meses, muere en un accidente de tránsito. Uno año después, en 1997, el poeta y actor Raúl Gómez Jattin muere atropellado por un autobús. Debido a que padecía de problemas psiquiátricos, vivía en la calle, razón por la cual, no se pudo aclarar si su muerte fue accidental o fue un suicidio.

     El escritor y académico alemán, Winfried Georg Sebald, también conocido como Max Sebald, murió prematuramente a la edad de cincuenta y siete años, cuando se le estaba empezando a dar el reconocimiento como uno de los más grandes autores vivientes y como posible candidato a recibir el Premio Nobel en Literatura. Sin embargo, murió al sufrir un aneurisma cuando chocó su propio coche, que él conducía, contra un camión. Iba acompañado por su hija quien sobrevivió al siniestro, en diciembre del 2001.

      Un año más tarde, en diciembre del 2002, mientras viajaba en bicicleta, igual que Barthes, la vocalista y guitarrista australiana del grupo postrock Stereolab, murió al ser atropellada por un camión. Igual que en el caso de Barthes y Brinkmann, el autor quedó en el anonimato. Y ya para despedirme, agregaré que el cineasta y guionista griego Thódoros Angelópoulus, mejor conocido como Theo Angelópoulus, falleció a la edad de setenta y seis años, cuando estaba filmando la que resultaría ser su última película, en el barrio de Drapetsona en Atenas, Grecia. Fue atropellado, quien sabe cómo, por la motocicleta de un anónimo policía y, aunque se intentó salvarle la vida, murió por las graves heridas internas y por un derrame cerebral, el 24 de enero del 2012.

      Es probable y lamentable, que se me hayan pasado algunos otros. Sin mencionar que omití, a propósito, a los científicos y gente famosa, que igualmente han muerto en accidentes de tránsito. Parafraseando a Albert Camus, que menciona sobre Coppi: “morir en automóvil es una muerte idiota”, yo diría que morir cuando parece que tienes la vida resuelta, es aún una muerte más idiota. Es una broma siniestra del destino. Pareciera que te pone todo delante y luego te lo quita de un plumazo. Como un guión de película de humor muy negro.

 

 

 

 

 

C'est fini.

 

 

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