Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN

Episodio DIECIOCHO

Los cuentos que yo cuento…

[Part TWO, viene del Episodio 13]

Dedicado, otra vez, al gran maestro Joaquín Sabina.

 

“Sepan Cuantos…” Este cuento lean…         .

Don Alfonso Reyes Ochoa                   .

Parafraseado por J. A. Orozco Messa         .

 

Por José Agustín Orozco Messa 

 

By Copyright©José Agustín Orozco Messa.

                 All rights reserved.

 

           [En el dramático capítulo anterior, es decir, el episodio Trece, pudimos ser testigos de cómo, le veían la cara de zonzo a nuestro anti-héroe: Acacio Prieto Urdangarín de los Montejos. Quien, como ya se explicó, era Prieto por parte de padre y Urdangarín de los Montejos por parte de madre, según ella, de ancestros del país vasco. Pero, si no lo leyó, le invitamos cordialmente a que primero lo haga para mayor entendimiento del tremendo drama que se contará a continuación. Nada más tiene que hacer clic en la parte superior de su pantalla. Exactamente donde dice Cuento’s blog. La liga lo manda a la página donde están todos los cuentos. Allí busca el fatídico Episodio Trece y listo. Aclarado el asunto, ¡continuamos!]

             Pues bien, mientras el maestro Sabina cantaba, de su célebre disco Física y Química:

            “…¿Cómo haré? ¡Que al final!, los cuentos que yo cuento acaban tan mal…”

            ¡Lejos de dejarse amilanar! Acacio Prieto Urdangarín de los Montejos, decidió no cejar en su empeño de buscar trabajo… Lo malo, para él y para todos aquellos que hacían lo mismo que él, fue que decidió seguir buscando dentro de las filas burocráticas gubernamentales…

            Bueno, hay gente que no entiende a la primera… Ni la segunda, ni la décimo novena pero bueno. Las cosas sucedieron así:

           Acacio descubrió que, básicamente y en teoría, el gobierno federal tiene un portal. Que dicho sea de paso, casi nadie lo conoce y ni falta que hace, según lo vamos a explicar. Sucedió que cierto presidente de inicios del nuevo milenio, quiso transparentar las administraciones públicas. Se le ocurrió que todos los trabajos, sin importar si eran chicos o grandes, debían de licitarse, transparentemente, a través del Internet para que todas aquellas personas interesadas en chambear dentro del gobierno, lo consiguieran mediante dicho portal.

           Si bien, es cierto que Acacio quedó muy desanimado con la previa experiencia. De manera que, su primera reacción al ver dicho portal fue de mandarlos al diablo… Empero, lo que le convenció, fue leer los sueldos que allí se pagaban: Para Jefe de Departamento, se tabulaban en un promedio de treinta y cuatro mil devaluados pesitos al mes. Algo así como mil cuatrocientos setenta y seis euros con sus respectivos cincuenta y tres centavos. O, unos mil quinientos sesenta y siete dólares norteamericanos con sus cincuenta y cuatro centavos.

― ¡Que queeé! ―Exclamó muy sorprendido Acacio―. Pero ¿cómo va a ser?

            La razón de su sorpresa no era que estuviese tan devaluada la moneda nacional y pagara tan poco en euros o dólares. La sorpresa era porque, el sueldo de docente que anduviera buscando durante los meses anteriores, por trabajar poco más de las cuarenta horas que legalmente se debía de laborar: apenas y pagaba unos diez mil quinientos pesillos. Es decir, unos cuatrocientos cincuenta y cinco euros con noventa y nueve centavitos, o cuatrocientos ochenta y cuatro dólares con nueve centavos.

            Acacio se talló los ojos y se pellizcó. Seguía sin dar crédito a lo que veía. ¡El sueldo era, prácticamente, tres veces superior! Pensó que tal vez, dicha plaza de Jefe de Departamento, sería en una institución altamente prestigiada donde se requeriría tener un post-doctorado.

― ¿Qué digo post-doctorado? ―Exclamó en voz alta Acacio―. ¡Unos dos post-doctorados! Por lo menos...

           Ya que, para poder ingresar como docente, en los niveles educativos medios con la licenciatura era suficiente pero pagaban poco más o menos lo ya explicado. Sin embargo, en los niveles universitarios, hasta para abrir la puerta ya estaban exigiendo una maestría. Para dar clases, era obligatorio el doctorado y para cargos superiores… Más o menos el equivalente a este Jefe de Departamento que estaba leyendo, debía contarse con mínimo un post-doctorado. A veces hasta dos. Además, sin olvidar, que los sueldos no eran de treinta y cuatro mil devaluados pesitos nacionales. Oh, no. Con un doctorado y con mucha suerte, quizá se pudieran cobrar unos veinticuatro mil pesillos al mes. Acacio prefirió no hacer ya conversiones a euros o dólares y empezó a leer la convocatoria.

           Lo primero que descubrió es que, quién sea que redactara esa convocatoria no era muy claro. Trataba de sonar como si fuese un discurso presidencial. Luego de leer varias veces el principio, llegó a la parte que decía: “Para cubrir la plaza de Jefe de Departamento en la Secretaría de Asuntos Populares…”

― ¿Secretaría de Asuntos Populares…? ―Repitió, Acacio, varias veces en voz alta―. ¿Qué carajos es eso?

            Luego de pensar unos minutos. Decidió buscarlo allí mismo: en el Internet. Descubrió que la Secretaría de Asuntos Populares, era una Secretaría con pocos años de creación encargada de muchas cosas que no decían nada específicamente. Por ejemplo: “fomentar los valores sociales entre las culturas populares”. Otra: “Coadyuvar en la relación que permita fortalecer el tejido social”. Otra más: “elaborar y dar seguimiento a programas que cumplan con las metas establecidas”.

― Pero, ¿qué carajos es esto?

            Después, pensó que el perfil solicitado sería de académicos del área de antropología; sociología o, quizá, psicología… Buscó esa parte y vio que decía: Pueden participar en la presente convocatoria personas de las carreras de Humanidades; Ciencias Exactas; Ingenierías y afines…

― Pero ¿qué revoltura es esa?

            Luego de una hora de estar buscando la información. La cual estaba bien escondida. Logró encontrar un listado de carreras, en el mismo sitio web de gobierno, donde daba por nombre ¿cuáles eran? A juicio de quien formuló la convocatoria, las carreras de Humanidades… Con estupor y gusto, a la vez, vio que prácticamente todas las carreras y hasta unas de más, que pertenecían al área de Humanidades podían participar para solicitar dicha plaza. Es decir, que lo mismo se podía presentar un músico; un antropólogo; un historiador; un licenciado en lengua inglesa o hasta un abogado. Todos eran del área de Humanidades.

           Del mismo modo, a la par de ellos, se podía presentar un ingeniero civil o mecánico o en informática; un dentista; un agrónomo o hasta un astrónomo, para concursar por la plaza. Prácticamente, ¡cualquier persona que tuviese un título universitario podía solicitar concursar!

― Bueno ―Dijo Acacio, pensando en voz alta―. Viéndolo bien, como en este país el desempleo está al 1000%, por eso se abre a todo el mundo, supongo.

            Lo siguiente que leyó fue la parte que decía algo así como: funciones a desempeñar. Allí había un galimatías nebuloso que iba desde: vigilar que los empleados cumplan con las normas del departamento. Hasta: ser enlace con las distintas dependencias de gobierno para llevar a cabo los planes sexenales conforme lo marcan los distintos organismos. Y, entre uno y otro punto, había que elaborar programas; implementarlos; darles seguimiento; supervisar los grupos de trabajo; aplicar la logística correspondiente; realizar los estudios pertinentes para verificar su impacto; entregar los resultados y empezar el proceso nuevamente.

―No pues… ―Pensó Acacio―. Creo que, pensándolo bien, me deberían de pagar más dinero por hacer todo eso…

            Luego de pensarlo bien. Decidió probar suerte en el empleo y llenó en línea los requisitos solicitados. Allí tuvo algunos problemas porque, por alguna razón, la persona o personas que diseñaron el sitio web. Decidieron ponerle límite temporal a las páginas. Entonces, uno comenzaba a llenar los datos que pedía, pero, por ejemplo, de repente, solicitaba el nombre de  la primaria donde usted cursó sus estudios elementales. Luego, solicitaba la fecha pero, para poner el dato, no se escribía directamente y ya. Que hubiera sido lo más sencillo. Sino que había que marcar la fecha en un calendario que aparecía. Entonces, o había que ser muy memorioso para recordar si el plan de estudios de la primaria había iniciado un lunes 12 de septiembre de hace treinta años y se había terminado un viernes 19 de junio de hace veinticuatro años. Pero, mientras uno buscaba como loco esa información, de repente, aparecía un menú emergente que decía: EL TIEMPO HA EXPIRADO Y NO SE PUDO GUARDAR LOS DATOS.

            Entonces había que empezar volviendo a escribir toda la información desde la página uno porque en la página siete donde pedía esos datos se había EXPIRADO EL TIEMPO. Al final, ¡Acacio decidió inventar las fechas! Lo único cierto eran los años porque estaban escritos en sus certificados pero si fue un lunes 7 ó 10 ó 14 cuando decidieron iniciar las clases, era imposible saberlo.

             Después llegó a otra parte donde, también había que perder tiempo buscando la información que allí se solicitaba. Para que no se borrara todo nuevamente, Acacio decidió darle guardar a la información capturada y así no perderla. Cuando lo hizo apareció un menú emergente que decía: NO ES POSIBLE GUARDAR LOS DATOS PORQUE FALTAN CAMPOS POR LLENAR.

― ¡Me lleva la chingadaaa! ―Manifestó, gozosamente, Acacio―. Por lo visto, esta porquería está diseñada para que no se pueda cargar la información.

            Por segunda vez se le agotó el tiempo. Por tercera vez, Acacio comenzó a llenar la información desde el principio. Para ese momento, ya llevaba como cinco horas tratando de inscribirse para concursar en la mentada plaza de Jefe de Departamento en la dichosa Secretaría que ni siquiera conocía de su existencia horas antes. Entonces, por tercera vez, apareció un menú emergente que decía: ERROR 666 y la página se bloqueó y no hubo poder humano ni habilidad hacker que hiciese posible desbloquearla…

            Al otro día, armado de toda la papelería que se solicitaba y del doble de paciencia, Acacio volvió a llenar el formulario en línea. Cuando por fin pudo terminarlo y dar guardar. El sitio pareció pasmarse…

― ¡Me lleva la…!

           Exclamaba Acacio, cuando el sitió volvió a reactivarse y apareció el ya conocido menú emergente que decía: LOS DATOS SE HA GUARDADO CORRECTAMENTE. GRACIAS POR PARTICIPAR EN LA PÁGINA DEL GOBIERNO FEDERAL, QUE SIEMPRE SE PREOCUPA POR LA GRANDEZA DE MÉXICO. USTED RECIBIRÁ UN CORREO ELECTRÓNICO PARA CONTINUAR EL PROCESO. LE DESEAMOS MUCHA SUERTE Y LO INVITAMOS A VISITAR FRECUENTEMENTE LA PÁGINA PARA CONOCER NUESTRAS OFERTAS DE TRABAJO.

― Vaya, vaya… ―Acacio―. Parece que este sitio público es una especie de ebay de empleos para aspirantes a burócratas. ¡Qué bien!

            Así, si esto fuera pura ficción, podríamos finiquitar diciendo que Acacio Prieto Urdangarín de los Montejos, consiguió un bonito empleo que le permitía trabajar tristes ocho horas diarias y retirarse a media tarde, diariamente, para dedicarlas a otra cosa más interesante que estar de Jefe en una oficina de la administración pública pero no. Esto no es ficción, así que la realidad fue muy distinta, más o menos como canta el maestro Sabina:

               “…¡Do Re Mi! ¡Mi Fa Sol! ¡Fa Sol La! Los cuentos que yo cuento acaban fatal…”

What a fuck?

            Eso fue precisamente lo que gritó Acacio cuando abrió el correo recién enviado y descubrió que su número de folio era nada menos que el ciento trece.

― ¡Carajo! ―Luego de pensarlo unos segundos, agregó―. Bueno, viéndolo bien, con tantos desempleados regados por todo el país; bien pudiera haberme tocado el folio número mil trecientos trece…

            Como sucediera en la chamba anterior. Acacio se enteró que ahora tendría que buscar una bibliografía sugerida para prepararse y presentar un examen de conocimientos que le permitiera pasar al siguiente nivel de la selección. También, como la vez anterior, descubrió que la bibliografía incluía libros de todos los temas. Parecía como si alguien, en este caso, la persona que escribió la dichosa bibliografía, se había metido a una biblioteca y seleccionado libros sin aparente ton ni son. Sin mencionar que, luego de buscarlos, la mayoría estaban agotados y ni siquiera en las bibliotecas era posible encontrarlos.

            Pero, ¡Acacio estaba decidido a conseguir ese empleo!, así que buscó los libros en una base de datos de Internet, que permitía rastrearlos en todas las bibliotecas del país. Así, ¡si los encontró! El problema es que no estaban en préstamo y era necesario ir a leer un libro en una biblioteca ubicada en un extremo del país y otro libro en otra biblioteca en el otro extremo del país.

― ¡No me chinguen! ―Se dijo― ¡Un momento! Tengo que pensar bien lo que debo hacer.

            Luego de razonar bien el asunto. Acacio concluyó que era humanamente imposible leer todos los libros de la bibliografía aunque los tuviera en la sala de su casa. Se necesitarían alrededor de 300 días para leerlos todos, si se leyera unas ocho horas diarias. Lo mejor que podía hacer era, analizar la guía del examen y realizar, él mismo, su propia bibliografía en base al millar sugerido y a lo que, aparentemente, sería el contenido del examen de conocimientos.

            Con todo y eso, la bibliografía continuaba siendo muy abultada. De manera que Acacio tuvo que darse prisa: primero, en conseguirla. Para lo cual tuvo que desplazarse desde su lugar de residencia hasta la CDMX para adquirirla en las mejor surtidas librerías de la capital. Segundo, para estudiarla. Porque, daba la casualidad que únicamente disponía de cerca de quince días para la fecha programada de evaluación.

            ¡Ni en sus mejores épocas estudiantiles!, Acacio puso tanto ahínco en estudiar. Se levantaba desde temprano y no se despegaba de los libros y las notas que de ellos tomaba hasta que el estómago le ardía y era necesario echarse algo en la panza, para evitar enfermarse de una gastritis. Lo malo fue que, ante tanta saturación de conocimientos, a los diez días de llevar dicha rutina, comenzó a confundir las cosas. Y, cuando leía un concepto, ya no sabía si había sido expresado por un antropólogo; por un filósofo; un psicólogo o ninguno de los anteriores.

            De todos modos no tuvo tiempo de preocuparse, porque precisamente, por esas fechas llegó el correo electrónico notificando que en, cuarenta y ocho horas, tenía que presentarse en las oficinas centrales, ubicadas en la CDMX para asistir a las evaluaciones.

            ¡Aaah, sí! Porque las evaluaciones eran en la capital de la república. Sin importar que la plaza a cubrir estuviese a veinte minutos caminando de la casa de Acacio. Todo el proceso, menos la inscripción que era vía Internet, debía realizarse en la capital.

            Así que, como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, llegó el momento. Omitiendo los detalles de la travesía de Acacio por las peligrosas carreteras del país: que lo mismo te asaltan, que te detienen en los innumerables retenes instalados por las innumerables autoridades que pululan por todas las vías de transporte o, si no, pues simplemente te encuentras con que un puente recién construido; tenía los materiales de tan baja calidad: que se cayó a las pocas semanas de inaugurado y ya no hay paso. O, igual con tantas lluvias, producto del molesto cambio climático, a un triste cerro se le antojó desmoronarse precisamente cuando uno va pasando bajo su sombra y hasta ahí llegaste. Afortunadamente, Acacio pudo sortear todos esos obstáculos y llego, como la convocatoria lo solicitaba, treinta minutos antes de la hora convenida…

― Se pasan estos tipos del gobierno… ―Pensó Acacio.

            Sin embargo, rápidamente descubrió que la razón de tanta antelación era por lo siguiente: una vez cerrada la fecha de inscripción para concursar. El número total de participantes quedó en doscientos veinticinco. Cuando Acacio llegó al lobby del edificio donde fue citado, ya había un contingente de unas setenta personas esperando ser atendidas. Pero, por si esos no fueran suficientes, primero había que registrarse en un módulo que impedía la entrada al propio lobby. Desde el cual, las personas eran dirigidas a los distintos pisos, dependiendo las oficinas que buscaban o en las cuales trabajaran. No había distinción: trabajadores y visitantes, por igual tenían que formarse para que un par de apáticos recepcionistas, los fuesen canalizando hacia donde tenían que dirigirse.

            Entonces, la cola en la cual Acacio se integró, era de más de cien personas. Y en los siguientes treinta segundos, otras treinta personas ya estaban formadas detrás de él. Veinte minutos después, pudo llegar al módulo de recepción…

― ¿Asunto? ―Preguntó sin dirigirle la vista, un imberbe alfeñique que parecía escapado de la escuela secundaria.

― Tengo cita para presentar una evaluación… ―Contestó Acacio.

            El mozalbete pareció necesitar unos treinta segundos para pensar qué tenía que hacer en el caso de Acacio. ¡Como si no lo hubiese hecho ya otras setenta veces con los previos aspirantes, que ya habían pasado por allí, en los minutos anteriores! Con lentitud, le pasó una gran libreta a Acacio mientras decía:

―  Tiene que registrarse en esta bitácora y entregarme una identificación oficial.

            Rápidamente hizo lo pedido Acacio. En la bitácora había que anotar los siguientes datos: nombre completo; dirección física; dirección electrónica; motivo de la visita; piso al que se dirigía…

― ¿Piso…? ―Dirigiéndose hacia el joven de la recepción, preguntó―. Disculpe, no sé a qué piso me dirijo…

― Ponga el cuatro. ―Contestó mientras le entregaba un gafete que decía: VISITANTE―. Este gafete lo debe llevar a la vista durante todo el tiempo.

            Acacio terminó de llenar los datos: hora de entrada y hora de salida. Después pasó a reunirse con un grupo de veintitantas personas que hacían fila ante las puertas de los elevadores. Otro mozalbete, con la misma expresión aburrida que el par de la recepción, le interrogó:

― ¿Viene a la evaluación?

― Sí, sí, es correcto. ―Acacio.

― ¿Trae todos sus documentos?

― Pues, supongo que sí. ―Acacio.

            Durante los siguientes y lentos minutos, cuando se abría la puerta de un elevador, salían unas quince personas e inmediatamente se le encaramaban otras quince al aparato. Parecía una especie de Metro vertical en el cual no había manera de subirse. Como en el quinto intento, el mozalbete logró, no con muchas ganas, evitar que gente ajena a los aspirantes a burócratas abordaran el elevador y subió a los quince que pudo. Como no estaban formados sino, más bien, eran un montón amorfo, algunos que ya llevaban mucho rato esperando no pudieron abordar y quienes llegaron después de Acacio subieron. Al notar esto, Acacio se abrió paso a empujones como todos allí para logra subir también. Exactamente igual que si se tratara del tren del Metro.

           Apretujados los unos con los otros, llegaron al cuarto piso. Al salir, los esperaba una mujer de alrededor cuarenta años, aunque con la misma expresión de aburrimiento que sus compañeros del lobby. Sin preguntar, les hizo una seña para que los siguiera. Cruzaron por unos angostos pasillos donde escritorios con mujeres, en su mayoría, no les prestaron la mínima atención. Desembocaron a otro pasillo que los condujo a un aparente auditorio, ante cuya entrada, había una mesa larga donde, apenas cinco personas, les esperaban para volver a registrarlos. Como todos corrieron en tropel para ser los primeros en registrarse, la mujer que los condujo gritó:

― ¡Fórmense! ¡Fórmense! Hay que hacer las cosas con orden.

            De manera arbitraria, como cucarachas espantadas, todos se apelmazaron para formar una larga fila. Acacio quedó unos trece turnos atrás. Notó que en el interior del auditorio ya había personas esperando sentadas. Unos minutos después, otra tanda de aspirantes ya engrosaba la fila. Por su parte, los que registraban, sentados cómodamente ante la larga mesa, parecía tener mayor interés en su trabajo que aquellos con los que se había cruzado Acacio hasta ese momento. Cuando tocó turno a Acacio, una sonriente mujer joven le preguntó:

― ¿Cuál es su número de folio?

― Ah, soy el ciento trece…

            Contestó Acacio con una jovial sonrisa. Desde que estaba en la fila, ya había notado que eso era lo primero que preguntaban. No obstante, él recordaba muy bien su número. Pero, no dejaba de sorprenderle que, la gran mayoría no recordara su número de folio. Cosa que, realmente no era un delito, lo que si era de llamar la atención era que: todos los olvidadizos, esperaban hasta que les tocara su turno y les preguntaran el número de folio, para abrir sus bolsas o portafolios o el sobre grandote color amarillo donde llevaban sus documentos personales y comenzaran a revolver papeles para buscarlo… Para colmo, ¡hubo varios que no pudieron encontrarlo!

― ¡No lo tengo! ¡No lo sé!

            Contestaban con una actitud entre molesta; sorprendida e indiferente…

― Entonces, no lo puedo registrar.

            Ante esa respuesta, los más desesperados. O, quizá, más necesitados en conseguir el empleo, volvían a buscar revolviendo aún más sus documentos. Uno de cada diez, de esos, lograba encontrar su folio en la segunda revisión. Otro porcentaje, alrededor de seis de cada diez, se molestaban y comenzaban a manotear y exigir que se le inscribiera aunque fuera sin folio…

― ¡Eso no puede ser! Necesitamos obligatoriamente el folio. En el correo electrónico que se le envió, se le especificó que debía traer copias impresas del folio proporcionado. Además de traer una identificación oficial en original y cinco copias, y un acta de nacimiento original y cinco copias.

            ¡Ese era otro problema! De todos los que recordaban su folio, cerca de tres de cada diez: ¡no llevaban sus copias! Con una sonrisa y como si fuese lo más natural, preguntaban:

― No traigo. ¿No hay por aquí una fotocopiadora donde pueda sacar copias?

            Con cara de que estaban perdiendo la paciencia, las personas que registraban contestaban:

― Primero necesita abrir su correo electrónico e imprimir el correo donde aparece el folio. Después sacarle cinco copias.

― ¿Y no hay por aquí una computadora que pueda usar?

― Pues, a ver si le da tiempo, tiene que salir del edificio y caminar unas tres cuadras a un cibercafé que hay del otro lado de la avenida… ¡El que sigue!

            Por cierto, un porcentaje de más o menos, tres de cada diez que no recordaban ni habían encontrado su folio. Al serles negado el trámite de registro, simplemente se daban la vuelta y se iban sin decir adiós. Con la misma actitud de quién sale de su casa, cruza la calle rumbo a la tiendita de la esquina para descubrir que está cerrada y, simplemente, se da la vuelta y regresa a la comodidad de su casa.  Es decir, no hay motivo para molestarse ni preocuparse.

            Mientras eso pasaba, Acacio aprovechó para mirar detenidamente a todos a su alrededor. Notó que las edades promedio parecían estar entre los veinticinco y treinta y pocos años. Eran escasos aquellos que parecían tener cuarenta años. Algo así como el 70% de los presentes parecían menores de treinta años. En general, todos estaban muy bien vestidos. Sobre todo los más jóvenes, del grupo mayoritario. Aunque, no solamente estaban bien vestidos, Acacio notó que sus ropas eran de tiendas caras. Todos ellos, parecían tener muy buena posición económica. Aparentaban cualquier cosa menos alguien que estaba allí para buscar un trabajo.

          Únicamente aquellos que parecían ser mayores de los treinta y cinco años, vestían de manera algo más modesta y sus rostros denotaban las preocupaciones de alguien que tiene que mantener una familia y no tiene trabajo seguro. Los otros, parecían más preocupados por saber a qué fiesta asistirían el fin de semana y, para nada, parecían haberse preocupado alguna vez por no tener dinero. Es más, ni siquiera parecían haber trabajado alguna vez en su vida.

            Una vez terminado el proceso de registro. Acacio fue conducido al interior del auditorio. Como lo notara, ya se encontraban allí acomodadas unas setenta personas. Separadas, entre unos y otros, por varios asientos vacíos; teóricamente, para evitar que copiaran las respuestas una vez entregados los exámenes. Una vez en su lugar, Acacio tuvo que esperar hasta que todos estuvieran en sus asientos.

            Resultó que, de los doscientos veinticinco pre-registrados por Internet, únicamente Acacio y otros ciento dos, lograron ocupar un espacio en el auditorio. Imposible saberlo a ciencia cierta pero Acacio calculó que, por lo menos, unos cincuenta habían sido dejados fuera por no llevar el famoso folio impreso. Los otros setenta y tantos, o se habían quedado desbalagados por el camino. Quizá, atorados en los elevadores o llenando el registro con el par de apáticos del lobby. O, sencillamente, ni siquiera se habían presentado a la cita.

― ¡Qué sé yo! ―Sentenció Acacio.

            Antes de entregar unos sobres grandes conteniendo los exámenes. Las cinco personas que los registraran, ahora ubicabas en otra larga mesa sobre el escenario del auditorio, dieron las indicaciones: Había que contestar con lápiz las preguntas pero, una vez que se estuviera seguro de tener todo contestado correctamente: había que volver a repasar con tinta azul las respuestas. De lo contrario, no se recibirían los exámenes y se descalificaría al postulante.

            Si se contestaba dos veces la misma pregunta, es decir, con respuestas distintas a una misma; se invalidaban y se daba por negativa esa pregunta. De manera que había que ser muy cuidadoso y utilizar el lápiz como se estaba indicando. También había que firmar todas las hojas al calce por ambas caras y firmar con nombre completo al final del examen.

― Por último, ―dijo la mujer que parecía liderar al pequeño grupo―, tienen una hora exacta para contestar el examen. Concluido ese tiempo, se recogerán los exámenes que únicamente tengan repasadas las respuestas con tinta azul.

            Por todo el auditorio, se dejaron escuchar murmullos de desaprobación. Ya empezaban a repartir los sobres, cuando la mujer volvió a decir a todos:

― ¡No abran los sobres hasta que se les indique! Porque hay que tomar exactamente el tiempo. Mmm, también, sobra decir, que si alguien es sorprendido copiando o platicando con otra persona durante este tiempo, se le recogerá el examen y será invalidado. Ah, se me olvidaba, deben apagar todos sus teléfonos celulares. No se pueden recibir llamadas durante el tiempo de examen. De lo contrario, serán descalificados.

            Otro nuevo murmullo de desaprobación se dejó escuchar, con más fuerza, a lo largo y ancho de todos los que estaban allí sentados. Mientras, Acacio sacó su teléfono celular y lo apagó. El celular, realmente, le importaba un cacahuate.

           En lo que estaba preocupado era el aparente poco tiempo, sólo una hora, para contestar el examen. Además, si tenía que hacerlo primero con lápiz y luego repetirlo con tinta: ¡también consumía valioso minutos!... ¿Qué carajos iba a estar chillando porque su celular tenía que estar apagado durante una miserable hora? Aunque, al parecer, la vox pópuli quejosa indicaba que no podían estar con el celular apagado.

            Luego que dieran el banderazo con la palabra: ¡Tiempo! Acacio abrió, no sin cierto nerviosismo, su sobre. Sacó los folios y…

― Eh, ¿cuántas hojas son?

            Sin poder evitar la sorpresa, Acacio contó dos veces la cantidad de hojas. Apenas y eran siete, impresas por ambas caras. Estaba hecho en computadora con una tipografía tamaño 12 por lo que, había entre cuatro y cinco preguntas por cara. En total, únicamente tenía sesenta preguntas o reactivos el examen de conocimientos, para considerarse apto, y poder ser Jefe de Departamento en la Secretaría de Asuntos Populares.

            Varios, que también parecían estar igual de sorprendidos que Acacio, se apresuraron a preguntar, levantando la mano y luego la voz…

― ¿Disculpe? ¿Disculpe? Creo que le faltan hojas a mi sobre…

            La señora de las instrucciones tuvo que explicar, rápidamente, que únicamente eran siete hojas con sesenta preguntas y ya estaba corriendo la hora para terminar de contestarlo.

            Disipadas las dudas, Acacio comenzó a leerlo. Por un momento pensó que tendría preguntas muy difíciles. Grata fue su segunda sorpresa, cuando comprobó que las preguntas eran de lo más sencillo. Al menos unos doce reactivos, consistían en completar el párrafo con la palabra exacta. Y, quien redactó el examen, simplemente había copiado el primer párrafo, de la primera página del capítulo inicial, de alguno de los libros de la bibliografía y en la parte baja; todo lo que había que hacer, era escoger entre seis palabras la correcta.

            Casi riéndose, Acacio contestó rápidamente dichas preguntas. Y ¡no es que fuese como “Funes el memorioso” sino que, únicamente se trataba de leer con atención el párrafo copiado y darse cuenta ¡cuál era la palabra correcta! Que no se necesitaba mucha sapiencia para hacerlo. Al menos no para Acacio. Aunque, para su buena suerte, la mitad de los párrafos pertenecían a libros que Acacio había comprado y leído, en su maratónica sesión de estudio, cosa que le facilitó más contestar esa sección. Prácticamente la única respuesta abierta de todo el examen era: “escriba su nombre completo”. Porque, todo lo demás, era buscar la respuesta escondida entre un bloque colocado más abajo.

            Cuando apenas habían transcurrido poco menos de veinte minutos, como si tuvieran prisa por irse. Cerca de la mitad de los presentes, se puso al unísono en pie y se apresuraron en entregar sus exámenes. Pero, la política de Acacio para resolver exámenes siempre había sido…

― Si tengo una hora: me ocupo, por lo menos, cincuenta minutos en hacerlo. Si tengo dos horas; entonces, invierto una hora con cincuenta minutos en hacerlo. Y, si tengo tres horas… Bueno, ¡olvídenlo!

            Durante los siguientes minutos, Acacio terminó su examen mientras observaba como otra treintena de personas se ponían en pie, casi con intervalos de menos de un minuto entre una y otra, para entregar su examen. Con doce minutos de sobra, ya tenía listo y repasadas las respuestas con tinta, todas las hojas. Se dio tiempo para observar a los rezagados. La mayoría eran del grupo de mayores edades. Prácticamente todos los jóvenes habían entregado durante la primera media hora. Satisfecho con su trabajo, Acacio se puso de pie tranquilamente y fue a entregarlo.

            Media hora más tarde, estaba otra vez en la banqueta de la congestionada avenida donde se ubicaba el edificio al que llegara casi corriendo unas dos horas más temprano. Se sentía tan relajado que, sin prisa, caminó hasta uno de los museos, que abundaban por la zona, para ver lo que estaban exhibiendo. Estaba convencido que sus respuestas eran correctas y debía pasar a la siguiente etapa. Para la cual, no había fecha exacta, se le notificaría por correo electrónico, los resultados y las fechas para los trámites posteriores.

            Por la tarde, para regresar a su casa, Acacio tomó un autobús que lo llevara hasta su ciudad natal. Acacio estaba tan relajado, que se durmió al arranque del viaje. Cuando despertó, a medio camino, el chofer escuchaba un disco CD con los grandes éxitos del maestro Joaquín Sabina, quien, casualmente cantaba a grito pelón, lo siguiente:

            “…¡No soy yo!, ¡Obladí!, ¡Obladá!… Los cuentos que yo cuento acaban so bad

            Al parecer, al gobierno federal no le urgía llenar la plaza de Jefe porque pasó exactamente una semana hasta que llegó el correo esperado. El texto era breve y decía: ESTIMADO POSTULANTE AL PUESTO DE JEFE DE DEPARTAMENTO EN LA SECRETARÍA DE ASUNTOS POPULARES. CON GUSTO, TENEMOS LA SATISFACCIÓN DE NOTIFICARLE, QUE HA RESULTADO USTED APROBADO EN EL EXAMEN DE CONOCIMIENTOS. DE MANERA QUE, POR ORDEN DE PRELACIÓN, DEBERÁ PRESENTARSE PARA CUMPLIR LAS SIGUIENTES ETAPAS DEL PROCESO DE SELECCIÓN. EN EL ENTENDIMIENTO QUE, SI FALTA A UNA DE ELLAS, QUEDARÁ DESCALIFICADO PARA CONTINUAR EN DICHO PROCESO. DE IGUAL FORMA, SI NO CONSIGUE LOS PUNTAJES NECESARIOS EN ALGUNA DE LAS SIGUIENTES ETAPAS, TAMBIÉN QUEDARÁ DESCALIFICADO PARA CONTINUAR. LE AGRADECEMOS MUCHO SU PARTICIPACIÓN EN LOS CONCURSOS QUE, PERIÓDICAMENTE, EL GOBIERNO FEDERAL PUBLICA EN SU PÁGINA OFICIAL. LE INVITAMOS A SEGUIRSE PREPARANDO TAN BIEN COMO LO HA HECHO HASTA ESTE MOMENTO. POR LA GRANDEZA DE MÉXICO.

            Otra semana más tarde, Acacio se presentó en el mismo edificio de antes para entregar sus documentos académicos y demás papeles oficiales que le solicitaran. Le habían solicitado tantas cosas y por quintuplicado que fue necesario echarlo todo en una maletotota que más parecía montañista que otra cosa. Como sucediera la vez primera, hubo que hacer una tremenda cola para que los apáticos de la recepción le dieran un pase que se colgó al cuello con el membrete de VISITANTE escrito con grandes letras. También notó que, gran parte de la cola era de personas que iban a presentar otro examen. Al parecer, allí estaban aplicando exámenes todos los días de la semana.

― No sé cómo hay tantos desempleados ―pensó Acacio―, si parece necesitarse mucha mano de obra por aquí.

            En esta ocasión, fue conducido hasta otra sala, parecida a un salón de fiestas medio rectangular. Allí había sillas acomodadas en filas para que los postulantes esperaran su turno de ser llamados a revisión. A primera vista, Acacio notó que eran como cien personas las que esperaban.

― ¡Mierda! ―Masculló molesto Acacio―. Creo que todos aprobaron el maldito examen. Bueno, la verdad estaba bien facilito pero yo hubiera esperado, tan siquiera, un diez por ciento de reprobados.

            Los minutos transcurrían lentamente y, aunque unos pocos eran llamados, eran mucho más los que llegaban cargados de papeles a esperar turno de revisión. Acacio, junto con todos, los veía llegar y sentarse lo mejor posible en una de las incómodas sillas.

― ¡Carajo! ―Volvió a mascullar―. Aquí ya estamos más de cien personas, creo que aprobaron hasta de más. ¡Sobran aquí personas!

            Como si estuviese haciendo cola para pasar a consulta en los servicios médicos públicos, tuvo que esperar más de una hora hasta que fue llamado por un simpático señor de baja estatura y unos sesenta años de edad. El caballero era muy educado, lo trataba de “usted” y sonreía todo el tiempo. Aprovechando tanta amabilidad, Acacio no resistió la curiosidad y preguntó.

― Disculpe usted. ¿Todas estas personas vienen a revisión de documentos?

― Sí, sí. ―Contestó el caballero sin perder su bondadosa sonrisa.

― ¿Sí, todas? ―Dubitativo, Acacio―. ¿Para el puesto de Jefe de Departamento…?

― Ah, sí. Pero no el mismo que usted. En este momento, ―agregó el risueño señor―, se están revisando los documentos para diez plazas de Jefe de Departamento; cuatro de Subdirector de Evaluación. Me parece que otros tres de Subdirector de Información y Logística, o ¡no! Creo que son siete. Y otros tantos de Subdirector de Desarrollo. Además de unas veinte para distintos Coordinadores Administrativos.

― Oiga, ¡son muchos! ―Calificó Acacio―. ¿Aquí evalúan a todos los de la página Web de trabajar en el gobierno?

― ¡Oh, no! Claro que no, joven. ―Contestó presto el amable caballero, sin dejar de conducir a Acacio entre mares de escritorios y pasillos laberínticos―. Aquí únicamente nos encargamos de los aspirantes para laborar en la Secretaría de Asuntos Populares. Los que concursan para puestos en otras dependencias, son evaluados donde les corresponde. Pero, ya llegamos, tenga la bondad…

            Afortunadamente para Acacio, el mismo amable señor que lo condujo, fue quien revisó su documentación. ¡A leguas se notaba que el hombre tenía amplia experiencia en revisar documentos!, en poco más de quince minutos ya había llenado todos los formatos obligatorios y realizados los cinco juegos de copias que se necesitaban por aspirante.

          No obstante, en la sala donde ahora se encontraba, otras personas, algunas de ellas eran las mismas que estuvieran en aquella mesa cuando Acacio realizó el examen: revisaban la documentación de otros aspirantes y, o las personas llevaban todos los documentos en desorden o quien revisaba no sabía hacerlo bien, porque se tardaban como diez minutos en mirar un documento y otro tanto en otro.

            Concluida esa parte, el caballero dijo:

― Todo está correcto. Ahora ―poniéndose en pie y conduciendo a Acacio fuera de la habitación―, si tiene la bondad. Pase con mi compañero quien le indicará lo que viene a continuación.

            Un mozalbete que parecía todavía no cumplir la edad suficiente para alistarse en el servicio militar obligatorio, jugaba con su teléfono celular rodeado por un grupito de cinco o seis personas. El señor, sin perder la amabilidad, llamó su atención y le dijo:

― ¡Hey, Abelardo! Otro más para el examen de habilidades gerenciales.

            Abelardo, tardó un minuto en terminar de jugar con su celular para, luego, mirar al amable señor quien, con paciencia, esperó hasta que aquél contestó con una seña de cabeza.

― Bueno, joven. ―Extendiéndole la mano para despedirse―. Que tenga suerte y gusto en conocerle.

            Frunciendo el ceño, Abelardo contó con el dedo índice al séquito que le rodeaba. Haciendo una seña con la mano, indicó que caminaran detrás de él. Volvieron a cruzar entre montones de escritorios donde personas platicaban entre ellas sin atender los monitores de sus computadoras encendidas. Mucho menos, prestaron atención al grupo de aspirantes que pasaban como fantasmas entre ellas. Muchos escritorios estaban vacíos aunque con sus respectivos monitores encendidos y mostrando un salva pantallas que se repetía infinitamente.

             Como los elevadores estaban atestados, Abelardo decidió llevarlos por las escaleras, descendieron unos tres pisos, cruzando por un estacionamiento que parecía estar ubicado en el quinto piso del edificio. Finalmente llegaron a otro amplio salón similar al anterior, donde conversaban tranquilamente un grupo de mujeres, alrededor de los treinta años. En el salón había mesas con monitores de computadora encendidas en ellas. Abelardo cruzó unas pocas palabras con la que parecía dirigir el grupo y se retiró, sin mirar atrás ni decir nunca nada al grupo de Acacio. Los recién llegados, se quedaron allí en pie durante unos minutos, mientras las mujeres se organizaban. Sentaron a cada uno delante de un monitor y la Jefa dijo:

― Vamos a esperar unos minutos para que llegue el resto del grupo.

            Hubo que esperar media hora para que se juntara un total de veinte personas. Aunque sobraban mucho más computadoras, la Jefa pareció satisfecha y dijo:

― Muy bien. Gracias por esperar. Ahora vamos a aplicar el examen de habilidades gerenciales…

            Rápidamente, una mujer de amplia cabellera rubia y muy bien vestida, de una edad indefinida entre veintiocho y treinta y tres años, levantó con vehemencia la mano y dijo:

― Oiga pero esto no puede ser. ―Al hablar, hacía muchos gestos y sacudía las manos frente a su rostro―. No se nos notificó con tiempo que habría otro examen.

            En ese momento miró hacia todos los allí reunidos, como esperando que secundaran su punto de vista. Aunque todos parecían indiferentes a la situación. Únicamente, otra mujer mucho más joven, manifestó estar de acuerdo con la rubia, quien continuó su queja.

― A mí únicamente me avisaron que viniera a entregar mi documentación pero no decía nada el correo de otro examen…

            Ahora quien interrumpió fue la Jefa para continuar su discurso donde fuese truncado por la mujer rubia.

― Bien, como estaba explicando: este examen sirve para calcular la competencia del aspirante ante el ejercicio de distintas situaciones o actividades. Por lo tanto, ustedes, los aspirantes, deberán contestarlo tal y cómo obrarían normalmente. Entonces, no se requiere ningún tipo de aprendizaje o conocimientos previos para presentarlo.

            Sin prisa, explicó la mecánica del examen. Era aplicado en línea, de manera que no se les entregaría nada. Con el folio de cada concursante, entrarían al sistema donde directamente lo resolverían. La propia computadora tabularía los resultados con fundamento en su base de datos. La computadora evaluaba a los aspirantes, en busca de las siguientes habilidades y/o competencias: jefatura; gestión; disposición para obtener logros; labor en equipo y perspectiva táctica.

            Durante los siguientes minutos, explicó la mecánica del examen. Sin variaciones ni matices en la voz, hablando como alguien que lee la lista del mandado; se notaba que ya había memorizado su discurso de tantas veces que lo repetía. La cuál resultaba de lo más sencilla:

― Deben de contestar las preguntas lo más pronto posible, sin detenerse a pensar las respuestas. Si se ponen a meditar su respuesta, es probable que no la contesten ustedes con veracidad. No omitan ninguna pregunta, respondan todas de manera normal como lo harían en una situación real. Si buscan encontrar la respuesta correcta simplemente estarán cometiendo un error.

            Como varios manifestaron dudas, la mujer repitió con el mismo tono monótono y sin omitir ninguna coma ni punto y seguido: las mismas palabras tres veces. Aun así, parecían continuar las dudas por lo que decidieron empezar con los ejemplos que traía integrados el propio examen en línea.

            Se advirtió a todos que el tiempo era personal, una vez pasados los ejemplos, el sistema automáticamente, tomaría el tiempo para completar la prueba. Alrededor de cuarenta y tres minutos para contestar, un total de doscientos treinta y nueve reactivos. Divididos en dos bloques, uno de ciento noventa y nueve, y otro de cuarenta. Todos de opción múltiple.

― Para mayor claridad, observen el ejemplo. ―Dijo la Jefa.

            Todos, al unísono, iniciaron la prueba. El ejemplo que apareció en pantalla era el siguiente:

            En la parte central del monitor se mostraba esta pregunta.

            ¿Me gusta lavar mi coche los fines de semana?

            En la parte baja, formando una fila, estaban las siguientes respuestas:

            A) No.          B) Dudoso.          C) Si.

            Como nadie escogía ninguna, la Jefa comentó:

― Muy bien, ¡no lo piensen! Ustedes deben escoger la primera respuesta que les venga a la cabeza de las opciones que tienen enfrente. La que coincida más con lo que ustedes hacen o harían. ¡Háganlo para continuar el ejemplo!

         Todos escogieron una. Acacio, no muy convencido, escogió la segunda. Inmediatamente apareció un menú emergente diciendo: MUCHAS GRACIAS. SU SELECCIÓN A QUEDADO EN LA BASE DE DATOS. SI YA NO NECESITA OTRO EJEMPLO, SELECCIONE CONTINUAR. SI QUIERE REPETIR EL EJEMPLO, SELECCIONE REPETIR.

            Acacio seleccionó continuar, aunque, en ese momento, escuchó a un par de mujeres exclamar:

― ¡Ay! Yo escogí REPETIR.

            El siguiente ejemplo, consistía en un enunciado y un listado de palabras horizontal. Dando las siguientes instrucciones:

           La segunda sección del examen consiste en cuarenta grupos de cuatro palabras, de las cuales, usted deberá seleccionar una palabra que más lo describa o con la que usted se identifique mayoritariamente. Y, de las tres restantes, deberá escoger otra palabra con la que usted se identifique menos o sienta que lo describe a usted menos. Dichos enunciados, sirven para evidenciar sus características en circunstancias normales de rendimiento bajo presión y orientación a resultados.

              PREGUNTA MÁS-MENOS:

              1) Humilde.     2) Bien parecido.     3) Voluntarioso.    4) Fácil.

              Acacio se quedó viendo el texto durante casi un minuto. Sabía que allí había gato encerrado pero, como dijera la mujer rubia quejosa del inició, no hubo tiempo de prepararse para contestar esto. De entrada, ninguna de las dichosas palabras sentía que le describiera ni más ni menos ni todo lo contrario. Más bien le parecían absurdas…

― Aquí está el filtro… ―Murmuró Acacio―. No veo ninguna que corresponda con lo que me piden.

            Como todos parecían estar en las mismas circunstancias que Acacio, la Jefa junto con sus asistentes, tuvieron que intervenir para que escogieran alguna y pudieran iniciar el examen.

            Cuando Acacio terminó esa parte. Apareció el menú emergente diciendo: VA A INICIAR LA PRUEBA REAL. CONTESTE LO MÁS PRONTO POSIBLE PORQUE ÚNICAMENTE TIENE CUARENTA Y TRES MINUTOS PARA COMPLETAR LAS DOS SECCIONES.

            No muy convencido, Acacio inició el examen. Con vertiginosa velocidad, tuvo que contestar ciento noventa y nueve preguntas como las siguientes:

            ¡Siempre me junto con mis amigos para beber cervezas!

            A) Si.          B) Indeciso.          C) No.

            Cuando tengo preocupaciones ¿prefiero ver las telenovelas?

            A) Incierto.          B) Si.          C) No.

            Cuando tengo que pensar mucho, ¡siempre me duele la cabeza!

            A) No.          B) Dudoso.          C) Si.

            Si no cumplen mis órdenes, ¡me enojo y grito golpeando las cosas!

            A) Si.          B) No.          C) Vacilante.

            Cuando todo está bien: ¡me gusta relegar responsabilidades!

            A) A veces.          B) No.          C) Si.

            Cuando todo está mal: ¡me gusta relegar responsabilidades!

            A) No.          B) Si.          C) Confuso.

            Si las cosas van bien, ¿es por mi buena aptitud de liderazgo?

            A) Dubitativo.          B) Si.          C) No.

            Luego de perder la cuenta de tantas preguntas que se veían casi iguales. Acacio llegó a la segunda sección donde contestó, vertiginosamente, otros cuarenta grupos de cuatro palabras como las siguientes:

            PREGUNTA MÁS-MENOS:

           1) Jovial.     2) Mente abierta.     3) Atractivo.     4) Obediente.

           PREGUNTA MÁS-MENOS:

           1) Original.     2) Obstinado.     3) Audaz.     4) Encantador.

           PREGUNTA MÁS-MENOS:

           1) Valiente.     2) Preciso.     3) Inconquistable.     4) Feliz.

           PREGUNTA MÁS-MENOS:

           1) Quisquilloso.     2) Considerado.     3) Sumiso.     4) Sociable.

           PREGUNTA MÁS-MENOS:

           1) Inspirador.     2) Mente abierta.     3) Tímido.     4) Controlador.

        Cuando terminó de contestar los doscientos treinta y nueve reactivos, Acacio salió del edificio sintiendo que algo estaba mal. A diferencia de la vez anterior, que se fue pegando brincos de contento hasta llegar a un museo cercano. Ahora iba cabizbajo y casi lo atropellan cruzando la avenida de diez carriles que estaba delante de él. Casi no se dio cuenta cómo hizo para llegar hasta la terminal de autobuses para regresar a su ciudad natal. Tampoco pudo dormir durante parte del viaje, como anteriormente. Ahora, durante todo el trayecto carretero, le daban vuelta en la cabeza palabras como: Preciso; Voluntarioso; Armonioso; Juguetón; Independiente y un largo etcétera. Y se seguía preguntando si debió de escoger “De voz suave” en lugar de “Moderado”. O si estuvo mal haber seleccionado “Receptivo” y dejado fuera “Convencional”.

          Unas cinco horas después de haber salido de presentar el examen. Se encontraba solo en su habitación. Hasta ese momento, se dio cuenta que todavía llevaba colgado al cuello el dichoso gafete que decía VISITANTE. Se lo quitó y, antes de arrojarlo a un rincón, se le quedó mirando como si no lo reconociera.

        Aún seguía pensando en lo mismo y lo mismo. Así que, decidió prender la computadora para consultar sus correos electrónicos y disiparse todas esas palabras inconexas de la mente. Con sorpresa vio que ya habían mandado un mail los del proceso de selección para la chamba de Jefe de Departamento.

         Nervioso observó la hora de entrada. ¡Casi tres horas antes había llegado! De manera automática lo abrió y leyó lo siguiente:

        ESTIMADO ASPIRANTE, LE AGRADECEMOS MUCHO SU INTERÉS Y PARTICIPACIÓN EN LA SELECCIÓN PARA JEFE DE DEPARTAMENTO EN LA SECRETARÍA DE ASUNTOS POPULARES. LAMENTABLEMENTE TENEMOS LA TRISTEZA DE NOTIFICARLE QUE NO HA SIDO USTED SELECCIONADO PARA CONTINUAR EN EL PROCESO. SIN EMBARGO, LE REITERAMOS LAS GRACIAS POR SU INTERÉS Y LE INVITAMOS A QUE SIGA VISITANDO NUESTRA PÁGINA DEL GOBIERNO FEDERAL, QUE SIEMPRE SE PREOCUPA POR LA GRANDEZA DE MÉXICO. DONDE PUDIERA ENCONTRAR OTROS EMPLEOS QUE SEAN DE SU VOCACIÓN. TAMBIÉN LE INSTAMOS PARA QUE SE SIGA PREPARANDO DE UNA MANERA TAN PROFESIONAL COMO LO HA VENIDO HACIENDO USTED. QUE TENGA BUEN DÍA.

            Mientras tanto, en alguna parte del mundo, Sabina cantaba:

            “… ¡Te has pasao!, colorín, colorao… El cuento que yo cuento se ha acabao.”

 

 

 

C'est fini.

 

 

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