Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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LA MARCA DEL INDIO SOLARI


Por Marcelo Olivares Keyer


I CICLO DE CIELO SOBRE VIENTO


La Provincia de Buenos Aires bien pudo haber sido un país, y de hecho estuvo a punto de serlo, pero los avatares político-militares del siglo XIX terminaron por impedirlo. Pero parece un país, con esa enorme extensión en la que alberga varias decenas de ciudades del más variopinto pelaje, con esa pampa que puede alimentarlas sin problema, y con sus dos litorales: el fluvial por el norte, embarrado en las ciénagas convergentes de los ríos Uruguay y Paraná, y el marítimo por el este, en el que la provincia forma una redondeada proa que mansamente se interna en el mar tenebroso. Y fue en las inmediaciones de esta proa al Atlántico Sur, más exactamente en el balneario de Valeria del Mar, en donde un día de mediados de los años 70 dos jóvenes adictos al cine decidieron -en vez de hablar de cine- HACER cine, y se lanzaron a hacerlo. Las cámaras y el equipo en general los puso, claro, el de más guita, llamado Guillermo Beilinson, nacido en la ciudad de La Plata (capital de la Provincia), hijo de un exitoso empresario; los guiones corrieron por parte del otro integrante de la dupla, un joven artesano adicto a la literatura, el que, tras un fugaz paso por Bellas Artes, fluctuaba entre la aún bullente movida rock-hippie de La Plata, y un bucólico retiro en Valeria del Mar, en donde sus viejos providencialmente habían adquirido una casa. El muchacho se llamaba, igual que su padre funcionario de correos, Carlos Solari, y en el aún semidespoblado balneario no sólo encontraba la necesaria paz que todo aprendiz de beatnik precisa de tanto en tanto, ahí también convergían ex luchadores de Martín Karadajián, algún escritor ya de vuelta del juego de la fama, no pocos militantes de todas las izquierdas que por esos días comenzaban a caer en desgracia, y sobretodo esos jóvenes de mediados de los setenta que alcanzaron a sentir con su propia piel los últimos efluvios del hippismo, pero que muy pronto tuvieron que aprender a morigerarlos. Por ahí merodeaba también un chileno llamado Elio López Torres, quien, con algo más de experiencia, asesoró a la dupla de aprendices de cineastas, los que tras unos cuantos ejercicios de filmación produjeron su primera obra hecha y derecha, un cortometraje en el que la ciencia-ficción apocalíptica se permite claras alusiones a los tiempos duros que ya se instalaban. Como buenos hippies, para bautizar la obra consultaron el I Ching, y el milenario oráculo respondió: Ciclo de Cielo Sobre Viento.

II EL INESPERADO GIRO DE UNA TROPA ESTRAFALARIA


Así como va este relato, se podría columbrar que la naciente dupla Beilinson/Solari fue el embrión del fenómeno artístico-ideológico que da pie a estas líneas, pero no, o casi. La cosa fue más bien así: Entusiasmados con su ópera prima, Carlos y Guillermo deciden abordar proyectos de mayor envergadura, lo que implica que necesitaban más dinero. El plan fue que Guillermo iría un tiempo a Venezuela a trabajar en una empresa de la familia y, con el montón de plata que juntaría, regresaría con los mejores equipos para filmar algo grande. Aquí llegamos al verdadero génesis de esta historia, el que nos obliga a remontarnos algunos meses atrás: Una vez filmadas las escenas de Ciclo de Cielo Sobre Viento, había que ponerles música o al menos sonidos. Carlos Solari tocaba guitarra y algo se animaba con la composición, pero le faltaba ayuda. Ahí apareció el hermano de Guillermo, llamado Eduardo, alias “Skay” Beilinson, quien tocaba en una banda llamada Diplodocum Red & Brown. La improvisada dupla se llevó bien, tanto así que cuando Guillermo partió a la tierra de los llanos y los petrodólares, Carlitos y Skay se siguieron juntando. La Historia del Arte y del Rock en castellano agradecerá eternamente este leve cambio de hermano. Ahora sí, la dupla Beilinson/Solari había nacido, pero un largo camino quedaba por delante. La Plata, como ya se ha insinuado, había sido algo así como la capital hippie de la Argentina, albergando comunidades legendarias como La Cofradía de la Flor Solar (que llegó a grabar un álbum), otras menos famosas, y también tipos como Carlos, con tendencia a andar solari. Como en todo movimiento de gente inspirado por una ideología de límites y objetivos difusos, son las tendencias de cada cual, y los hechos dimanados de estas, los que comienzan a decantar una escena de ribetes más claros, un quién es quién y un hacer objetivo. Así, la tropa nucleada en torno a Skay y Solari (más la decisiva capacidad organizativa de Carmen Castro, novia del primero), en algún instante de fines de los setenta la vemos convertida en un grupo lo suficientemente organizado como para alquilar teatros, y con la suficiente convocatoria como para, a veces, llenarlos. ¿Qué ofrecían? Aquí las versiones de quienes asistieron a esas experiencias difieren y al mismo tiempo coinciden: Difieren porque si partimos de la base de que el colectivo oferente ni siquiera tenía nombre, menos podía pedírsele regularidad en su oferta; y coinciden en el hecho de que ver aquello en vivo, al que no le cambió la vida lo dejó convertido en adicto al grupo, y al que no lo convirtió en adicto por lo menos aquella noche lo pasó fenomenal, dándose también el caso de un tipo algo mayor que se auto presentaba como “Docente”, el que – al no tener alguna gracia artística con qué sumarse a la troupe- terminó regalando en los shows unos deliciosos buñuelos de ricota, los que, sumados a la entidad imaginaria de “Patricio Rey”, sirvieron para encontrarle nombre a la tribu: Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. El espectáculo en cuestión ofrecía: música, ballet ricotero, strep tease conceptual, fernet, arengas a cargo de Sergio “Mufercho” Martínez (después compartiría rol con Enrique Symns), vino, canciones cantadas por “El Astronauta Italiano” (uno de los primeros apodos de Solari), más vino, delirios varios, y por supuesto al “Doce” (ahora vestido de túnica con caperuza) repartiendo sus buñuelos redonditos de ricota.


III ¿QUIÉN SE SUBE AL BUS A SALTA?


Para los primeros días de 1978 los chicos han arrendado unas cuantas veces el Teatro Lozano (de la Asociación de Empleados del Hipódromo) de La Plata, y si bien en alguna ocasión hubo más gente arriba del escenario que abajo, está claro que el desarrollo de los acontecimientos exigía pasar a otro capítulo, y el pretexto lo ofrece la partida de Skay y la Negra Poli (nuevo y definitivo apodo para Carmen Castro) a la lejana ciudad de Salta, en la esquina incaica de la República. Se organiza un viaje de la tropa para allá, con bus y todo, lo que obliga a un nuevo paso en este proceso de decantación, porque una cosa es ir a bardear con una tribu de aspirantes a artistas a un teatro todos los fines de semana, y otra muy distinta es embarcarse con estos en un proyecto tan categórico como: paga tu cuota, define tu rol, agarra un par de frazadas y súbete al bus. Y en efecto, a la vuelta de esas lejanas tierras del noroeste, Skay y Solari se han vuelto más socios que nunca, y tras un par de “Lozanazos” más en la Plata, ya Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota son cada vez más una banda de rock que otra cosa, y un secreto a voces que entre idas y venidas La Plata-Buenos Aires (la ciudad) va propagándose lenta pero inexorablemente, mientras en el mundo oficial la Dictadura se esfuerza por utilizar el Mundial de Fútbol Argentina´78 como una alfombra de lujo para esconder debajo sus grandes cagadas. Pero el trío base de esta historia ya está lanzado a la vida, y Solari lo resume: “Estos tres son aquellos que se hicieron cargo de la realidad, donde el viaje de las experiencias no ordinarias podía tener cabida en el exterior y funcionar”. Los tres pilares de la experiencia ricotera: Skay, la Negra Poli y Carlos Solari, al que denominaremos por última vez así, ya que desde ahora en adelante lo llamaremos como lo bautizó la Historia: EL INDIO, o para mayor precisión, el Indio Solari. Los demás fueron rotando, y la lista de músicos que subieron a los cada vez más grandes escenarios de los Redonditos es bastante larga y movediza, salvo el cordobés Daniel “Semilla” Bucciarelli, quien tocó el bajo en los nueve (sí, fueron 9) álbumes que los Redondos (llamémosles así para ahorrar tinta) lanzaron entre 1985 y el año 2000.

 

 

     

Indio, Negra, Skay   


IV BOLEROS RÁPIDOS, POR LLAMARLE DE ALGUNA FORMA


Lo primero que sucede cuando uno comienza a aventurarse en la discografía de los Redondos es una flagrante dificultad en la clasificación. La mente humana así funciona, todo debe ir a un casillero pre-existente y pre-rotulado, pero con los Redondos resulta imposible; ¿post-punk? ¿rock´n´roll? ¿rock pesado? ¿una variante de ska? Algunos no pasan de la primera canción porque no se tragan la voz raspada y crispada del Indio. Pero otros sí, como yo, hechizados al principio por la atmósfera bohemia y medio new wave de GULP! (el primer álbum), salpicada de versos narrativos y para nada complacientes ni facilones. Pero el golpe de Knock Out llega, a mí y a unos cuantos cientos de miles, con OKTUBRE (el segundo), con el que los conceptos que uno pudo haber hilvanado tras escuchar el primero se van al carajo, dando el salto aparentemente cuántico desde un primer álbum “interesante”, a un segundo largaduración que es considerado por muchos como el mejor disco de rock argentino de todos los tiempos. Para mí, que no puedo abordar ningún examen riguroso de la historia del rock sin trazar una línea divisoria indeleble entre el rock Clásico y el post Punk, Oktubre es el mejor álbum de todo el rock en castellano post punk o Post-Dictaduras, porque en América del Sur decir Post-Dictaduras es lo mismo que decir Post-Punk, y viceversa, ya que la transición de una lectura de la realidad optimista/revolucionaria/hippie a una nihilista/cruda/punk se dio en medio de la mayor tragedia que el siglo XX nos tenía reservada, lo que configuró un ruedo demoledor y sanguinario, sí, pero al mismo tiempo un anfiteatro inmejorable para desnudar el gran teatro del mundo. Fue por esto que un puñado de bandas, brotadas en distintos puntos del universo cultural ibérico, cuando tuvieron el suficiente talento para pulsar la cuerda más íntima del alma colectiva, se vieron, quisiéranlo o no, convertidas en algo muy lejano de una bandita de muchachos tocando para sus amigos; se vieron transformadas en fenómenos sociales. Y les sucedió a Los Prisioneros en Chile, a Legiao Urbana en Brasil, también (con matices diferenciadores) a El Último de la Fila en España, y a Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota en la Argentina. Pero, como ya dije, en el caso de los Redondos no fue un salto, ya que, como sentenció el profeta australiano-escocés Bon Scott “Es un largo camino hasta la cima si lo que quieres es rock´n´roll”; esto es importante señalarlo como dato clave, porque el hecho de que el primer disco de los Redondos haya salido a la venta justo a mediados de los años ochenta puede inducir a clasificarlos erróneamente como banda “ochentera”, pero resulta que cuando GULP! llegó por fin a las disquerías, este colectivo llevaba casi una década trabajando duro, muy duro, y en el interior de la cabeza rapada del Indio ya se habían dado todas las batallas -existenciales y de las otras- con las que se había terciado su generación.

    
V SOBRE UNA MENTIRA AMPLIAMENTE DIFUNDIDA    


Tras la complejidad, originalidad, riqueza, fineza y sofisticación de Oktubre, vinieron otros siete álbumes, cada vez más pesados, con más guitarras, más estridentes, al filo de la saturación, hasta cerrar con Último Bondi a Finis Terre (1998) y Momo Sampler (2000), en los que se abrieron a un sonido más electrónico. Pero eso fue lo de menos. Lo que pasó CON esa obra fue lo que hizo la diferencia. Del público “iniciado” de los primeros tiempos, compuesto, como se espera, de artistas, bohemios, literatos, estudiantes de arte o simples noctámbulos, se pasó a la masa consumidora de rock. Esto era esperable y no constituye sorpresa. Lo sobrenatural vino a continuación, cuando estos dos primeros públicos se vieron desbordados (por no decir espantados) por una masa juvenil proletaria nada comportadita, entre la que también se coló, lisa y llanamente, ese lumpen proletariat tan característico, folklórico, indomable, hinchapelotas, problemático y caro a las grandes ciudades latinoamericanas. O sea, las lindas estudiantes de arte, los borrachines lectores de Bukowsky, los más borrachines escuchadores de Tom Waits, y otros habitantes de la noche ilustrada, salieron en desbandada huyendo de los “flaites”. Sí, complejo, y tanto la antropología como la sociología no entendieron nada, pero el hecho es que esos chicos, a torso desnudo, enarbolando sus camisetas, y formando una temible masa futbolera, comenzaron a cantar hasta desgañitarse las sentencias del Indio, el más intelectual y complejo de los cantautores post-dictaduras. Esos cánticos, cual trompetas de Jericó, derrumbaron uno de los grandes mitos de estos tiempos de subjetividades colonizadas por esa trilogía de mierda constituida por los diarios, la radio y –sobretodo- la televisión: Esa cantinela que pretende justificar la basura en la programación habitual como una respuesta a “lo que la gente quiere”. El Indio ( y Los Redonditos de Ricota), nunca actuaron en televisión, nunca se entregaron a una empresa discográfica, nunca banalizaron su propuesta, no hicieron bobaliconas “canciones de amor”, no llenaron sus letras de lugares comunes, y, para complicar las cosas aún más, el Indio ofreció aquello que quería ofrecer: POESÍA, con todas sus letras, con frases extrañas, con alusiones cultas, con imágenes osadas, y el pueblo –llámese proletariado, negrada, desangelados o como se quiera- respondió al llamado. Este contacto inesperado fue acompañado de unos cuantos problemas, digámoslo también, inclusive muertes, y asaltos al por mayor. Los Redondos (más bien sus recitales) pasaron de fenómeno a problema social, a lo que el trío Negra/Skay/Indio, siempre lúcidos, respondieron lúcidamente: Esta originalísima banda se disolvió el año 2001.


VI TODAS LAS ANTERIORES


Ser inclasificable es quizás la mejor condición a la que pueda aspirar un artista, y desde mucho antes de comenzar a llenar estadios los Redondos tiraron por la borda los “ismos” y los uniformes de época. Su sistema de trabajo autogestionado no era solo para evitar espurias negociaciones con productores y representantes, fue también la manera de protegerse –por adelantado- del adocenamiento que acecha a todo artista que se entregue al mercado. Pero no se quedaron ahí, no fue solo actitud y agallas, que con eso no basta para tallar un mensaje en el mármol del tiempo. El talento de guitarrista de Skay fue importante, sí (estamos hablando de rock), la gestión de la Negra Poli (ni hablar, y aquí aprovecho de aventurar una hipótesis y un desenmascaramiento: Ella es PatriciA Rey), y el trabajo de los músicos también (¡qué maravilla de arreglos, Dios mío!), sin embargo todo lo anterior está entrelazado con el hilo de oro de las letras del Indio. Los grandes letristas suelen desmarcarse de la condición de poetas, con distintos y febles argumentos se bajan del pedestal; dejémoslos, pero están equivocados, la frase asociada a una melodía no deja de ser frase, y el verso de calidad que así reverbera en la mente del receptor, se sirvió de la música como vehículo, pero su impacto es emocional/intelectual/mágico…y poético. Al Indio debemos las frases más conmovedoras y escalofriantes con que el navío del siglo XX se fue a pique, y el amplio abanico de interpretaciones a que dio lugar –desde la interpretación del aspirante a Warhol que los escuchó en un boliche a mediados de los ochenta, hasta la del protodelincuente que robó una cartera para poder pagar la entrada y entrar al estadio a ver a “Lo Redó”- no hace más que refrendar este poder mágico de la palabra usada con maestría y oficio de poeta, de poeta que se alimentó con la mejor literatura del siglo pasado –la norteamericana-, y también con el cómix, el cine, el inspirador influjo de la cultura psicodélica, y sobre todo con ese mural multidimensional que nos rodea por todos lados, que nos asfixia y nos embriaga, que nos aterra y seduce, llamado REALIDAD. Y es esa realidad lo que el poeta con mayúscula debe aprender a lidiar, pero sin manta roja ni traje dorado, ya que el filtro y la armadura es el poeta mismo, que debe saber dejarse atravesar por el universo entero sin perder la forma, para salir transmutado y siempre nuevo en la próxima esquina. Si me pusiera a citar aquí frases o versos del Indio, no sabría cuándo parar. Nueve álbumes oficiales con Los Redondos (más uno frustrado en 1982 que ahora ya se encuentra en Youtube), y cuatro álbumes solista con una banda a la que bautizó como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, todo está ahí. Yo sólo prefiero dejaros abierta la posibilidad. Nada más.

Marcelo Olivares Keyer
El Quisco, Provincia de San Antonio, mayo del 2016.


 

Escáner Cultural nº: 
191

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