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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN

Episodio NUEVE

TENEMOS MÁS VARIEDAD DE FAUNA QUE UN ZOOLÓGICO

Dedicado a mi  soul brother, por todos conocido como,  "Ruso".

 

Por José Agustín Orozco Messa

 

By  Copyright©José Agustín Orozco Messa.

                 All rights reserved.

 

            Bernal Almazán Merino pertenecía a una familia común y corriente. Su papá era burócrata y su mamá ama de casa. Como todas las familias, tenía tíos y tías regados por aquí y por allá. A los cuales veía en contadas ocasiones, normalmente en fiestas familiares y fines de año. De esos parientes, unos más lejanos que los otros, todos eran o habían sido comerciantes de todo tipo y los menos, burócratas. Según lo poco que sabía Bernal, ninguno se había distinguido ni sobresalido. Lo más sobresaliente que conocía de sus ancestros, era un nebuloso tío que no conoció porque más bien, parece que era tío de su mamá y no de él, que nunca se mencionaba en la familia. Al parecer el tío había sido de dudosa reputación moral, como solía decir la abuelita. Lo cual podía expresar cualquier cosa o nada. Pero, luego de buscarle significado, resultó ser que el mentado tío había sido homosexual y por eso estuvo, y todavía continuaba, negado en la familia.

            Con esos antecedentes tan parcos, Bernal no tenía muy claro de dónde le había salido la inclinación por las artes. Aunque, para ser sinceros, ni siquiera él mismo tenía muy clara su inclinación por las artes. Le gustaba dibujar y, según él, dibujaba bien. Por lo menos, dibujaba mejor que el promedio de sus condiscípulos escolares. De manera que siempre que había que participar en alguna actividad escolar colectiva: él ponía los dibujitos. También le gustaba bailar, así que desde la primaria, había participado en talleres escolares de danza folclórica. De manera que en los fiestas que se organizaban periódicamente desde la primaria hasta la preparatoria; de ser necesaria su participación, ésta había sido bailando folclórico. Y, nada más por aclarar, no es que en el nivel universitario no existan ese tipo de eventos, lo que ocurre es que Bernal acababa de egresar de la preparatoria y apenas iba a escoger qué carrera universitaria estudiar; de allí que todavía no hubiese tenido la oportunidad de enterarse. Asimismo, cuando estaba en la secundaria, a la par de los talleres extracurriculares de danza folclórica se impartían, casi en los mismos horarios, unos talleres de teatro. Como el folclor ya se lo conocía bien, Bernal decidió entrar a dichos talleres y, si bien, no se convirtió en actor, si le tomó gusto a eso del teatro. Aunque realmente esos talleres funcionaban más como un club social que como una escuela teatral pero bueno.

           Ya casi para egresar de la preparatoria, una mañana comenzaron a citar a todos los alumnos de los salones de clases pertenecientes al nivel que ya terminaba sus estudios y tenían que irse a estudiar a la universidad o irse a dónde quisieran pero, eso sí, tendrían que abandonar la preparatoria por haberla terminado. De manera que, en pequeños grupos, los alumnos fueron desfilando a una parte de la dirección que Bernal junto con la mayoría de sus compañeros y condiscípulos no conocían. Nadie la conocía. De modo que pensaron, algo había sucedido y andaban buscando un culpable. Si no, por qué citar a todo el mundo. Aunque, Bernal, que era muy curioso y observador, notó que todos entraban con cara de preocupación pero, al salir, lo hacían muy frescos y tranquilos. Así que pensó: “aquí pasa algo raro”. A fin de cuentas, él no se había robado nada, ni roto nada, ni hecho nada por lo que le pudieran reportar o regañar. Así que se sentó a esperar para ver qué es lo que pasaba.

           Sin embargo, se decepcionó cuando después de esperar como una hora su turno. Todo el misterio consistía en pasar ante una persona que, a mejor nombre, se identificaba como trabajadora social. Le puso un par de test psicométricos y mientras los observaba rápidamente, le hizo unas pocas preguntas.

― ¿A ti qué te gustaría ser? ―Trabajadora Social.

― ¿Cómo de qué, o qué? ―Bernal.

― Como de grande… ―Trabajadora Social.

― Pus grande, ¿no? ―Bernal.

― ¡No! Me refiero a qué quieres ser de grande… ¿Qué quieres estudiar?

― Ah, eso. Pues no pregunta bien…

            Si no le han preguntado, Bernal no se da cuenta que ni idea tenía. Pero para no parecer tonto, contesta lo primero que se le ocurre.

― Pues yo quiero ser artista.

            La trabajadora social abre un poco más de lo normal los ojos y mira por unos segundos a Bernal. Cualquiera pensaría que nunca en la vida alguien le había dado esa respuesta. Luego, disimula y alternando la vista entre los papeles que tiene frente a ella y la cara de Bernal, sigue preguntando.

― ¿Artista? Ah, vaya… ¿Mira?, es decir, ¡qué bien!

            Dejando los papeles a un lado y mirando a Bernal.

― Y, ¿en tu familia hubo algún artista o algo así?

― Sí, claro… ―Bernal contesta rápido, para que no se note que está buscando la respuesta en su cabeza―. Un tío, lejano sí, pero un tío al fin.

―¿Y…? ¿Qué hacía tu tío? ―Trabajadora Social.

― Ah, pues, tocaba la trompeta… Sí, eso hacía.

― Ah, vamos. ¡Era músico! ―Trabajadora Social.

― Sí, intérprete más bien. Mi abuelita decía que le ponía mucho sentimiento al instrumento. Bueno, eso tengo entendido.

―¡Bien! Y, ¿tú también tocas? ―Trabajadora Social.

― ¿Yo? Oh, no. A mí no se me da eso… Yo soy machito.

― ¿Qué?... ―Trabajadora Social.

― Digo, que yo hago otras cosas…

― Sí, ¿cómo qué?

            Después de platicarle toda una telenovela allí mientras afuera estaban esperando otros pobres miserables, la trabajadora social se dio por bien servida y finalizó diciendo.

― Me parece que estás muy bien orientado y que ya sabes qué vas a estudiar. Te puedes retirar y dile al siguiente que pase.

            Ese fue todo el servicio de orientación vocacional que recibió por parte del sistema educativo el bueno de Bernal. Claro que eran otros tiempos, hace varias décadas de eso. Ahora, mandan un pajarito tipo canarito, que saca un papelito y ahí dice lo que vas a ser en la vida y listo. Pero dejemos el presente y sus reformas educativas y regresemos al pasado cuando Bernal se dio cuenta que necesitaba escoger una licenciatura de las tantas que ofertaba la universidad local. Y hago hincapié en lo de local, porque aunque la burocracia estaba medianamente bien pagada en los tiempos en que su señor padre la ejercía, tampoco daba mucho para que Bernal tuviera la opción de salir a estudiar, por ejemplo: a la UNAM. No porque la UNAM sea muy cara, al contrario, es muy barata tomando en cuenta el nivel educativo que ostenta sino más bien, porque implicaba gastos de mudarse a vivir en la capital del país, etc., etc., etc.

            Pero, como ya dije, si Bernal no sabía a ciencia cierta qué cosa estudiar. Pues no lo iba a ir a buscar en otra ciudad pudiendo buscar cerca. Así que, luego de consultarlo con la almohada. Decidió que él iba a estudiar artes… Bueno, pero las artes son varias, creía recordar que algo así como siete. No sabía quién lo dijo pero alguien, probablemente los del censo. Así que había que escoger una de las siete. Como ya sabía bailar dudó sobre estudiar baile… Además, una cosa es bailar en las fiestecitas escolares cosas folclóricas a dedicarse toda la vida a eso… Como que no se visualizó bailando el jarabe tapatío, o la danza de los viejitos, o los sones jarochos que le gustaban mucho pero para un rato, no para tener que bailarlos todo el tiempo. Pero, por no dejar las cosas tiradas, decidió ir a la facultad de danza para investigar qué oferta había y cuáles eran los requisitos.

            Ya desde aquellos tiempos, ponían en los trípticos publicitarios que uno de los requisitos era: tener gusto por la danza y la expresión corporal. Bernal, nunca en su vida había escuchado esas dos palabras juntas: expresión corporal. También se enteró, porque había una cartulina por ahí pegada haciendo publicidad, que esa noche habría un evento gratis donde se presentarían alumnos de la licenciatura en danza contemporánea. Así que sin más, puntualmente ahí estuvo presente Bernal. Llegó muy temprano porque pensó que eso iba a estar llenísimo y sería difícil encontrar lugar. Pero, cuando él llegó no había absolutamente nadie. Hasta pensó que se había equivocado de lugar o de fecha. Cuando dejaron pasar al público, que eran algo así como cuarenta personas, sobraba espacio como para otros sesenta más.

            La presentación estuvo bien aunque bueno, Bernal no podía saber realmente sí estuvo bien o mal porque nunca en su vida había visto danza contemporánea. Por aquellas décadas prácticamente era nula, lo que ahora conocemos como televisión educativa o cultural, así que en la tele nada más se veían tele novelones o culebrones como dicen los españoles pero nada de danza contemporánea. Ni de otras artes. Sí, acaso, apenas había rarezas como programas donde invitaban a un escritor de reconocido prestigio a platicarnos cómo le hacía para escribir sus libros. Eso era lo más cercano a las artes que se podía encontrar en los medios públicos, que eran muy pocos, por aquellas décadas: cuando las televisiones nada más tenían trece canales fijos de fábrica y los japoneses apenas iban a inventar las videocaseteras en formato Beta.

            Lo que vio fue a un grupo de hombres y mujeres jóvenes corriendo por todo el escenario la mayor parte del tiempo. Muchas veces al son de música contemporánea y otras, sin música. Daban brincos y tiraban patadas, con o sin música. A ratos decían cosas sin sentido como si estuvieran declamando algún ignoto poema o, si no pegaban de gritos. Lo que más le gustó fueron las bailarinas que llevaban poca ropa. Luego que acabó todo, Bernal se quedó por ahí cerca para ver, lo que pudiera ver, más de cerca. Así que pudo ver a los bailarines cuando salían del pequeño teatro. Le pareció que todos trataban de verse muy sofisticados: las mujeres muy bonitas y los hombres “muy bonitos” porque le recordaron algo a su, ya famoso, tío. “Como que no se ven muy machirrines”, pensó Bernal. Ni siquiera unos que lucían una envidiable barba cerrada que ni Hernán Cortés lució en su juventud, se veían muy varoniles.

            Por un segundo, Bernal trató de visualizarse corriendo por el escenario y dando graciosas cabriolas, acompañado por las guapas muchachas y por los velludos sujetos esos… “No, creo que la danza contemporánea no es para mí”. Se dijo. Sin embargo, la experiencia fue lucrativa. Bernal decidió que iría a las otras facultades de artes para investigar.

            Su siguiente escala fue en el conservatorio. Allí el ambiente como que le gustó más. Los hombres estaban algo panzones y no tan cuidados del físico pero, aunque anduvieran greñudos y con aretes, aparentaban ser más viriles. Las mujeres, llevaban más ropa pero no se veían tan preocupadas por su imagen como las otras. En general, todos se veían más normales. Había chavos por todas partes, sentados en el suelo y con sus instrumentos dentro de grandes estuches. Se escuchaban cantos y música por todas partes. “Sí, sí. Aquí como que me gusta”, se dijo Bernal. Ni tardo ni perezoso, se metió a la dirección y, a la primera secretaria que le puso atención, le preguntó.

― ¿Me podría informar cuáles son los requisitos de ingreso?

― Pregunta con aquella secretaria, que es para los de nuevo ingreso.

            Contestó señalando a uno de los tantos escritorios que tenía enfrente, sin mirar a Bernal. Luego de recorrer otros dos escritorios, por default, el tercero era el de los informes, allí repitió su pregunta y la secretaria, dejando un momento lo que estaba haciendo, le preguntó a su vez:

― ¿Para qué instrumento quieres inscribirte?

― ¿Eh? ―Bernal se quedó con la boca abierta…

― Si, que ¿qué instrumento es el que quieres estudiar?

            Como Bernal notó que la secretaria tenía una tolerancia cero a personas como él. Rápidamente hizo un repaso mental de los instrumentos que le gustaban y dijo.

― ¡Saxofón! Quiero aprender a tocar el saxofón.

            Entornando los ojos con suspicacia, contestó.

― No tenemos saxofón… Mira, te voy a dar unos folletos donde dice qué instrumentos ofertamos, cuáles son las carreras y todos los requisitos de edad, los aranceles y fechas y todo.

            Cargado de folletos y trípticos, Bernal regresó a su casa. Sin embargo y, antes de terminar de leerlos, como que se daba cuenta que no iba a ser músico. Aunque, en la prueba mental de visualizarse tocando un instrumento, si se vió a mitad de un gran concierto con una banda de rock pero, hasta ahí tuvo problemas, porque a ratos se visualizaba cantando a todo pulmón, después estaba tocando unos muy rápidos riffs con la guitarra y luego estaba bum-bum-bum-bum asesinando a la batería con todas sus fuerzas. De modo que parecía hombre orquesta y no se decidía por cuál instrumento podía aprender. Empero, la visión fue tan imponente que decidió hacer un segundo intento. Así que se volvió a presentarse ante la secretaria y le dijo.

― Vengo a pedir informes para inscribirme en guitarra.

― Muy bien. Te voy a dar un folleto donde dice las fechas, los aranceles, los requisitos documentales…

―Ya lo tengo… ―Bernal, interrumpiendo―. Yo, más bien, quiero preguntar sobre…

            Allí se quedó como trabado, así que la secretaria le tuvo que ayudar.

― ¿Sobre qué?

― Pues, sobre lo que enseñan…

            Haciendo un gracioso mohín, la secretaria contestó.

― Pues guitarra clásica. Ahí lo dice el folleto…

― Pero, eso, ¿qué es guitarra clásica?

― Ah, vamos…

            Compadeciéndose de su empeño por aprender y de que era víctima de la nula enseñanza de educación artística en el sistema pedagógico mexicano, donde habría que hacer un paréntesis para decir que el hueco sigue vacío a la fecha. Además de ser víctima de la nula orientación vocacional. Muy amablemente le explicó en qué consistía la carrera de músico intérprete de guitarra clásica. Bernal, que no era bruto sino únicamente estaba mal orientado, entendió perfectamente a la primera. Pero, como no hay pregunta tonta, pues preguntó.

― Pero ¿si lo que yo quiero es ser músico de rock?

            Muy sonriente, la secretaria contestó.

― Pues estudias los seis años de carrera y luego das conciertos de rock.

            Una vez en la calle, Bernal consideró que eran muchos años para esperar a dar los conciertos. Todavía tendría que contactar a los demás músicos… Ponerse de acuerdo… Componer la música y escribir las canciones… Conseguir un lugar dónde ensayar… Dar los conciertos… Bueno, quizá habría primero que conseguir un local para dar los conciertos… Conseguir una disquera y hacerse famoso… No, pues como que eso se iba a tardar muchos años…

            La tercera escala llevó a Bernal a la facultad de artes plásticas. Allí la primera impresión también fue favorable. Todos eran fachosos, no había distingos entre hombres y mujeres, prácticamente todos andaban uniformados con pantalón de mezclilla desteñido y roto en una rodilla, usaban camisetas grandes o playeras muy holgadas. Todos, sin importar sexo, usaban el cabello largo suelto o peinado en cola de caballo y un arete o arracada en alguna oreja. Al contrario de la facultad de danza, aquí nadie parecía querer verse beautiful people y le ganaban en fachas a los músicos. Como nadie puso atención en Bernal, decidió hacer su propia visita guiada por las instalaciones. Se metió en los talleres y curioseo todo lo que quiso. En un momento en que andaba por un segundo piso, pasó por enfrente de un salón donde la puerta estaba abierta y todos parecían estar tomando una clase de dibujo. Como nadie se fijaba en él, decidió introducirse para ver más de cerca. Pero, apenas había entrado, pudo ver que una mujer desnuda de unos veintitantos años posaba en medio de la clase para todos. Bernal, que en sus diecisiete años nunca había visto una mujer desnuda en vivo. Y menos una que estuviera muy bien formadita como la que se topó, pues se quedó como sonso viendo…

            Allí se podría haber quedado hasta el fin de la clase si no es porque un viejo maestro, el titular de esa clase se acercó hasta él y, con un cigarrillo entre los dientes, le preguntó amistosamente.

― ¿Buscas a alguien?

― ¿Eh? No… Nada más ando viendo… Digo, vine a pedir informes para inscribirme…

            Sin perder ni la sonrisa ni la pose con el cigarrillo, el viejo maestro contestó.

― Conque ¿inscribirte?... Eso es allá abajo, en la dirección…

― Bueno, si… Pero, bueno… Yo quería ver cómo son las clases aquí…

            Al igual que ocurriera con la comprensiva secretaria de música, el viejo maestro se apiadó de Bernal y su alma, así que haciéndole una seña para que lo acompañara, hizo un recorrido corrigiendo los dibujos de sus alumnos al tiempo que daba explicaciones al aspirante Bernal. Después lo llevó a un rincón y le siguió explicando grosso modo todo lo que aquél quería saber. Le hacía mucha gracia cómo Bernal bizqueaba tratando de mantener los ojos en la cara del viejo maestro y al mismo tiempo no perder de vista a la modelo, sobre todo cuando cambiaba de postura cada quince o veinte minutos. Hubo otro par de recorridos corrigiendo dibujos. Una vez concluida la clase. Todos se desbandaron rápidamente y el viejo maestro le echó su bendición, invitándolo a que regresara otro día así como también, que se diera una vuelta por todas las galerías que había en la ciudad para que tuviera un acercamiento más directo con las obras de arte. Eso fue muy novedoso para Bernal, porque como ya dije, tenía diecisiete giros cumplidos dados alrededor del Sol y ni siquiera sabía que había galerías en su ciudad natal.

            Aquí la prueba de la visualización como que no funcionó: sí se podía ver a sí mismo con su equipo de pintor, con un bonito estuche de caoba lleno de tubitos con óleos, muchos pinceles y una gran paleta de madera de nogal contrapesada para hacer juego con el estuche. Todo eso, parado delante de un bonito lienzo en blanco… y ya. En la visualización el lienzo se quedaba blanco… No veía con qué rayos iba a llenar el lienzo… Bueno, con pintura obviamente pero qué… cómo… por dónde… Esa parte era la que no carburaba…

            Como ese viejo maestro le había caído muy simpático, hizo caso de su sabio consejo y se fue a meter a una de las galerías mencionadas. La primera que localizó fue La Galería del Establo, operada por el gobierno estatal. Como el gobierno estatal quería justificar todo el dinero que se gastaba en sueldos de funcionarios dizque culturales, en vez de invertirle a los talentos locales. Entonces, traía exposiciones que, además, le salían gratis porque era mediante acuerdos vía embajadas y préstamos con fundaciones que evadían impuestos soltando una pequeña partida para actividades culturales, de manera que La Galería del Establo presumía de traer arte internacional siendo que no pagaba ni siquiera los costosos seguros para mover la obra. A regañadientes pagaba vino del más corriente y unos canapés medios duros y desabridos para las inauguraciones. Las únicas veces que daban buenas bebidas y viandas era cuando también conseguían gratis esos productos vía el patrocinio de marcas cigarreras y de licores que regalaban todo e, incluso, ponían unas sensuales edecanes en ajustados vestiditos regalando cajetillas de cigarros a diestra y siniestra a todos los asistentes. Sobra decir que, en esas ocasiones, la galería se llenaba como si fuese el andén de una estación del metro en hora pico.

            De manera que Bernal se presentó, obviamente a ver la exposición, cuando ya había pasado la inauguración de modo que no le tocó ni vino, ni viandas, ni cajetilla de cigarros, ni siquiera un triste folleto que dijera de qué se trataba la exposición. Pensó que probablemente  se lo habían llevado todo los cientos que fueron el día de la inauguración porque no había nadie que diera explicaciones. Por allí había un texto de muro que pregonaba que Mark Rothko era un artista de nivel mundial dentro de la corriente del expresionismo abstracto; el cual tenía beneplácito el gobierno del estado en presentarlo para el muy culto y distinguido público de la ciudad. Y pues era cierto, al menos, la parte que se refería a que Rothko era un artista muy importante en aquellas fechas a pesar de tener catorce años de muerto. Pero Bernal ni idea tenía de lo que significaban esos cuadros grandes de colores planos con escurridos y veladuras en sus bordes, mucho menos los nombres y títulos tampoco le decían gran cosa… De hecho, salió de la galería un poco más confundido de lo que entró…

            La cuarta escala tuvo lugar en la facultad de teatro. Para esa ocasión, como que Bernal ya le estaba encontrando la cuadratura al círculo. No precisamente por los cuadros de Rothko. Así que ya no se impresionó tanto por la vestimenta de los alumnos, ni si usaban el cabello largo o si los hombres se veían hombres o no. Tampoco que las mujeres fueran medio estrafalarias. Aunque, para su gusto que ya se estaba amoldando a la situación, le pareció que eran una combinación ni tan fachosos como los artistas plásticos ni tan naturales como los músicos. Más bien parecían una pandilla medio inadaptada como los dibujitos animados de Scooby-Doo. También la facultad parecía un híbrido: entrando había un salón como de danza, donde unos tamborileros le daban con ganas a las congas. Como estaban a puerta cerrada, Bernal toda su vida se quedó con la duda de qué estaban haciendo allí dentro. En los otros salones, habían utilerías y vestuarios arrumbados que le daban esa apariencia entre salón de danza y taller de pintura, pasando por una bodega mal arreglada. Como no encontró mucho personal, pensó que estaban de vacaciones. En la dirección estaba un señor de pelo largo a los hombros, de alrededor de cuarenta y diez como dice Joaquín Sabina, sentado en un escritorio conversando con alguien mucho más joven. Cuando Bernal entró, lo vieron con interés, aunque no dejaron de conversar. Como Bernal titubeó un poco, el jovial sentado sobre el escritorio le hizo una seña para que se acercara.

― ¿Sí?... ¿Vienes al servicio social?… Porque todavía tenemos cupo, ahorita se va a ir otra camioneta.

― ¿Eh? No… ―Bernal esperó a que le volvieran a preguntar qué rayos buscaba entonces pero como no le preguntaron nada. Simplemente se le quedaron viendo muy sonrientes el par de hombres; ya, pues se decidió a preguntar.

― Vengo a pedir informes para inscribirme aquí…

            Al oír eso, los dos hombres se pusieron muy contentos. El joven, que parecía ser un alumno aunque estaba sentado como si ocupara el escritorio, es decir, como si trabajara en él, dijo.

― ¡Ah, qué bien! Gente nueva…

            El jovial de aparentes cuarenta y diez años de edad, parafraseando a Sabina, embozó una tremenda sonrisa y poniéndose en pie, dijo.

― Ah, pues entonces yo te atiendo, ven conmigo.

            Caminó dos pasos y abriendo una puerta señaló una oficina, le hizo una seña a Bernal para que entrara. Luego, antes de cerrar la puerta, le dijo al que se quedaba fuera…

― Me avisas cuando regrese la camioneta.

            Como Bernal se quedó sentado en medio de la oficina, el individuo le señaló una silla que estaba frente al único escritorio y mientras él se sentaba, se presentó.

― Yo me llamo Marcelo. Soy el director de la facultad de teatro. Creo que por aquí debo de tener unos folletos informativos… pero si no te voy a tener que pedir que vuelvas para la semana siguiente… Lo que pasa es que ahorita estamos en medio de un montaje… ¡Bueno! Realmente son los ensayos para una puesta en escena que estamos preparando. Con este trabajo nos vamos a ir al Festival de Teatro Universitario… El año pasado quedamos finalistas… Este año esperamos ganar…

            Como de Teatro, algo medio sabía Bernal, se aventuró a preguntar…

― Oh, oh, oh… ¿Y con qué obra participaron el año pasado?

            Sin dejar de buscar, el director Marcelo contestó.

― Con Las Criadas, de Jean Genet…

― Oh, oh, oh… ―Bernal trató de parecer muy conocedor aunque en su vida había escuchado dicho nombre―. ¿Y este año qué obra es?...

― Ah, pues con Marat/Sade, de Peter Weiss… ¿La conoces? En esta parte de la república mexicana no se ha presentado. No, señor. Por eso pensamos ganar.

          Marcelo dejó de buscar y fijó su atención en Bernal. Éste sonrió mostrando sus dientes medio torcidos y dijo.

― No, pues la verdad no. Pero suena muy bien… Eh, yo en la secundaria hice teatro…

― Ah, sí… ¿Con Ramiro?... ¿En qué secundaria fue eso?...

― En la Secundaria # 3, esa que está por los mataderos municipales…

― ¡Mira qué bien! No sabía que allí hacían teatro… Pues fíjate que ya te quedé mal. Vas a tener que regresar, otra vez, la semana entrante…

          Aunque Marcelo se quedó quieto en su lugar, Bernal pensó que ya lo iban a correr y antes, preguntó.

― Este, perdón, pero dijiste algo sobre un servicio social…

          Animándose, Marcelo comenzó a re-buscar de vuelta en sus cajones, diciendo.

― Sí, por allá afuera había una cartulina con los datos… Yo los tenía por acá… No los encuentro… Sí, se trata que necesitamos gente para ayudar en todo el proceso del montaje y producción… Hay que hacer de tramoyas, ayudar con la escenografía, con la iluminación, en cabina manejando la consola de sonido… No pagamos nada porque la universidad es muy pobre y desde nunca ha habido presupuesto… Pero ahí puedes aprender mucho, sobre todo si quieres entrar a estudiar aquí con nosotros… Por eso siempre pedimos a la facultad de hartas pláticas que nos apoye mandando gente para pintar telones y esas cosas. Y a la facultad de arquitectura para que ayuden con gente para hacer planos, maquetas y construir la escenografía…

          Más por decir algo que por otra cosa, Bernal comentó.

― Pero no hay paga…

― No, no hay. Pero los que trabajan con muchas ganas, que siempre son una minoría. Los invitamos para que se vayan de gira a la Ciudad de México para apoyarnos en el montaje allá, durante el Festival…

― ¿Y entonces ya hay paga?

― No, tampoco. Pero si damos los viáticos y todos los gastos de transportes… Bueno, de hecho se van en las camionetas con la escenografía y utilería. Y allá, todos nos hospedamos juntos en un hotel y se pone muy bien… Y allí sí, todos los gastos corren por cuenta de la facultad de teatro.

          Algo dubitativo, Bernal preguntó.

― Y yo ¿puedo participar?

― Oh, seguro que sí. No te digo que lo que aquí hace falta son brazos para trabajar.

          En ese momento, entró un tipo a la oficina sin anunciarse. Era de mediana estatura aunque semejaba una pelota por lo barrigón que estaba. Parecía traer una sandía metida debajo de su camiseta. Tenía toda la piel roja pero no por pertenecer a ninguna etnia ni nada de eso, sino más bien sugería haber estado bajo los rayos del sol durante unas ocho horas sin bloqueador de ningún tipo. Tenía una gran papada que hacía juego con la barriga, los cabellos largos y de un rubio cenizo que le caían lacios hasta los hombros, los ojos de un azul acerado y algo saltones, sonreía con una gran mueca, su piel brillaba de sudor y se quedó ahí plantado mirando con una expresión medio maniática al director y a Bernal.

― Adelante, adelante…

          Invitó Marcelo al tiempo que se ponía en pie. Realmente no era necesario porque el rechoncho sujeto ya estaba bien adentro. Intuyendo que ya había que retirarse, Bernal también se puso en pie.

― Mira, te presento al “Ruso”… él es aquí nuestro comodín, hace de todo: escenografía, tramoya, iluminación, vestuario, asistente de dirección, está en la post-producción… Maneja la camioneta… ―Marcelo.

― También saco a pasear a los perros, plancho la ropa de la secretaria y la hago de director cuando no hay quien atienda este negocio…

          Agregó el “Ruso” al tiempo que extendía la mano derecha para saludar a Bernal.

― Ah, también hago mis propias puestas en escena… ―"Ruso".

― ¿De veras? ―Bernal.

― ¡A huevo! El año pasado monté Las bodas del Cielo y el Infierno, de William Blake con una adaptación mía al texto…

― Ah, sí, es cierto… ―Marcelo.

― Nomás que me hicieron grilla aquí en la facultad de teatro, a mí que soy de la casa pero así son aquí… ―“Ruso”, fijando su atención en Bernal―. ¿Y tú, vienes a trabajar con nosotros? ¿Eres el nuevo iluminador? El otro se electrocutó y no le pagaron indemnización, te advierto.

― ¡Qué paso, “Ruso”! ―Exclamó Marcelo, viendo ceñudo al “Ruso” y con cara de interrogación a Bernal.

            Entonces, Bernal, en un acto de esos que en tiempos de guerra se consideran heroicos, mismo que marcaría su destino, dijo.

― ¡Pus va! Si hay chance de entrar, yo me aviento…

― Muy bien, ¡eso es lo que necesita México, chingaooo! ¡Gente que tenga deseos de trabajar! No que todos quieren ser políticos nada más, ¡chingaaa! ―Marcelo.

            Entonces, tomando unas llaves del escritorio, encaminó a todos hacia fuera mientras instruía al “Ruso”.

― Ok. Tú te vas con… perdón. ¿Cuál era tu nombre?

― Bernal Almazán Merino…

― Ok. “Ruso”, tú te vas con Bernal y lo pones a chambear en el teatro… ya sabes. Yo me voy en mi coche y allá les caigo en un rato.

            Una vez fuera, ya en la calle. Se volvieron a despedir y ambos vieron cómo Marcelo se retiraba por otro rumbo. Haciendo una seña a Bernal, el “Ruso” lo condujo hasta una camioneta con los logotipos de la universidad en sus costados. Le indicó que se subiera. Una vez dentro, comenzó a conducir.

― ¿Vamos al teatro? ―Bernal.

― ¿Teatro? No, hombre… Ahorita no hay nadie allá. Se fueron todos a comer, con suerte hasta como dentro de cuatro horas regresan…

― ¿A ensayar? ―Bernal.

― Tampoco. Hubo una fiesta anoche y todos andan bien crudos. Los actores llegarán hasta mañana, si es que se presentan. No, los que irán por la tarde son los tramoyas. A esos hay que ir a ponerlos a chambear, si no hay nadie que les de órdenes nada más se quedan sentados hasta que sea su hora de checar salida y no dan golpe en toda la tarde.

― ¿Entonces, a dónde vamos? ―Bernal.

― Vamos al bar a echarnos unas birras.

― ¿A comer, dices? ―Bernal.

― No, a por unas birras. A beber unas cervezas… ¿qué tú no bebes?

            Sonriendo como estúpido, Bernal contestó.

― ¿Beber cervezas? Sí, sí… Pero no traigo dinero…

― Pero no vamos a pagar nosotros, paga la facultad. Allí vamos a estar unas tres horas y luego nos vamos al teatro. Habrá que llevarles una cartón de cervezas a los tramoyas para que trabajen contentos.

― ¿Ah sí? ¿De veras? ―Bernal.

― Claro que sí. Mira, tú nada más fíjate bien. Conmigo vas a aprender todo lo que necesitas saber de teatro. Hasta debería de cobrarte una lana por todo lo que te voy a enseñar. Pero, me caíste bien, así que ¿cuéntame? ¿Cómo fue que viniste a dar aquí? ¿Te recomendó alguien?...

― Pues vine a pedir informes para inscribirme…

― ¡No jodas! Y yo que pensé que eras empleado de la universidad ja ja. Pues te diré que aquí son medio sonsos para enseñar. Tienen puras “divas” dando clases, y los que nos son “divas” son “vacas sagradas” pero bueno. Tú júntate conmigo y vas a aprender en serio. ¡Ya lo veras! Yo me las sé de todas ¡todas!... Pero ya llegamos al bar…

― Tú ¿das clases aquí? ―Bernal.

― ¿Yo? ¿Aquí en el bar?... ― “Ruso” sonriendo.

― No, digo allá en la facultad. ―Bernal.

―Yo sé más de teatro que todos estos burros juntos pero como no tengo papeles me tienen en calidad de auxiliar técnico… A mí me deberían dar un doctorado honoris causa mínimamente… Pero, obviamente que no les conviene a toda esta bola de pendejos, empezando por la dirección... Aquí se reparten las horas como quieren, meten a trabajar a puros sonsos que no saben hacer nada… Bueno, no lo digo por ti, tú eres cuate… Pero aquí meten a trabajar a sus queridas y queridos, y al rato ya todos tienen tiempo completo por no hacer nada. Mientras que yo soy el que hace todo el trabajo. ¡Así son aquí! Pero ya los vas a ir conociendo. Aquí tenemos más variedad de fauna que en un zoológico, vas a ver.

            Y, efectivamente, Bernal Almazán Merino los fue conociendo a todos. Aunque en su casa no les hizo mucha gracia cuando anunciara su decisión de estudiar teatro. Empero, eso no le interesó mucho a Bernal, puesto que: en la prueba de la visualización que hiciera, como en las ocasiones anteriores, si se vio claramente trabajando en el teatro: dando órdenes por aquí, corrigiendo detalles técnicos por acá, dando alguna sesuda conferencia teatral por allá, controlando todo desde la cabina, etc., etc… Pero, bueno, esa ya es harina de otro costal.

 

 

 

C'est fini.

 

 

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