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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN

Episodio SIETE

PAPELITOS HABLAN*

 

*Expresión usada para referirse a que es

mejor un acuerdo escrito que uno verbal. Dícese:

“papelito habla”, es decir, un documento me respalda;

similar a: “las palabras se las lleva el viento…”          .

 

Por José Agustín Orozco Messa

 

By Copyright©José Agustín Orozco Messa.

                 All rights reserved.

 

 

         Mal que bien, Fortunato Barradas ha sobrevivido a casi toda la carrera. No va en primer lugar pero se mantiene. El primer conflicto con un docente lo tuvo cuando se le ocurrió seguir los pasos de su condiscípulo Richard Naranjo y se cambió a otra clase de dibujo. En estos “tiempos modernos” y no me estoy refiriendo al clásico de Charlie Chaplin sino a este presente que vivimos ahora: es muy común poder pedir un cambio de docente en cualquier licenciatura universitaria. Sin embargo, en aquellos tiempos estudiantiles de Fortunato ¡eso era muy mal visto! Aunque los docentes no se tragaban unos con otros, todos se ofendían. Porque se estaba dando a entender que ¡ese docente no servía y por eso el alumno se iba! Pero, si se cuestionaba la sapiencia de uno se podía cuestionar la de todos. Por eso cerraban filas.

          Lo único que evitó que corrieran de mala manera a Fortunato de la facultad de artes fue que realmente tenía talento para las artes, de manera que hubo por allí voces anónimas que pidieron calma y el asunto quedó, más o menos, en el olvido. A final de cuentas, Richard Naranjo se fue solo y Fortunato terminó regresando a su clase de origen.

         Empero, la segunda vez fue más seria y casi lo echan a la calle. Como Fortunato era amigo nada menos que de Burundanga y estuvo entre el minúsculo grupo que lo apoyó en sus desmanes políticos, siguiéndolo como borrego. Cuando Burundanga fue, merecidamente ¡eso sí!, expulsado de la facultad de artes, varios docentes y administrativos apuntaron sus armas hacia Fortunato.

          Faltaba como un mes o poco más, para que terminara el semestre. Fortunato llegó temprano a la clase del taller en turno de ese semestre, cuando fue interceptado por un docente amigo suyo. Lo saludó pero le hizo una seña para que se acercara. Hizo como que se encendía un cigarrillo al tiempo que decía discretamente a Fortunato.

          ― ¡Necesito hablar contigo! Pero, aquí no. Vamos al bar de la vuelta.

           Por alguna razón, alguien había abierto un bar a la vuelta de la esquina. Quizá porque sabía que los alumnos y docentes de artes eran muy sedientos o qué sé yo, el caso es que ese bar siempre estaba repleto de gente de artes. Sobre todo en fines de semana. Pero, en ese momento que era medio día, pues únicamente un par de desconocidos borrachos estaban sentados a la barra. Nadie reparó al verlos entrar, porque como ya dije, era muy común ver: entrar y salir del bar a todo el personal de artes.

          Una vez sentados en la mesa más arrinconada y con un par de cervezas por delante. El misterioso docente dijo a Fortunato:

            ― Te van a expulsar de la escuela.

           Fortunato, que ya se llevaba su cerveza a la boca, se quedó más helado que la citada cerveza, abriendo los ojos tan grandes como segundos antes hiciera con la boca. El docente repitió:

            ― Te van a expulsar de la escuela. A ti y tus amigos.

            Saliendo de la sorpresa, reclamó.

            ― Pero ¿qué…, qué, quéeee?

            Bebiendo de su cerveza, contestó:

            ― Como te digo. Te van a expulsar de la escuela. A ti y tus cuates que andaban de alborotadores con el bruto ese de Burundanga.

            ― ¡Perooo…! ¿Cómo va a ser…?

            En realidad, era una pregunta retórica pero el docente le contestó el cómo:

            ― Te están levantando actas de reportes, con tres que acumules legalmente te dan de baja definitiva y listo. Estás fuera.

            [Acá hay que hacer un paréntesis: resulta que por cuestiones que ahora no me pondré a explicar, aunque la facultad de artes ya tenía algo así como quince o más años de existir, pues no tenía un reglamento aprobado. De manera que había algo así como dos reglamentos en vías perpetuas de elaboración. Coloquialmente se les conocía como: el de los “cuates” y el de la “gente non grata”.

            No se necesita ser muy genio para entender pero explicaré: si tú eras amigo de los docentes y administrativos, por la razón que fuera pero les caías bien pues. Y tenías la necesidad de, por ejemplo, ausentarte todo el semestre sin razón ni papel escrito de por medio. Luego, te presentabas en las últimas dos semanas de clases cuando los exámenes finales estaban en proceso y preguntabas al secretario académico ―que hacía las veces de subdirector―:

            ― ¿Será que tengo derecho a presentar los exámenes finales?

            Entonces, el secretario académico abría un archivero que había por ahí. Sacaba tu expediente y revisaba. Ponía cara de estar muy atento a lo que hacía. Recorría las hojas y luego de un rato decía:

            ― Pero ¡muchacho! Que acá dice que faltaste todo el semestre de manera injustificada.

            ― Es que fíjese que mi mamá estuvo enferma… ―Alegaba medio sonriente el interfecto.

            Dejando de ver el expediente y mirando fijamente al alumno, el secretario académico decía.

            ― Bueno, bueno. Vamos a ver qué dice el reglamento al respecto.

            Entonces, abría el cajón derecho de su escritorio y sacaba un grueso fajo de hojas entre las que se ponía a rebuscar hasta que encontraba algo y decía.

            ― Bueno… Mira, acá dice que si faltas de manera injustificada pero tienes sinceros deseos de continuar tus estudios… ¡Tienes derecho a presentar los exámenes ordinarios! Así que ¡no hay problema!...

           Pero, si tú eras todo lo contrario y por la razón que fuera le caías atravesado a los docentes y administrativos. Entonces, te enfermabas, pero como eras pobre y no tenías seguro médico. Pues te aguantabas la enfermedad postrado en tu lecho una semana. Cuando ya se te habían pasado las calenturas, te presentabas a la escuela y apenas habías llegado al salón de clases cuando te decía algún administrativo o el propio docente que tenías en ese momento, que no se te podía dar la clase hasta que te presentaras a hablar en la dirección.

            En la dirección te hacían hacer antesala varias horas alegando que estaban en junta. En esa dirección estaban en junta las 24 horas del día los 365 días del año, incluido bisiesto cuando fuera el caso. Si corrías con suerte, luego de tenerte todo el día allí parado, porque nunca había un asiento desocupado. Te hacían pasar, por fin, con el secretario académico. Quien, muy serio, te preguntaba…

            ― ¿Siii, en qué puedo ayudarte?

            Entre fastidiado, molesto y todavía enfermo, alegabas.

            ― Pues no sé. Resulta que estuve enfermo y no pude venir. Y ahora que vengo, me dicen que tengo que presentarme acá con ustedes pero…

            Interrumpiendo con ceño de mucha seriedad.

            ― A ver, ¿cuál es tu nombre?

           El secretario académico, que igual y ya conocía tu nombre pero pues había que seguir los protocolos claro. Luego de identificarte, el secretario iba al archivero que tenían por ahí y sacaba tu expediente. Regresaba y muy ceñudo comenzaba a revisarlo detenidamente. Luego de un rato exclamaba:

            ― Pero ¡no veo los justificantes médicos por ninguna parte!

           ― Pues ¿cómo los va a ver? Si le digo que acabo de presentarme apenas hoy por la mañana y me han tenido aquí todo el día.

            Sacudiendo la cabeza, el secretario, al tiempo que veía hacia todos lados.

            ― No, no, no. Esto es muy grave. ¿Por qué no hay justificantes?

            ― Pero es que estuve enfermo y acabo de venir hoy…

            ― ¿Pero y los justificantes?

            ― ¡Que no los tengo! Le digo.

            Sacudiendo las manos, el secretario, como si estuviera en un mitin político.

            ― A ver, a ver. ¡Vamos a calmarnos! No hay que gritar.

            ― Oiga, yo no le estoy gritando. Le estoy explicando…

            Continúa sacudiendo las manos.

            ― Te digo que vamos a calmarnos y no hay por qué gritar, ni alzar la voz.

           No se continúa hasta que te quedas callado mirando como vaca al secretario académico. Entonces, éste menciona, luego de volver a echar otra revisada infructuosa en busca de los justificantes.

            ― ¡Esto es muy grave! Los justificantes se debieron entregar a tiempo.

            ― ¡Pero si estaba enfermo! ¿Cómo los iba a entregar? No vine.

            Levantándose de su asiento como si ya se fuera a retirar para luego, volverse a sentar.

            ― Bueno, vamos a ver qué dice el reglamento al respecto.

         Entonces, abría el cajón izquierdo de su escritorio y sacaba un fajo de hojas entre las que se ponía a buscar afanosamente hasta que decía, señalando las hojas con el dedo índice.

           ― Hmmm, lo que me temía. Aquí dice que “el alumno causa baja inmediata de la facultad o escuela”… ―Mirando fijamente a su víctima―. Lo siento mucho pero estás dado de baja.

            ― Oiga pero ¿cómo…? Si aquí hay gente que nunca se para por la escuela y le dejan presentar exámenes…

             Cortando de tajo, al tiempo que se pone en pie.

            ― No, no, no, no. Aquí se cumple al pie de la letra con lo que dice el reglamento. Eso que tú mencionas no viene al caso. Estamos tratando tu asunto. Además, aquí lo dice el reglamento muy claro: si no justificaste tus faltas con tiempo. Estás dado de baja. Lo siento mucho.

            ― Pero le digo que no pude venir.

            En un repentino cambio, tratando de parecer democrático, el secretario pregunta.

            ― ¿Traes contigo los justificantes en este momento?

            ― Eh, no. Pues no.

            ― ¿Y las recetas médicas?

            ― No, es que no las tengo.

            Cruzando los brazos en notoria expresión de duda

            ― ¿Entonces cómo te curaste?

            ― Pues es que yo soy de fueras de la ciudad y no tuve dinero para ir al médico así que…

             Interrumpiendo y dirigiéndose hacia la salida para abrirla rápidamente e invitar a la persona a salir:

         ― Pues lo siento mucho pero yo tengo que regirme por lo que dice el reglamento escolar. Pero si tienes una inconformidad puedes dirigirte al Consejo Universitario y tramitar una revisión de expediente.

             ― Oiga pero es que…

            ― Pero eso lo tendrás que ver con la secretaria porque ahora ya se me ha hecho tarde para una importante junta en la rectoría, así que con tu permiso pero tenemos que retirarnos…

            Más menos, los hechos ocurrían así. Fin del paréntesis.]

            La cerveza de Fortunato se quedó un rato sobre la mesa entibiándose. Por su parte, el informativo docente se bebía la suya pausadamente. Cuando iba a la mitad, se encendió otro cigarrillo y preguntó.

            ― ¿Qué piensas hacer al respecto?

            Fortunato era muy bueno con las manos para dibujar y pintar pero con las ideas parecía tener problemas y no ser tan rápido ni diestro. Dubitativo, contestó

            ― Eh, pues no sé… ¿Si hablo con el secretario académico?

            Sonriendo y exhalando humo, contestó el docente:

            ― Ja, ja. Precisamente ese es el que te anda levantando los reportes.

            ― ¿Qué? Entonces, hablo con el director.

          ― Ah, sí serás buey. Pues todos en la dirección están en tu contra. ¿Con quién carajos vas a hablar que te quiera ayudar?

            Sin beber de su cerveza que ya estaba casi al tiempo sobre la mesa.

            ― Entonces, ¿ya me trabaron estos cabrones?

            Notando lo de la cerveza, el docente comentó:

          ― Bébete la cerveza que se está entibiando. Y ¡fíjate que merecido te lo tienes por andar de pendejo apoyando a Burundanga! Desde el principio te dije que ese inútil te iba a llevar entre las patas.

            ― Pues sí, pero es que era mi amigo…

            Haciendo una seña para que se callara, el docente continuó

           ― Tú amigo. ¡Mira cómo te dejó tu amigo de embarcado! Bueno ya. Yo te puedo ayudar pero primero tenemos que contar con el apoyo de tu maestro del taller que llevas este semestre. Si él no nos ayuda pues entonces hasta acá se te acabó la fortuna Fortunato.

           Por respuesta, Fortunato hizo una mueca. A continuación, explicó quién era el docente del taller de ese semestre. Después contestó todas las preguntas que su inesperado mecenas le hiciera y tomó nota de un texto que aquél le dictó. Poniendo suma atención a todo lo que se le indicó debía de hacer. E inmediatamente se puso a hacerlo.

           48 horas más tarde, Fortunato se presentó a clases pero en el patio de la escuela fue interceptado por un administrativo que le dijo.

            ― ¡Fortunato, te requieren en la dirección!

            Dando marcha atrás, Fortunato se dirigió hacia la dirección y preguntó con una de las múltiples secretarias por quién lo solicitaba. La secretaria le indicó que tomara haciendo pero no habían pasado ni 30 segundos cuando le avisó que podía pasar a ver al secretario académico. Cruzó toda la habitación y llamando a la puerta, una voz le invitó a pasar. Allí estaba sentado muy sonriente el secretario académico, quien le dijo, sin perder la sonrisa

            ― Siii, ¿en qué puedo ayudarte?

            Sin perder su aplomo, Fortunato contestó:

            ― Pues no sé. Me dijo un administrativo que acá me llamaban.

            Poniendo cara como de que recordaba algo, preguntó el secretario:

            ― Ah, sí. ¿Cuál es tu nombre?

            ― Fortunato Barradas.

            ― Es que sucede que hay unos reportes muy serios en tu contra este semestre… Ah, pero, toma asiento…

            Fortunato se sienta tranquilamente ante el escritorio del secretario. Entonces pregunta:

            ― ¿Reportes…?

            ― Sí, aquí dice que varios maestros han tenido quejas en cuanto a tu conducta este semestre y…

            En ese momento, Fortunato interrumpió al secretario diciendo:

            ― Pero eso no puede ser posible porque yo estoy dado de baja y no he venido a clases en todo el semestre.

          El secretario académico se quedó con la boca abierta y los ojos cuadrados. Unos segundos después, retomó la compostura y dijo:

            ― Este, ¿qué dijiste?

            ― Que no puede ser posible que me hayan levantado reportes si yo no vengo a clases en este semestre.

            ― Pero ¡cómo es posible eso! Yo te he visto por la escuela todo el tiempo.

            ― Ah, pues eso es porque vengo de visita a ver a mi maestro del taller pero yo no estoy tomando clases este semestre porque estoy dado de baja temporal.

            Sacudiendo las manos como si se estuviera abanicando, el secretario exclamó:

            ― Pero ¡no hay ninguna baja en tu expediente!

            ― Ah, ¡cómo no! Allí está la baja desde que inició el semestre.

            Casi corriendo, el secretario académico fue hasta el único archivero que había por ahí y regresó con el expediente de Fortunato. Lo revisó rápidamente y, de repente, ante sus ojos, apareció un ofició donde decía, efectivamente, que Fortunato Barradas estaba dado de baja para todos los fines legales desde inicios del semestre. Pudiendo inscribirse en el siguiente periodo lectivo, con todas las firmas y sellos correspondientes de la universidad y de la dirección donde ahora se encontraba sentado. Todavía sin dar crédito a lo que sus ojos veían, el secretario mencionó.

            ― ¡Pero si estás dado de baja!

           ― Exactamente es lo que le digo. Y acá tengo mi copia, que siempre la traigo conmigo por lo que sea que se ofrezca. Ya sabe usted que luego se traspapelan los documentos pero así yo tengo mi copia. Sin embargo, de esos reportes que usted menciona no tengo nada. Se supone que se me debieron hacer entrega y yo tuve que firmarlos de recibido y no hay nada de eso. Me supongo que eso es porque debió haber habido algún error y no son míos. Porque como yo no he venido a clases ―haciendo hincapié verbal en esa última frase―, ¿cómo fue posible que me reportaran, yo nunca estuve aquí en clases?

            Todavía sin entender lo que había pasado, el secretario preguntó:

            ― Pero sabe tu maestro del taller que estás dado de baja.

           ― Pues claro que sí, si no me está dando clases porque legalmente estoy de vacaciones todo el semestre. Pero si no me cree le puede preguntar.

            Cerrando el expediente, el secretario comentó.

           ― ¡Claro que sí! Es decir, claro que te creo, digo, no es necesario, acá está el oficio de baja  y pues debió de haber ocurrido un error.

            ― Pues es lo más probable, sí.

            Ambos se quedaron mirando como si estuvieran en un parque. Luego, Fortunato preguntó.

            ― Este, ¿algo más que me quiera usted decir?

            ― Oh, no, no. Te puedes retirar. Todo está bien

            ― Bueno, con su permiso y que tenga buen día.

           Muy sonriente, Fortunato salió de allí. Esa tarde noche, se reunió con su maestro del taller y el otro docente que le ayudara a salir del problema, para contarles todo lo que había sucedido. Por las dudas y para evitar ojos indiscretos, la reunión tuvo lugar en otro bar a varias cuadras de la facultad de artes. Muy atentos, ambos escucharon todo los comentarios de Fortunato y festejaron que pudieron salvarlo de la trampa que la dirección le tendiera.

           Simplemente habían torcido el sistema, ya torcido de por sí, para que cayera en favor de Fortunato. Quien tuvo que redactar un oficio de solicitud de baja temporal, con fechas extemporáneas. El docente anónimo lo entregó a una de las secretarias, amiga suya. Quien se encargó de ponerle todos los sellos y hacer que lo firmara el director, entre toda la bola de papeles que firmaba sin siquiera leerlos y listo. Lo colocó en el expediente de Fortunato y entregó las copias.

           Del mismo modo como la dirección repartía actas falsas como si se trataran de dulces, ellos habían introducido un acta de baja temporal que evitaba la expulsión de Fortunato puesto que no era alumno regular. También hacía evidente que las actas falsas de reportes eran eso: falsas, porque nunca habían ocurrido. Empero, eso ya lo sabían las autoridades administrativas de la facultad porque ellas mismas habían inventado las actas de los reportes. Sin embargo, como ahora había un documento que legalmente respaldaba que Fortunato nunca había estado en clases, ¡ya no era posible expulsarlo con base en dichas actas porque nunca habían ocurrido! Como la dirección las había inventado en fechas al azar. No sabía si Fortunato había estado allí o no. Pero todo se les había ido al traste porque había un acta de baja temporal.

          De manera que, legalmente, bueno: “entre comillas eso de legalmente”, habían utilizado los mismos medios fraudulentos de la administración para aplicárselos a ellos y listo. Como decimos acá en México: “una sopa de tu propio chocolate”.

          Sea como fuere, la dirección de la facultad se tuvo que conformar con expulsar a los otros tres pobres miserables que, junto con Fortunato, habían sido amigos de Burundanga y lo habían apoyado en todos sus mítines políticos. Entiéndase: aquellos donde ofrecía que todos iban a aprobar la carrera sin necesidad de asistir a clases. ¡Ah, sí era bruto Burundanga! A final de cuentas, eso ya lo hacía la administración de la facultad de artes con su reglamento para los cuates, como ya lo he señalado. Si eras “amigo” no necesitabas ni ir a clases, ni presentar exámenes, es más, ni siquiera necesitabas acreditar los conocimientos que allí se enseñaban durante toda la carrera. Lo único que necesitabas, era precisamente ser “amigo” de la dirección y, por supuesto, que ellos te extendieran el documento legal que te acreditaba como licenciado en artes. Sólo eso…

          Lo bueno que esos viejos vicios ya quedaron atrás… ¿…? Bueno, eso dicen ahora.

 

                       

 

 

C'est fini.

 

 

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