Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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POLVAREDA
(Novela por entrega)
Capítulo VI

Por Rocío Casas Bulnes

 

Piedra. Pensar en el pasado es posible, nombrarlo no. Pese a los esfuerzos no se puede producir ni siquiera frases sueltas. Se dice cómo se escuchaban aun los ruidos de lo que fue en un tremendo bullicio, mas la mirada no localiza el verdadero lugar de donde provienen los sonidos. Las pisadas en el barro siguen ahí, calientes. Persiguiéndolas se llega al propio desvanecimiento. Lo único que se tiene son los restos desperdigados. Tan terriblemente inmutables. Laten con fuerza bajo la suave capa vegetal. Reposan, pero en vigilia. Piedra. Por algún motivo de peso se eligió ese material. Siguen estando ahí para recordarnos de nosotros mismos. Algunas demasiado enterradas. Otras bajo luces artificiales, mostradores de vidrio antirreflejante y en el mejor de los casos climatizadores. La piedra es lo que nos define, decían. Pero no la conocemos. Lo único que sabemos son historias contadas por otros.

Y qué tenemos mas que tratar de explicarnos mejor. Habían dibujos que penetraban las piedras haciéndolas parecer blandas. Habían pinturas en las paredes. Algunas enormes, con celestes fondos que brillaban, pinturas de hombres adornándose las cabezas y conversando entre ellos siempre de perfil, pinturas de plácidas rutinas cotidianas, de torsos desnudos, luchas hasta la muerte y animales entremezclados con lo humano. Las mujeres se veían anchas y en reposo. Los hombres, sensuales y llenos de vida. Habían extensos tejidos de diálogos abstractos, utensilios de cerámica con seres reales e imaginarios, también pintados. Había, por último, muchos huesos. Algunos desintegrándose a solas. Otros bajo la piedra. Los más  en acumulaciones equivalentes a cientos de cuerpos. Masas de costillas, dientes, caderas y pedazos amarillos indefinibles. Algunos perfectamente alineados, como un durmiente que se fue para ir a soñar y jamás volvió, mezclados con metales brillantes y joyas color de río. Pero ya nadie era capaz de leer la piedra ni la pintura ni el textil ni la tierra moldeada. Estaban modificados y no había marcha atrás. Lo único que quedaba era entrar a formar parte de aquellas historias que otros contaron, ser capaces de vivir y dejarse encarnar por el relato hasta que sus transformaciones fueran sutiles pero fieles al pensamiento de cada uno.

Por supuesto sucedió que hicieron de ese pasado un espacio de utopía, como imaginando el tranquilo dormitar en el vientre materno. De qué otra forma concebir lo que se vivió en el comienzo de los comienzos, lo que no podrá volver a experimentarse por más regresiones inventadas. En el inicio se tiene sólo eso y la piedra. Respectivamente representando la fantasía y otro la realidad física de todos. La diferencia está en que lo primero es proclive a la descomposición e hijo de las metamorfosis más inagotables. La piedra, por otro lado, es estacionaria, fija e inmutable. Casi inmortal.   

Seguiremos viajando tiempo atrás, en las lineas de generaciones y ancestros de los señores a quienes hemos observado de cerca. Su hambre de poder era vieja, alimentada con los años, pareciera que cada vez más insaciable. No es fácil explicársela pero algo nos dicen los rastros, esos textos antiguos que van quedando, algunas inscripciones perdidas. Los señores que más tarde adquirieron el poder descomunal eran primero tres brujos perdidos en la selva, probando las lianas y los hongos escondidos bajo el musgo, la baba de ranas amarillas y cierto tipo de arañas nocturnas. Veían en todo esto puertas a lugares desconocidos y, aunque no querían nombrarlas, comenzaron a utilizarlas ardientemente. En esos estados febriles abrieron zurcos entre las selvas y aparecieron caminos duros, de tierra mezclada con piedras molidas donde difícilmente crecerían las plantas. Y esos caminos no llevaban a ningún lugar en especial todavía, pero al terminarlos miraron en ellos las señales de un progreso.

Cuando las tribus pasaban por algún camino quedaban pasmados ante tanta planicie desierta, sólo por un momento, pues se dice que la gente de la selva está acostumbrada a tener visiones desconocidas. Pero justo cuando se decidían a seguir adelante escuchaban ladridos de coyotes y rugidos de felinos furiosos, así que corrían con toda su alma, para luego llegar a sus casas y compartir siempre las mismas historias. Pronto sospecharon de los brujos, y tenían toda la razón. Eran ellos quienes se escondían detrás de los árboles, al borde de sus creaciones peatonales e imitaban los gritos de animales salvajes para espantar y pasar un buen rato saboreando la superioridad. Tienen que ser ellos, decían entre las tribus, sin mucha certeza. Luego se iban a sus camas y olvidaban la humillación para continuar con sus vidas.

Por su parte los tres brujos adoraban unas estatuas de piedra todos los días. Eran dos muchachos jóvenes esculpidos con suavidad, como si fuera barro ese material duro y la tierra se transformara en sustancia inpenetrable por arte de ciencia mágica. Cada noche los brujos les llevaban sangre de pájaros y venados, derramándola frente a esos dioses. Pensaban que gracias a ellos tenían el poder de la naturaleza y la dominación sobre los otros hombres. Cargando con un sentido de deuda no pagada, se pinchaban sus propios brazos y orejas para ofrendar sangre propia, y así veían cómo una sutil línea aparecía en la cara de esos ídolos a modo de sonrisa satisfecha.

Un día, estando cerca de los caminos construidos, se cruzaron con uno de las tribus que iba desnudo, cargando con un montón de leña. Lo vieron así, el sudor corría por todo su cuerpo acariciando los músculos que temblaban en el esfuerzo. El pelo en la cara lo cegaba, pero ese hombre conocía tan bien su trayecto aun fuera del camino artificial que avanzaba sin ninguna dificultad. Sintieron que era su deber llevar sangre más preciada a los dioses y mejor que asustarlo con los gritos salieron a su encuentro y lo mataron ahí mismo, para luego desangrarlo frente a la piedra. Ese fue el primero de muchos secuestros. Y no abandonaron su propio mito de seres que a su vez eran animales, pues cada vez que se iban con un cuerpo dejaban tras de sí huellas de felino y coyote.

Los hombres de las tribus comenzaron preguntarse por la causa de tantos desaparecidos. Analizaron el suelo alrededor de los caminos y vieron con sorpresa las huellas de animales. No son los brujos, se decían, pero esto no puede ser. Rastrearon esas huellas y no pudieron mas que perderse, pues estas seguían líneas contradictorias que los hacían dar vueltas sobre sí mismos dentro de los espacios impenetrables de la selva hasta perderse y ser capturados. Así sucedía: de pronto se encontraban en medio de una neblina muy densa. Dicen que entonces se formaba una lluvia negra, todo alrededor se hacía lodo y ya no veían nada hasta que les llegaba la muerte.

Fue en esos días cuando algunas mujeres y hombres de la tribus tubieron visiones extrañas cuando iban al río. Contaban que al llegar veían las figuras de unos muchachos bellísimos que se bañaban entre risas. Su piel era gris y brillante. Muchos trataban de acercarse pero estos seres, al notar que eran vistos, desaparecían entre las aguas como si hubiesen sido producto de la imaginación. Por un tiempo quienes los vieron no decían nada, pero cuando alguien comentó algo sobre dos jóvenes en el río todos tenían una historia que contar al respecto, y así notaron cómo estos relatos se ensamblaban en uno sólo que era el siguiente. Habían presencias sobrenaturales en las aguas, y estas eran de seguro quienes ayudaban a los brujos en sus planes de aniquilamiento injustificado. Confiando en su intuición dieron paso a idear un plan.

¿Cómo podemos asegurarnos si son dioses o no, y en este caso adorarlos también para que no nos hagan más daño los brujos?, se preguntaron. Y fue así como a uno se le ocurrió tentarlos, mandando a sus hijas más hermosas a nadar desnudas en el río. Fueron a buscar a tres de ellas. Les dijeron deben ir a bañarse en la orilla completamente desnudas hasta que vean a dos muchachos con piel como de piedra. Si ellos las llaman, acérquense. Si quieren tocarlas, permitan que lo hagan. Deben entregarse a todo lo que ellos deseen, de lo contrario nosotros mismos las mataremos. Luego vuelvan con las pruebas de la existencia de estos seres.

Las jóvenes fueron hacia el río y obedecieron a las órdenes de sus padres por más miedo que tenían. Pero ellos olvidaron enseñarles a mentir porque en cuanto los dioses vieron esos cuerpos provocadores preguntaron qué hacen aquí. Nuestros padres nos enviaron, respondían ellas, a buscar pruebas de su existencia y llevárselas de vuelta. Los dioses les pidieron que esperaran ahí. En el vuelo del aire llegaron hasta las profundidades de la selva donde estaban los tres brujos. Ustedes que conocen tan bien el arte de la pintura, hagan tres mantas en con las que podamos dar una lección a los señores que quieren pruebas de nuestra sagrada existencia, les dijeron. En unos pocos segundos volvieron con las pinturas hasta las jóvenes. No se las pongan ustedes, son sólo para sus padres.

Llegaron las mujeres y en sus cuerpos no había arañazos ni moretones ni sangre. Nada que evidenciara una violación, cosa que los padres esperaban ansiosos. En cambio traían un paquete con las mantas, y al desplegarlo los señores vieron maravillados cómo en una había un felino gigante, erizado, mostrando todas sus garras. En otra un águila con las alas estiradas, como bajando a tierra a punto de cazar a su presa. En la última sólo pudieron distinguir unos puntitos color ocre. Se pusieron cada uno las mantas y andaban pavoneándose frente a todo el pueblo cuando de la última pintura se desprendieron avispas que perforaron el cuerpo debajo. Así sucedió con el águila también, la cual se encargó de arrancárle los ojos al hombre y abrirle el pecho a picotazos. El tercer señor soltó su manta y trató de huir pero era demasiado tarde. El felino estaba desprendiéndose de la tela y ya se ecuchaban sus rugidos. Corrió hasta él, se lanzó encima y lo mató lentamente. Como un gato que juega con el cuerpo de un ave.

Desde entonces nadie tuvo duda. Las representaciones de la naturaleza o de seres míticos laten por debajo. Es algo que se escapa incluso a quienes las construyen. Pueden percibirlo, mas no nombrarlo y menos controlarlo. Muchos dicen que esto sucedió desde ese entonces, cuando los brujos pintaron las mantas bajo la orden y vigilancia de los dos gemelos dioses. Otros sostienen que el poder viene de muy atrás. Continuemos nuestro camino hacia el pasado para averiguar este y otros asuntos.

 

... CONTINUARÁ ...

 

Noviembre, 2012


Rocío Casas Bulnes (1984-), escritora e investigadora que ha centrado su trabajo en el estudio de las diferentes manifestaciones artísticas. De padre mexicano y madre chilena, nació en San Diego y vivió durante su infancia y adolescencia en Estados Unidos, España, Chile, Portugal, México y Francia. Fue alfabetizadora para adultos en comunidades campesinas mexicanas. Luego de pasearse por la Historia del Arte y el Teatro, hizo un diplomado en Estudios de Arte y se tituló de Literatura Creativa obteniendo la distinción máxima. Publica ensayos, artículos, entrevistas y narrativa para medios tanto periodísticos como especializados. Sus trabajos pueden encontrarse en publicaciones dentro de Latinoamérica y Europa, donde fue incluida en la segunda antología de Contemporary Literary Horizon. Actualmente es coordinadora de la “Cátedra Abierta UDP (en homenaje a Roberto Bolaño)”. Próximamente se publicará su libro “El hombre de siempre”. Vive y trabaja en Santiago de Chile.

http://www.rociocasasbulnes.blogspot.com

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