Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Guía para Descarriados

RECORDANDO AL INCREÍBLE TEIXEIRINHA

 

I     VITOR MATEUS TEIXEIRA

Santo Antônio da Patrulha es uno de los municípios más antiguos del sur de Brasil; desde los tiempos coloniales, constituía paso obligado para las tropas de arrieros que, en épica trashumancia, llevaban miles de cabezas de ganado desde los confines mas sureños del imperio portugués, casi en el mismo Río de la Plata, hasta el interior de Minas Gerais (atravesando Santa Catarina, Paraná y São Paulo), en donde la fiebre de las piedras preciosas había hecho brotar poblados como hongos, poblados que precisaban de carne, cuero, leche y caballos, justamente los productos por excelencia del recanto más austral del Brasil, el Estado de Rio Grande do Sul, cuyo primer nombre fue, allá por el siglo XVII, Continente de São Pedro do Rio Grande.

Para los años veinte del siglo pasado, en una mirada a vuelo de pájaro, poco quedaba en Santo Antônio da Patrulha de aquella ciudad-campamento en cuyas calles el ganado antaño se desplazaba como um río de carne viva y cuernos, acompañado de mugidos, gritos de los arrieros, peleas a cuchilladas y pantagruélicos asados bien regados de alcohol y mate. Las comodidades del siglo XX habían hecho lo suyo suavisando la vida, pero, como suele suceder, las formas rudas del pasado, así como el espíritu que las vió nacer, subsistían en las localidades más apartadas, enredadas en el paisaje campestre y, sobretodo, en el alma de sus habitantes.

Una de estas localidades era Rolante, pequeño pueblo que, a pesar de estar a sólo 90 kilómetros al noreste de Porto Alegre –la populosa capital del Estado-, parecía estar atrapado en el tiempo, como una tropa de ganado en una cañada; y aunque nada parecía pasar en Rolante, los bien informados saben que ahí, un 3 de marzo de 1927, nació Vítor Mateus Teixeira, pequeño garoto que ya a los nueve años de edad quedaba huérfano de padre y madre, y debía afrontar, como sea, la tarea de vivir.

II     LA CALLE COMO ESCUELA

Nacer en las clases más desposeídas tiene su lado bueno: nos exime de tener que lucirnos con triunfos como descubrir la estructura del ADN o construir una teoría filosófica rimbombante. Ahora, si a esa precaria base le sumamos la pérdida de los padres a temprana edad, las posibilidades del destino ya poco y nada importan, y la sociedad se contenta con que la criatura al menos no haga mucho escándalo transformándose en terrorista o asesino serial. Lo cierto es que del niño entregado a la calle y a las alimañas que la habitan no se espera nada digno de aplauso. Sin embargo la calle tiene su mistério y el hambre su poesía, y el joven Teixeirinha supo rápidamente tomarle el pulso a la mentada universidad de la vida y aprobar, con todas las trampas y artimañas, cada uno de sus cursos. Así, de campesino pobre pasó a vendedor ambulante, luego a cargador de fardos y a un largo etcétera hasta encontrar un empleo estable en una dependencia municipal relacionada con la mantención del buen estado de las calles. Las calles, sí, no podía ser de otra manera, es así como los dioses juegan con nosotros. El tal empleo sirvió no sólo para recibir unos cuantos billetes estables al final de cada mes. Como en toda empresa, de manera periódica se organizaban convivencias, y fue en estas fiestas en donde Vítor Mateus descubrió sus dotes de improvisador, cantor y actor; en resumen, encontró su camino, el escenario era lo suyo.

A fines de los años 40, salvo figuras aisladas como Pedro Raymundo (nacido un poco más al norte, en el Estado de Santa Catarina) y Gildo de Freitas, la música gaúcha no abundaba precisamente en las radioemisoras ni en las disquerías de Brasil. Algo avasallados por la cultura carioca y paulista, los músicos del sur del Brasil debían contar con repertorios panbrasileiros para poder ser contratados. Fue en esa realidad ecléctica que Teixeirinha hizo sus primeras armas, ese es estrictamente –junto com el hambre como inspiración- el origen de su variada propuesta. Eran también los años de labor ardua por parte de recopiladores del folklore de la talla de Barbosa Lessa (Piratiní, 1929 – Camaquá, 2002) o João Carlos Paixão Cortes (Santana do Livramento, 1927- Porto Alegre, 2018), quienes terminarían fijando gran parte de lo que hoy se considera oficialmente como folklore gaúcho. Ya para la década siguiente, grupos como Os Irmãos Bertussi comenzarían a cambiar radicalmente el panorama, y en ese fermento identitario Teixeirinha dibujaría su peculiar silueta.

III     GRITO, PLATA Y...MARY TEREZINHA

Para fines de los años 50, la ciudad de Rolante había obtenido su emancipación política de Santo Antônio da Patrulha, transformándose en município hecho y derecho, y su hijo pródigo ya había ganado su lugar entre los cantantes habituales en los programas en vivo de las rádios, pero en 1960, con su cuarto disco single, vino su definitiva explosión: la canción Coração de Luto, que de hecho era el Lado B del disco, instaló al aguerrido cantor, con la edad de Cristo, en el estrellato, y hablar de éxito en un mercado de las dimensiones del brasilero, es hablar de estrellato con mayúsculas. Con las ganancias de Corazón de Luto se compró una casa e inició la etapa apoteósica de su aventura vital.

Al igual que los sinsabores, a los aciertos parece gustarles venir en bandadas, y junto con el río de dinero entrando a sus bolsillos, a Teixeirinha le sobrevinieron dos revelaciones con la década que comenzaba: La primera, hizo una película auto interpretándose, a la manera de Amácio Mazzaropi (comediante ítalo-brasilero que para la época llenaba los cines en Brasil), multiplicando su impacto y elevándolo a la categoría de leyenda, ahora leyenda pop.

La segunda revelación fue de otra índole. En sus giras, solían presentarle a jóvenes talentos, nóveles cantantes o instrumentistas que esperaban su bendición o al menos tomarse una foto histórica junto al ídolo. Así fue como en 1961, de paso por la ciudad de Tupanciretã, un esperanzado padre de familia le presentó a su hija, Mary Terezinha Cabral Brum, de 13 años, avesada acordeonista. Claramente Teixeirinha, con más que curtidos 34 años de edad, vió en la ingenua adolescente casi niña varias potencialidades. No demoró en reclutarla y transformarla, no mucho después, en su amante oficial.

La dupla Teixeirinha & Mary Terezinha instaló la música gaúcha en el gusto popular desde Uruguay al Amazonas y desde Pernambuco hasta el Pantanal. De impronta icónica, la contrahecha figura del anti galán al lado de la cándida acordeonista de sonrisa franca y eterna, caló hondo en el alma popular, y hoy es casi imposible hablar de uno(a) sin mencionar al otro(a). Los filmes, ahora con estrella femenina, se sucedieron hasta sumar 12, y entre los años 60 y 70 provocaron tanta emoción y dinero como los goles de Garrincha y Pelé juntos, llegando a sumar un millón y medio de espectadores. La fórmula del éxito era una mezcla entre la típica película para vender un cantante (lo hicieron Elvis Presley, The Beatles, Antonio Prieto, Sandro, The Monkeys, Leonardo Favio, etc.), y una barata aventura de héroe capaz de doblegar a una tropa de malhechores, con los golpes de puño y carreras de autos de rigor, una buena dosis de melodrama y el infaltable final feliz. Arte Kitsh o cine Clase B, con más de alguna cercanía con la obra que, del otro lado del rio Uruguay, realizaba Armando Bó (Buenos Aires, 1914-1981) esgrimiendo hasta el cansancio y en technicolor el relieve magnífico y turgente de Isabel “Coca” Sarli.

 

IV     FINAL INFELIZ

Por lo escrito más arriba, no vaya a creerse que la obra de Teixeirinha quedó relegada a la anécdota, la comedia o a lo que hoy se denomina “bizarro”, para nada. Escuchar hoy uma canción interpretada por Teixeirinha es una experiencia telúrica. Parecido en el cuerpo y en el alma a Lucho Barrios, también fue señalado por los dioses para cargar y transmitir ese eflúvio escalofriante llamado emoción. Fue también, junto a Os Bertussi, Os Mirins, Nelson e Jeanette, Os Serranos y otras bandas fundacionales, uno de los responsables de la instalación definitiva de la música gaúcha en el ideário colectivo del sur de Brasil. Y no sólo eso, su bizarria (ahora recuperando el significado original del vocablo, es decir “valentía”) y el fardo de complejidades que debió soportar como un karma desde temprana edad, le otorgan un innegable malditismo que distancia su figura de los otros artistas mencionados. En ningún acorde o frase de Teixeirinha se percibe esa anódina actitud que vuelve tan livianos a la mayoría de los folkloristas. Fue un alma compleja, eso está claro, y quizás ahí está el nexo con el público que lo hizo vender alrededor de cien millones de discos desde 1960 en adelante. Toda vida es compleja o, como me dijo una gaúcha alguna vez, en la que constituye una de las mejores frases que mis oídos han escuchado: “de cerca nadie es normal”.

Teixeirinha tuvo nueve hijos; siete con su esposa oficial y dos com Mary Terezinha, su amante oficial, la que en 1984 decidió abandonar la dupla para consagrarse a la música evangélica (lo que en Brasil se conoce como Assembleia) y al arrepentimiento, dejándole al aguerrido gaúcho una carta de despedida que provocó en este un ataque al corazón. Con el corazón de luto, Teixeirinha intentó continuar rodando, pero poco más duro. Como un toro con el lomo sangrante atravezado de finos estoques, paseó su figura tempranamente envejecida por ciudades y pueblos con irregular respuesta. En Santana da Boa Vista, por ejemplo, un pequeño pueblito enclavado en las sierras del sudeste, se dice que no llevó más de cuarenta espectadores. Pero la leyenda, que no se rige por cifras ni por derroteros matemático-racionales, continuaba creciendo. Se decía, por ejemplo, que a quien tararease la canción Corazón de Luto se le moriría la madre en pocos días; se decían también otras cosas, como que Teixeirinha era insoportable en persona, que no salía de su habitación sin maquillaje, que destruía con sus propias manos las grabaciones que no lo satisfacían; en fin, el hombre estaba muriendo (moriría en Porto Alegre en diciembre de 1985) y el arquétipo naciendo.

 

Marcelo Olivares Keyer

Santana da Boa Vista

Noviembre 2018.

Escáner Cultural nº: 
207

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