Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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CARTA A MI NIETA
 

A Mariana, Germán, Antonio y Santiago, míos.


            Mi corazona:
 
            Recuerde que el abuelo no sabe tutear, habla en obra negra, el pobre. La voz le sale como con mala letra. Punto. Le escribo como parte de la segunda clase del curso para portera de equipo de fútbol, labor que me he puesto sobre mis hombros y que pesa menos que un costalado de azúcar atomizado y untado de ese color rosado químicamente horrendo, pero re-rico, un color similar al de las medias de los toreros. También hay medias de torero de color violeta, le digo por si le sirve para alguna materia del colegio, o sea, para un examen, oh.


            Enseñarle lo que iba a olvidarse, de esa etapa de mi vida en la que fui portero, o sea salvarlo a tiempo de la mancha gris que se toma las neuronas, es como cargar una burbuja de sonrisa sobre el sitio donde los dos omoplatos, vistos desde la espalda, hacen su centro, algo así, leve, como el temblor del tigre mío (mi tigre, debo aclarar, tiembla con el temblor exacto de los alrededores del sitio en la espalda donde va la burbuja de sonrisa, ¿bueno?, o si no, no sale el juego). En resumen, y sin tanta verborrea, sepa que viéndola jugar he vuelto a ser joven, a la cancha del barrio donde jugábamos los más grandes partidos y, también, tuvimos nuestras mejores peleas a mano limpia con nariz reventada y ojo colombino. Me gusta este pedacito de la vida, gracias a su fútbol.

            La primera clase se la dicté cuando hablamos, antes del último partido (el primero lo ganamos 3 por 2 y fuimos felices, como una de esas caritas ridículas que le ponen en los emails los que no saben decir te amo y ya están perdiendo algunas de sus únicas palabras), sobre la necesidad del portero de salir por el balón, corriendo a toda mecha, cuando calcula que su compañero defensa no lo alcanzará pero sí, el delantero enemigo. Entonces el portero debe salir a arrastrarse, si es preciso dejar la carne entre el polvo, para disputarle la redonda al enemigo, digo, en buenos términos). De lo que se deduce que es buena idea no quedarse escampando bajo los palos sino correr dentro del área sintiéndose seguro. Acosar al delantero. Se debe tener certeza siempre sobre si el balón vuela lento, rápido o regulimbistimbis, póngale la tilde usted a esa paoabreja, mi corazona. Así uno calcula el momento del salto para encontrar el balón que viene a jodernos, como el disparo de un odio feroz, en los mejores términos, por supuesto.


            Cuando se está siendo atacada, entre más lejos está el balón el ángulo de visión es más amplio y uno ve a los dos equipos completos. En panorámica, como desde dentro del ojo del pescado. Algunas metáforas huelen. Algunas cosas huelen a podrido aunque no sean metáforas. Pero a medida que el balón se acerca el ángulo se cierra y uno se concentra en el esférico y los que andan por ahí tratando de tomarlo, digo yo: como se toma una opinión o la mejor opción, aunque rimen, ¡guácala! Cuando una se acerca al delantero que trae el balón, a él, para demostrar que aún queda justicia en el mundo (ningún político juega fútbol, o sea que sí puede haber algo honesto en ese deporte, aunque es difícil), se le cierra el ángulo de visión y el arco se achica. Entonces él dispara y uno adivina la dirección y ataja el útil en fracciones de un segundo que puede convertirse en la gloria, en la eternidad para la portera y todo el equipo. O la tristeza en baldados calientes sobre la piel descalza. La felicidad de ganar un partido es comparable a la de escribir un buen relato, un bonito orgasmo, mejor si es de colores y tiene el sabor del amor. Ah, algunos tangos hacen sentir lo mismo.


            El segundo gol de la masacre que nos metieron en el último partido usted no lo vio pasar. Me dijo que cuando apareció ya estaba adentro, con dolor de espina. Pues bien: cuando la bola está en el rectángulo de las dieciocho yardas y en manos del enemigo, para peor, todos los ángulos de visión están cerrados y uno debe concentrarse en mirar al balón y tener memoria de cómo están los jugadores cercanos de ambos equipos, dónde, hacia dónde van, no más sino eso, la media pendejadita. Pero eso uno lo aprende jugando y termina volviéndose una cosa normal, como mirar por la ventana cuando un pájaro se ha volado de un poema y anda por ahí, dándoselas de Ícaro. Con el balón en la mira uno ve el guayo que lo patea y en qué dirección y allá uno va, contento como a una caricia. Hay mucho de instinto en el lanzamiento del portero, alguna corazonada o simplemente una respuesta del cuerpo en un instante irrepetible. Pero sepa, mi adorada niña, que uno muchas veces, en los goles, ojalá le pase lo menos posible, lo único que hace es sacar el balón (esférico, esférica, redonda, útil, cuero, se aceptan sugerencias) del arco y tirarlo a cualquier parte, como un mal amor. Ah, lo importante, en esto como en muchas otras cosas, es la pasión.


             No sé cómo enseñarle a protejerse las peruchas cuando le toque recoger le balón en el pecho, lo que sucede muchas veces y recomiendo no tomárselo muy a pecho. Pero tengo varias clases todavía para pensarlo. Una papa caliente en la boca. Oh.


             ¿Cuándo jugamos de nuevo, mi cora? La quiero re muy,


 
El abuelo.
 
Amílcar Bernal Calderón


Fuente de la imagen de Dominio Público: http://flickr.com/photos/19517696@N00

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