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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN

Episodio SEIS

¿QUÉ QUIERE CRISTOS…?

Por José Agustín Orozco Messa

 

By Copyright©José Agustín Orozco Messa.

                 All rights reserved.

 

 

       Cristos es todo un personaje. Claro que, de entrada, debo aclarar que no estoy hablando del histórico prohombre, ¡célebre porque se murió en la cruz para fundar una religión de la cual no recibió ningún beneficio! Los que la popularizaron después de él, ¡esos si cobraron las regalías! Bueno, a menos que seamos bien crédulos por no decir estúpidos y nos creamos esa historia de que se fue al cielo a reinar; porque si no…, pues entonces ¡realmente sí hizo un buen negocio con dejarse clavar al palo ese por los romanos! Pero mejor dejémoslo ahí porque esa ya es otra historia y ahora estoy contando ésta. Así que, no, señor, no. ¡Yo me refiero a todo un artista y bohemio que habita en cierta ciudad del interior de la república mexicana!

       Él se define a sí mismo como un poeta y ya. Otros dirán que es un borracho y ya. Pero entre uno y otro extremo, tenemos a todo un personaje, como ya he acotado. Físicamente es alto y corpulento como un oso e igual de peludo; aunque su cabello es chino rizado por lo que, en lugar de caerle largo y lacio sobre la espalda, más bien se yergue cual corona sobre su cabeza. Dándole una apariencia redonda como si trajera un casco sobre de ella. Hirsuta melena que más lo emparenta con el pagano Dionisos que con tan sacro tocayo. Se ha de rasurar, más bien, una vez a la semana. Por lo que siempre tiene pelos en la cara que le oscurecen las facciones pero resaltan su sonrisa franca. Las modas van y vienen pero a él, le tienen sin cuidado. Todo el año: viste pantalones de mezclilla y botas vaqueras, ambas cosas desgastadas. En tiempos de calor usa lustrosas camisetas coloridas. En tiempos friolentos desteñidas camisas de franela y una vieja chamarra de cuero color café que parece herencia de su abuelito por lo raspada y deslucida que se aprecia.

 

       Él nunca habla del tema pero los que más le conocen dicen que sus ancestros vienen del norte y que siempre se distinguieron por muy devotos. Que el fundador de su dinastía fue nada menos que uno de los “San Patricios”. Quien se afinca precisamente por aquellos rumbos del norte. Continúa la heroica tradición un bisabuelo o abuelo quien se distinguió en la guerra cristera, posiblemente el dueño original de la aludida chamarra. Por eso, cuando él nació, su abuelita que ya estaba en sus últimos meses de vida con casi 94 años de existencia, quiso que le bautizaran con el nombre de Cristo y no de Jesús como normalmente se acostumbra. Por darle gusto a la viejita así se llamó y Cristo se quedó. Sin embargo, en algún momento cuando nuestro personaje empezó a incursionar por el mundo de las letras decidió agregarle una “S” a su nombre y en Cristos se convirtió.

       Pero las batallas de Cristos son de otro tenor. Sin menoscabo a sus ancestros. Pues a pesar de ser un poeta de primer nivel, con mucha sensibilidad. De esos que lloran cada que recitan sus poemas. “De lágrima pronta”, se justifica turbado a sí mismo. Y ¡cosa rara! Sus lecturas siempre cuentan con fiel público atento, que le sigue de tarde en tarde y de tertulia a tertulia. Pues ocurre que Cristos no puede vivir de la poesía. ¡Qué más quisiera él! Puesto que la poesía le significa todo. Lo malo es que el resto de la población no comparte su visión, ni mucho menos su pasión. Por lo que apenas compra un libro en la vida. Y si nada más compra uno en la vida, habiendo tantos títulos para escoger entre todos esos libros de superación personal o los de jocosas biografías de políticos envaselinados; pues nadie va a comprar una novela o un libro de cuentos. ¡Mucho menos uno de poesía, aunque los despistados compradores vean que su autor es Cristos!

       De allí que Cristos se vea obligado a desempeñar otras labores para ganarse la vida. Entonces escribe sesudas reseñas literarias en varios suplementos culturales e, incluso, tiene una pequeña cápsula en el canal cultural de su Estado; que, por cierto, paga una miseria pero algo es algo. Esporádicamente complementa el gasto familiar, dando algunas clases en la licenciatura de letras de la universidad local. Aunque aquí su eventualidad no es imputable a él, sino al gremio académico que ve con malos ojos a Cristos. Cerrándole el acceso a las aulas la más de las veces. Empero, ciertos colegas le consiguen alguna conferencia o presentación de libros. Para compensar esta animosidad del resto. Actividades que, en suma, también ayudan para completar para la cerveza. La cual se puede decir que es la otra gran predilección de Cristos.

       Si bien nunca hay que perder de vista: lo que realmente apasiona a Cristos es escribir poesía. Recuerdo claramente que en todas partes, siempre se le veía con una libreta a la manera en que la traen los policías, siempre metida entre el cinturón y la cadera del pantalón por encima de las nalgas. Así, donde quiera que estuviera: en la calle; en el parque; arriba de un camión; en el bar; en algún salón de clases; en el baño, siempre estaba escribiendo algún poema que repentinamente le llegaba a la cabeza y no quería perderlo. En consecuencia lo escribía y lo re-escribía y lo retocaba y lo seguía trabajando y nada más interrumpía su labor poética porque alguien iba y le tocaba la puerta del baño para decirle que ya se saliera de ahí, o entraba otro grupo a tomar clases en el salón, o al descubrir que se le había pasado la parada del camión y tenía que bajar echando leches; o por algún impertinente camarero al exigirle la cuenta del consumo interrumpiendo su creativa labor.

       La segunda actividad que encantaba y ocupaba el tiempo de Cristos era consumir alcohol, con los amigos. Pero no se piense en algo extraordinario. Claro que no. Se trataba de unas pocas cervezas que alegraban la tarde y hacían más amena la conversación. A pesar de esa frugalidad, sus convivios resultaban un tanto escandalosos y prolongados. De allí que algunos maldicientes enemigos suyos, para desacreditarlo, decían que era un borracho y de pilón, libertino. Pero Cristos, hasta cuando estaba borracho, no perdía ese toque carismático que siempre le distinguió acompañándole a todas partes, como su libreta.

       Por ejemplo: en el bar era muy bien recibido porque siempre alegraba las tertulias con interesantes e ingeniosas anécdotas que solo a él le acontecían. Estaban las breves que contaba entre sorbo a sorbo de cerveza. Como aquella en que, como parte de su trabajo esporádico de docente, se hallaba una vez corrigiendo unos exámenes para ingresar a la licenciatura en letras;  ahí leyó una indicación que decía:

       Escriba una oración usando gerundio y participio.

       Y el aspirante a alumno había contestado:

       Gerundio se perdió en el bosque y yo, participio en su búsqueda.

       O estaban las historias largas, que aderezaba actuando toda la narración. Moviendo su corpulencia por entre los demás parroquianos que le acompañaban en la democrática barra cantinera. Así, escucharon cuantos quisieron la famosa historia cuando Cristos fue invitado a dar una conferencia en cierto centro cultural en una ciudad y puerto. Resultó que los viáticos prometidos por parte de los organizadores, no le fueron proporcionados a tiempo. Por el contrario, le informaron un día antes que le serían entregados una vez concluido el evento, junto con sus honorarios. Situación que obligó a Cristo a buscar los centavos en sus bolsillos y éstos, sólo le alcanzaron para comprar un boleto de autobús de segunda clase para dirigirse a dar su conferencia.

       Por razones de que el viaje era, haciendo hincapié, en un autobús de segunda clase. En vez de ser de ocho horas de duración, terminó de casi doce horas. Más no es que Cristos hubiese hecho mal sus cálculos, sino que el autobús iba parando en cada pueblito que se cruzaba por su camino. De modo que llegó a la terminal portuaria apenas con tiempo suficiente para conseguir estar justo antes de que iniciara el evento. Pero, entre la terminal de autobuses y el sitio donde tendría lugar la conferencia, había como unas ocho cuadras de distancia. Cristos, que ya casi no tenía dinero, se le hizo muy caro pagar un taxi para ir al lugar. Prefirió ir corriendo por la calle las ocho cuadras para estar a tiempo y ahorrarse ese dinero.

       Pero, quiso la mala fortuna que, en el preciso momento que Cristos iba corriendo por el malecón. Una ambulancia, que transportaba un grupo de locos, chocó contra un coche y los locos aprovecharon el accidente para salir huyendo. Entonces, ante los gritos de la gente y de los enfermeros de la ambulancia, unos policías que estaban por ahí, empezaron a correr detrás de ellos.

       Los locos desaparecieron, muy probablemente, porque se escondieron. Pero Cristos, que iba corriendo a todo lo que daban sus largas piernas y como medía más que el promedio de los nativos del puerto. Pues fue apresuradamente confundido por los policías con uno de los locos. Sucedió que justamente cuando Cristos estaba llegando a la entrada del centro cultural donde lo esperaban. Fue alcanzado por los policías, quienes al ver un sujeto tan grandote, corpulento y peludo: transpirando como oso, inmediatamente pensaron que era muy peligroso. De manera que, sin darle oportunidad de recuperar el aliento, le cayeron encima a macanazos; ante los incrédulos ojos de los organizadores del evento.

       En ese momento, una señora, miembro de los organizadores gritó alarmada, tratando de ayudar a Cristos.

— ¿Pero por qué lo golpean?

       Los policías contestaron, sin cejar de macanear a Cristos.

― ¡Porque está loco!

       Cristos que apenas y atinaba a taparse los macanazos con las manos gritó.

― ¡No estoy loco! ¡No estoy loco!

       Pero los policías redoblaron sus esfuerzos mientras le decían.

― ¡Eso dicen todos!

       Sin embargo, las anécdotas más surrealistas, eran las que le ocurrían cuando estaba borracho. Porque si bien Cristos siempre era Cristos, cuando estaba borracho se transfiguraba. Pero no precisamente como su homónimo, sino que sentía que estaba viviendo en la película de Eliseo Subiela: El Lado Oscuro del Corazón. Sentía que era el mismísimo poeta Oliverio transfigurado. Lo malo estribaba en que no todos vieron la película, entonces a veces las personas que interactúan con Cristos como que no estaban en el mismo canal que él, desentonando.

       Como sucedió cierta ocasión que se quedó sin dinero pero quería seguir bebiendo. Cuando esto acaecía, Cristos simplemente se sujetaba la cabeza con ambas manotas por la frente. Tapando el rostro. Permaneciendo inclinado sobre la mesa en el bar. Esa era una de las raras ocasiones en que Cristos, además de perder su dinero, también perdía la compostura junto con su sentido del humor. Entonces se podía cabrear para cualquier parte. De modo que los meseros preferían sacarle la vuelta. A veces se le acercaban preguntando si quería algo más, con la esperanza de cobrar el adeudo. A lo que Cristos respondía con un galimatías de gruñidos ininteligibles.

      Utilizando esa técnica, Cristos conseguía que le siguieran proveyendo de cervezas. Sin pedirlas. Hasta que todas las cantinas que frecuentaba le conocieron su truco dejando de funcionar. Así, pese a permanecer quién sabe cuántas horas recargado sobre la mesa, quedarse dormido y despertar ya entrada la tarde. No funcionó. Entonces abandonó el lugar en un momento en que nadie lo veía. Sin embargo, como aún estaba decidido a seguir bebiendo. Con pasos inciertos se dirigió a otra cantina donde nunca había estado. Cuando llegó. Se quedó atravesado en el umbral de la puerta, todo torcido, quien sabe por qué. Tenía los brazos estirados, apalancados en las jambas de la puerta. Torcido el dorso, los pies parecían que lo llevaban de salida. El pecho y rostro, mirando de manera torva hacia el interior y estorbando el paso de entrada.

      Estaba ahora en una cantinilla de mediana categoría, algo mugrosa y muy ruidosa. Donde democráticamente se daban cita toda una variopinta cantidad de figuras. Ubicada estratégicamente entre un populoso mercado, las oficinas del sindicato de empleados de la universidad y una terminal de autobuses foráneos. Allí se encontraban vendedores de todas clases: pescaderos; polleros; carniceros; verduleros; cargadores; mecapaleros; choferes de autobuses; choferes de la universidad; conserjes; vigilantes; jefes de departamento y hasta uno que otro docente que había ido a realizar un trámite burocrático e, invariablemente, invitaba los tragos para agilizar su trámite. Pasando también con toda clase de gente vestida de paisano que venía arribando a la ciudad o iba de salida. Además de los típicos grupos de músicos: norteños, soneros o tríos para deleitar con canciones los tragos. Ciertamente, allí no había clases sociales.

       Claro que algunos de estos marchantes conocían a Cristos. Pero la mayoría de los asiduos al lugar lo desconocían, junto con sus excentricidades. Por lo tanto, cuando llegó y se atravesó bajo el umbral de la puerta, las reacciones fueron divididas. Por una parte, la minoría que lo conocía no se sorprendió en lo más mínimo. Únicamente volvieron el rostro para verlo por unos segundos e inmediatamente todos regresaron a sus tragos y sus conversaciones, sin prestarle la menor atención. Empero, quienes no lo conocían, observaron con atención recibiendo con beneplácito una situación que viniera a romper la monotonía.

      No obstante, transcurrió algo más de media hora y no sucedía nada. Meramente Cristos permanecía todo chueco e inmutable, allí estorbando la entrada. De allí que todos fueron perdiendo la atención. Sea como fuere, ya sea porque Cristos lo notó. O posiblemente porque le empezó a doler la espalda por estar allí todo torcido. O le dio sed. O recordó que había ido ahí para beber más cerveza. O simplemente se le olvidó la razón por la que estaba todo retorcido sin terminar de entrar. ¡O qué se yo!, el caso es que Cristos, decidió acabar de entrar a la cantina y con pasos cansinos, casi arrastrando las piernas. Se dirigió hasta la democrática barra. Todos observaron sus movimientos. Al menos todos los que lo notaron porque la mayor parte ni siquiera cuenta se dio. Allí, con voz ronca y decidida. Curtida por el vino. Retumbando por el establecimiento. Preguntó al cantinero.

― ¿Qué tienes para Cristos?

      El cantinero, que era un viejo sabio; con esa sabiduría que da atender una barra de cantina por largos años. Tranquilamente le respondió, sin siquiera mirarlo al rostro.

― ¿Qué quiere Cristos…?

       En ese momento, haciendo un giro muy dramático y azotando el dorso de la mano derecha sobre la barra para quedar con la palma abierta en dirección al cantinero, ordenó. Nuevamente con esa voz tronante.

― ¡Crucifícame!…

       El cantinero pareció dudar por unos segundos. Sin dejarlo hacer ni pensar nada. Cristos volvió a rugir, sacudiendo la palma abierta de la mano.

― ¡Crucifícame!…

       Por lo tanto, el cantinero tomó un casco vacío de cerveza de 355 ml por el cuello y rompiéndolo de un golpe. También con un giro igualmente de dramático, lo enterró en la palma derecha de Cristos.

       Luego de eso, Cristos prefirió retirarse.

       Meses más tarde, sin saberlo, vi por última ocasión a Cristos. A pesar de eso, fue justamente la única vez que participé sin más en una de sus aventuras. En aquellos años yo eran aún joven y nunca creí que yo pasaría a formar parte del folclore local como partícipe en una de sus aventuras.

       Los hechos son los siguientes: era un viernes por la noche, en aquel tiempo, yo trabajaba en el departamento editorial de cierto lugar. Aunque sus funciones debían ser culturales, en la realidad se utilizaban sus recursos para realizar propaganda política. Así las cosas, habíamos tenido mucho trabajo esos días: porque, el citado departamento editorial, dependía alternativamente de los caprichos del político que mandaban a dirigirlo. Resultando que, el nuevo jefe, pensó que ahí no se trabajaba lo suficiente. Entonces se le ocurrió la brillante idea: nosotros debíamos redactar los discursos del gobernador en turno para que tuviéramos algo que hacer y, de paso, el gobernador tuviera discursos para escoger según la ocasión lo ameritara.

       Luego de una semana completa con esa nueva rutina. Todos estábamos asqueados de estar escribiendo idioteces. Hubo alguno que sugirió que todos fuéramos a quejarnos con el jefe. Otro sugirió, en un inspirado brote de intertextualidad: que mejor cortáramos por lo sano. Que utilizáramos fragmentos de discursos de Martí o de Bolívar y los insertáramos en la paja que había que escribir. La idea no era mala y se hicieron algunas pruebas. La siguiente semana así se hizo. Los discursos los escribimos sencillamente cortando y pegando. Como nunca en su vida, ni nuestro jefe directo, ni mucho menos el gobernador, habían leído un discurso de Martí o de Bolívar. La cosa resultó de las mil maravillas. Ese viernes, nuestro jefe nos reunió y felicitó por los buenos discursos que estábamos escribiendo. No obstante, su buen humor no le quitó lo negrero. De modo que salimos del tajo frisando la media noche, con tremendas ganas de emborracharnos. Nos montamos en el único coche que tenía uno del grupo y enfilamos, rumbo al centro de la ciudad, a un populoso bar.

       Por el horario fue sencillo estacionarnos. Cuando caminábamos por la banqueta para entrar al bar, vimos la siguiente escena: aunque era ya la media noche, como estábamos en pleno centro, todavía había suficiente gente circulando por la acera. Pues esas personas se tenían que bajar de la banqueta y caminar sobre la calle porque, tirado y atravesado, estorbando el paso, estaba nada menos que Cristos.

       Primero creí que lo habían atropellado y ahí se había quedado tirado. Cuando llegamos hasta él. Pudimos notar que lo único que pasaba era que estaba tan tremendamente ebrio que parecía estar muerto. Y era casi imposible moverlo. Luego de una breve discusión en que se hicieron varias propuestas: tratar de moverlo y acomodarlo para librar un poco el paso; tratar de cargarlo y arrojarlo en una jardinera para que no estorbara el paso; tratar de pararlo y subirlo a un taxi; tratar de cargarlo y llevarlo a su casa; tratar de ignorar que lo vimos y meternos al bar. Pues resultó que, como en ese grupo había un porcentaje que no simpatizaba con Cristos, precisamente miembros de los detractores que ya he mencionado, ganó la opción: tratar de ignorar que lo vimos y seguir nuestro camino.

       Por lo tanto, entramos al bar y ciertamente que casi nos olvidamos de Cristos. Allí estuvimos muy a gusto por espacio de unas tres horas, cuando el cansancio hizo que decidiéramos cortar con la diversión y migrar del lugar. En ese momento, nos acordamos de Cristos. Nuevamente hubo otra breve discusión donde se manejaron varias propuestas, las cuales se acompañaron con una última ronda de tragos: salir por la puerta de emergencia para no ver si ahí seguía Cristos; salir por donde entramos para ver si ahí seguía Cristos; si ya no estaba, olvidarse del asunto; si estaba ahí, tratar de despertarlo y subirlo a un taxi; si estaba ahí, echarle la bendición y cada quién irse a su casa o adónde sea que tuviera uno costumbre de irse después de las 3 am de un sábado.

       La deliberación fue reñida. Al final, pudo más la morbosidad, ganó la segunda propuesta. Todos salimos casi que buscando a Cristos. Ciertamente, lo encontramos, poco más o menos en la misma posición que lo habíamos dejado, es decir, como lo hallamos porque no lo pudimos mover ni un centímetro.

       Esa si fue una sorpresa para mí, porque por ahí circulaban montones de patrullas y ninguna se lo había llevado. Alguien mencionó que quizá, debido a su nombre, tendría algo de milagroso el muchacho. El detractor mencionó que pesaba tanto el animal que muy probablemente lo vieron y lo ignoraron. Como en aquellos tiempos todavía no se ponía de moda dejar decapitados y demás menudencias tiradas en las calles. Por parte de los cárteles de la droga que acostumbran ventilar y arreglar así sus asuntos particulares volviéndolos públicos. De modo que Cristos había pasado desapercibido.

       Sea como fuere, empezamos a tratar de levantarlo. Para descubrir que era verdad que pesaba como una tonelada. Costó mucho trabajo ponerlo en pie porque, aun despierto, no era de mucha ayuda. Por el contrario, se puso agresivo, no reconocía ni su nombre y trataba de golpearnos. Cosa que, en otro momento y circunstancias, pudiera haber sido peligrosa aunque por estar tan ebrio, no lograba hacernos nada. Resultaba más peligroso e hiriente el aliento que destilaba, que los abanicazos al aire que propinaba con sus peludas zarpas.

       Intentamos detener varios taxis pero como éramos seis contando a Cristos, los taxis no se detenían. Cuando alguno llegaba a disminuir su velocidad, al ver nuestras intenciones de encaramar a Cristos arriba de su unidad. Arrancaba sin darnos oportunidad, ni siquiera, de abrir la portezuela. Otra vez se barajó la posibilidad de dejarlo ahí; otros, menos inhumanos, propusieron cargarlo algo así como dos cuadras para dejarlo sentado en una banca del parque cercano. Un tercer grupo, donde debo decir que me encontraba yo, éramos de la opinión que había que subir a Cristos al coche en que llegamos y llevarlo hasta su casa.

       Temo decir que esa opción era la menos popular, sobre todo para el dueño del vehículo. Finalmente se echó a suertes y Cristos tuvo la fortuna de que ganara la propuesta de llevarlo hasta su casa. Como no todos íbamos a caber en el coche, sobre todo porque Cristos ocupaba todo el asiento trasero. Únicamente lo abordamos dos personas, el dueño del auto y yo, que me ofrecí voluntariamente pese a que todos fueron de la opinión que a mí me tocaba acompañar a la embajada a dejar al Señor a su casa.

       Pues ahí vamos. El dueño del carro preocupado porque Cristos fuera a marearse y ensuciara su bonito auto. Afortunadamente para el dueño y para el coche, Cristos se durmió profundamente por lo que esa posibilidad era muy lejana. Como prácticamente no había tráfico, en menos de quince minutos ya estábamos en el fraccionamiento donde vive Cristos pero, para nuestra mala fortuna, sobre todo la mía: la calle donde está la casa de Cristos resultó ser un andador. Así que hubo la necesidad de estacionar el coche y tener que cargar el peso muerto de Cristos algo así como cien metros hasta llegar a la puerta de su casa.

       Cada quien lo tomó por un brazo, llevándolo de palomita. Lo tuvimos que remolcar con mucho esfuerzo hasta la entrada de su domicilio. Una vez allí, dudamos entre: llamar a la puerta, eran casi las cuatro de la madrugada; o hurgarle entre los apretados bolsillos de su pantalón de mezclilla en busca de unas llaves; o dejarlo ahí sentadito contra la puerta de su hogar.

       Pensamos que el favor y la buena acción ya habían sido realizadas. Que ya era más que suficiente. Así que estábamos a punto de irnos. Cuando las luces de su casa se encendieron. Sobra mencionar que, al ser tan de madrugada, casi ya hasta los grillos se habían retirado a dormir por lo que el ruido que hicimos transportando a Cristos hasta su puerta fue, muy probablemente, escuchado por todo el vecindario. A esto había que sumarle el escándalo que armaron los perros, siempre prestos para ladrar como endemoniados cuando algo altera la paz y tranquilidad de su descanso por la madrugada. No sé bien a bien por qué. Pero luego del ruidero de los perros me sentía yo dentro de un cuento del Llano en llamas. Cargando el peso muerto de Cristos, con el fondo musical de ladridos de perros. Así que, ahí estaba yo, muy tranquilo con mis pensamientos rulfianos.

       Al escuchar voces y ver que las luces de su casa se encendían. En un periquete acordamos que era menester, esperar a que abrieran la puerta. Para cerrar con broche de oro nuestra buena acción del día, dejando a Cristos tranquilamente acostadito en su cama calientita. En eso estábamos cuando violentamente se abrió la puerta. Como tromba, apareció una señora que tenía tubos en la cabeza, vistiendo una bata rosada que la hacía verse más gorda de lo que parecía ser en realidad. Salió a nuestro encuentro: furiosa, mal encarada, sin darnos tiempo de abrir la boca, gritó hoscamente.

― ¡Hijos de la Chingada! ¡A ustedes los quería conocer, precisamente! ¡Ustedes son los que emborrachan a mi marido! ¡Miren cómo lo dejan! ¡En qué estado me lo vienen a dejar!

       Mi amigo y yo, estábamos mudos de la sorpresa. Antes que atináramos a hacer algún movimiento o decir algo. La esposa de Cristos sacó una escoba, de quién sabe dónde, con ella nos empezó a atizar certeros y contundentes golpes, que casi me tiran al suelo e igual a mi compañero. ¡Sin dejar de gritar a todo pulmón, lo desgraciados que éramos por andar emborrachando a su maridito!

       Pero, pasados los primeros treinta segundos de la sorpresa, echamos a correr de ahí rumbo al estacionamiento. Acompañados por las maldiciones de la esposa y los redoblados ladridos de los perros.

       Después de eso, cada vez que por las noches oigo ladrar a los perros no sé si pensar en Juan Rulfo o en Cristos.

 

 

 

 

C'est fini.

 

 

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