Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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“EDUARDO RAPIMÁN: SÓLO LA BELLEZA SALVARÁ AL MUNDO”

 

Eduardo Rapimán, artista visual mapuche que ha trabajado desde la infancia en artes visuales, recibiendo, como él reconoce, el estímulo de sus padres, comunidad y amigos, ha sido formado en el país y el extranjero, de manera individual y colectiva.

En esta entrevista, concedida desde México, nos da un panorama de su trabajo, de sus inquietudes, de sus sueños y sin concesiones nos extiende una aguda crítica a la institucionalidad del mundo del arte en Chile.

Con una mirada lúcida, intercultural y global, nos entrega un mensaje que da pistas sobre el bien vivir, cuestión que en la sociedad contemporánea observa como un valor casi olvidado y que él quiere relevar a una categoría superior.  

Por Ramiro Villarroel

FORMACIÓN

Ramiro Villarroel (RV): Eduardo, queremos saber sobre tus inicios en el mundo del arte.

 

Eduardo Rapimán (ER): Con el tiempo me he dado cuenta que nunca he tenido una distancia con el sentido creativo en lo que he vivido desde mi infancia, desde que tengo recuerdos me he quedado maravillado ante una imagen bien hecha, una obra, un paisaje. Desde niño me sentía inmediatamente involucrado en interpretar, en recomponer, verme en esas imágenes, ser protagonista en esa visualidad. Siempre he dibujado y jugado con la plasticidad de diversos materiales. Junto con aprender a escribir y hacer una educación formal, aproveché mi otro tiempo en continuar este diálogo con la visualidad y mejorar mi calidad artística. No podría decir si tuve un comienzo, me encontré eso sí con el óleo cuando tenía 12 años, a esa edad ya había recibido suficiente atención de mis padres a mi vocación y me estimularon en este camino aun no teniendo claridad que lo tomaría como forma de vida, fue de ellos que recibí la motivación principal para profundizar cada vez más en este oficio. Corresponde mucho crédito a ellos: a mi madre, una mujer de múltiples talentos y en cuya domesticidad  nos inculcó el cultivo de artes varias; a mi padre, un paciente espectador de mis desventuras creativas pero que procuró la palabra correcta para mantener mi vocación encaminada.

RV: ¿En qué concentraste tus primeros estudios para entrar al mundo del arte? 

 

ER: No estuve cerca de los centros de formación o de exhibición de artes sino hasta ya bastante crecido, antes viví en pueblos alejados de la ciudad grande que era Temuco. Sin embargo, nunca faltaron los libros en mi casa  y fue justamente eso lo que me ayudó a entender que me faltaba la figura de una formación en artes, que busqué por iniciativa propia primero en la simple observación, luego en los libros, luego aprendiendo de algunas personas que tenían más talento que yo y por cierto de profesoras que me pusieron más carga en el ramo de artes.

Después de terminar la educación secundaria, llegué a Temuco buscando espacios donde desarrollarme y crecer en esta idea de formarme en artes y accedí a la UCT, donde pude afrontar el desafío de asumir profesionalmente este oficio, pero también me enfrenté a una serie de precariedades que mellaban mis inquietudes. Ahí me fue fácil apreciar lo periférico del sentido de artes que estaba desarrollando, que a pesar de la voluntad y esfuerzo de profesores por hacer una buena escuela había un contexto post dictadura y de ciudad conservadora que me hizo muy difícil sentir expectativas saludables. Dejé la escuela y después de desarrollar murales con colectivos de jóvenes Mapuche tomé un vuelo directo a Berlín, para salir de la duda sobre por qué teníamos tantos colonos alemanes en los territorios que me son próximos, ahí empecé a apreciar el poder del arte y su relevante impacto en la ciudadanía y aprendí a valorarlo como un organismo inteligente, místico, poderoso, que otorga luces de liberación a quien lo sepa apreciar y poder simbólico a quien lo aprenda a cultivar. No asumí ningún lenguaje creativo de todo lo que vi, sin embargo la influencia directa está en la actitud que tomé del artista como trabajador, como constructor de visualidad sensible y cuyo aporte a la sociedad está en estimular múltiples sentidos desde una exploración profundamente humana: el arte como servicio. Pasado un tiempo, de talleres varios, de conocer el trabajo de diversos artistas, colectivos, centros culturales y de haber recorrido un pedacito de Europa, regresé y retomé los estudios, esta vez con una experiencia plena encima: se me abrieron ofertas de viajes y de presentar mi incipiente trabajo en artes visuales Mapuche y ya resolví hacer de esta inquietud un camino de autoformación que la he ido complementando con ciencias sociales, gestión cultural y hasta hace unos años con arquitectura.

RV: ¿Tendrás algunas anécdotas de tus primeros escarceos en el mundo del arte que nos puedas comentar?

 

ER: Anécdotas hay muchas, desde los violentos retos de vecinos ofuscados por realizar una obra mural Mapuche junto a la artista Doris Huenchullán en un espacio facilitado por la UFRO, donde pintábamos entre las críticas racistas de personas que pasaban, como cuando se nos acercó un anciano a decirnos que era una inmundicia contar historias de mapuches… eso fue inquietante. También puedo mencionar el debate existencial con maestros panificadores cuando les pedí 120 kilos de pan quemado para una instalación en la 1 Bienal de Arte Indígena, que se negaban rotundamente por principios religiosos, o también una experiencia profundamente bella, como hacerle un retrato a una Machi que era la Mamá de una amiga, quien falleció tiempo después y en su procesión al cementerio alzaron el cuadro delante del féretro, turnándose en el camino, como acto de inmortalizar su imagen ante la comunidad. Con todas estas energías se han alimentado mis experiencias y convicciones en el arte.

  

RV: ¿A quién veías como un ejemplo a seguir en cuanto personalidad en el mundo del arte?

 

ER: Del arte me gusta casi todo, más aun si puedo dialogar desde mi propia obra. Cuando hay algo que no me gusta o me queda grande al entendimiento simplemente me dedico a leerlo y encontrar algo que me complete la experiencia de presenciarlo. Evito enfrentar las obras con prejuicios o hacer sentencias de si es mejor o peor, de tal o cual artista. Después de haber visto demasiadas obras maravillosas me doy cuenta que admiro a los artistas viejos, aquellos que lograron vivir envueltos en el arte: me gusta Goya, mucho Clemente Orozco, Claude Monet, Pollok, Francisco Toledo y varios otros más. Entre los chilenos actuales, me gusta desde Pablo Domínguez  hasta artistas del mundo clásico, precolombino y el mundo mesoamericano. Como entenderás, demasiadas influencias y mucha admiración. A todos ellos y a muchos otros les debo algo y entro en sus dimensiones para rescatar lo mejor de cada uno.

RV: ¿Cuál fue la experiencia que te marcó en la vida para que te dedicaras al arte?

 

ER: Recuerdo que era niño y vivía en una caleta de pescadores a 4 horas de Temuco, camino rural. Mi madre me envió a ver mi primera exhibición que era una muestra de mariposas y flores de papel de un artista chino. Tomé el bus de madrugada y me recibió una amiga de mi madre, quien me llevó a ver la exposición por horas, luego dormí en su casa y al día siguiente regrese a mi hogar. Pienso que fue intensa la sensación de porfiar las dificultades para acceder a una idea de arte. Recuerdo lo afectuoso de todo el contexto y lo bien que me sentí mientras disfrutaba de aquellos trabajos. Pienso en eso a veces, como para soportar las dificultades que también conlleva el trabajo de artes.

 

 

OBRA

 

RV: ¿cómo te defines a ti mismo como artista?

ER: Estoy encantado con mi territorio, con WallMapu, novena región, Araucanía, con la frontera. Soy parte de toda la complejidad de la interculturalidad y sus posibilidades. Es un territorio fracturado por el permanente desencuentro, la negación histórica y cultural, un territorio con densidad crítica por otra parte y con trazados de múltiples saberes que es caldo de cultivo para mi idea de arte. Aprendí a producir obras en este contexto, aprendí a comunicarme desde las fracturas, reacomodando las formas de presentarme como creador visual, ofreciendo mi trabajo como nexo entre las realidades que se niegan y chocan, tan evidentes, en los paisajes  fronterizos. Podría ser un lenguaraz visual, balbuceo arte actual como también expreso cultura Mapuche desde lo profundo de la memoria. Esa es mi condición en cuanto artista: no puedo separarme de mi lugar para definirme como tal.

 RV: ¿de qué te nutres para construir tu obra?

ER: Disfruto mucho de la historia, de las historias, sobre cómo pulsa en las personas, cómo se habitan los paisajes y memorias, sus presencias. Me gusta hablar en esa frecuencia, es más fácil que fluyan las conversaciones, cosa que se establezca el encuentro y el debate. Me planteo desde una historia en imágenes y el arte es una buena conversación, intensa y sutil. La idea es que funcione desde sentidos que nos posicionan como la identidad, la diferencia, la diversidad, la pertenencia, las experiencias.

RV: ¿La materialidad que utilizas, tiene una lectura ideológica?

ER: La imagen aparece desde el vacío, el sonido aparece desde el silencio, expresar es un acto de resistencia al silencio, al vacío, al “no ser”. Lo que llamamos arte guarda este síntoma primigenio como poder creativo, así ha sido protagonista en la historia de la humanidad. Hoy el sentido del arte va de la mano con mi necesidad de expresar que estoy vivo y pertenezco a esta tierra, que mi historia dialoga con WallMapu y desde esta diversidad hablo con mi trabajo visual, en la mixtura de los medios actuales, ciertamente, cosa efectiva para alimentar la identidad que nos da vigencia, que me hace parte de una memoria colectiva. En esta dinámica estoy recuperando los conocimientos y elementos que responden a la negación y la ignorancia con la cual cubren nuestra presencia y expreso el buen vivir que las sociedades originarias ofrecen al mundo actual. Lo que no creo es que la materialidad que hace particular mi obra esté sujeta a un aura de reivindicación o encapsulada en esencialismos, pienso en la conversación con el arte como un acto de reciprocidad.

RV: ¿Qué temas tratas en tu obra?

ER: Los temas han sido variados, pero he procurado que se comprenda mi atención por la diversidad en la construcción de imaginarios e identidades. Siempre he sentido falta de visualidad de esos otros mundos que conforman el diálogo intercultural: sus voces, sus imágenes, las formas en las cuales fluye el sentido del arte y lo que quiere decir al mundo actual, por lo mismo este amplio campo de sentidos me ha permitido hablar diversos temas, que van desde una orgánica de la cosmovisión, hasta la problematización de símbolos en la urbanidad.

CONTEXTO

RV: ¿Cómo se ve reflejado el pueblo mapuche en tu obra?

ER: Hablo de arte Mapuche porque me reconozco y me expreso en su problemática como tal. No he ido a una academia Mapuche porque no existe en términos convencionales, sin embargo el arte textil y otras tantas prácticas plásticas y visuales se han desarrollado en experticias que crean y recrean instancias tradicionales donde se aprende y desarrolla la creatividad, vinculada a un oficio que otorga identidad y la densidad artística necesaria para plantearse desde una diferencia, estos conocimientos y sus diversos niveles están en formas poco evidentes en la aceleración de estos días, es necesario entrar en un estado de atención que te permita observar desde tiempos y ciclos diferentes en los cuales se expresa una multiplicidad de saberes y sentidos filosóficos sobre la vida en general. Pintar y entregarme a procesos creativos ha permitido vincularme con los ciclos y contextos donde el conocimiento Mapuche se expresa con una coherencia vital para los múltiples desafíos de la cultura global, también me ha conectado con las crisis de la identidad indígena y con el reclamo común del mundo originario por el derecho a la vida. Siento que mi obra se ha incorporado dentro de la idea de Pueblo Mapuche porque la ha nutrido de visualidad e imaginarios propios y que permiten encuentros culturales donde debatir la diversidad desde el arte y sus posibilidades.

 

RV: ¿Cuál es tu diagnóstico de las artes visuales mapuche producidas en Chile?

 

ER: He visto el desarrollo de creadores incipientes hasta transformarse en buenos artistas, claros y responsables del oficio. Hay una demanda de obras y productos que se da en contextos vinculados a la tradición y costumbres de la gente Mapuche, los cuales incluso van de la mano con los procesos de autoafirmación. Hay otro arte que intenta dialogar en los circuitos establecidos y ya desde los años 90 ha ido consolidándose hasta poder hablar de una propuesta seria y coherente de arte Mapuche actual. Lorena Lemunguier, Francisco Huichaqueo, Christian Collipal, Paz Ñancuvil y por supuesto Bernardo Oyarzun y varios otros nombres que se me quedan en el tintero y que el tiempo los irá mostrando.

Lo que sí se me ha hecho una preocupación es la idea de establecer un espacio donde generar formación de jóvenes y artistas interesados en la cuestión Mapuche en el arte, un espacio donde se pueda dar continuidad formal a esa fuerza que nos hizo particulares. Siento que hay aun un desconocimiento muy grande y nocivo del arte Mapuche y de lo significante que se ha transformado en el sur de Chile la presencia de creadores que están afirmando un pasaje distinto del arte nacional. Pienso que la institucionalidad cultural también es lenta para abordar la demanda de los creadores verdaderos, lamentablemente la complejidad del escenario intercultural nunca ha sido amable con el arte, más aun cuando en cultura existe una plaga de mediocres agentes indígenas que coartan y entorpecen procesos colectivos de arte, amparados ellos en criterios de politiquería que el trabajo artístico impugna permanentemente. 

RV: ¿En qué proyecto te encuentras en este momento?

ER: Durante los últimos meses he viajado por algunos lugares de México, conociendo la diversidad de su cultura que es impresionante, empapándome de la herencia mesoamericana y del sincretismo en su creatividad. Me he dedicado a ver también las propuestas de arte actual y vislumbrando nuevos espacios para el trabajo de arte Mapuche, donde México es un país en que existe una atención especial a todo tipo de expresión artística y cuenta con plataformas muy potentes para dar a conocer las propuestas e inquietudes del arte Mapuche y nacional. Ha sido un tiempo intenso que me ha llevado a profundizar en la memoria de mi Pueblo y cómo integramos también la memoria de América. Siento desde esta experiencia que puedo abordar con madurez un nuevo proceso que me lleve a relevar en artes visuales lo que es la filosofía profunda del mundo Mapuche y reconocer en ella la oferta de un  “buen vivir” que hacen las sociedades originarias al nuevo milenio. Espero sobretodo continuar con mi trabajo en artes y lograr los espacios donde ir consolidando estas ideas.

RV: ¿Cual o cuáles son los sueños de Eduardo Rapimán, considerando que los sueños son tan importantes en la cultura mapuche?

ER: La sociedad Mapuche ha logrado romper el silencio y la negación con iniciativas que exceden la comprensión. La densidad de la memoria no se ha extraviado y se ha recuperado en espacios donde antes imperaba la uniformidad. Explicar cuál es la energía que motiva mover el cuerpo por la identidad y la memoria es mi interés, porque me siento involucrado con esa diversidad de saberes en la que aprendes a escuchar las voces y señales que orientan las formas correctas de llevar la vida. Mis sueños son fuente de conocimientos que nutren también mis anhelos, presto atención a ellos como muchas otras personas, en esta frecuencia espero que fluyan esas voces que dejamos de escuchar, que se multipliquen y que sean en un diálogo creativo, nuestro nuevo destino. Gracias.

 

Escáner Cultural nº: 
142

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