Escáner Cultural

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ISSN 0719-4757
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Portada de "Cumbia" (2003), de Yuri Pérez

Breve panorama de la cumbia en la poesía chilena reciente
 

por Carolina Benavente Morales

cbenavem@gmail.com


La reciente edición por Cuarto Propio de la primera obra de Washington Cucurto publicada en Chile, El Rey de la cumbia contra los fucking Estados Unidos de América, me motivó a emprender un micro-estudio acerca de la relación entre cumbia y poesía chilena. El tema puede parecer ridículo o meramente anecdótico, pero para mí reviste un gran interés, ya que, siendo la cumbia el género musical popular por excelencia, se esperaría que tuviera una presencia proporcional en nuestras letras o, al menos, una presencia equivalente a la de otros estilos musicales (jazz, rock, ópera, etc.). Pero, incluso por sobre este argumento democrático, creo que más cumbia nos haría bien, tratándose de una creación regional de culturas, antes que de la precariedad, de la supervivencia.

Nacida en Colombia y acrisolada en el México de los 1940, la cumbia poco se ha ido diseminando y arraigando en el espacio continental, generando en torno a ella toda una cultura de la sabrosura tropical que comenzamos a descubrir no sólo en su diversidad, sino también en sus múltiples facetas estéticas, técnicas y de organización. En esta óptica, y después de encontrarme con algunos seres humanos que piensan igual que yo, decidí coordinar un especial cumbiero para el periódico El Ciudadano que aparecerá ahora, es decir, en la segunda quincena de diciembre 2010. Fue en ese contexto que comencé a redactar el presente ensayo para Escáner Cultural, cuya pregunta rectora es la siguiente: ¿qué tan lejos de la cumbia han estado los poetas chilenos?

Con su solemnidad y su grisura, la poesía chilena pareciera quedar en las antípodas del popular ritmo tropical, aunque para precisar esta relación habría que definir mejor lo que se entiende por “distancia” entre literatura y cultura. Por el momento está fuera de mi alcance (de mi tiempo) hacerlo, pero quisiera adelantar algunas ideas al respecto, las que están referidas principalmente a la presencia de la cumbia en la poesía escrita como tema, lugar de enunciación, experiencia, habla y actitud.

La hipótesis muy preliminar que me guiará es que, en la poesía chilena de las últimas tres décadas, la cumbia ha sido impureza, sospecha y alegría jamás cumplida, situación que hoy comienza a cambiar debido no tan sólo a una evolución autónoma del campo literario, sino a su relación con las transformaciones sociales del último tiempo, de las cuales los poetas –verbales o no– son los mejores videntes. Para llevar a cabo mi indagación realicé una búsqueda por Internet y luego profundicé leyendo el título que me pareció más significativo, en espera de ir ampliando mi corpus.

Según señalaba, una primera relación con la cumbia es de orden temático, imbricado a un estado emocional. De hecho, no se han escrito páginas y páginas sobre ella, pero tan importante ha sido su arraigo popular que, al sintonizar mejor nuestra producción poética, se logra escuchar un sonido de tambores, maracas y trompetas escapando de sus líneas. El carnaval en cuestión, sin duda, no es de los más animados, pero si nos acercamos veremos a los poetas vacilando su tristeza a un costado de la pista: Yanko González registrando al “Pate Cumbia”; Héctor Figueroa que no encuentra motivos para bailar “un año más, que tú has vivido”; Víctor Hugo Díaz leyendo “postes incendiarios” y “habitantes muertos” mientras una “cumbia parafrénica se deja oír en todas las boites”.

El eclecticismo posmoderno favorece la intromisión de la cumbia en la lírica escrita nacional. Frente al terror neoliberal, la alegría populachera tiene sabor la mayor parte de las veces a encubrimiento y olvido. Los poetas sospechan de ella o la observan con curiosidad etnográfica, desde la distancia social que el campo literario mantiene con la cultura popular y sus inexplicables deseos de juerguear desde el epicentro mismo de la miseria. Pero a veces pasan sus penas con ella y, otras, parecen descubrir grandes verdades al escucharla, como Rodrigo Lira, quien la ocupa para renovar el clásico símil entre Mujer y Poesía desde un ángulo inusitado:

Está Mal hecha / La Mujer está mal hecha / dice la letra / de una cumbia / colombiana. / ESPANTOSA SENSACIÓN / cuando te consta y es evidente / que esa poesía que escribiste hace no mucho / también está mal hecha / La Poesía está / mal / hecha (Autocríticas uno).

Tal vez la canción aludida, que no aparece en ninguna parte al googlearla, no existe, resaltando como artificio de un poeta que se aventuró a renovar el extrañamiento estético mediante la utilización de un elemento ajeno a las bellas letras. De esta manera, el poema se contamina con una impureza que, paradójicamente, lo consuma como poesía: la cumbia es la mancha estética, metáfora de la imperfección femenina y de la propia maldición del poeta que atrapa referentes donde no debiera. O, al menos, donde no se esperaría que lo hiciera.

Según lo indican los poetas citados al inicio, la fiestoca amarga sigue en la Transición y, ya en nuestros días, la relación con la cumbia se modifica de manera casi imperceptible, pero sustancial. Este nexo mantiene su desquiciamiento, su enajenación, pero desde una proximidad mayor, desde una intimidad que, debido tal vez a esta cercanía, revienta en un estallido de histeria. Así ocurre, al menos, en La Exhumada, de Marcelo Arce, quien proclama por medio de su hablante femenina la pérdida de todo un universo criollo de inquietante matiz psicotropical:

Ya no más atardeceres bajo el tendido eléctrico plagado de zapatillas ya no más cazuelas en Matucana ya no más Armando Hernández / ¡¡Loquita por ti, loca loca!!

La cumbia en este caso es palabra incorporada y desatada en la referencia concreta a una avenida, un plato de comida y una canción, memoria anclada al margen urbano y social santiaguino donde la metáfora sexual se trastorna en un grito de amor desposeído, pero grito al fin. Clamor.

Cumbia y dolor, cumbia y enfermedad, cumbia y locura. En la poesía chilena es posible hallar la cara más siniestra de este género musical, cuya simpleza se ve sometida a disección permanente por las plumas afiladas del escritor. Él observa la evasión social, la mascarada de cuerpos olvidados de sí mismos sobre el telón de fondo tropical, pero también la infinita distancia que nos separa de la alegría y la potencia de una cálida brisa anunciando un huracán. Las cosas con la cumbia poco a poco dejan de parecer sencillas.

Cumbia: así se titula el poemario 2003 donde Yuri Pérez escribe de todo -cementerios, poetas C1, robos, parques, lumpen, matapiojos, antidepresivos-, menos de cumbia. La tapa roja del libro con iluminada fotografía de carretilla campestre sobre la cual resalta la palabra “cumbia” sin duda que efectúa de manera eficaz el contraste entre la tradicional ciudad de San Bernardo y la modernidad cumbiera de Santiago, megalópolis que hoy en día ya casi ha devorado al ex poblado “típico” del Valle Central. Pero los síntomas amenazantes de la dislocación lumpérica aparecen por todas partes, en cada personaje observado, en cada situación experimentada, incluso en cada acción del poeta-protagonista, quien logra no obstante revertir por un fugaz momento los efectos de la contención enfermiza del deseo:

pero sé que al fondo del patio, bajo los pimientos, tu culo ríe desvergonzado / Y otra vez la vida tiene sentido, la poesía, las escopetas, la República.

Así, bajo la forma de una oda erótica a una gringa antecedida por la docta descripción de la alegría faltante -“La Cumbia es el aire musical más representativo de Colombia, etc.” (artículo escrito por otro autor)- y por una crónica de lo robado en “el boliche de mi madre”, San Bernardo secretó la perlita que anunciaba nuestro actual esplendor tropical, como mostrando que la mayor distancia entre los elementos permite redimensionar sus modos de relacionamiento.

Tal vez a despecho de él mismo, o tal vez no, Yuri Pérez nos anticipaba en su referencia muda a la cumbia que “otra vez la vida tiene sentido”: un sentido del goce, un sentido del festejo, un sentido de alegría desfachatada donde la evasión progresivamente se convierte en irrupción. En la poesía chilena, esta irrupción todavía está por llevarse a cabo y, como me parece importante que esto tenga lugar por medio del habla, invité al poeta Sergio Pallaleo a colaborar con un poema ad hoc en la mencionada edición del periódico El Ciudadano, con el siguiente resultado cancionero:

Arriba las palmas / Las manos / Las patas / Maraca reconchetuma’reee!!! / Esta es la cumbia / La cumbia tropical / Que baila el cuico / Y el flaite por igual! […] (Cumbia Tropical).

Toda irrupción tiene su grado de violencia y ésta, sin duda, no es la excepción, aunque se trate de una violencia escrita y con una dosis de humor que la vuelve amable. Son otras maneras del decir para otras maneras del hacer y, básicamente, otras actitudes frente a la escritura, la cultura y la vida misma. Es lo que puedo decir por ahora respecto de una distancia que, como vemos, tiene muchos matices y no resulta totalmente insalvable.

Santiago, 13/12/2010

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