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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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El ensayo: ese gato de los poetas

Carlos Yusti

 “Cuando juego con mi gata, ¿cómo sé que no es ella la que juega conmigo?”.

Michel de Montaigne

 

 

 

El poeta Charles Baudelaire escribió varios poemas a los gatos: “Ven, mi hermoso gato, cabe mi corazón amoroso;/
retén las garras de tu pata,/
y déjame sumergir en tus bellos ojos,
/mezclados de metal y de ágata”. Elías Canetti escribió en sus diarios que muchos poetas escriben ensayos como si jugaran, quizá recordaba la frase de Montaigne, con un gato. En lo personal soy poco proclive a los gatos, pero me gustan los buenos ensayistas ya que el ensayo es siempre ese malabarismo literario por lo inacabado, esa exploración nunca exacta que se mueve por lo general en ese terreno de lo impreciso sobre los temas más diversos. El ensayo es algo así como una gran mesa de operaciones donde el escritor disecciona los distintos aspectos de la vida y la literatura, los somete al bisturí de sus juicios y puntos de vista tratando de sacar algo en limpio, de comprender cuando la vida y la literatura se entrecruzan, donde está ese punto mágico de encuentro. En el ensayo (como género se entiende) el autor de poemas, el novelista e incluso el profesor de literatura, el crítico y hasta el reseñador de libros pueden encontrar una veta debido a que el ensayo es ese amago, ese intento de divagación sin estructura preconcebida y en el que se puede ensayar incluso a escribir literatura que es decir bastante.

En nuestro país es como una tradición que algunos poetas incursionen, y destaquen, en ese género ajustable y dúctil que es el ensayo. Allí tenemos a Vicente Gervasi, Eugenio Montejo o Guillermo Sucre para nombrar unos pocos.

Todo esto viene a cuento debido a que he disfrutado la lectura de un pequeño libro de ensayos, De poetas y otros textos (Sistema nacional de imprentas-capítulo Apure, 2014), del poeta, escritor y editor Fidel Flores. Dividido en dos partes. En la parte titulada De poetas pasa revista a diferentes poetas. En la segunda parte y otros textos, escribe de lo humano con un inmejorable equilibrio conceptual demostrando que para un buen ensayista no existen temas menores. Fidel Flores asume el género ensayístico con profunda sencillez e inapelable sentido crítico, sin someter sus textos a ese lastre académico practicado por alumnos y profesores cuando redactan las tesinas, los textos arbitrados y demás literatura comparada (comparada con el bostezo, digo yo), cuestión que por otra parte se agradece.

Entre los poetas a quienes Fidel le dedica uno que otro ensayo están: Víctor Salazar, Andrés Eloy Blanco, Helí Colombani, Mao Tse Tung, Jesús Sanoja Hernández, Freddy Hernández Alvarez, José Tadeo Arreaza Calatrava. En los distintos ensayos Fidel va desmenuzando la obra poética, se filtra hasta el hueso de los versos buscando la belleza arquitectónica del poema. Como ensayista en ocasiones se detiene en el aspecto biográfico del poeta, no obstante desecha las florituras anecdóticas, o el cometario bilioso, para centrar sus observaciones en la obra; busca que los poemas digan y aclaren más que su visión valorativa.

Un aspecto a subrayar de este libro es que los poetas seleccionados no pertenecen a ese grueso de poetas publicitados en revistas y suplementos literarios de periódicos (o sitios web), a excepción de Andrés Eloy Blanco, del mundillo cultural. Los poetas que Fidel lleva a su quirófano ensayístico, a pesar de una obra poética solida que los respalda, se encuentran, por azares y malentendidos, como en un limbo, especie de purgatorio en la que ya no despiertan interés alguno y son poco/mal leídos, dejando que un polvo fino de silencio y olvido cubra sus libros. No sin gran tino el escritor italiano Giorgio Manganelli escribió:  “La obra literaria es un artificio, un artefacto de destino incierto e irónicamente fatal”.

Con respecto a José Tadeo Arreaza Calatrava, uno de los mejores ensayos del libro a mi juicio, escribe: “Su necesidad de escribir no se limita a nombrar simplemente, sino que se sustenta en la construcción de un corpus poético cargado de elementos que aspiran a la unidad dentro del poema y sin eludir los referentes poéticos que contribuyeron a configurar su poesía y más, después de la muerte de Darío en cuya fuente abrevó, y en quien estaban presentes esos referentes, los cuales tomará para sí y, de esa manera, dar con una poética que se ordenará alrededor del conocimiento de su naturaleza, de su ser, bien como idealización,…”

Cuando escribe sobre el poeta Andrés Eloy Blanco lo hace desde una perspectiva abierta y señalando esa lectura sesgada y poco objetiva que se le ha prodigado de un tiempo a esta parte.  Un poeta que como ningún otro supo pulsar las cuerdas del corazón de la gente común. Su militancia política y esa popularidad de pompa y circunstancia ha encallejonado su poesía hasta hacerla más que ilegible mal leída para generaciones posteriores. No sin razón Fidel Flores anota: “La obra de Andrés Eloy Blanco ha acusado más el desdén, que el olvido, porque su poesía, más allá de todo designio y circunstancia, se continúa leyendo y oyendo, en un desafío que salta el siglo. Ese desdén viaja sobre un prurito: el poeta está marcado por la militancia en un partido y por tanto se le inserta en una historia que quisiera ser borrada más allá de toda premisa y requisitoria, esa pertenencia es una rémora que busca justificar su exclusión y por encima de todo, su negación, como si en ello fuera implícita una acción de justicia. Desde ese punto de vista la poesía del autor de Giraluna no se puede despachar, tampoco se le puede despachar desde los cánones que imponen la actualidad y las vanguardias,…”

En la segunda parte se agrupan esos textos los cuales tocan distintos aspectos relacionados con el arte, el fútbol, la literatura y hasta un esplendido texto sobre el llano venezolano. En esta segunda parte descubro a José María Milá de la Roca Díaz (Cuamaná 1879-1911). Flores escribe: “Cuando Gallegos, en 1909 publica su primer trabajo en la revista La Alborada, Milá de la Roca Díaz ya había publicado dos poemarios, una obra de teatro y Lalita en 1909, morirá dos años más tarde, a los 32, casi como un Cristo cumanés aguardando la redención en un patio de una incipiente ciudad de la provincia venezolana. ¿Qué reclamos hacer para enderezar entuertos y suprimir agravios? Habitar en la provincia parece ser una dura prueba que hay que sortear en nuestro país, y nos queda únicamente esperar que el tiempo—si vale—haga su trabajo, porque el olvido también es un acto político”.

Escribir ensayos de calidad no es tan sencillo como jugar con un gato. Se requiere eliminar frases, lijar adverbios y borrar mucho, reescribir en demasiado y volver a tachar. No sé a veces un poema surge como un destello, como un fogonazo que no requiere muchos cambios. El poeta Mark Strand escribió que un verso tachado era menos precioso que antes de tomar tan drástica medida. Sin embargo en un ensayo tachar párrafos completos, agregarle textos en letra menuda en los márgenes, marcar con x y flechas frases y palabras ofrece una estética distinto del texto. Para Roland Barthes las correcciones era más bien el placer de hacer estallar el texto. Corregir es una manera de limpiar de escorias lo que se escribe, siempre sobre la marcha. Desconozco el método de trabajo de Fidel Flores para escribir ensayos, sólo hago conjeturas a partir de mi experiencia personal de escritura. Lo cierto es que los ensayos que conforman el breve libro De poetas y otros textos, tienen mucha limpidez estilística, sin mencionar que están dotados de esa crítica punzante, sin llegar a la estridencia, que hurga en las heridas sin las florituras profesorales ni otras antiguallas del quiere convertirnos a su credo, más bien deja allí su propuesta sin optimismo, pero con gran exactitud.

El epígrafe de Antonio Goncalves que abre el libro dice mucho sobre ese trabajo subvalorado de borronear papeles o la de oscurecer la pantalla con palabras: “Escribir es una de las formas de morir lentamente. ¡Si no escribo, muero de una vez!”. En esta explosión cambiante de las relaciones sociales, las tecnologías mutantes, los credos políticos descoloridos por el uso y las modas que de alguna manera va como borrándonos como individuos, anulándonos hasta ser sólo un número, una huella leída en un artilugio electrónico, se puede argumentar que la escritura es esa última trinchera que va quedando para darnos una fisonomía, para delinear nuestra existencia desde la palabra escrita.Fidel ha escrito que el llano es una forma de ser, de mirar y de querer. Eso quizá sea también el arte de escribir. El gato a veces juega/ensaya con nosotros.

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