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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Carlos Yusti

 

El ensayo: ese gato de los poetas

Carlos Yusti

 “Cuando juego con mi gata, ¿cómo sé que no es ella la que juega conmigo?”.

Michel de Montaigne

 

 

 

El poeta Charles Baudelaire escribió varios poemas a los gatos: “Ven, mi hermoso gato, cabe mi corazón amoroso;/
retén las garras de tu pata,/
y déjame sumergir en tus bellos ojos,
/mezclados de metal y de ágata”. Elías Canetti escribió en sus diarios que muchos poetas escriben ensayos como si jugaran, quizá recordaba la frase de Montaigne, con un gato. En lo personal soy poco proclive a los gatos, pero me gustan los buenos ensayistas ya que el ensayo es siempre ese malabarismo literario por lo inacabado, esa exploración nunca exacta que se mueve por lo general en ese terreno de lo impreciso sobre los temas más diversos. El ensayo es algo así como una gran mesa de operaciones donde el escritor disecciona los distintos aspectos de la vida y la literatura, los somete al bisturí de sus juicios y puntos de vista tratando de sacar algo en limpio, de comprender cuando la vida y la literatura se entrecruzan, donde está ese punto mágico de encuentro. En el ensayo (como género se entiende) el autor de poemas, el novelista e incluso el profesor de literatura, el crítico y hasta el reseñador de libros pueden encontrar una veta debido a que el ensayo es ese amago, ese intento de divagación sin estructura preconcebida y en el que se puede ensayar incluso a escribir literatura que es decir bastante.

 

 

Carlos Yusti

La Gran Pulpería del Libro

Se ha convertido en una especie de moda. Son las listas de los mejores best-seller de todos los tiempos o de los clásicos imprescindibles y en esa tónica puede encontrar por la Internet un florido etcétera. Para estar a tono he confeccionado mi lista, o más bien mi biblioteca personal (amén san Borges) de libros/o autores de nuestro patio local(Venezuela) y que son como ineludibles leer. Por supuesto es mi visión interesada, venial y poco fiable de allí que convido a quienes no concuerden conmigo que elaboren su propia lista/biblioteca y todos felices. Ah, mi listabiblioteca es un recorrido arbitrario en el tiempo y por los autores más dispares.

Comenzaría por Juan de Castellanos(1522-1607) y sus Elegías de varones ilustres de Indias (1589). José de Oviedo y Baños cuyo relato Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela (1723)  nos conecta con esa visión foránea de nuestro país. Otro que no puede faltar es fray Juan Antonio Navarrete (1749-1814) y su libro Arca de letras y teatro universal, autor que se lleva todos los premios de extraño y raro. Esta primera tanda de autores clásicos para darle brillo más a mi caradurismo lector que a mi erudición.

 

 

 

Carlos Yusti

 

Francisco Arévalo, el 29 y 30 de octubre de 2015, fue el centro del IV Encuentro de Poetas y Escritores del estado Bolívar organizado por la Fundación Poetas del Río.

 

Cada escritor se hace de una máscara y de un estilo por cuenta y riesgo. Cada escritor se bate a duelo con sus demonios particulares. Para Francisco Arévalo la escritura no es más que una manera de domesticar y adecentar los demonios guardados en su closet personal. Nos hicimos amigos dentro de esa oscuridad mohosa de los peores bares de la ciudad. En una mesa, con alguna prostituta calculando las ganancias y con el mohín del fastidio en los labios color sangre, íbamos acumulando botellas y repasando nuestros descuidos/torpezas con la escritura; jugábamos a la baraja de la bilis y la ironía para decapitar a los maestros del día del mundillo literario poblado de capillas poéticas y mafias intelectualoides, todo algo sórdido como las chicas que nos vendían sus encantos mientras Arévalo estaba atento anotándolo todo en la memoria del corazón y con el lapicero de los sentidos para convertir todo eso en un poema, un cuento o en el fragmento brutal de una novela.

 

El fracaso como estilo

 

Carlos Yusti

Tengo un amigo que es una extraña máquina para la producción en serie de fracasos. Es poeta, pero nunca ha resuelto publicar una plaqueta o un libro como es debido. Sus amigos lo han incluido en algunas antologías y en una que otra revista. Del resto sigue en el activismo del desaliño, merodeando en bares de mala muerte y en algún café te aborda y saca su fajo de hojas sueltas (garrapateadas con esa letra hormigosa de la neurosis) para leer sus poemas, al tiempo que te gorrea los bebestibles y los comestibles.

Estuvo casado y era profesor en alguna universidad. Pero ahora vive solo y trabaja en lo que puede. Su actitud de naufrago recurrente le ha acarreado todos sus deslices existenciales. Ha ido de aquí para allá y la escritura parece ser su única conexión con la realidad. Aunque esto sea un poco impreciso. Uno lo mira y puede notar que está carcomido por sus pensamientos, que las ideas lo trabajan hasta la desnudez del vacío. Aunque parece un hombre confuso mi amigo está claro y quizá le sucede como a Clarice Lispector: “…] en fin, qué hacer sino meditar para caer en aquel vacío pleno que sólo se alcanza con la meditación. Meditar no tiene que dar resultados: la meditación puede verse como fin de sí misma. Medito sin palabras y sobre nada. Lo que me confunde la vida es escribir”.

 

 

LEWIS CARROL, LA LÓGICA SUBVERTIDA

Carlos YUSTI

 

 

“En un mundo de locos, Alicia es la voz de la razón. Ante las reglas absurdas que rigen el País de las Maravillas y la maléfica burocracia del Otro Lado del Espejo, Alicia mantiene con coraje sus convicciones humanas, cívicas y éticas. Desde tal punto de vista, los libros de Lewis Carroll pueden ser leídos como una defensa del individuo en una sociedad abusiva que le niega el derecho a cuestionar a las autoridades, a oponerse a la injusticia y a defender su propia identidad”.

Alberto Manguel

 

 

 

 

Poetas Anónimos

Calos Yusti

Cuando era joven me enganché a la poesía. Era como un vicio desquiciado eso de ser poeta. Leía mucho a los poetas malditos. Me desayunaba con Lautremont, Baudelaire, Rimbaud; para después almorzar un Verlaine copioso y suculento. Para la cena redondeaba con un clásico del malditismos como François Villon (1431-1463). Estaba fatal y andaba peor: desgreñado, sin asearme y convirtiendo la casa familiar en un infiernillo de gritos, discusiones y suplicios que ni la imaginación de Dante.

Esta etapa juvenil fue un tanto surrealista, sin ese brillante surrealismo literario claro. Como naufrago andaba por los cafés. En ocasiones merodeaba por la escuela de Teatro Ramón Zapata o por los pasillos de escuela de arte Arturo Michelena. Me curtía la piel con el arte visitando sus entrañas. Acababa de terminar el bachillerato y andaba en busca de algún trabajo sin buscarlo como es lógico.

En este trance de incertidumbre y juventud me ensamblé con otros individuos (y una antigua condiscípula del Martín J. Sanabria) y formamos una especie de grupo, peña, pandilla, cuadrilla, comparsa, que se reunía en un café cerca del Teatro Municipal. Pasábamos horas discutiendo de los últimos libros leídos y de los recién poetas descubiertos. No creíamos en nada. Fuimos una especie de grupo literario cuando la resaca del semejantes artificios de la literatura eran sólo páginas amarillentas de consulta obligada en hemerotecas. Éramos unos retrasados, unos anacrónicos.

 

Foto Yuri Valecillo.

 

 

Carlos YUSTI

 

En definitiva hay autores que forman parte de ese inventario personal que son indispensables, y hasta impostergables, leer. Autores a los cuales debemos otorgarle algunas horas de lecturas por respeto y otras hipérboles que no vienen al caso. Sin duda Juan Liscano ocupa un lugar destacado en ese inventario de escritores que hay que leer. En primer lugar debido a que fue un escritor que se movió bastante bien en muchas áreas culturales a saber. Después están sus libros y en la que el lector podrá encontrar en su poesía y en sus trabajos ensayísticos una porción de esa buena literatura escrita en el país, como es lógico con esos huecos de bostezos que nunca faltan. Le conocí en una de esas Ferias del libro que se realizaban en la Zona rental de la plaza Venezuela.

Con mi amigo el fotógrafo Yuri Valecillo lo descubrí en el puerta como desamparado y sin brújula; ya tenía sus años, no obstante conservaba cierto garbo distinguido. Con premura juvenil lo abordamos. Yo le obsequié mi libro sobre Pocaterra y Yuri le hizo algunas fotos. Estuvo paseando y conversando con nosotros por la feria sin tanta parafernalia, luego vinieron los relacionistas públicos, disfrazados de escritores como Rafael Arráiz Lucca y otros, cuyos nombres no recuerdo con alevosa intención, y se lo llevaron entre esos elogios jabonosos de maestro y poeta.

 

 

 

  

 

Carlos YUSTI

 

“Sería una situación conmovedora imaginarse a alguien que se quedara ciego a media noche y creyera que la noche continúa. Coge su mechero y lo acciona, más no consigue arrancarle una sola chispa, y cosas por el estilo”.

Georg Christoph Lichtenberg

 

La escritura en algunas enrevesadas circunstancias se rige por leyes más afines con el azar que con la lógica, madre de todas las desdichas. Los libros que se escriben de igual modo están sujetos a determinados códigos donde el rigor combate de forma encarnizada con el abandono, el fracaso o el deseo impulsivo de abandonarlo todo, de no terminar la obra emprendida y dejarse ir por ese camino sinuoso que no te lleva a ninguna parte y que algunos llaman bloqueo, síndrome Bartleby, falta de inspiración o la fuga de la musa con el que reparte las pizzas. No obstante en algunos escritores la obstinación toma las riendas y los libros logran concretarse en un punto final.

En mi caso personal los pocos libros que he escrito han surgido casi por inercia. Salvo mi primer libro los otros se han ido armando sobre la marcha como si se tratara de rompecabezas.

Con este libro, La gaveta cortáziana, sucedió que los textos surgieron por separado, tanto en tiempo como en los estímulos que me impulsaron para escribirlos. Lo único en común que parecían tener era su naturaleza singular por no decir rara. Los ensayos abordaban temas literarios y de arte un tanto extraños, pero de esa extrañeza como cotidiana y a veces un poco inesperada y la cual irrumpe de improviso y coloca todo de cabeza. Por ejemplo está el artículo sobre Henry Darger, que era portero en un hospital, el St. Joseph de Chicago, pero secretamente tenía años trabajado en un libro ilustrado. Residía en una habitación alquilada.  La obra está formada por 15.154 páginas y el libro se titula La historia de las niñas Vivian, en lo que se conoce como los Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la rebelión de los Niños Esclavos. Escrito a máquina (y sin espacios interlineados) relata las aventuras de las 7 hermanitas Vivian, especie de princesas de Abbiennia, cuyas edades oscilan de los 5 a 8 años, que liberan una guerra contra el maligno planeta habitado por Glandelianos, hombres que esclavizan a los niños, los torturan y le infligen castigos atroces. La parte gráfica ilustra toscamente las aventuras y desventuras de las hermanitas Vivian y su ejercito infantil. Al morir Darger su casera y uno de los pocos amigos del portero solitario se consiguió con aquella obra producto de una locura sistematizada y autodidacta. También está el texto sobre el pintor Richard Dadd, que pasó 42 años confinado en varios centros siquiátricos. Mató a su padre y en el manicomio pasó 10 años pintando un pequeño cuadro (del tamaño de una hoja carta) lleno de gnomos, hadas y otros seres sélficos de un bosque mágico donde un leñador blande una hacha a punto de dar un golpe. El cuadro está tan lleno de detalles que tratar de enuméralos todos quizás conduzca al que lo haga a la locura. También está el texto sobre esa bella espía conocida como Mata-Hari o el texto sobre Marcel Duchamp que un buen día dejó de pintar debido a que se le acabaron las ideas. Lo cierto es que archivé los ensayos en mi computadora, especie de gaveta virtual.

 

Carlos YUSTI

Los proyectos literarios son complicados de mantener en el tiempo. Por lo general es la falta de recursos el obstáculo que echa por tierra cualquier castillo en el aire que se pueda edificar en torno al quehacer literario. Los costos para editar un revista literaria en papel son elevados. No es casual la migración de escritores jóvenes (y otros no tanto) a las plataformas digitales.

Los apocalípticos de siempre vaticinan la muerte de los textos impresos como los conocemos. Periódicos, revistas, libros y un variado etcétera de impresos serán sustituidos por la edición electrónica (sin duda el término no es acorde). No obstante en el pasado el libro principalmente pasó por la evolución de diferentes soportes (arcilla, papiro, etc.) que coexistieron por miles de años hasta que sobrevivió el más apto a las exigencias del mundo intelectual/comunicacional siempre cambiante.

 

 

 

Carlos Yusti

 

 

 

 

 

Carlos Yusti

 

La línea retorcida hasta el ingenio pleno, el garabato amasado en creatividad y crítica al poder en todos sus estamentos. El dibujo en ejercicio pleno de libertad y protesta; en ese equilibrio constante de humor y tragedia, de ironía cruda y causticidad cocida en el fuego lento de la inventiva, de la inteligencia que corta con gran sutileza los problemas de nuestro devenir para esquivar la censura de arriba, abajo y de los lados.

Con la muerte de Zapata a este país se la ha muerto la mitad del cerebro y un gran territorio del corazón. Zapata aparte de PINTOR, en mayúscula claro, fue un artífice en ese complejo arte de la caricatura, un humorista/humanista de esa ironía inteligente que nunca te abandona jamás. Todavía recuerdo ese retrato-de-a-minuto que hizo de ese ser horripiodioso que fue Margaret Hilda Thatcher. Una caricatura sencilla, pero devastante como todo lo suyo y cuya leyenda decía: “La dama es de hierro, pero la pata es de palo”.

JUEGO, LITERATURA, LLAVES Y CERRADURAS

Carlos Yusti

Las primeras imágenes de esa película icónica del cine como lo es El séptimo sello suceden frente al mar. La muerte ha venido a buscar al caballero que regresa del horror de las cruzadas, especie de Don Quijote de la fe con escudero y todo. La muerte extiende su túnica negra y entonces el caballero le propone jugar al ajedrez, cuando finalice la partida se decidirá su destino. El otro aspecto de este encuentro sobrenatural ocurre en la elección de las piezas; al caballero les tocan las blancas y a la muerte las negras y esta dice: “El color me va, no te parece lógico” y ese dejo de humor le da a todo ese extraño encuentro un gran equilibrio terrenal.

Lo que quiero significar, al evocar la película de Ingmar Bergman,es que en el fondo todo juego tiene ese aspecto oscuro, dramático y que sólo el humor permite que el juego pierda su soterrada gravedad sobrenatural.

Jugar con la literatura es quitarle un poco de severidad profesoral, de esa dificultad inteligente de revista arbitrada que en muchos caso convierte la literatura en un hecho cargante y fastidioso por decir menos.

Abunda por nuestros predios literarios mucho escritor comprometido, muchos opinadores de postín y demasiados “los abajo firmantes” que a veces es necesario airear la casa con un poco de literatura escrita sin finalidad visible; de esa escritura que intenta convertir el absurdo y el desatino en un tenso alambre de equilibrista para caminar con toda la naturalidad posible.

Como es lógico no estoy inventando nada nuevo con esto de proporcionarle a libros y revistas un toque de puzzle, de rompecabezas, de mecano para armar y desarmar ( o leer y desleer) a placer. Un antecedente histórico en nuestro país podría afianzarse en ese escritor singular que fue Simón Rodríguez por aquello escrito por Eugenio Montejo: “Al leer a Simón Rodríguez percibimos, más que en cualquier escritor de su época, un sello de su personalidad (…) Como cajista e impresor de sus propios escritos, que supo valerse de una amplia experiencia tipográfica aprendida en Baltimore, la página de Simón Rodríguez viene a nosotros enteramente fabricada po él, tiene la impronta de su invención…”  Otro sería Juan Antonio Navarrete, un borroso fraile franciscano que en el siglo XII escribió a mano 17 volúmenes en folio. Entre estos libros se encuentra “El juego de la paz y la guerra” que combina la baraja española con la adivinación teológica y su otro libro  “Tratado curioso de la rueda de la fortuna” en la que el lector hace preguntas banales y al final la respuesta con todos los componentes de buenos valores. También está Rafael Bolívar Coronado que utilizó más 600 nombres distintos para firmar sus textos. Allí está su obra “El llanero” que el escritor de Villa de cura atribuyó a Daniel Mendoza. O esos libros de indias que Coronado encontró en los anaqueles polvosos de una etérea biblioteca en Cádiz y que editó Blanco Fombona si percatarse de la trampa urdida por Coronado para “sacarle las telarañas a la muelas” según sus propias palabras.

 

 

Un negrero llamado Alejandro Dumas

Dumas y Marquet

 

 

Carlos Yusti

Que políticos de guardarropía utilicen a periodistas (o escritores) para que les redactan el discurso de orden, o la arenga buscavotos, es razonable. Para nadie es un secreto que la mayoría de los políticos son unos iletrados de marca mayor y que el libro de cabecera, que han leído con fruición, de seguro sea la gaceta hípica. Incluso se puede tolerar que un holgazán profesor universitario se robe la tesis de algún alumno para escribir un trabajo de ascenso. Pero que un escritor recurra a otro escribidor  para redactar sus libros es como la coronación de ese agitado mundillo de la escritura, sin hablar de esos plagiarios que a como de lugar quieren convertirse en autores.

Se conoce como Negro literario al escritor que por una calderilla (o algunas piastras) realiza trabajos de escritura para otro, quien al final lo firma con su nombre y se lleva todos los méritos. Eso de negro al parecer se patentó en Francia a raíz del auge del folletín en el siglo 19. El folletín tuvo gran demanda y en ese sentido los editores contrataban a un buen grupo de escritores para producirlos en cantidades industriales. En el ambiente a este tipo de editor se le visualizaba, de forma irónica, como una especie de negrero, ya que sus exigencias eran tiránicas para poder cumplir con los tiempos estipulados de publicación y a la sazón a los escritores, que domesticaban el hambre de esta manera, se les comenzó a denominar como negro.

 

 

Oscuras claridades del deseo

 

Carlos Yusti

 

 

Después de algunos libros escritos (y de muchas barras recorridas) con algunos premios importantes a cuestas, ubicar el destino de la poesía de Francisco Arévalo en ese dichoso panorama literario nacional, que tanto entusiasma a los críticos y reseñadores universitarios, es un tanto complicado. 

 

 

 

ENCUENTROS CON LA CENSURA

Carlos Yusti

 

La iniciación a la lectura tiene varias etapas. En mi caso comenzó por las comiquitas de los diarios, las novelitas vaqueras, luego las policiacas y al final del túnel estaba esa luz impecable, lúcida y límpida de los clásicos. Sthendal fue el primer autor de fuelle que leí con deleite. Luego cuando mis hormonas despertaron mi curiosidad mi atención se centró en determinados libros marcados como prohibidos. El Decamerón y las novelas del Marqués de Sade me proporcionaron esa otra dimensión de la literatura que se extralimita, que pisa la grama de los prejuicios y dogmas preestablecidos por el poder eclesiástico o político.

La censura tiene variadas aristas y muchas veces se vale del guirigay leguyerico para asestar sus golpes. Escribir es siempre exponerse, es quedar al descubierto y ser presa de la censura y demás florituras recalcitrantes de ciertos personajillos del poder político (o de la casa cural de la parroquia) que buscan por todos los medios que la escritura sea incolora, indolora y carente de faltas y erratas políticas.

Mis encuentros con la censura tiene menos de tragedia y más de teatro de equivocaciones cómicas. Cuando cruzaba en bicicleta mis 16 años edité con otros amigos (“Animales Krakers” se llamaba el grupo) una revista con pretensiones literarias (tenía más pretensión que literatura por supuesto), pero que en el fondo sólo buscaba pasarse de la raya. Su estilo escatológico y bilioso fue su marca de fábrica.