Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Carlos Yusti

 

Foto Yuri Valecillo.

 

 

Carlos YUSTI

 

En definitiva hay autores que forman parte de ese inventario personal que son indispensables, y hasta impostergables, leer. Autores a los cuales debemos otorgarle algunas horas de lecturas por respeto y otras hipérboles que no vienen al caso. Sin duda Juan Liscano ocupa un lugar destacado en ese inventario de escritores que hay que leer. En primer lugar debido a que fue un escritor que se movió bastante bien en muchas áreas culturales a saber. Después están sus libros y en la que el lector podrá encontrar en su poesía y en sus trabajos ensayísticos una porción de esa buena literatura escrita en el país, como es lógico con esos huecos de bostezos que nunca faltan. Le conocí en una de esas Ferias del libro que se realizaban en la Zona rental de la plaza Venezuela.

Con mi amigo el fotógrafo Yuri Valecillo lo descubrí en el puerta como desamparado y sin brújula; ya tenía sus años, no obstante conservaba cierto garbo distinguido. Con premura juvenil lo abordamos. Yo le obsequié mi libro sobre Pocaterra y Yuri le hizo algunas fotos. Estuvo paseando y conversando con nosotros por la feria sin tanta parafernalia, luego vinieron los relacionistas públicos, disfrazados de escritores como Rafael Arráiz Lucca y otros, cuyos nombres no recuerdo con alevosa intención, y se lo llevaron entre esos elogios jabonosos de maestro y poeta.

 

 

 

  

 

Carlos YUSTI

 

“Sería una situación conmovedora imaginarse a alguien que se quedara ciego a media noche y creyera que la noche continúa. Coge su mechero y lo acciona, más no consigue arrancarle una sola chispa, y cosas por el estilo”.

Georg Christoph Lichtenberg

 

La escritura en algunas enrevesadas circunstancias se rige por leyes más afines con el azar que con la lógica, madre de todas las desdichas. Los libros que se escriben de igual modo están sujetos a determinados códigos donde el rigor combate de forma encarnizada con el abandono, el fracaso o el deseo impulsivo de abandonarlo todo, de no terminar la obra emprendida y dejarse ir por ese camino sinuoso que no te lleva a ninguna parte y que algunos llaman bloqueo, síndrome Bartleby, falta de inspiración o la fuga de la musa con el que reparte las pizzas. No obstante en algunos escritores la obstinación toma las riendas y los libros logran concretarse en un punto final.

En mi caso personal los pocos libros que he escrito han surgido casi por inercia. Salvo mi primer libro los otros se han ido armando sobre la marcha como si se tratara de rompecabezas.

Con este libro, La gaveta cortáziana, sucedió que los textos surgieron por separado, tanto en tiempo como en los estímulos que me impulsaron para escribirlos. Lo único en común que parecían tener era su naturaleza singular por no decir rara. Los ensayos abordaban temas literarios y de arte un tanto extraños, pero de esa extrañeza como cotidiana y a veces un poco inesperada y la cual irrumpe de improviso y coloca todo de cabeza. Por ejemplo está el artículo sobre Henry Darger, que era portero en un hospital, el St. Joseph de Chicago, pero secretamente tenía años trabajado en un libro ilustrado. Residía en una habitación alquilada.  La obra está formada por 15.154 páginas y el libro se titula La historia de las niñas Vivian, en lo que se conoce como los Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la rebelión de los Niños Esclavos. Escrito a máquina (y sin espacios interlineados) relata las aventuras de las 7 hermanitas Vivian, especie de princesas de Abbiennia, cuyas edades oscilan de los 5 a 8 años, que liberan una guerra contra el maligno planeta habitado por Glandelianos, hombres que esclavizan a los niños, los torturan y le infligen castigos atroces. La parte gráfica ilustra toscamente las aventuras y desventuras de las hermanitas Vivian y su ejercito infantil. Al morir Darger su casera y uno de los pocos amigos del portero solitario se consiguió con aquella obra producto de una locura sistematizada y autodidacta. También está el texto sobre el pintor Richard Dadd, que pasó 42 años confinado en varios centros siquiátricos. Mató a su padre y en el manicomio pasó 10 años pintando un pequeño cuadro (del tamaño de una hoja carta) lleno de gnomos, hadas y otros seres sélficos de un bosque mágico donde un leñador blande una hacha a punto de dar un golpe. El cuadro está tan lleno de detalles que tratar de enuméralos todos quizás conduzca al que lo haga a la locura. También está el texto sobre esa bella espía conocida como Mata-Hari o el texto sobre Marcel Duchamp que un buen día dejó de pintar debido a que se le acabaron las ideas. Lo cierto es que archivé los ensayos en mi computadora, especie de gaveta virtual.

 

Carlos YUSTI

Los proyectos literarios son complicados de mantener en el tiempo. Por lo general es la falta de recursos el obstáculo que echa por tierra cualquier castillo en el aire que se pueda edificar en torno al quehacer literario. Los costos para editar un revista literaria en papel son elevados. No es casual la migración de escritores jóvenes (y otros no tanto) a las plataformas digitales.

Los apocalípticos de siempre vaticinan la muerte de los textos impresos como los conocemos. Periódicos, revistas, libros y un variado etcétera de impresos serán sustituidos por la edición electrónica (sin duda el término no es acorde). No obstante en el pasado el libro principalmente pasó por la evolución de diferentes soportes (arcilla, papiro, etc.) que coexistieron por miles de años hasta que sobrevivió el más apto a las exigencias del mundo intelectual/comunicacional siempre cambiante.

 

 

 

Carlos Yusti

 

 

 

 

 

Carlos Yusti

 

La línea retorcida hasta el ingenio pleno, el garabato amasado en creatividad y crítica al poder en todos sus estamentos. El dibujo en ejercicio pleno de libertad y protesta; en ese equilibrio constante de humor y tragedia, de ironía cruda y causticidad cocida en el fuego lento de la inventiva, de la inteligencia que corta con gran sutileza los problemas de nuestro devenir para esquivar la censura de arriba, abajo y de los lados.

Con la muerte de Zapata a este país se la ha muerto la mitad del cerebro y un gran territorio del corazón. Zapata aparte de PINTOR, en mayúscula claro, fue un artífice en ese complejo arte de la caricatura, un humorista/humanista de esa ironía inteligente que nunca te abandona jamás. Todavía recuerdo ese retrato-de-a-minuto que hizo de ese ser horripiodioso que fue Margaret Hilda Thatcher. Una caricatura sencilla, pero devastante como todo lo suyo y cuya leyenda decía: “La dama es de hierro, pero la pata es de palo”.

JUEGO, LITERATURA, LLAVES Y CERRADURAS

Carlos Yusti

Las primeras imágenes de esa película icónica del cine como lo es El séptimo sello suceden frente al mar. La muerte ha venido a buscar al caballero que regresa del horror de las cruzadas, especie de Don Quijote de la fe con escudero y todo. La muerte extiende su túnica negra y entonces el caballero le propone jugar al ajedrez, cuando finalice la partida se decidirá su destino. El otro aspecto de este encuentro sobrenatural ocurre en la elección de las piezas; al caballero les tocan las blancas y a la muerte las negras y esta dice: “El color me va, no te parece lógico” y ese dejo de humor le da a todo ese extraño encuentro un gran equilibrio terrenal.

Lo que quiero significar, al evocar la película de Ingmar Bergman,es que en el fondo todo juego tiene ese aspecto oscuro, dramático y que sólo el humor permite que el juego pierda su soterrada gravedad sobrenatural.

Jugar con la literatura es quitarle un poco de severidad profesoral, de esa dificultad inteligente de revista arbitrada que en muchos caso convierte la literatura en un hecho cargante y fastidioso por decir menos.

Abunda por nuestros predios literarios mucho escritor comprometido, muchos opinadores de postín y demasiados “los abajo firmantes” que a veces es necesario airear la casa con un poco de literatura escrita sin finalidad visible; de esa escritura que intenta convertir el absurdo y el desatino en un tenso alambre de equilibrista para caminar con toda la naturalidad posible.

Como es lógico no estoy inventando nada nuevo con esto de proporcionarle a libros y revistas un toque de puzzle, de rompecabezas, de mecano para armar y desarmar ( o leer y desleer) a placer. Un antecedente histórico en nuestro país podría afianzarse en ese escritor singular que fue Simón Rodríguez por aquello escrito por Eugenio Montejo: “Al leer a Simón Rodríguez percibimos, más que en cualquier escritor de su época, un sello de su personalidad (…) Como cajista e impresor de sus propios escritos, que supo valerse de una amplia experiencia tipográfica aprendida en Baltimore, la página de Simón Rodríguez viene a nosotros enteramente fabricada po él, tiene la impronta de su invención…”  Otro sería Juan Antonio Navarrete, un borroso fraile franciscano que en el siglo XII escribió a mano 17 volúmenes en folio. Entre estos libros se encuentra “El juego de la paz y la guerra” que combina la baraja española con la adivinación teológica y su otro libro  “Tratado curioso de la rueda de la fortuna” en la que el lector hace preguntas banales y al final la respuesta con todos los componentes de buenos valores. También está Rafael Bolívar Coronado que utilizó más 600 nombres distintos para firmar sus textos. Allí está su obra “El llanero” que el escritor de Villa de cura atribuyó a Daniel Mendoza. O esos libros de indias que Coronado encontró en los anaqueles polvosos de una etérea biblioteca en Cádiz y que editó Blanco Fombona si percatarse de la trampa urdida por Coronado para “sacarle las telarañas a la muelas” según sus propias palabras.

 

 

Un negrero llamado Alejandro Dumas

Dumas y Marquet

 

 

Carlos Yusti

Que políticos de guardarropía utilicen a periodistas (o escritores) para que les redactan el discurso de orden, o la arenga buscavotos, es razonable. Para nadie es un secreto que la mayoría de los políticos son unos iletrados de marca mayor y que el libro de cabecera, que han leído con fruición, de seguro sea la gaceta hípica. Incluso se puede tolerar que un holgazán profesor universitario se robe la tesis de algún alumno para escribir un trabajo de ascenso. Pero que un escritor recurra a otro escribidor  para redactar sus libros es como la coronación de ese agitado mundillo de la escritura, sin hablar de esos plagiarios que a como de lugar quieren convertirse en autores.

Se conoce como Negro literario al escritor que por una calderilla (o algunas piastras) realiza trabajos de escritura para otro, quien al final lo firma con su nombre y se lleva todos los méritos. Eso de negro al parecer se patentó en Francia a raíz del auge del folletín en el siglo 19. El folletín tuvo gran demanda y en ese sentido los editores contrataban a un buen grupo de escritores para producirlos en cantidades industriales. En el ambiente a este tipo de editor se le visualizaba, de forma irónica, como una especie de negrero, ya que sus exigencias eran tiránicas para poder cumplir con los tiempos estipulados de publicación y a la sazón a los escritores, que domesticaban el hambre de esta manera, se les comenzó a denominar como negro.

 

 

Oscuras claridades del deseo

 

Carlos Yusti

 

 

Después de algunos libros escritos (y de muchas barras recorridas) con algunos premios importantes a cuestas, ubicar el destino de la poesía de Francisco Arévalo en ese dichoso panorama literario nacional, que tanto entusiasma a los críticos y reseñadores universitarios, es un tanto complicado. 

 

 

 

ENCUENTROS CON LA CENSURA

Carlos Yusti

 

La iniciación a la lectura tiene varias etapas. En mi caso comenzó por las comiquitas de los diarios, las novelitas vaqueras, luego las policiacas y al final del túnel estaba esa luz impecable, lúcida y límpida de los clásicos. Sthendal fue el primer autor de fuelle que leí con deleite. Luego cuando mis hormonas despertaron mi curiosidad mi atención se centró en determinados libros marcados como prohibidos. El Decamerón y las novelas del Marqués de Sade me proporcionaron esa otra dimensión de la literatura que se extralimita, que pisa la grama de los prejuicios y dogmas preestablecidos por el poder eclesiástico o político.

La censura tiene variadas aristas y muchas veces se vale del guirigay leguyerico para asestar sus golpes. Escribir es siempre exponerse, es quedar al descubierto y ser presa de la censura y demás florituras recalcitrantes de ciertos personajillos del poder político (o de la casa cural de la parroquia) que buscan por todos los medios que la escritura sea incolora, indolora y carente de faltas y erratas políticas.

Mis encuentros con la censura tiene menos de tragedia y más de teatro de equivocaciones cómicas. Cuando cruzaba en bicicleta mis 16 años edité con otros amigos (“Animales Krakers” se llamaba el grupo) una revista con pretensiones literarias (tenía más pretensión que literatura por supuesto), pero que en el fondo sólo buscaba pasarse de la raya. Su estilo escatológico y bilioso fue su marca de fábrica.

 

 

 

Marcel Duchamp en Barcelona

Carlos Yusti

Paseando por las ramblas de Barcelona en un agitado y tumultuoso día del libro (o Sant Jordi) me encontré con un ejemplar que recopila una serie de conversaciones entre Pierre Cabanne y el artista Marcel Duchamp. Hace años lo había leído y en esos avatares de amores y mudanzas lo perdí. No dudé ni un segundo para adquirirlo de nuevo.

Duchamp fue un artista bastante fuera de lo común. Su trabajo artístico estuvo siempre en la cuerda floja de la búsqueda arriesgada y el abandono absoluto. Más que pintar cuadros o crear esculturas fue un pensador del arte, de su proceso y de los efectos en el ojo y sensibilidad del espectador. Todo el arte actual (desde el conceptual, el performance, el body-Art hasta el minimalismo son sus deudores directos) pasa por Duchamp e incluso su obra conformada por discos pintados con líneas circulares (montados en un artefacto sencillo que los hacía girar) prefiguran el Cinetismo. Con él la estética de la obra de arte se movió de sus goznes, sus obras poco a poco diluyeron los prejuicios sobre los objetos cotidianos y le devolvieron una lúcida y asombrosa belleza que no se encontraba en los libros de arte.

Duchamp aseveraba que un cuadro (o una obra de arte) que no moviera al espectador hacia el asombro no valía la pena y remataba diciendo: “En la producción de cualquier genio, pintor o artista sólo hay cuatro o cinco cosas que cuentan realmente en su vida. Todo lo demás nos s más que relleno de cada día. Por lo general esas cuatro o cinco cosas sorprendieron en el momento de aparecer”.

 

Elogio de las groserías

Carlos Yusti

 

Decir groserías, tacos o palabrotas, es una cosa, y ser grosero otra. A veces suelo ser grosero, pero soy poco dado a pronunciar groserías. Aunque cuando comencé a escribir pensaba que colocando algunas, aquí y allá en el texto, lograría cierto malditismo y un poco de contundencia en mis argumentos. Por supuesto estaba errado y sólo con el ejercicio de la escritura y mucha lectura comprendí que el lenguaje utilizado con pericia, cultura e inteligencia era tan efectivo como un golpe físico.

Ángel Rosenblat escribió Buenas y malas palabras. El título del libro es un tanto engañoso ya que no es un sondeo lingüístico sobre las groserías, conocidas también como malas palabras (entre comillas). Rosenblat más bien explora los entretelones de palabras y expresiones utilizadas a diario. Un libro que nos acerca al lenguaje con agudeza y humor descubriendo lo malhablados que somos, descubriendo algo de nuestro espíritu o, como lo escribe el propio Rosenblat: “Porque detrás de las palabras, a veces oculto o disimulado en ellas, está siempre el hombre”.

 

 

Bibliotecas y dictadores

 

Carlos Yusti

El capitán Nemo dice que los doce mil volúmenes de la biblioteca del Nautilus son los únicos lazos que lo ligan a la tierra. Más que el submarino lo que atrapó mi precoz imaginación fue la cantidad de libros del capitán. Lo que no sabía era que la realidad en ocasiones depara sorpresas inesperadas e inauditas. Cuesta hacerse a la idea que a los dictadores les gustan los libros. Jamás hubiese creído que un dictador sanguinario como Augusto Pinochet tuviera una afición que rozaba en lo obsesivo: coleccionar libros.

En una excelente crónica de Cristóbal Peña, Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet, título verniano por excelencia, se develan los entretelones de una rareza que parece calcada del realismo mágico. Peña escribe que un equipo de expertos bibliográficos trabajó 194 horas en terreno y otras 200 dedicadas a pesquisas e investigaciones, casi detectivescas, para calcular el valor en dinero y patrimonial de los libros y de todo el mobiliario y al respecto Peña escribe: “El informe establece que los libros adquiridos por el general Pinochet son cerca de 55 mil, cuyo valor global fue estimado en US$ 2.560.000. A este monto se suman los valores del mobiliario, encuadernación y transporte de publicaciones editadas en el extranjero, todo lo cual fue tasado en US$ 52.000, US$ 75.000 y US$ 153.000, respectivamente”.

 

Escepticismo en el taller literario

Carlos YUSTI

El poeta Reynaldo Pérez Só

 

“El país existe por sus poetas. Son los únicos héroes silenciosos de la lengua, la sensibilidad, la cultura. Mientras una tierra no los tenga, la nación es un trozo de carne que se pudre en la intemperie de los políticos y las matanzas. Veamos la historia”.

Reynaldo Pérez Só

 

Aunque siempre he tenido para mi que eso de escribir no es cuestión de talleres literarios, sino de mucha lectura no reniego de los talleres literarios ya que pueden convertirse en un buen intento para que los participantes se acerquen bastante a esa magia de la lectura y a las dificultades para trabajar con el lenguaje a la hora de escribir.

En otros países les denominan talleres de escritura creativa e incluso existen cátedras universitarias abocadas en especifico a la escritura creativa. El escritor Hanif Kureishi ha dicho que asistir a las cátedras de escritura creativa no sirven para nada y  que cada asistente lo que necesita hacer es “leer la mayor cantidad de literatura buena que puedas, por años y años”. Y por supuesto  escribir mucho y arrojar a la papelera bastante también. Los participantes buscan en estas cátedras entender (y dominar) los procesos de la creación literaria, ese casi imperceptible mecanismo de la creatividad construyendo un universo con las palabras.

 


 

Un santo patrono llamado Cabrujas

 

José Ignacio Cabrujas    

 

Carlos Yusti

Cuando uno es joven y lector comete muchas insensateces. Una de ellas puede ser leer teatro. Otra es merodear por una escuela de teatro no para ver obras, sino a las actrices y empaparse un poco de ese limón que es la vida bohemia y que actores/actrices saben exprimir como nadie. De insensatez en insensatez me encontré de pronto metido en un grupo de teatro amateur. No actuaba, no cantaba y mucho menos bailaba, pero había leído mucho teatro y algunas libros de teoría teatral y eso fue suficiente. Como era lógico (de anteojito hubiese escrito Cabrujas) yo seguía detrás de las actrices sin éxito. Lo bueno de esta etapa fue descubrir a José Ignacio Cabrujas.

En uno de esos desplantes retóricos que Ibsen Martinez acostumbra, escribió: “La ignorancia y la beatería provincianas, de la mano de la improbidad intelectual de nuestra peor “crítica cultural” amateur, han querido, de un tiempo a esta parte, hacer de José Ignacio Cabrujas una voz de la tribu: un oráculo, un santo patrono. Nada más risible a mis ojos. Nada más descaminador, creo yo”.

 

ELOGIO DEL LIBRO DIFÍCIL

Carlos Yusti

"Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende"

 Lichtenberg.

 

Un amigo poeta (además gran lector) me comentó que no existían libros difíciles, sino lectores acomplejadamente complicados. No obstante, hay libros que uno como lector voraz no ha podido pasar de ese lindero de la primera página. Las razones nunca son claras, pero lo extraño es que en el estante de muchas bibliotecas (de conocidos y amigos) no existe un tramo en exclusiva para "Libros difíciles de leer".

Lo raro y patético es que el libro difícil viene precedido por el barniz de clásico imprescindible y por una fama cimentada por eruditos; además es infaltable en la lista de libros que cualquiera debería llevar a una isla desierta, a veces forma parte del canon particular de un escritor famoso. Otra característica del libro difícil es que su autor es un paradigma de la literatura universal. No haber leído determinado libro difícil, si uno se pretende escritor, es pasar por un ignorante con ínfulas.