Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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ESTO NO ES FICCIÓN
Episodio UNO


Por José Agustín Orozco Messa

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All rights reserved.

Fortunato Barradas nació en el seno de una familia de nazarena tradición. Su padre, abuelo, bisabuelo y así, sucesivamente. Remontándose generación tras generación, muy probablemente hasta el primer Barradas: habían sido carpinteros. Sin embargo, Fortunato tenía un plus extra. Una habilidad que sus ancestros no tuvieron, al menos que él supiera. Fortunato era muy hábil para dibujar. Desde niño muy pequeño, todos en su casa fueron testigos de ese hecho. En cualquier pedazo de papel podía hacer un buen dibujo con apenas un lápiz ordinario.

Pero no se confunda el lector. No me refiero a esos niños que dibujan toscos trazos que los papás, de generaciones anteriores, confundían con un Mickey Mouse, o los actuales, con un Bob Esponja y decían:

—¡Mira que bien dibuja el niño! ¡De seguro va a ser artista!

Lo mismo ocurre con papás que ponen música de cumbia a todo volumen en su casa, ven a su pequeña hija zangolotearse como licuadora a diestra y siniestra; y sin ningún pudor, dicen muy ufanos:

—¡Mira que bien baila la niña! ¡De seguro va a ser bailarina!

Fortunato, desde muy tierna edad, podía hacer el retrato a lápiz de una persona, con la misma facilidad que otro niño de su misma edad apenas y podía rayar burdas formas geométricas.

Pero todo se quedó en la anécdota; a veces, en alguna reunión, se pedía al niño que dibujara el retrato de alguno de los invitados. Quienes asombrados, aplaudían la destreza del niño, quien sin aparente esfuerzo, retrataba a cualquiera logrando un parecido innegable. Pero no pasó nada. Por alguna extraña razón, ahí se quedó todo.

Quizá cabe mencionar, que los papás de Fortunato eran de escasos recursos. Lo que no es pecado. Eso sí, quizá es mala suerte. A eso habría que agregar que sus padres, al igual que los padres de sus padres, otra vez remontándose hasta el Barradas original, únicamente habían estudiado la primaria y ya. Sabían leer, escribir, sumar y restar. Pero nunca en su vida habían escuchado que hubiera una escuela donde se enseñara a dibujar o pintar.

Sin embargo, Fortunato tuvo la suerte de prolongar sus estudios más allá de la primaria. ¡Claro que no se distinguió por ser un alumno muy destacado! Al menos, no por sus calificaciones. Lo fue por su habilidad de producir dibujos como si los estuviera imprimiendo con un sello. En las clases, entretenía a los condiscípulos, retratando al profe en jocosas caricaturas, que terminaban con un regaño o, cuando mejor era caracterizado el docente, en un viaje a la dirección para recibir un castigo por sus acciones. Así fue siempre, en primaria y secundaria.

Fue en una de esas idas a la dirección. Que una joven egresada universitaria, que cumplía su servicio social en el departamento de orientación vocacional, después de ver un dibujo de Fortunato; muy sonriente, dijo:

—¿Por qué no estudias artes?

Fortunato, muy sorprendido preguntó.

—¿Estudiar qué…?

Claro que Fortunato conocía la palabra y lo que significaba. Pero no la relacionaba con la palabra estudiar. Se estudiaban las matemáticas, la física, las etimologías o el inglés. ¿Pero las artes? Recordaba que allá en la lejana primaria, había una materia que se llamaba “Artísticas”. Consistía en que, una vez a la semana, reunían a todos los niños de su grupo en un pequeño salón donde apenas y lograban entrar. Allí, había un piano vertical y una señora gorda, sentada al piano. La señora tenía una voz estentórea que retumbaba por todo el saloncito. Se ponía a cantar el himno nacional mexicano, acompañándose con el piano. Y todos los niños la seguían a coro, como podían a grito pelón. Y listo. ¡Esa era la materia de “Artísticas”!

En la secundaria, hubo algo que se llamaba “Educación Artística”. Allí el maestro era un señor muy callado y delgado. Desde el primer día, encargó a todos los alumnos comprarse un librito que, por cierto, nunca usaron para nada. Y una flauta de pico de pato. El maestro se presentaba una vez por semana. A veces, cada dos semanas. Hablaba de lo que le venía en gana. Si, algún emprendedor alumno, por su cuenta, había aprendido a tocar algunas notas en la flauta. Pues deleitaba a todo el grupo con sus habilidades y listo. Concluido el semestre, todos estaban aprobados en la materia de “Educación Artística”. Fortunato, hasta recordaba que, en cierta ocasión, le enseñó algunos de sus dibujos a dicho maestro. Esperando recibir algún comentario elogioso. Empero, el maestro se limitó a echarles una mirada y, devolviéndolos, díjole a Fortunato.

—Vete a tu asiento que ya vamos a empezar la clase.

En la preparatoria, donde ahora se encontraba Fortunato. En su primer semestre, hubo una materia llamada “Historia del Arte”. Impartida por una simpática maestra delgada y pequeñita. Que, apoyada en un pequeño librito que encargó a todos los alumnos pero solo algo así como la mitad compraron, se esforzaba por hacerles comprender a los alumnos la magnificencia de las actividades artísticas a lo largo de la historia humana.

Los compañeros de Fortunato, gustaban de dicha clase porque no encargaban tareas y porque no había que resolver problemas ni hacer nada: solo sentarse a escuchar hablar a la simpática maestra. Para acreditar el semestre, hubo tres exámenes. Como en aquellas décadas finales del siglo XX, todavía no era obligatorio que las pruebas fueran todas a base de reactivos de opción múltiple. Donde la respuesta está dada y solamente se necesita la suficiente capacidad de abstracción para distinguirla entre las falsas. Más bien, las preguntas eran abiertas, siendo menester tener que pensar las respuestas y demostrar que se tenían los suficientes conocimientos para aprobar la materia. Ocurrió que la mayoría de los condiscípulos pasaron con apenas el mínimo reglamentario para no reprobar. De panzazo, como decimos coloquialmente por éstas latitudes geográficas. Hasta Fortunato, que según él, se preciaba de poner mucha atención en las clases: escasamente logró salir regular en la materia. Y, como un diezmo de la clase, definitivamente terminó reprobada.

Al siguiente semestre, dicha materia desaparecía. Al parecer, las mentes brillantes que gobiernan la enseñanza en el país, consideraban que, con un semestre, era más que suficiente para que los alumnos dominaran toda la historia del arte desde sus primeros escarceos allá en los murales pétreos hasta las últimas tendencias del arte contemporáneo. Dando opción a que el alumno escogiera un taller para continuar sus enseñanzas artísticas. La terna era la siguiente: taller de mecanografía; taller de corte y confección; y, taller de dibujo.

Está de más decir que Fortunato, se inscribió sin pensarlo en el taller de dibujo. Que, dicho sea de paso, de taller no tenía nada, era uno de los salones de clases regulares lleno de mesa-bancos, con un pizarrón al frente y una mesa con silla para que el docente, de turno, la ocupara y ya. Como el 90% de las mujeres migraba a corte y confección; y, el 90% de los hombres, por no haber una cuarta opción, migraba a mecanografía. El primer día de clases, se presentaron al taller de dibujo cinco alumnos: tres mujeres, que probablemente no les gustaba coser y dos hombres, incluido Fortunato, a iniciar las lecciones.

Hasta antes de empezar, Fortunato se sentía como pez en el agua. Precisamente ese era su elemento ¡casi desde antes que tuviera uso de razón! Prácticamente, todos los que le conocían, podían dar fe y testimonio de su dominio del dibujo. ¡Esto será pan comido!, pensó Fortunato.

Con algunos minutos de retraso, se presentó a dar la clase, un joven moreno, alto, fornido, de cabello largo hasta los hombros, negro y lacio. Calzaba unas botas anaranjadas similares a las que usan los empleados de la luz; vestía un pantalón de mezclilla de mediano uso y una camisa algo gastada, de corte militar, color pardo con las mangas arremangadas hasta el codo. Fortunato pensó que tenía más aspecto de empleado de la luz: aquellos que se suben a los postes a componer cada que hay un corte o de empleado de la compañía de gas, esos que reparten el gas de casa en casa; que de maestro de dibujo. De entrada, no hubo empatía.


Con naturalidad, revisó la lista de asistencia, echó una ojeada a los cinco alumnos. Pasó lista. Dijo su nombre. Y comenzó a explicar que durante el semestre, ¡que se oye mucho!, algo así como seis meses pero que en realidad únicamente son 16 semanas. De las cuales, ¡invariablemente! Hay que descontar ya que se atraviesan días festivos y días inhábiles porque: en temporada de lluvias las autoridades suspenden clases; en temporada de huracanes suspenden clases; en temporada de fechas cívicas, los alumnos tienen que salir a marchar por las calles para demostrar su fervor cívico; en temporada de elecciones suspenden clases. En general, ¡cualquier pretexto era bueno para suspender clases! De paso, alguien siempre se enferma durante esas 16 semanas que, en realidad, son netamente ficticias y las clases concretas se vienen reduciendo, si bien nos va, a 12 distribuidas en las tan mencionadas 16 semanas.

Sonrió, añadiendo que su trabajo consistiría en la muy noble tarea de tratar de enseñarles los rudimentos del arte de dibujar, es decir, de plasmar las imágenes que percibimos, con nuestros ojitos, en 3D a un plano 2D. Señaló que, aunque 12 clases eran pocas ciertamente, podían ser suficientes si ellos sinceramente estaban interesados en aprender a dibujar. Esto se debía a que, para dibujar únicamente había que aprender una serie de reglas. Conforme dominaran una, pasarían a la siguiente y no eran más de cinco. Una vez dominaran las reglas. Las cuales se complementan entre sí, estarían capacitados para dibujar cualquier cosa que se les pusiera por delante.

Pero, hizo hincapié en que debían poner trabajo de su parte. Las reglas de las que hablaba no eran las de multiplicar, ni tampoco eran fórmulas químicas que uno puede memorizar en un chico rato y, si tiene buena retentiva, ya se las aprendió de por vida. No. Esto se trataba de trabajar haciendo trazos, observando con atención los objetos, aprendiendo a medir con la vista, el lápiz y las manos. Sin práctica de por medio, no habría resultados positivos.

Todos estuvieron de acuerdo y muy contentos. Menos uno, Fortunato. ¿Qué era eso de reglas? Él dibujaba muy bien. Qué digo bien, excelentemente. ¡Y nunca en sus 16 años y meses de vida, había oído hablar de algo similar! La animosidad aumentó en Fortunato.

Lo primero que el docente hizo, fue sacar de un morralito que llevaba consigo una serie de figuras geométricas blancas: esfera, cono, cubo, paralelepípedo u ortoedro, y dodecaedro. Pidió que apartaran los mesa-bancos, formando un espacio al centro del salón. Colocó ahí la mesa, sobre ella una tela negra y encima las cinco figuras. Sentó a todos alrededor de la mesa a diferentes distancias, comprobando que cada uno tuviese un buen enfoque de los objetos y les pidió que dibujaran lo que veían.

Fortunato casi se sintió ofendido por lo pedido. ¡Dibujar esas cosas sin chiste! De mala gana y con flojera, realizó el dibujo y permaneció sentado en su lugar. Cuando el docente completó una vuelta, observando el trabajo de cada uno y llegó hasta Fortunato. Se detuvo, miró con atención. Pidió a Fortunato que se cambiara al asiento contiguo y tomando él su lugar. Comparó el dibujo con los modelos que había dibujado Fortunato. Dijo.

—Está bien. Pero tiene las fallas comunes. Si observas bien, las proporciones no corresponden con la realidad. Manejaste sombras en tu dibujo. Pero las sombras se ocupan para dar volumen, de la manera como las usaste, obtuviste el efecto contrario y aplanaste tu dibujo. En general, no existen puntos de fuga, porque no sabes reconocerlos. Esas son las reglas que vas a ir aprendiendo y que, juntas, integran un buen dibujo. Por el lado positivo, tienes un buen trazo, muy suelto. Hay una composición elemental que supiste captar del conjunto y, el dibujo, está bien encajado en el plano de tu hoja.

Regresándole el dibujo a Fortunato, preguntó:

—¿Habías tomado clases de dibujo antes?

Tartamudeando, contestó:

—Eh, no.

—Tienes una cierta habilidad. Pero también tienes muchos vicios que hay que eliminar para poder dibujar correctamente. Pero si practicas todo lo que te enseñe. Puedes llegar a dibujar muy bien. Bueno, ahora cámbiate de lugar y vuelve a hacer otro dibujo. Tomando en cuenta lo que te expliqué.

Sintiéndose como un rey destronado, Fortunato hizo lo que le pidieron e inició un nuevo dibujo. Tratando de observar todo eso que aquel le había comentado y que no parecía ver. La siguiente semana, cuando los compañeros de aula se empezaron a preparar para dirigirse cada quien a sus respectivos talleres, preguntaron a Fortunato ¿cómo eran sus clases?

—Uuuh, bien papitas. Nada más te sientas a dibujar y listo. —Contestó.

—¡No mames! ¡Neta, wey! —Exclamó uno que era lento para entender las cosas.

—¿Nada más dibujar? —Preguntó otro que era muy incumplido con las tareas, agregando—. ¿Y cómo los van a calificar? ¿Con un dibujo?

—Pues claro que con un dibujo, zoquete. ¡Si es un taller de dibujo!

—¡No chingues! —Lamentó el incumplido, comentando—. ¡En el méndigo taller ese de mecanografía! Se trata de aprender a escribir en máquina. El maestro es un ruco, ya viejo, que está enojado todo el tiempo. Te dejan un chingo de ejercicios que hay que estar haciendo con una mano y luego con la otra, en una máquina. Toda la clase se la pasan dictando para que te pongas a escribir. Y para calificarte, que dizque tenemos que redactar unos textos. ¡No, está del nabo!

—Pues aquí, todo lo contrario. Nomás somos cinco alumnos y el profe es bien alivianado. —Ponderó, Fortunato.

Las 16 semanas se pasaron como relámpago. Tal y como lo vaticinara, el docente de dibujo. El siguiente semestre arrancó. El primer día de clases, como siempre llegaba con retraso, simplemente pasó a checar su hora de entrada en el checador de la dirección, recogió su lista de asistencia con la secretaria y, luego de preguntar, llegó a su aula designada como taller para ese semestre. ¡Apenas cruzó el umbral de la puerta, se detuvo en seco!

Ocupando el 90% de los mesa-bancos del salón de clases habilitado como seudo-taller de dibujo, estaban casi cuarenta alumnos. Prácticamente todos del sexo masculino. Únicamente reconoció por ahí, perdidos entre la muchedumbre, a las tres mujeres y a Fortunato quienes fueran sus alumnos del semestre anterior. Todos los demás, eran rostros nuevos que lo veían desde sus lugares con morbosa curiosidad.

Sin moverse de su sitio, abrió la lista de asistencia y vio que realmente todos esos que estaban allí, parecían estar matriculados en su taller. Todavía dudando pero, sobre todo, pensando en los problemas de logística que implicaría darle clases a tantos en un espacio tan poco adecuado para ello, caminó hasta el frente del salón y dijo.

—Este es el taller de dibujo, ¿están seguros que son mis alumnos y no se equivocaron de taller?

 

C'est fini.

 

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Muy bueno, me voy identificando con el personaje...
Que bien, ya que estos cuentos siguen, mira el que viene en este mes. saludos

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