Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Elogio de las groserías

Carlos Yusti

 

Decir groserías, tacos o palabrotas, es una cosa, y ser grosero otra. A veces suelo ser grosero, pero soy poco dado a pronunciar groserías. Aunque cuando comencé a escribir pensaba que colocando algunas, aquí y allá en el texto, lograría cierto malditismo y un poco de contundencia en mis argumentos. Por supuesto estaba errado y sólo con el ejercicio de la escritura y mucha lectura comprendí que el lenguaje utilizado con pericia, cultura e inteligencia era tan efectivo como un golpe físico.

Ángel Rosenblat escribió Buenas y malas palabras. El título del libro es un tanto engañoso ya que no es un sondeo lingüístico sobre las groserías, conocidas también como malas palabras (entre comillas). Rosenblat más bien explora los entretelones de palabras y expresiones utilizadas a diario. Un libro que nos acerca al lenguaje con agudeza y humor descubriendo lo malhablados que somos, descubriendo algo de nuestro espíritu o, como lo escribe el propio Rosenblat: “Porque detrás de las palabras, a veces oculto o disimulado en ellas, está siempre el hombre”.

La manera como utilizamos/abusamos de las palabras también las desgasta y las vacía de contenido, les diseca el alma. Hoy con el correo electrónico, los mensajes de texto y el Twitter ya no erosionamos las palabras de tanto emplearlas, sino que las vamos mutilando en un rito de comunicación sintética que las decapita en un juego paroxístico que ni la reina de corazones del cuento de Alicia. Para Juan Nuño las palabras eran malas por su uso excesivo y debido a ello “abundan, se repiten, se hacen universales y amplias, y sólo consiguen que nadie sepa qué quieren decir”. No obstante esto no impide su empleo hasta la saciedad y es de esta manera que palabras como amor, libertad, paz han devenido en muletillas que cualquiera utiliza, pero que ya nada dicen. Por ese motivo Nuño escribe: “Hasta el subdesarrollo, una pobre palabra que, como la democracia, ni siquiera llega a la categoría de mala. Vivimos rodeados de esas y otras malas palabras. No tienen ni valor ni significado; parlotean, no comunican; gritan, nada dicen. Aptas para consignas, pobres en el discurso racional; piden más que entregan. Exigen sin dar respuesta a nada”.

Para la escritora española Carmen Posadas hablar (o escribir) a base de tacos no tiene tanto que ver con la vulgaridad, sino con el empobrecimiento del lenguaje, lo que redunda en empobrecimiento de las ideas y de la imaginación. Algunos políticos echan mano de las groserías para demostrar cuánto pueblo tienen en su interior ocultando, claro, su deficiencia lectora y su nula capacidad para ideas nuevas, lo que los lleva a desempolvar las ideas de Bolívar y de cuanto héroe del pasado esté mal puesto, y así concluir su pastiche ideológico ante el respetable.

En una ocasión el circunspecto, culto y bien hablado Arturo Uslar Pietri soltó la palabra “pendejo” para referirse a esos corruptos de siempre enquistados en posiciones de poder y a esa gran mayoría de tontos útiles que sólo les sirven de peldaños. Con ese desliz coloquial de don Uslar la gente se enteró de que tanta enciclopedia cansa y que una grosería en el momento oportuno coloca todo en perspectiva.

Cuando al escritor culto le sobran las palabras escritas con sabiduría y sentido común, viene una grosería a salvarle el día, a rescatarlo del dequeísmo mediático del político ignorante, a protegerlo de tanta dejadez mental en el habla cotidiana. Porque a veces la grosería, ante tantos groseros desafueros del poder, es una lírica urgente y un irreductible rasgo estilístico.

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