Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Escepticismo en el taller literario

Carlos YUSTI

El poeta Reynaldo Pérez Só

 

“El país existe por sus poetas. Son los únicos héroes silenciosos de la lengua, la sensibilidad, la cultura. Mientras una tierra no los tenga, la nación es un trozo de carne que se pudre en la intemperie de los políticos y las matanzas. Veamos la historia”.

Reynaldo Pérez Só

 

Aunque siempre he tenido para mi que eso de escribir no es cuestión de talleres literarios, sino de mucha lectura no reniego de los talleres literarios ya que pueden convertirse en un buen intento para que los participantes se acerquen bastante a esa magia de la lectura y a las dificultades para trabajar con el lenguaje a la hora de escribir.

En otros países les denominan talleres de escritura creativa e incluso existen cátedras universitarias abocadas en especifico a la escritura creativa. El escritor Hanif Kureishi ha dicho que asistir a las cátedras de escritura creativa no sirven para nada y  que cada asistente lo que necesita hacer es “leer la mayor cantidad de literatura buena que puedas, por años y años”. Y por supuesto  escribir mucho y arrojar a la papelera bastante también. Los participantes buscan en estas cátedras entender (y dominar) los procesos de la creación literaria, ese casi imperceptible mecanismo de la creatividad construyendo un universo con las palabras.

El poeta Reynaldo Pérez Só escribió un pequeño libro, Fragmentos de Taller, arts poética que es algo así como un compendio estético y condensado con respecto a los talleres de poesía y a la creación poética en sí. Estructurado en fragmentos numerados, fogonazos de meditación, los cuales van puntualizando distintos aspectos del acontecer poético. Sin duda que estas ideas son producto de la interacción de Pérez Só en los distintos talleres en los que ha participado como tallerista e instructor. Cada fragmento es un aporte reflexivo que intenta explicar los pormenores de la creatividad de textos poéticos y así en el fragmento 95 escribe:

“Al servicio de qué se escribe un texto: ¿Para mantener una imagen falsa de sí? ¿Por prestigio? ¿Como vía de catarsis? ¿Por defectos personales, traumas de infancia, inoperancia vital? El lector de entrelineas lo sabe, pues todo escrito es, por esencia, un libro abierto que puede ser reciclado en otros tipos de papel”.

Aunque el libro a veces tiene un sonsonete de bisutería zen las reflexiones de Pérez Só son los puntos de vista de un artesano de la palabra poética, de un escritor cuyo trabajo paciente y equilibrado con el poema lo ha empujado hacia ese abismo del significado de la poesía, sus pro y contras en un mundo que a veces parece olvidar ese sustento importante que es la poesía para el alma. Estos fragmentos reflexivos van sobrados en esa ironía nada inocente, pero eficazmente oportuna como lo escrito en el apartado 123:

“Hay poetas que escriben paredes. Mejor, construyen paredes. La cal, el cemento, la arena y demás materiales los encuentran en los negocios de la literatura, el chisme literario y en la grandeza estúpida de ser sensibles. Gracias a Dios que lo construido es una pared, gracias a Dios”.

Jorge Luis Borges en un ciclo de conferencias trató ampliamente el tema de la composición poética y en su charla sobre el credo del poeta dice/escribe: “Es decir, me han sucedido muchas cosas, como a todos los hombres. He encontrado placer en muchas cosas: nadar, escribir, contemplar un amanecer o un atardecer, estar enamorado. Pero el hecho central de mi vida ha sido la existencia de las palabras y la posibilidad de entretejer y transformar esas palabras en poesía. Al principio, ciertamente, yo sólo era un lector. Pero pienso que la felicidad del lector es mayor que la del escritor, pues el lector no tiene por qué sentir preocupaciones ni angustia: sólo aspira a la felicidad. Y la felicidad, cuando eres lector, es frecuente.” Este alegato de Borges es el otro costado de los talleres literarios, y el que quizás, me interesa. Ser un buen lector de poesía o de buena literatura en general podría ser la finalidad primordial de un taller literario. Por supuesto también la relación con otros individuos que están allí por razones diversas, pero que comparten en común con lo demás un interés un tanto subrayado por la poesía, o la literatura en todos sus contextos

En cierta oportunidad logré colarme en un taller poético impartido por Reynaldo Pérez Só. Reunidos en círculo y en un pequeño cubículo del departamento de literatura en la Universidad de Carabobo (eran alrededor de diez participantes) estábamos expectantes sobre lo que diría el poeta, sentado también en el círculo. El silencio fue eterno. Hasta que el poeta Pérez Só dijo: “Salgamos a dar una vuelta”. En la UC había aledaño un jardín casi boscoso. Como campistas salimos a la naturaleza. “Escuchen”, nos decía el poeta a cada tanto. “Respiren”, “Miren”. Así estuvimos como media hora impregnándonos de naturaleza. Luego volvimos al cubículo. Y Pérez Só pidió que escribiésemos sobre nuestra pequeña excursión. Cada participante escribió un breve texto y cada quien fue leyendo. No recuerdo los textos, pero si recuerdo las palabras finales con las cuales Pérez Só cerró aquella sesión: “La poesía no es saber ver el mundo de otro manera, sino darle sentido en la escritura con esa profundidad simple como el mundo viene a nosotros, muchos escriben poemas, pero recuerden que de lo que tratará de escribir el poeta es de la profundidad espontánea, natural del mundo, de la vida”.

En un taller sin duda nadie aprenderá a escribir creativamente, pero sin duda será feliz leyendo sus textos a otros y escuchando otros textos tan distintos a los suyos o en todo caso cambiando impresiones sobre un autor o un libro determinado. En todo ello hay un poco de esa felicidad de la que sin duda hablaba Borges.

  

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