Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
Share this

Inicio de Usuario

Suscribir

Portada Mensual

Distribuir contenido
Invitado

 

NOVELA: YO BIPOLAR. Capítulo II

 

por Jesús I. Callejas

 

¿EL COMIENZO?

Hora de las píldoras nocturnas. Locozepam (genérico de Locopin), Locural (genérico de Locotrigine) y Tranquilify (esperamos con alborozo su genérico; el seguro médico sólo cubre éstos). Veamos: Locopin en Estados Unidos, Locotril en Europa, Canadá, Suramérica. He pasado sin detenerme del todo por muchos sitios intuyendo que pertenezco a ninguno. ¿Dónde resido hoy? En Bajagracia… ¿Dónde se encuentra situada? ¿Permanezco en Bajagracia? Los he recorrido sin dejar que jamás me impregnen de confianza… Locozepam suena bien; sólida fonética en oídos provinciales. Por la mañana tuve cita con mi psicólogo, anciano afable en una colección de ancianos afables… Rellenar momias con nombres inéditos… justificaciones. ¡Ah!, los demás; o mejor, ellos. He soñado con el Yeti, pero no lo busqué en el Himalaya, sino en catacumbas talladas a mordidas bajo los zapatos. Duermo con bagaje de pesadillas, coitus interruptus oníricos; sueño aterrado, despierto inquieto, regreso al sueño… Dormir, con o sin píldoras, es refugio perfecto, pero fatiga despertar ante el ¿mismo? día.

Hoy me levanté maldiciendo frases: Alguien me ama (¿acaso seres anónimos sepultados en millones de recuerdos que pueden no serlo?); Hay esperanza para el mundo; El amor nos reivindica. Abundan más los buenos que los malos… Seamos serios, por favor. A esta hora el sol cede paso a sombras despintadas y fachadas de remolachas gemelas, dejando atrás docena de torcidos muros y discrepancia de canteros. Tras el café de sabor a llanta me dediqué a clasificar las píldoras semanales y distribuir las restantes fotografías de calendario a lo largo de mi habitación. No describirla; suficiente con decir, por el momento, que permanece prolija. Le facilito el trabajo a la seria empleada semanal enviada por el Seguro Social para la limpieza. Clasificar píldoras es el mejor bosquejo de la masturbación. De nuevo la confusión entre sujeto y objeto. Por el momento, el entero cuerpo es volumen apergaminado, docenas de escleróticas frases; cada llamado año acredita grácil movimiento articulado página; la entintada letra, mediante sus estilos sobre Yo, recompone órganos y músculos, desatasca arterías.

La cabeza, fracción de apolillada carátula vacía. Los pies, asteriscos que olvido revisar; oligofrénicos, reacios al fusilamiento cívico. El maldito libro es resistente: no se deja escribir; ellos corren desenfrenados allá adentro, apresuran vidrio sobre mi cabeza, amenazan con el manicomio. Apúrense que falta poco y no pagamos horas extras… El edificio amenaza derrumbarse. Recordé a Miss Havisham, la solterona plantada el día de su boda en Grandes ilusiones, de Dickens, por intentar con el calendario algo similar a lo que ella hizo deteniendo el reloj en la exacta hora del humillante abandono de su pretendiente. Inadvertidos venablos de reloj. Me engaño, creo más de lo debido que la percepción de agujas no decide la velocidad del tiempo, o quizás debo decir movimiento... codificado por quién o qué... o ¿por qué? Dormir, con píldoras o sin ellas, es el refugio perfecto, pero me aterra despertar ante el día ¿diferente? Hoy desperté odiando la vida en cada deposición, o tránsito, con perpetuo papel de lavanda y cepillazo en los colmillos lechosos. Dormir olvido para despertar con mansedumbre muscular o hálito de alivio. En el presente instante me siento más vigilado que otras veces; observo por las dos ventanas desde el piso abocado al jardín de buganvilias. Hacia allí, la curva playa, apenas visible parapetada en las cúpulas del Ayuntamiento, rodeadas por no leales discotecas. Panorámica lo mejor posible resguardada ¿acaso no me ven ustedes?; soy aquél, sí, aquél escondido en la juntura opaca del espejo. Fíjense cuidadosamente.

Salto tras la puerta al oír pasos crujientes marchar desde el ascensor y la escalera. Hay una mujer joven al final de mi piso a la que observo complacido... Verla alrededor del ascensor, cuando se aleja haciéndome creer que el cementoso edificio, como turrón a punto de disolución manchega, retrocede en neblinosa gente de jardines. Compendio del alcance de los otros -o los demás; sigo indeciso antes los términos-, con sus lacras ostentosas en mi vida o las míos en las de ellos. Nuestra cínica época ha popularizado a los deseosos de exhibicionismo; me incluyo: soy una puta esperando en fila otro “casting” de telenovela o falso “reality show”. Elaborar un diario, como lo acometo, supondría desglosarle papiros a la hipófisis manipulando inventarios más que añoranzas y recuerdos. El edificio huele a y parece un búnker. Las píldoras me han sacado de circulación; me han puesto en cero... o nuevo cero. ¿Posible? El calendario… Faltan años ahí; o no ocurrieron o se perdieron en camino a otra dimensión. La obscuridad obsequia blancas manchas de autos rebotándolas contra el techo; inacabable juego de ping-pong. Permanezco más de lo estipulado frente a la ventana tóxica. Portazos automovilísticos ocasionando asco, pues los percibo adentro. Lo digo ayer, no lo dije hoy. ¿Me vigilan? Insultante asedio. ¿Lanzado contra mí?: ¡Vigilar el animal!

¿A qué edad te llevaron por primera vez a una sesión? Déjeme recordar… Doctor, si no traiciono mis recuerdos, creo que asistí por primera vez a terapia con seis años debido al pánico que me ocasionan los ruidos y a tratar de esconderme de familiares y, subsecuentemente, de los compañeros escolares. Pero, fui al principio uno de los mejores alumnos del achacoso plantel: calificaciones con puntajes de no menos de noventa y nueve o noventa y ocho (por cinco años consecutivos se mantuvieron en cien, ¿no la parece extraño?), condecoraciones anuales, diplomas nacionales, asistencia y puntualidad intachables. No obstante, un día de caluroso enero, jamás lo olvidaré, por ser el mes de mi terrenal onomástico, ocurrió el espantoso anuncio del naufragio: sin motivo alguno me arrasó un histérico ataque de llanto, preludio, sí, a la horrífica sospecha de que las piezas no encajaban en el rompecabezas vivencial y de que haberlo descubierto sería la maldición de esta mente en striptease depravante.

Rompimiento fatal… Imagine a un pintor que le quitan la escalera o a un tullido sin muletas: la distancia contra el suelo se hace pavorosamente inmensa. Da la impresión de que en vez de estrellarse se termina hundido en la sonriente masa. Si se me interpele sobre qué detonó tal conducta estoy obligado a replicar que la respuesta queda fuera de mi anquilosado alcance. Desde aquel desconcertante, perverso momento de falsa revelación -sí, porque me inundó de inclaridad- nada “recuperó” sentido. Observaba paralizado avanzar eufóricos a mis compañeros, con preocupación alarmante por parte de mi madre y profesores, sin poder intentar siquiera apresurar amagos, y lo que es peor, sin que en algo me importase; arrojando tal actitud el que me convirtiera en una de las mofetas académicas del plantel. Además, cómo olvidar la violencia física. Nunca tuve habilidad de peleador. Me repugna la brutalidad; sin embargo, estoy repleto de ira contenida… Paradójico, ¿no? Por cada tortazo o bofetada que tiraba recibía diez. Buenas golpizas gané a manos de los resentidos… Manos sucias de tanto maltratar el mundo. Yo era magneto que atraía los peores bravucones de la escuela. Sólo una vez pude acertarle, de chiripa, a un miserable que me abofeteó haciéndome saltar los anteojos; el tipo no esperaba -yo tampoco, lo confieso- la respuesta y fue tarde cuando reaccionó al recio golpe que le solté en pleno rostro dejándole la cabeza como reguilete. Yo no gustaba; se habrá percatado…

Ni siquiera disimuladamente escondido, tratando de mantenerme ajeno al alboroto, lograba pasar inadvertido. Era el típico bobalicón al que siempre hay que joder, según la inveterada regla de la “convivencia” escolar. Mucho me resentían por negarme a participar en sus aberrantes intentos de comercio social, o sea, deseos de triturar al prójimo para satisfacer bajeza de emociones. Papá nunca se complicó con esa recién adquirida, impávida conducta que desarrollé a partir de la resistencia pasiva con respecto al estudio: No hay que forzarlo. Déjenlo en paz; ya encontrará su propio camino en la vida. Tipo desenfado mi padre; qué no hubiera dado porque igualmente me importara todo un reverendo carajo. Pero, al paso que va el niño se meterá en un callejón sin salida…, insistía desorientada mamá. Bueno, pues déjenlo que se quede ahí y ya. No lo molesten, concluía nuestro padre en vía hacia cualquier área de la casa que lo librara de la posible discusión. Llevaba certeza el viejo: a esta altura todavía no he encontrado camino alguno.

De adolescente recibí tratamiento regular, pero su fracaso me remitió a la aborrecible terapia de grupo, mini Torre de Babel de la cual deserté a la segunda sesión. Hay que estar mal encaminado, por especialista que se sea, para aglutinar un grupo de desajustados emocionales bajo el mismo palomar, so pretexto de interrelación y enfrentarlos como en un coliseo. La explosión de circuitos es inevitable. Observo a través de un lente, me observan a través de otro, pero el envilecido encanto del proceso se justifica por disimulo en la ignorancia. Qué esperpéntico gallinero. Los binoculares me han permitido verlo: en el jardín una lagartija surgida cual relámpago de la foresta en miniatura se lanzó sobre una cucaracha que se paseaba satisfecha y cargó con ella mientras procedía a engullirla entre sacudidas metálicas. Lagartijas, docenas de escalones más arriba, se ocultan en los resquicios del aire acondicionado por mi ventana sometido. Sufrí parálisis emocional al divisar a una de ellas asomar su aplanada cabecita e inflar abanico de mamey mientras veía a su igual depredando allá abajo y dirigirme una no fugaz mirada del otro lado del cristal. Esa mujer que se libera de sostenedores me preocupa menos y dejo caer la cortinilla de la ventana. ¿Qué que me aterroriza? La visión de una ensalada descalza.

 

Continuará en el próximo número de esta revista

Capítulo I en: http://revista.escaner.cl/node/7153

Fuente de la imagen: Debianart: www.deviantart.com/?q=wildweasel


 

Novela Yo bipolar, de Jesús I. Callejas, publicada en formato digital en http://www.bookrix.com/_ebook-jesus-i-yo-bipolar/Fecha de Publicación: 01-21-2013


@copyright Prohibida su copia sin la autorización del autor.

http://www.bookrix.com/-jesusicallejas

Email sibaritamito@gmail.com


Jesús I. Callejas (La Habana,Cuba, 1956) ha publicado los siguientes libros de relatos: Diario de un sibarita (1999), Los dos mil ríos de la cerveza y otras historias (2000), Cuentos de Callejas (2002), Cuentos bastardos (2005), Cuentos lluviosos (2009). Además, Proyecto Arcadia (Poesía, 2003) y Mituario (Prosemas, 2007). La novela Memorias amorosas de un afligido (2004) y las noveletas Crónicas del Olimpo (2008) y Fabulación de Beatriz (2011). También ha reseñado cine para varias revistas locales como Lea y La casa del hada, así como para otras publicaciones. Recientemente ha publicado los trabajos virtuales Yo bipolar (novela) y Desapuntes de un cinéfilo (2012), que consta de reseñas y elementos de la historia del cine. Callejas es descendiente de Manuel Curros Enríquez, junto a Rosalía de Castro, el mejor poeta de lengua gallega.


 

Escáner Cultural nº: 
165

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
  • Allowed HTML tags: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta es para verificar que eres human@, completa el espacio con los signos de la imagen.
5 + 5 =
Solve this simple math problem and enter the result. E.g. for 1+3, enter 4.
By submitting this form, you accept the Mollom privacy policy.