Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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LA CIUDAD MUERTA

Por Mauricio Otero

Me advirtieron: “En adelante, no hay camino. No vaya. No existe nada. Es una ciudad desierta, deshabitada hace mucho tiempo.” Pero no sé de qué sueños yo la recordaba, de otra era, otra vida, tal vez de un ser distinto a mí, que me hubiera imaginado. Eso la hacía aún más atrayente.
A kilómetros de ella, conseguí un caballo negro y cabalgué horas y horas. A medida que avanzaba, iba viendo las hierbas secas, los pastizales largos y descuidados, que no crecían por demasiado. El polvo y el gris del cielo, cada vez más densos…Sentía que me ahogaba y mi caballo resoplaba por el belfo, agotado. Venía el alba cuando divisé, entre una película desvelada una muralla, borrosa, irreal, fosca, impenetrable. Mi jamelgo se detuvo con terror. Tuve que tirarle de las bridas y caminar con él. Llegamos en una lenta procesión de dos solitarios desesperados, mas, tras el milagro, aunque estéril, que atrae a un alma en reciente duelo. Lentamente, en el silencio espectral, fuimos ingresando. Pude ver casas y edificios de esplendor, pero estaban cerrados y abandonados. Al centro, en la plaza de armas, contemplé con horror cerval estatuas obscurecidas de piedra: un toro con los ojos vaciados, un ciervo con una saeta clavada en su corazón, que semejaba que todavía manaba su tierna herida; me figuré una amante dejada para siempre en el bosque de la soledad. 

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