Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Carlos Yusti


Obra de Andy Warhol

"La gente que me conoce me llama Elizabeth. No me gusta Liz"

Elizabeth Taylor

Nunca pisó una academia de actuación o una escuela de teatro. Nació en Londres un 27 de febrero del año 1932. De padre Norteamericano regresaría a Estados Unidos. Se inició a los 10 años con una película más bien boba. Su segunda película con la Metro Goldwyn Mayer, "La cadena invisible" (1943), la convirtió en una niña prodigio de la actuación. Su coestrella fue la perra Lassie, que pasó mucho trabajo para robarle cámara a la niña que a todas luces era ya un pequeño monstruo en eso de actuar.

Participó en muchas películas, pero son contadas las que hoy son inigualables clásicos del cine y las cuales sacó (sin metáfora alguna) sus garras de actriz para la inmortalidad. Elizabeth Taylor labró su leyenda a fuerza de escupir sus demonios en actuaciones memorables, de saborear los hombres como una gata en celo, de engordar como una nevera, de ser amiga incondicional de Rock Hudson y Michael Jackson, de apoyar causas inesperadas y estar allí como no como una actriz del montón (o como una actriz-empresaria de Hollywood), sino como un mito nada potable, pero inolvidable.

Su filmografía tiene sus vaivenes, pero en sus películas Liz Taylor hizo lo que mejor puedo y sólo con entraña e instinto. Sus películas que la memoria no descarta son: Un lugar en el sol (1951), Gigante (1956), La gata sobre el tejado de zinc caliente (1958), Una mujer marcada (1960) o Ceremonia secreta (1968), Cleopatra (1963), ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), La fierecilla domada (1967) Bajo el bosque lácteo (1972) o Pacto con el diablo (1972). Ya en su retiro consintió en darle voz a Maggie Simpson.

Su vida sentimental la mantuvo en la palestra del chisme de farándula. Su antológica relación de amor-odio con Richard Burtón daría para un culebrón estilo Dynastia o Dallas. Siempre fue voraz, tanto con la comida como con los hombres. No obstante esto no disminuyó un ápice su esplendor de mito inmortal. Aunque algunos cinéfilos buscan en el álbum de su memoria esa barajita impactante de alguna actuación de Elizabet Taylor que les haya dejado algo útil para vivir y al parecer no hay mucho. No por casualidad José Pablo Feinmann escribe: «Algo me quedó de Butterfield 8. Hace una convincente call girl y, en su mejor momento, le dice a Laurence Harvey: “¿Quieres que te cuente mi infancia? Bueno, mi padre me violaba. Se hartó de violarme. ¿Sabes por qué? Porque yo no me resistía. Te puedo también decir otro por qué. ¡Porque me gustaba! ¿Está claro? ¡Me gustaba!”. El texto provenía seguramente de la novela de John O’Hara, que era un más que correcto escritor. Que lo dijera la Taylor, en un film de Hollywood a comienzos de los ’60, era algo digno de verse. Habitualmente, en el cine, las chicas violadas por sus padres se quejan y mucho. Pues no: la Taylor tira a la jeta de Harvey semejante confesión: “Me gustaba”. Ganó su primer Oscar. Si lo merecía o no, lo ignoro».

Cuando Warhol la disecó en su pintura ya era un símbolo, un icono de algo. No se podría definir su impronta, pero ya estaba en la mirada (más que en el corazón) del colectivo norteamericano como una pasión glotona. Como toda gran actriz en algunos papeles no dio la talla ni en la taquilla ni en la actuación. Como en Cleopatra, una cinta de alto presupuesto, pero tediosa y Elizabet Taylor parecía más una funcionaria burocrática del faraonismo que una mujer fatal jugando con cartas marcadas. En sus papeles Shakespereanos siempre quedó algo barriobajera, le falta esa magia, ese porte de actriz leída, tenía mucho mundo, muchos hombres, pero poco lectura y siempre se le notó mucho esa falta de roce con la buena literatura.

Boris Izaguirre escribe: «Nadie ha sido capaz de desafiar la gravedad y la emisión de CO2 como Liz y su pelo. Nadie como ella para avanzar delante de una nueva generación en el estadio de Wembley, con ocasión de un concierto contra el sida, con el cardado más alto que ella, la chaqueta Versace de lentejuelas, donde se reproducía el Warhol de su rostro y sosteniendo un preservativo». Pero la función de los iconos es esa: ser la guinda, la floritura, el guindalejo multicolorido de ese gran espectáculo que a veces es la vida. Siempre me ha gustado el retrato de fineza despiadada que le hizo Truman Capote: « Elizabeth Taylor, era, en comparación, prácticamente una enana; sus piernas, como las de la señora Onassis, resultan demasiado cortas para su torso, y la cabeza es excesivamente voluminosa en relación con el conjunto; pero la cara, con esos ojos de color lila, es el sueño del presidario, el rostro ansiado por cualquier secretaria: irreal e inalcanzable, y al mismo tiempo tímida, excesivamente vulnerable y muy humana, con un leve brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de aquellos ojos color lila».

Elizabeth Taylor es esa flor que a pesar de todo siempre florece y sus colores vivos están presentes para alegrar algunos días nublados. Es esa flor que ya no se marchitará jamás y que estará radiante en los ojos de algún curioso cinéfilo que hurgue en sus películas, en esencia su único y genuino corazón.

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