Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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El termino o la etiqueta de literatura regional es inexacto o peca, para no darle más requiebros retóricos, por ser una expresión algo peyorativa que busca llevar al redil a determinadas literaturas con mucho color local y que se han quedado al margen de esa gran literatura que marca senderos y alcanza estatus suficiente para ser incorporada al gran canon occidental. No obstante el problema no es que se escriba una literatura universal, regional o parroquial, sino que se escriba para un amplio espectro de la gente del dí­a a dí­a. Que lo escrito no se encuentre entelarañado de tanta palabrerí­a académica, de tanta tesina arbitrada, de tanto ejercicio narrativo, de tanto mano junto al muro; una literatura que de tanta exquisitez sintáctica que orillea en lo fastidioso, una literatura tan enjoyada de pedrerí­a prestada de Proust, Henry James y Joyce que termina por arrancarle bostezos al lector más irreductible.

No obstante sigamos con esa abstracción de clasificaciones sumarias y convengamos que una buena porción de escritores (que no merecen ni siquiera la benevolencia de la letra pequeña a la hora del recuento histórico de la literatura nacional) se ha quedado en localismo más aparatoso. Por supuesto hay escritores que parecen signados a permanecer ocultos en la maleza de sus respectivas regiones, especie de prisioneros del color local, de ese exotismo peculiar con la cual determinadas regiones lo impregnan todo. Escritores con una obra de buen talante literario, pero que se han quedado atascados en las arenas movedizas de sus terruños. Se podrí­a citar el caso de Rafael Pineda, de Horacio Cabrera Sifontes, de Héctor Guillermo Villalobos, de Américo Fernández, Leopoldo Villalobos o de René Silva Idrogo, todos escritores del Estado Bolí­var que forman parte de la numismática de contados adeptos.

¿Qué se requiere para salir de este anonimato impuesto por la región? ¿Qué se necesita para salir movido de la foto de cultura regional?

La respuesta a estas dos preguntas serí­a el reconocimiento. No cualquiera, sino el reconocimiento de la academia, la universidad o del público lector para que nuestro morigerado escritor regional salte a la palestra y se convierta en el Ricky Martí­n de las letras para que deje de tener graneados y consecuentes lectores y comience a tener fans, pero como escribe Claudio Magris, cuando a un poeta (o a un escritor) se le reconoce por lo general se le reconoce su trayectoria, su obstinada insistencia de ser autor, sus ochentas años y todo ese tinglado existencial sucedáneo a su escritura. Sin embargo, en el fondo un escritor quisiera ser reconocido y celebrado por las páginas que ha escrito, que cada frase suya fuese celebrada en su í­ntima esencia. El escritor regional Enrique Vilas-Mata ha escrito: "Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones". Y a esto agréguesele el bien intencionado carnet de escritor regional.

Tener calidad y talento parece no ser suficiente para surgir en este medio literario donde señorean bohemios y relacionistas públicos del más variado pelaje. Personajes veniales que asumen la creación literaria desde su ornamento y periferia: la tertulia en el bar, el brindis en el museo, la charla en la asociación de escritores, el nombre en calidad de préstamo en los colaboradores de una revista en la que nunca colaboran, el cargo burocrático de literatura en alguna fundación privada, etc. O sea, se toman con un caradurismo su trabajo en el papel, su oficio con las palabras y con apenas un libro publicado se va gerenciando un pensum de estudio, una silla en la academia, una estatua, una plaza y hasta un homenaje póstumo con aterrizaje de Panteón incluido sin haber muerto.

Tener calidad y talento parece no ser suficiente para surgir en este medio literario donde señorean bohemios y relacionistas públicos del más variado pelaje. Personajes veniales que asumen la creación literaria desde su ornamento y periferia: la tertulia en el bar, el brindis en el museo, la charla en la asociación de escritores, el nombre en calidad de préstamo en los colaboradores de una revista, en la que nunca colaboran, el cargo burocrático de literatura en alguna fundación privada, etc. O sea se toman con un caradurismo su trabajo en el papel, su oficio con las palabras y con apenas un libro publicado se va gerenciando un pensum de estudio, una silla en la academia, una estatua, una plaza y hasta un homenaje póstumo con aterrizaje de Panteón incluido sin haber muerto.

Se dice con insistencia que el paso del hombre de su estado natural al cultural se encuentra estrechamente ligado a sus facultades lingí¼í­sticas, a su capacidad para transformar sus emociones, ideas y pensamientos en palabras(tanto orales como escritas). El acto de escribir tampoco es un hecho fortuito. Escribir es un poco la manera que tenemos para traducirnos, para decirnos y tratar de encontrar eco en los demás, para reconocernos en los otros. Nuestra vida no es más que la colección de discursos que vamos ordenando en los anaqueles de nuestra alma. Discursos que aunque estemos en la más absoluta soledad y en el más ní­tido silencio siguen alimentando nuestra conciencia. Se escribe(se habla) para entablar un diálogo que nos corporiza o como lo ha escrito George Steiner: "Todo diálogo es un ofrecimiento de reconocimiento mutuo y una estratégica redefinición del ser. El Ángel nombra a Jacob al final de su larga batalla, la Esfinge obliga a Edipo a nombrarse, a conocerse como hombre. Nada nos destruye más certeramente que el silencio de otro ser humano. De allí­ proviene la insensata furia de Lear hacia Cordelia y la profunda observación de Kafka cuando dice que varios hombres han sobrevivido al canto de las Sirenas, pero ninguno a su silencio".

La escritura no tiene etiquetas, ni raza, color o credo. La literatura no tiene un espacio geográfico demarcado con alambradas y banderitas. Cuando el escritor, modesto o grande, raya papeles lo que tiene detrás de sí­ es el Macondo de la gran literatura occidental y escribe desde su territorialidad, desde su barrio, su pueblo, su calle, su cuarto. El universo se encuentra en cualquier lado y el lenguaje también.

La literatura es la forma que tenemos para organizar y enunciar nuestra experiencia vital. Si lo hacemos desde un barrio en Singapur, o desde una destartalada buhardilla en Parí­s, importa muy poco, lo importante es la escritura como acto y razón de ser.

Se escribe en la actualidad para pertenecer a esa gran provincia, de ese ghetto regional en la que hoy se ha convertido el mundo.
 
 
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