Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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“LO SINIESTRO EN LA OBRA CATALEPSIA DE ANTONIA CRUZ”

Paula Acuña

paula.acuna.garrido@gmail.com

Algo hay que inquieta en el primer desprevenido vistazo que damos a Catalepsia. Algo hay que descoloca nuestra percepción y  obliga al ojo a querer descubrir qué de estos retratos de damas almidonadas y bien compuestas configuran lo extraño. Ese algo proponemos denominarlo siniestro pues es el concepto que mejor describe las sensaciones que provoca la obra. Lo Siniestro se suscita cuando lo reconocido como familiar, íntimo y cercano se torna extraño y desconocido, provocando a quien lo experimenta sentimientos angustiosos que están próximos a lo espeluznante.   

El título de la obra es elocuente. La Catalepsia es un estado en el cual la persona, aparentemente muerta y sin signos vitales, queda momentáneamente paralizada. Este trastorno biológico ha llevado a creer que la persona que lo padece ha muerto y por eso se cuentan casos en los que incluso han enterrado a personas vivas. En la obra Catalepsia, la vida y la muerte se encuentran, y  con su oposición de fuerzas ambas luchan en el plano por ganar la partida, generando un cuerpo aparentemente vivo que carece de vida, o que pareciera estar en el proceso degenerativo de la muerte.

La artista chilena Antonia Cruz, con su impecable técnica de fotomontaje, nos muestra retratos reelaborados a partir de material visual preexistente que de sólo saber su procedencia erizan cualquier cabello: lleva a la sala de disección imágenes de mujeres de la pintura chilena decimonónica y cual cirujano forense ensambla las piezas con fotografías de cadáveres y maniquíes, generando un tercer cuerpo inexistente con elementos de los dos anteriores, que en rigor, tampoco existen.

La nueva figura abruma por su belleza, la fría belleza de la muerte. Por las venas de estas mujeres no corre sangre caliente, ya que ésta pareciera estar seca o coagulada formando moretones en la piel craquelada, no hay saliva en sus labios, ni células vivas en sus mejillas, sospechamos podredumbre orgánica sostenida por corpiños y encajes de los más finos. Si una mano pudiera tocarlas se desprenderían, sin mayor esfuerzo, pedazos de cuerpo como ocurre con los leprosos.

Si embargo nada de esto existe en el plano de lo concreto,  todo es una alevosa construcción, una ficción  instalada para superponer la identidad histórica y la identidad personal,  para hacer dialogar el paso del tiempo y la memoria, la vida y la muerte, la realidad y  la ficción.

Teniendo en cuenta el antecedente de la factura de tan sublime colección de frankensteins, se nos hace natural vincular el trabajo de Antonia Cruz con el concepto de lo siniestro. Lo siniestro según esta lectura estaría presente desde la génesis de la producción de esta obra: crear en la máquina que es el computador, un “híbrido postmoderno”, paradójicamente es un problema propio de la modernidad, período en el cual Sigmud Freud escribiera Lo Siniestro, texto de 1919. La máquina, los autómatas creados por científicos, lo inanimado que cobra vida, es un planteamiento estético absolutamente moderno y siniestro. Encontramos aquí el punto de cruce entre dos períodos, pues también es un asunto de estos tiempos, el que la tecnología tenga el poder de crear identidades y realidades virtuales cada vez más perfectas y complejas a través de aparatos inanimados, como los computadores por ejemplo.

Antes de Freud, lo que espanta y atrae simultáneamente define a lo siniestro y a su vez a la estética desde Kant, quién es el primero con La crítica del Juicio (1790) que admite en el arte lo oscuro, desconocido y sobrecogedor a través de la categoría de lo sublime. Esta visión planteada a fines del siglo XVIII y explorada luego con fuerza por románticos, simbolistas, expresionistas durante el siglo XIX y el XX,  hará que en lo sucesivo toda obra de arte que se precie de tal, contenga de alguna manera, las poderosas características del lado oscuro de su naturaleza.

La categoría de lo sublime, explorada a fondo por Kant en la crítica del Juicio, significa el definitivo paso del Rubicón: la extensión de la estética más allá de la categoría limitativa y formal de lo bello. En tanto el sentimiento de lo sublime puede ser despertado por objetos sensibles naturales que son conceptuados negativamente, faltos de forma, informes, desmesurados, desmadrados, caóticos[1]

Pero será Freud, desde la psicología, quién intentará resolver este problema estético de lo que constituye lo siniestro y cómo sería evocado. En su Texto Das Unheimiche,  primero emprende un análisis lingüístico de la evolución y los usos que la palabra ha tenido en la literatura mundial hasta su época.

En la voz Alemana Lo siniestro contiene en sí misma dos palabras opuestas: lo extraño Unheimliche y lo familiar Heimlich, que fusionadas tal como los retratos que nos convocan, constituyen Das Unheimliche que sería “aquella suerte de espantoso que afecta a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás”.[2]  

Posteriormente, Freud hace un acabado análisis de los motivos siniestros a través de los recursos literarios y estéticos del cuento El Hombre de Arena el escritor alemán Ernest Theodor Amadeus Hoffman[3], autor siniestro por excelencia de la literatura del siglo XIX. Freud nos introduce en el universo de siniestro ya que éste relato contiene motivos siniestros que espantarían a todas las personas:

Los complejos infantiles reprimidos que son reanimados por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación. [4]

Las dos vías de análisis propuestas por Freud resultan claras para determinar aquello que posee dichas características, de cuya lista de las diversas acepciones y del acucioso análisis del texto de Hoffman es posible hacer un cruce con la obra de Antonia Cruz.  Proponemos ahora hacer un paralelo entre las características siniestras encontradas por Freud en el cuento de Hoffman con Catalepsia.


[1] Trías, Eugenio: Lo bello y lo Siniestro, Barcelona, Editorial Ariel, 1992, p. 20.

[2] Freud, Sigmund: Lo siniestro, Obras Completas,  Madrid, 2003, p.2484

[3] Hoffman, E.T.A, El hombre de Arena, España, Editorial Valdemar, 2007.

[4] Freud, Sigmund : Op.Cit. P. 2503

Lo siniestro es lo velado que de pronto se devela. En los retratos de estas mujeres que aparentan una comodidad distinguida, vemos cómo, lo que subyace en la constitución de sus rostros, los pedazos injertados, luchan por carcomer e inundar de horror todo el plano. Sin embargo lo hacen solo parcialmente generando nuestra inquietud primera, acusando perceptualmente un truco de buena factura.

Lo que debe ser oculto, ignorado, por lo tanto jamás recordado en la selectiva memoria bicentenaria de nuestro país, como los indigentes, los n.n, emergen junto a la figura del maniquí que nunca tuvo vida, desde la inmaculada memoria de la clase alta chilena.

En el uso del retrato podemos ver el doble, otro motivo siniestro, el temido doble del espejo, el doppelganger. En el caso de los autorretratos el asunto es claro, hacer un doble de sí mismo que parece real. Y en el caso del artista que retrata a otros también se ve enfrentando a sí mismo, puesto que el trazo contendrá su pulso, su estado de ánimo, la subjetividad del ojo que captura la imagen, que dotará al retratado de una personalidad desde la mirada del artista. Antonia Cruz, genera juegos de imágenes, que contienen en si mismas más identidades en las cuales podemos intuir al artista en su criatura.

Lo inerte que parece con vida y lo vivo que parece muerto es uno de los grandes motivos siniestros. Trae consigo el miedo infantil a la perdida de los ojos, a la oscuridad y a la muerte. Olimpia, joven de la que se enamora el atormentado protagonista de El Hombre de Arena, es en realidad un autómata creado por un científico cuya belleza y perfección técnica engañan al pobre muchacho, que más tarde morirá producto de una locura que desatará ésta y otras razones siniestras, cuando temores infantiles retornan a su vida. Resulta evidente que los retratos son obras en las cuales sus protagonistas parecen vivas, pero son en realidad un objeto inanimado. La muñeca Olimpia también es cercana los maniquíes de Catalepsia.

Quisiera señalar una última coincidencia, la fascinación y repulsión simultáneas  que provoca el sentimiento de lo siniestro, es algo que sentimos desde el primer momento en que apreciamos la obra de Antonia Cruz. El miedo infantil retorna en cuando recordamos los retratos en el silencio de la noche, la aterradora repetición de rostros que nos desvela, no nos deja pensar en otra cosa y nos auto torturamos y nos auto complacemos a través de lo siniestro.

El cruce de problemas de distintos periodos de la historia del arte,  que tal como el sentimiento de los siniestro retorna siempre, es renovado en Catalepsia a través de  soluciones técnicas de punta,  utilizando nuevos medios para estetizar y perfeccionar su forma. El collage, por ejemplo, técnica investigada por las principales vanguardias de principio de siglo XX como en el futurismo, la vanguardia rusa, el dadá, surrealismo se funcionan con la fotografía digital, que la principal diferencia con la fotografía análoga es que permite fotografiar, conectar la cámara a un computador y trabajar directamente en él, siendo un medio de producción artística muy interesante y con ilimitadas posibilidades.  

Antonia Cruz pone en jaque al arte, que con sus nuevas tecnologías es capaz de entre otras cosas, levantar muertos anónimos para injertar las tristes carnes en aristocráticos cuerpos de mujeres retratadas hace más de un siglo. Los muertos vivientes que claman asfixiados por salir de la claustrofóbica pose de estas damas son un motivo siniestro aterrador, tal como la catalepsia nos resulta aterradora cuando pensamos en ella.

 Resultaría pertinente agregar que todo aquello que está en el orden de lo siniestro, resulta más atractivo para estos tiempos desde el punto de vista formal que lo profusamente investigado como lo bello y sublime, categorías  proclamadas hace mucho por la estética griega y que cada día a nuestro juicio de  están más lejos de ser la únicas que tengan vigencia. Todo lo que en la realidad puede resultar horroroso, monstruoso, feo y terrorífico, constituye un campo muy rico para la exploración artística pues es más inabarcable, infinito y misterioso.

Fuente de las imágenes:www.antoniacruz.cl

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