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REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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POLÍTICA Y ESTÉTICA DEL HORROR EN MÉXICO


César H. Espinosa V.

En México, la más grave pérdida que enfrenta el gobierno ha sido en la guerra civil que sostiene contra la violencia y el crimen organizado. En este punto, heredó de la administración calderonista la calificación de Estado fallido al fracasar en la guerra contra el narco, cuando los cárteles compiten con capacidad de fuego, movilización y control de territorios frente a las fuerzas armadas gubernamentales.


En el libro que Miguel Ángel Granados Chapa dejó inconcluso, Buendía, el primer asesinato de la narcopolítica en México, en torno al homicidio del reconocido periodista el 30 de mayo de 1985, quedó evidenciada la red de complicidades entre personeros de la política del país y los aún incipientes cárteles de aquella época. Era el comienzo de la gran escalada bajo la cual zozobra el país con los dólares y las armas gringas que nutren al “ejército” sicario, la docilidad ante la política antidrogas de EE.UU. y el “negocio del siglo” (el XX y el XXI) para toda suerte de políticos, empresarios, dueños de medios y los propios cárteles en expansión.


En la hegemonía presenciamos también un despliegue de la cultura y la ideología surgido a partir del narco; los grupos en el poder generan demanda e influencia hacia la producción de opiáceos, la cual también se derrama hacia todas las capas sociales. Desde el año 2000 para acá surgió una plétora de novelas, canciones y corridos, películas, series televisivas, instalaciones artísticas y performances que son consumidos con tanta profusión como las mismas drogas.


El baile de las cabezas

Dentro del binomio política-cultura voy a referirme a una peculiar tesis tangencial a la “cultura del narco”: el libro El Baile de las cabezas. Para una estética de la miseria corporal, del investigador Antonio Sustaita. Se refiere a un hecho ocurrido el 22 de julio del 2006, cuando en el bar Sol y Sombra de Uruapan, Michoacán, fueron arrojadas a la pista de baile cinco cabezas cercenadas, con un mensaje de los victimarios, originando el horror de los testigos y proyectado hacia todo el país a través de los medios de comunicación.


Tal noticia, de la que Sustaita se enteraría un día después por la radio, hizo surgir en él una serie de reflexiones acerca de la dimensión estética de la violencia y la destrucción del cuerpo, su repercusión política, su simbología en la arena del pensamiento y su impacto en el recién estrenado siglo XXI, ideas sobre las cuales había desarrollado su tesis doctoral en la Universidad de Guanajuato. La investigación subsecuente habría de ser estrictamente de carácter estético, en torno de un hecho de extrema violencia y cómo era absorbido por la cultura y la política de México.


En este tenor, Sustaita había recorrido previamente diversos aspectos del arte corporal en autores y obras específicas como Günter Brus y sus ejercicios de automutilamiento, dentro de accionismo de Viena en los años 1960; Joseph Beuys, George Grosz, Christo, Teresa Margolles. O bien en obras literarias como La colonia Penitenciaria, de F. Kafka, Escribe o sé borrado, de Jo Spence, entre otras, además de un ingente marco teórico de muchísimas más referencias bibliográficas.


El libro, editado por Editorial Fontamara y la Universidad de Guanajuato, es ilustrado por obras de Salvador Salas Zamudio, Randy Waltz, Sara Julsrud y el mismo Antonio Sustaita. La portada es una imagen del performance Canibalismo Gourmet de César Martínez, presentado en el 41 Festival Cervantino en octubre de 2013. Se trata de los restos de una figura humana a escala 1/1 hecha de chocolate macizo, que los espectadores-degustadores consumieron. En el acto final, el autor, Cesar Martínez, y el Reynito, posan con la cabeza chocolatosa (ver aquí).


Hallamos, así, en El baile de las cabezas dos factores cuya conjunción parece tenerlo todo de inquietante. Es decir, la estética como vía de conocimiento y la cabeza humana separada del cuerpo miserable, victimado, en un acto que aparece calificado de abyecto, dada su naturaleza y su impacto en la esfera de la sensibilidad –instancia de la estética– con tal intensidad que sólo es posible pensarlo como lo que se opone a todo orden razonable, expresa Sustaita.


Así, lo abyecto es siempre impensable, y esa condición, precisamente, es la que lleva a hablar de la abyección como un campo de trabajo para un pensamiento estético. ¿Hay contradicción en afirmar de lo abyecto en su refractariedad, a la vez que su subordinación al pensamiento? Se habla en el texto de que parece haberla, en efecto, y es también la misma contradicción que existe cuando decimos que el objeto de estudio de la reflexión estética es lo bello y la belleza; sobre lo cual se admite que todas las definiciones existentes sobre ambas realidades a lo largo de la historia son insatisfactorias.


Finalmente, se conviene que no hay contradicción. Si bien entre ambos conceptos, belleza y abyección, tampoco existe una subordinación del uno al otro, porque tanto lo bello como lo abyecto son conceptos alusivos a una desobediencia, una insumisión frente al pensamiento que intenta someterlos a la razón. Son necesarios estos extremos opuestos para explicar que la palabra estética aparezca expresamente en su título y aluda directamente a la miseria corporal, a partir del acontecimiento relativo a cierto número de cabezas cortadas rodando, de modo inesperado, entre los pies de algunos individuos mientras bailan.


El autor se atreve a afirmar, hipotéticamente, que: “la cabeza cercenada, al tiempo que rechaza el discurso oficial, por falso, instaura un espacio marginal que busca una reordenación con base en la verdad. Se trataría de una barrera que intenta frenar la producción y reproducción del discurso institucional cuestionando su veracidad, no sólo en México sino a nivel mundial”.


Si al cabo la estética ha extraviado la belleza por el camino de la historia, otros conceptos que le conciernen brotan de las actividades artísticas más actuales. En el estudio mencionado se pasa por tres de ellos: atrocidad, horror y abyección. De esta suerte, las cabezas por sí solas rodando en la pista de baile aluden a lo primero, si bien su efecto en la recepción habrá que buscarlo en los dos estadios que le siguen. Ahora bien, es el intento de erigir un discurso sobre ese acontecimiento el que conduce, más allá de la razón, hacia un nuevo concepto: lo siniestro.


Desplegar cabezas cercenadas o cuerpos mutilados, acompañados de un mensaje, característica del hecho arriba comentado, se convertiría muy pronto en una estrategia terrorista esencial en el enfrentamiento entre bandas y cárteles del narcotráfico; de acuerdo con la Real Academia Española (RAE), terrorismo es la “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. No hay duda de que ese acto, de una violencia extrema, tiene como objetivo el infundir un terror extremo.

 

Visible lo invisible. Estética de lo obsceno


El horror hace su entrada cuando lo imprevisto, por increíble, se nos impone descarnado y sin tapujos… Es de entenderse:  pieza eminente de un todo anatómico de la mayor complejidad, la testa habla por sí misma, se enseñorea del conjunto corporal al que representa y habla de él con inusitada fuerza apuntando... a su ausencia. Hace visible lo invisible: una estética de lo obsceno.


Naturaliza y hace común en la práctica artística y la sensibilidad estética a lo monstruoso. “El monstruo es lo que, en su aparición, en su manifestación, en su ‘mostración’, escapa a la mesura, a la regla, a la norma. Es la manifestación, en su desmesura, de la hybris moderna. Renueva así la noción de ‘enorme’”.


En el arte del siglo xx, que desde sus inicios marcaba una distancia de la producción retiniana (orientada a lo visual) y privilegiaba un componente conceptual (haciendo intervenir al cerebro), el cuerpo deviene un medio artístico central. Ya no se tratará tan sólo de un tema, sino que habrá un desplazamiento notable hacia el centro de la acción artística.
Junto al cuerpo, la palabra juega un papel esencial, enfatizando la importancia del discurso en la producción artística, al punto que la producción discursivo-artística del cuerpo –mediante acciones, performances y demás recursos de las manifestaciones que caracterizan al arte contemporáneo–, se convierte en una de las preocupaciones artísticas, sobre todo en la segunda mitad del siglo xx y principios del xxi.


Con lo cual el arte, entonces, en sus múltiples manifestaciones, deviene espejo de la realidad social. En La voluntad y la fortuna, novela de Carlos Fuentes aparecida en 2010, es una cabeza cercenada la que de forma lúcida y pormenorizada da inicio al relato. Concluye Sustaita: Como acto político/estético, a pesar de la dimensión siniestra que instaura y del contenido despiadado, me parece que los hechos aquí registrados y comentados, tienen una cara alentadora y hasta esperanzadora (p.133).


Se trata de imágenes a contrapelo, recalcitrantes o contrainformativas que atentan contra el cliché. La exhibición de los cadáveres mutilados, las cabezas cercanadas, desolladas, quemadas, junto con los mensajes escritos en un cartel, constituyen un teatro. Del horror, sí, pero a fin de cuentas un teatro. Un sitio para ver, porque la pantalla oficial, sobre todo la televisión y los portales electrónicos, producen una ceguera que nos aparta de los referentes del discurso, es decir, de la realidad social con todas las contradicciones que la conforman.


“El escenario obsceno, la puesta en duda de un control de la imagen hace posible la instauración de un régimen escópico contestatario, contrainformativo, que se opone a la visión reglamentada, oficial y comercial. Tal teatro demanda un espectador opuesto al mediático.”


La escena vuelve a repetirse: El baile de las cabezas.
 

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