Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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La Mujer Maravilla

EL AMANTE DE LA MUJER MARAVILLA

Carlos Yusti

En otras oportunidades he escrito sobre ese síndrome de Sancho Panza que me asalta al momento de leer cuentos o novelas, es decir que soy un aguafiestas y no trato do confundir gigantes con molinos. Vladimir Nabokov lo postuló sin miramientos: “La verdad es que las grandes novelas son grandes cuentos de hadas...”. Situado del lado de Sancho Panza se pueden distinguir los molinos de viento a lo lejos; no obstante, y aunque siento envidia de la afiebrada imaginación de Don Quijote, tengo siempre presente que la realidad es dura y desolada como un cuadro de Giorgio de Chirico.

También he contado que me inicié en la lectura por los suplementos de comiquitas y luego por las novelitas vaqueras escritas por un español con el sonoro seudónimo de Marcial Lafuente Estefanía.

Nabokov recomendaba a sus estudiantes que las grandes novelas, a las que consideraba obras de arte, eran, invariablemente, la creación de un mundo nuevo y al cual se debía estudiar haciendo énfasis en los detalles, un mundo sin conexión con los mundos ya conocidos. El mundo de las comiquitas (o el cómic) es por antonomasia un mundo desconocido, un universo iconográfico que enriquece nuestra realidad. Scott McCloud ha escrito: “El cómic no es un género literario ni un estilo artístico. Ni un mero híbrido del arte del dibujo y de la literatura. Es un arte basado en lo visual (el mundo entero de la iconografía visual) y en el mundo invisible de los símbolos y del idioma”.

Las comiquitas no proporcionan las herramientas para nutrir la mente culturalmente, pero uno sólo quiere confundir molinos con gigantes y pasarla bien sin reparar mucho en lo estético o lo sublime y más que sacar algo en limpio de la lectura de suplementos va uno descubriendo la basura interior de la que en realidad estamos hechos, y darse cuenta de esto es ya un avance para iniciar la limpieza, para ir quitándole las manchas y la suciedad al espíritu.

Los superhéroes de los suplementos tenían más vitalidad y realidad que nuestros héroes de la historia patria, algo acartonados y sin mácula alguna en su pensamiento o en sus acciones.

Mi preferida fue la Mujer Maravilla, cuyo nombre de pila era Diana. Machista como soy, una amazona estructurada con mitología griega, y con un cuerpazo digno de la revista Playboy, era más que subyugante. Me desquiciaba ese cuerpo como esculpido en bisturí y liposucción, sin mencionar unos senos perfectos como hechos por algún cirujano plástico. Todo esto me llevaba sólo a imaginar cómo podría ser el amante de la Mujer Maravilla, cómo haría el pobre tipo con tremendo hembrón. Además era capaz de fantasear cómo haría para mentirle a la Mujer Maravilla, ya que ésta poseía un lazo mágico que obliga, a quien se encuentre atado con él, a decir la verdad.

Nuestros cambios biológicos inciden de manera determinante en esas permutaciones y preferencias de autores que todo lector experimenta. De los suplementos de superhéroes y novelitas vaqueras pasé a la gran literatura y en este proceso leí Rojo y negro, de Stendhal. El arribista Julian Sorel, que se libera de trabajar en el aserradero y entra como tutor de las hijas del alcalde, es un personaje con el que me identificaba mucho. Para mí el aserradero era el barrio donde crecí, pero con muchos escrúpulos para ser un arribista social me conformé con ser un lector omnívoro, un lector que se fue alimentado de cualquier libro. No obstante la gran literatura no desdibujó mi barrio, sino que lo subrayó y le proporcionó ribetes metafóricos que me eran desconocidos. Pensaba que leyendo estaría a salvo, pero me equivoqué. Luego he cometido otro craso error: escribir.

Siempre me ha resultado horrible la muerte del Quijote, quizá el único que ha muerto cuerdo. La literatura es morir un poco espoleado por la fiebre de la imaginación y el delirio. La literatura es siempre un riesgo, como quizá también hubiese sido peligroso ser el amante de la Mujer Maravilla. Ya André Bretón lo había postulado: la imaginación nunca perdona. La imaginación nunca deja ileso al lector, pero ofrece las armas necesarias para combatir la rutina de la existencia, para hacerle frente a esa cordura sangrienta y sin sentido de la realidad que coloca bombas por fe o desata la guerra para preservar la paz.

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