Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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yustiExistió un jugador de béisbol llamado Aristimuño. El hombre no estaba hecho para el juego. Era pésimo en todo sentido: no bateaba, ni corrí­a las bases con garra y casi siempre en algún partido cometí­a varios errores. Creo que se le recordaba por culpa de los aficionados que acuñaron una frase dicha con saña a quien se equivocaba: "Eres más malo que Aristimuño". Todo un caso.

Nunca supe la suerte de ese jugador que en lugar de estrella siempre estuvo algo estrellado. Quizá se sintió afligido por su mala suerte, quizá la sombra del fracaso le pesaba más de lo normal, quizá estaba frustrado debido a que amaba jugar béisbol, pero no tení­a ni suerte, ni talento ni madera para hacerlo con dignidad y destacarse.

En esto de escribir uno puede llegar a ser tan ineficaz e incompetente como Aristimuño, salvando claro las distancias. Escribir no es tan sencillo como parece y más si se carece de talento, lectura y conocimiento del lenguaje, pero como uno es obstinado se enfrenta a la página en blanco como si tal cosa. Yo he querido ser escritor por un malsano amor por las palabras. La lectura de algún modo te conduce a la escritura. Uno se inicia con la mejor disposición y la más inocente vehemencia, pero luego descubre lo problemático y exigente del oficio. Robert Louis Stevenson escribió: "El libro, la estatua, la sonata, deben realizarse con insensata buena fe y el incansable espí­ritu de los niños que juegan. ¿Vale la pena? Cuando el artista se hace esta pregunta, la respuesta negativa está implí­cita en ella. No le sucedió así­ al niño que juega a ser pirata en el sofá de la sala, ni al cazador que persigue su presa; y el candor de uno y el ardor del otro deben fundirse en el corazón del artista".

Cuando de escribir se trata Tom Wolfe apuntaba: ¡disciplina!, ¡disciplina! Un escritor profesional de novelas de kiosko aseguraba en una entrevista (en un mes estaba en la capacidad de escribir tres o cuatro noveletas de cien páginas) que si le entraba la pereza sólo colocaba cerca de su computadora la facturas por pagar, incentivo e inspiración más que suficiente.

Hay diferencias marcadas entre un escritor profesional y un amateur. Francisco Umbral recuerda a Julio Cortázar: "Cortázar es más humano, está más confundido con la vida, controla, domina el cuento a lo Poe, y tiene, como Poe, unas manchas de alcohol, sexo y ciudad, aunque fuera siempre un funcionario". El escritor profesional se vale de algunos trucos y termina la labor del dí­a, pero el escritor que no tiene apremios va a sus anchas y cree que pueden permitirse un poco de indisciplina e incluso uno llega a divertirse escribiendo. Capote escribió en una ocasión que escribir al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigí¼é la diferencia entre escribir bien y escribir mal".

Escribir bien o mal, he allí­ el dilema. Es inevitable que cuando uno escribe se encuentre en el camino a individuos que han pergeñado sus primeros cuentos o poemas. Muchos sin arrobo alguno sólo quieren tener un lector a mano que escuche ( o lea) de inmediato un poema, una narración e incluso una novela. A pesar de nunca haber torturado a nadie leyéndole mis escritos, me blindo de paciencia y escucho con toda la atención posible. Lo sufrible es que ese escritor ocasional te pide a gritos silenciosos un veredicto, una opinión crí­tica. Uno trata de campear la arremetida esgrimiendo puntos de vista vagos y generales aunque el texto sea un imperdible bodrio. Les vendrí­a bien leer las anotaciones de Gustave Flaubert en torno a los avatares que padeció para escribir algunos de sus libros. Para Flaubert colocar una coma, terminar una página, escribir una escena era un torturante suplicio. Cioran escribió que revigorizar las palabras, infundirles una nueva vida, supone un fanatismo, una obnubilación fuera de lugar. Lo que Flaubert buscaba era sacarles flores a ese madero desgastado del lenguaje. De seguro estos papanatas que dan sus primeros pininos en eso de escribir quizá ni se enteran de quien fue Flaubert y ahí­ van llenando páginas como si nada, abarrotando gavetas y maletas como sucedió con el padre de Orhan Pamuk, que le dejó una valija llena con sus manuscritos para les diera un vistazo después de su muerte. Pamuk tuvo en su poder la valija por mucho tiempo sin abrirla o como él lo explica: "Lo primero que me mantuvo alejado del contenido de la valija de mi padre fue, claro está, el temor de que pudiera no gustarme lo que leyese. Debido a que mi padre lo sabí­a, habí­a tomado la precaución de comportarse como si él no tomara en serio su contenido. Después de trabajar como escritor durante veinticinco años, me dolió comprender esto. Pero no quise enojarme con mi padre por dejar de tomar la literatura con la debida seriedad. Mi verdadero temor, el tema crucial que en verdad no querí­a conocer ni averiguar, era la posibilidad de que mi padre pudiera ser un buen escritor". Se puede concluir que ni el escritor bueno y mucho menos el malo piensan en el lector.

En cambio yo pienso en Aristimuño y su poco talento para batear, robar bases o atrapar con seguridad la pelota. Pienso en ese abismo que debió sentir en el corazón cuando escuchó eso de "eres más malo que Aristimuño". Uno quisiera escribir páginas impecables, pero la buena intención no basta. Escribir buena literatura es una desazón constante y ese sí­ndrome Aristimuño siempre está al acecho. Lo escrito por Osvaldo Soriano puede ser el punto final: "Y con cada página se va un pedazo de corazón. No porque la literatura esté perdiendo algo: simplemente porque escribir cualquier cosa que tenga sentido hay que encorvar la espalda y entabacarse, y vomitar el café recalentado de la madrugada".

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