Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Félix Nadar

Una vida en blanco y negro

 

Muñozcoloma
munozcoloma@yahoo.com - www.munozcoloma.com.ar - http://munozcoloma.blogspot.com

 

No cabe duda que el olvido es un privilegio, sobretodo en esta casa y en mis condiciones.  Lamentablemente nunca me ha tocado vivir ni de cerca algún privilegio (en la Casa de Asterión) y mi olvido me resulta definitivamente imposible.

Intento distraerme de alguna manera, de buscar el sosiego y frenar esta avalancha de recuerdos que perturban cada instante de mi existencia, los cuales siento como trozos de vidrios clavándose en mi cerebro (no el metafórico).  No hay caso, y en el afán de olvidar comienzo, una vez más, a recorrer esta casa y pasan los días y mi intento se encuentra muy lejos de tener un final feliz, ni siquiera un final.  Son demasiados los recuerdos, sobre todo los espurios, los no felices, esos que están colmados por la vanidad y la vacuidad, los de la traición, los de la arrogancia, de la mentira y yo sólo quiero dejarlos atrás para que no me consuman. 

En la desesperación se me viene a la cabeza la idea tibetana de la relajación con la idea final de despegarme de todo y buscar en la dispersión la trascendencia en mi camino y por esas cuestiones (im)propias de esta casa mi recorrido desemboca en una habitación blanca, inmaculada, lejana de todo, que sólo tiene un mueble en su centro, una cama del mismo color del recinto.  Me tiendo en ella y cierro los ojos, comienzo a respirar con cuidado, con ritmo, buscando el relajo para este insoportable y reparado cuerpo, para luego continuar con mi mente.  Cuando la materia se encuentra en total relajo intento poner mi mente en blanco (o en negro… da lo mismo), pero los recuerdos no cesan, son muchos… demasiados.  Cada recuerdo se transforma en una persona y en este momento no me interesan para nada, así que comienzo, no sin esfuerzos, a borrar los vestigios de ellas, una a una, paso a paso, en una labor de joyería, con precisión y paciencia logro eliminarlas… cada vez son menos las personas-recuerdos que deambulan en mi mente y algo de tranquilidad me comienza a invadir, de seguro hago una mueca muy parecida a una sonrisa.

Pasan los días y ya nadie queda en mis recuerdos, la negrura es total… ideal, maravillosa, y sueño por instante que se va a perpetuar para siempre, que todo ha pasado, que nada me volverá a remecer con tanta insistencia, suspiro (aún con la mueca) y abro los ojos.

Como era de suponerse mis deseos quedan hechos añicos cuando recorro la habitación con la mirada y me percato que en sus paredes están colgados una infinidad de retratos fotográficos de las mismas personas que había logrado olvidar, al cuales nuevamente se pegan a mi cabeza y comienzan a acecharme con una cotidianeidad brutal… todo el esfuerzo… perdido.  Todas esas fotografías me miran, y como la Gioconda me siguen con sus ojos, no importa para dónde me mueva, sus miradas inquisidoras me cuestionan el por qué de mi intento, el por qué de mi rebeldía, el por qué de mi afán por el olvido.  Me doy cuenta recién que además, hay un hombre con una cámara fotográfica, a los pies de la cama, con la cual me apunta para retratarme, es Félix Nadal que ríe, yo me asusto porque creo, al igual que los mapuches de la primera mitad del siglo XX, que algo de uno se pierde (o se queda) en el registro, no puede existir la mímesis sin pérdida, sobre todo con Nadar que es capaz de atrapar la esencia del retratado.  Cuando voy a decirle que no lo haga suena el “click” y siento que algo me abandona y todo se vuelve negro… todo.

 


Charles Baudelaire

 

De Lyon a París

En la ciudad Lyon, Francia, la que vive pegada a la geografía y caprichos de los ríos Ródano y Saona nace, el 6 de abril de 1820, Adrien Gaspard Felix Tournachon, quien luego sería conocido como Felix Nadar o Nadar a secas.  Entre las tintas tipográficas de la empresa de impresión de su padre se fue forjando su mirada la cual vería, entre las manchas negras, siempre un atisbo de luz, una manera de enfrentar la realidad desde una perspectiva diferente, seguramente huyendo de la reproductibilidad mecánica que ofrecía la imprenta para posarse en la intimidad, en la unicidad de las miradas que ofrecen las personas.

Sin embargo, Gaspard Felix toma la decisión de obviar el ojo y preferir la medicina, carrera que comienza a estudiar en su ciudad natal hasta la quiebra del negocio familiar en el año 1842, cuestión que lo obliga a volver a ver la realidad con su particular mirada, es así que, con 22 años, se traslada a la ciudad de París donde comienza a ganarse la vida como caricaturista y periodista.  De a poco, y con cierto esfuerzo, que se nutría de la bohemia de la “Ciudad Luz”, empieza a ser cotizado como un buen caricaturista de la contingencia política, de la alta sociedad y de lo intelectual, donde se encuentran insertos sus amigos.

Sólo unos meses después de su llegada, en 1843, comienza a mezclarse con la intelectualidad y la bohemia de la época, de hecho con Henri Murger (relator de la bohemia de la época que daría la inspiración para dos grandes óperas, ambas con el mismo nombre “La bohème”, una de Giacomo Puccini y la otra de Ruggiero Leoncavallo) fundan el “Club de los bebedores de Agua”, junto con Champfleury y Delveau, donde discutían sobre literatura, arte y estética, paseándose por “su” Barrio Latino.  Nadar vive la vida loca en París, nada le preocupa, sólo escribir, pintar y dibujar, se pasea por el Barrio Latino entre las callejuelas, bares y cafetines, a la sombra de la Universidad de la Soborna, él con su personalidad extrovertida que embrujaba, ya que siempre se alegraba de los éxitos ajenos (cosa rara, sobre todo en estos días) haciendo que cada persona que lo conociese se sintiera su amigo de inmediato.  Su carácter soñador y sus preocupaciones libertarias y políticas lo llevaron a participar en el levantamiento polaco en 1947 (donde viaja a pie) siendo, posteriormente, detenido en Alemania y devuelto a Francia ahí intenta sentar cabeza, casándose, no obstante, el que nace chicharra… seguirá con su estilo de vida incluyendo muchas veces a su mujer en sus aventuras.

En 1848 ya trabajaba para el periódico “Le Charivari” (una publicación diaria que contenía dibujos, caricaturas y ensayos satíricos sobre la vida política francesa, particularmente).  Ese  mismo año (según otros fue en 1849) funda la revista “Revue Comique” donde comienza a aparecer una serie de caricaturas bajo el título de “La vida pública y privada de Mossieu Reac”, en la cual hace una crítica a la sociedad de la época, a una sociedad conservadora que no tenía sentido de vida, más que la moda, lo vacuo, la ignorancia voluntaria y el egoísmo (muy parecido a los que nos sucede hoy en día… nuevamente) que eran la semilla para lograr “como fuera” los beneficios personales no importando nada más.  Con esta serie de historietas Nadar va a cambiar la manera de ver las tiras cómicas ya que por primera vez son introducidas de manera diaria en los periódicos (hasta ese momento era sólo conocidas por volantes y libros).  En 1851 realiza una reproducción, en litografía, de un fresco de grandes proporciones que contenía alrededor de 250 personajes de la vida intelectual y artística del París de la época, éste sería el primer adelanto de la serie que haría luego con la cámara.

 


Alejandro Dumas.  En la última foto con su hija.

 

Camarita amiga

En 1853 aparece su obra “Panthéon Nadar” la cual consistía en una serie de caricaturas de personajes de la época, en el afán de la precisión y el registro, un amigo, el escritor Eugène Chavette, le aconseja que adquiera una cámara fotográfica (al perecer fue en el año 1850) para poder trabajar más tranquilo con las fotos de los personajes y no estar con el recuerdo, la visita y la pose a cada rato.  De ahí en más Nadar parece loco, su ojo se vincula con la cámara de una manera, para todos, incluso para él, insospechada.  Todo lo que su ojo alguna vez deseó, la cámara se lo proporciona, surgía un amor eterno que cambiaría el modo y el fondo en lo que se refiere al registro.

A diferencia de otros fotógrafos él jamás pensó en el retrato de la manera habitual para la época, es decir, coloreados, escenografiados o retocados para su fácil venta, muy por el contrario, su única preocupación fue la luz, la composición y, como el “artista” prehistórico, poder captar el ”alma”, la esencia del retratado, como queriendo capturar sus más íntimos gestos, cuestión que termina logrando en unas composiciones simples y magistrales, tal cual lo haría un pintor de oficio con la estructura de un cuadro.  Nadar tenía ese componente de genio que le daba su ojo inquieto.  Además comienza a utilizar el nuevo formato introducido por André Disdéri, el de “visita” (carte de visite, 6 x 10 cm), lo cual abarataba el costo posibilitando que cualquiera pudiera acceder a uno, no sólo de fotos personales, sino también de estampitas de las estrellas de la época, cuestión que antes era prohibitivo para el vulgo.

En sus retratos se puede ver el equilibro y contraste bien logrado entre la luz y la sombra, y al igual que los pintores impresionistas que se cruzaran en su camino, él pensaba que la luz era el punto central del arte, es más, solía decir que “fotografiar es pintar con la luz” y su preocupación, en lo que se refiere al retrato, era captar “el parecido íntimo” (como solía decir) de quien se enfrentaba a su ojo vouyerista, sensible, que despreciaba la teoría pura.  Él sin dudas, iba más allá cuando señalaba “la teoría fotográfica se aprende en una hora, las primeras nociones de práctica en un día.  Lo que no se aprende es la inteligencia moral de lo que se va a fotografiar”.

 


Jacques Offenbach.  Gioachino Rossini.  Giuseppe Verdi.

 

En 1853 (ó 1854) instala su estudio de fotografía, junto a su hermano, en el 113 de la Rue Saint-Lazare donde comienza con el periplo que lo llevaría a la inmortalidad, fue tan frecuentado su estudio que los cocheros-taxis comenzaron a nombrar la calle como la “Rue Saint-Nadar”.  Todo el mundo se dirigía hacia allá en busca de conversación y de algún retrato, por cierto. Pero luego comenzarían los problemas con su hermano Adrién que era un inepto total, que a esas alturas casi había “reventado” el negocio despilfarrando el dinero, Felix decide comprar su parte.  Además su hermano comenzó a hacerse llamar “Nadar Chico”, cuestión que indignó a Félix, fue tanto el quiebre que terminaron en un juicio en los tribunales donde “The Real” Nadar recupera su pseudónimo en 1857. 

Todos los parisinos querían posar para un retrato tomada por este tipo, es así que su taller comenzó a transformarse en un punto de reunión, primero que todo, de la aristocracias dispuesta a pagar por las obras, cuestión que aburrió demasiado a Nadar, dejando esta actividad a sus ayudantes.  Él estaba para otras cosas.

 

Los amigotes

El otro grupo de personas, lo que realmente le interesaban, eran sus amigos, los intelectuales, los compañeros de bohemia, escritores, músicos, pintores, escultores, etc., a ellos sí que le gustaba retratarlos, no sólo por el hecho que consigna la amistad fundando ciertos lazos, sino más bien por el conocimiento que tenía Nadar de las personas, para él era una cuestión muy importante conocer lo íntimo de ellas para “fijarlo” en la obra, con su lente, con su ojo (con él es casi lo mismo), como el mismo señalaba “el retrato que mejor me sale es el de las personas que mejor conozco”, así pasaron personalidades entre las que pueden mencionar a Julio Verne, Charles Baudelaire, Víctor Hugo, Edouard Manet, Alejandro Dumas, Giuseppe Verdi, Héctor Berlioz, Sarah Bernhardt, Eugène Delacroix, Franz Liszt, Frederick Chopin, Gioachino Rossini, Mijail Bakunin, Gustave Courbet, Camille Corot, Jacques Offenbach, Auguste Rodin, entre otros.  De hecho todos sus retratos, o mejor dicho, los de los bohemios e intelectualoides los hace entre 1855 y 1860, es decir, en 6 años Nadar se convierte en Nadar, todos esperaban fuera de su taller-estudio que ya tenía su firma en la fachada alumbrada con gas, que atraía a los bohemios como lo hace la luz con las luciérnagas.  El año que termina la serie de retratos de personajes decide cambiarse de estudio porque ya nada le da abasto.

 


Eugène Delacroix.  Jean Francois Millet.  Auguste Rodin.  Claude Monet.

 

Dentro de sus amigos hay que mencionar, entre tantos a Sara Bernhardt (la actriz de las actrices francesas de la época, quien además escribió tres libros, pintó y esculpió… las hacía todas), quien posó desnuda para él, y con quien fundó una tremenda amistad, que fue potenciada por la historia de ambos, ella, por ejemplo, hija y sobrina de prostitutas de la alta burguesía, a quien incluso, su madre intentó introducirla en el ambiente (cosa que logra por un tiempo), pero que a la larga se transformaría en una bohemia y femme fatale de los intelectuales de la época.  Sara posará siempre que Nadar se lo pidiera y ella altiva y arrogante aparecería en los retratos haciendo suspirar a todos los que tenían la suerte de ver o adquirir las obras del fotógrafo, aunque suene aventurado es probable que las fotos (o los afiches de Alfonso Mucha) tuvieran más de la Bernhardt que ella misma.

 


Sara Bernhardt.

 

La cantidad y calidad de los retratos a uno lo dejan sumergido en las miradas de los personajes que aparecen en ellos, no recuerdo muy bien si tuve la oportunidad de verlos en el sacrosanto Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile o en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires por allá por el año 2006 (a estas alturas todo da lo mismo), lo certero es que mi visión con respecto al retrato y la fotografía cambiaría fundamentalmente luego de ver la obra de Nadar, algo así como ver la serie “Puentes” de Luis Poirot (quien tiene un original de Verne tomada por Nadar en una carte de visite), que a uno lo invitan a hurgar más allá de las estructuras, donde todo lo invade el paisaje, acá cada personaje invade no sólo su espacio encuadrado en la placa, sino que se dispersa en el ambiente y en los ojos del espectador.  Nadar logra eliminar y separar de la pintura las poses fastidiosas, decimonónicas (aunque suena contradictorio) y pedagogizantes que hacían que todo fuera una anécdota, que todo no fuera más que la pose, los uniformes, los accesorios, los clichés y los elementos fatuos que intervenían (y complicaban) en la pose.  No, acá no hay nada eso, sólo el rostro, que es lo más importante, como queriendo captar (y logrando) la intimidad, el frescor psicólogico (si me permiten la frase) y los deseos del retratado.  Ni siquiera se preocupaba de los retoques que eran muy frecuentes en su época (el “photoshopear” no es privilegio nuestro), donde se borraban pecas, se respingaban narices, se hacían curvas erotizantes, o pectorales marcados, no, nada de eso, no había más entre el ojo (lente) de Nadar y el o la modelo que el aire, que se rendía a los deseos del fotógrafo.

 


Mijail Bakunin.  Stéphane Mallarmé.  Henri Murger.  Julio Verne.

 

Julio Verne lo consideraba un amigo y un gran artista, incluso le rinde un homenaje a su manera, incorporándolo en su novela “De la tierra a la luna” (1865), donde lo llama Michel Ardan (obviamente un anagrama) y lo describe con un loco aventurero.  Además, es muy probable, que se inspirara en él para su otra novela “Cinco semanas en un globo” (1863), porque Nadar hacía todo lo que se le ocurría. Fue el primero en tomar fotografías aéreas, arriba de un globo aerostático que mandó a construir y que llamó “El Gigante”, con 20 kilómetros de seda y además propulsado por una hélice, tomó éstas en 1863 (según otros fue en 1856 ó 1858).   El 18 de octubre de 1863, París estaba expectante, Nadar haría la primera prueba en su globo, todos fueron a ver la proeza, pero todo fue un fiasco, nada de lo presupuestado resultó, no obstante el “fotógrafo volador”, lo vuelve a intentar dos semanas después, el 18 de octubre, incluyendo en la aventura a su mujer Ernestine y a un grupo de amigotes (era que no) y partió hacia Hannover, todo bien hasta el aterrizaje, donde por poco no mueren todos en el intento.  A la larga Nadar, obsesivo, logra su empresa, incluso gastando toda su fortuna y arriesgando la vida de sus propios seres queridos.  Obviamente, los regentes que dominaban la política de la época vieron en esta innovación una gran oportunidad con fines bélicos, y Nadar se dejó querer, de hecho fue nombrado Comandante de una compañía de globos aerostáticos para tomar fotografías de las fuerzas prusianas que acechaban en las cercanías de París.

Entre sus logros se puede mencionar, también, que él es el primero en incorporar la luz artificial para captar fotografías en la oscuridad, por ejemplo, en las Catacumbas de París, en 1866 (otros plantean que fue 1860 ó 1861) utilizando el magnesio como iluminación, además experimentó con la luz eléctrica, cuestión muy extravagante para el época o se pueden mencionar sus fotografías de hermafroditas que causaron un escándalo de proporciones.

 


Catacumbas y cloacas de París.

 

Los impresionistas

En 1874 facilitó su estudio (según otros cobró la suma de 2.020 francos por costes de arriendo), ubicado en el 35 del Boulebard des Capucines del IX Distrito de París, para un grupo de pintores que realizaban su primera exposición fuera del circuito oficial de la época, con unos cuadros que se escapaban de todo academicismo y que eran considerados mamarrachos, obras hechas por borrachines o locos, o simplemente obras a medio hacer, sin terminar… o inmorales. Con el tiempo los autores de estas obras se transformarían en quienes revolucionarían el arte academicista mantenido por siglos, me refiero a los Impresionistas.  Sí, es así, en su taller se desarrolla esa exposición tan señera para los estudiosos de la historia del arte y aunque fue visitada por pocas personas (muy pocas) cambiaría radicalmente la manera de ver el arte, fuera del mundo académico y generando un caldo de cultivo en el mercado privado del arte que cada vez adquiriría mayor relevancia (lamentablemente hoy todo es mercado).

El 15 de abril se inauguró la muestra que constaba de 175 pinturas (165 según otros registros), esta bofetada para la lógica artística decimonónica de la época fue conocida como el “Salón de los rechazados” (la primera de las ocho exposiciones impresionistas) la exposición duró hasta el día 15 de mayo, allí  estaban Paul Cézanne (2 obras) Edgard Degas (10 obras), Claude Monet (12 obras), Camille Pissarro (5 obras), Alfred Sisley (5 obras), Pierre-Auguste Renoir (6 obras), Berthe Morisot (9 obras), entre otros, los demás pertenecían a la Sociedad Anónima Cooperativa de Artistas Pintores, Escultores y Grabadores (114 obras).  Es acá, en este taller donde nace el término “Impresionista”, cuando el crítico de arte Louis LeRoy al ver una obra de Monet titulada “impresión, sol naciente” comienza a llamarlos impresionistas a todo el grupo, de una manera peyorativa, por cierto.

 


Fotografía del exterior del taller de Nadar en el Boulevard des Capucines, donde se realizó la primera exposición impresionista.  Catálogo de la exposición.

 

Nadar además publica una serie de libros como “Las memorias del Gigante” (1864) donde resume la historia de sus viajes, “El derecho a volar” (1865) y “Cuando yo era fotógrafo” (1900) libro más íntimo que contiene sus anotaciones sobre la fotografía, el cual recibió los más altos honores de la crítica en la Exposición Universal de París.

En 1895 decide dejar la fotografía (sólo por decir algo) cediéndole su estudio a su hijo Paul, que proseguiría con la extirpe familiar, incluso trabajando en la incipiente cinamotagrafía.

Felix fallece en la ciudad de París, el 21 de marzo de 1910, a la edad de 90 años, dejando un legado de alrededor de 45.000 coloidones (fotografías sobre placas de vidrio), y una nueva manera de ver la fotografía, y más que eso, una nueva manera de ver por el lente. Fue sepultado en el Cementerio de Père-Lachaise de la ciudad luz… no podía ser de otra manera, ahí en esa mítica necrópolis donde los cadáveres aún siguen siendo estrellas en el firmamento, se encuentra acompañado de Edith Piaf, Guillaume Apollinaire, Honoré de Balzac, Georges Bizet, Pierre Bourdieu, Frederic Chopin (sin su corazón que se encuentra en una iglesia de Varsovia), Augusto Comte, Jean Baptiste-Camille Corot, Jacques-Louis David (del cual sólo se enterró su corazón, ¡maldito equilibrio!), Jean Auguste Dominique Ingres, Jean Francois Lyotard, Marcel Marceau, Amadeo Modigliani, Moliere, Jim Morrison, Isadora Duncan, Paul Eluard, Max Ernst, Theodore Gericault, Félix Guattari, Eugène Delacroix, Francis Poulenc, Marcel Proust, Georges Pierre Seurat, Oscar Wilde, Paul Signac, entre muchos otros, en fin… Nadar, de seguro, como era su costumbre se paseará entre las tumbas retratándolos.

 


Víctor Hugo. La última fotografía es del escritor en su lecho de muerte.

 

 

Fuentes:

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