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LA ESCENOGRAFÍA DE LAS PALABRAS

LAESCENOGRAFÍA DE LAS PALABRAS

CarlosYusti

 

 

 

 

 

ElTractatus de  Ludwig Wittgesteinfinaliza con una proposición radical: “De lo que no se puede hablar, mejor escallarse”. Lenguaje y silencio los dos extremos de un mismo hilo. Lo queconduce a George Steiner, quien escribió que el lenguaje se ocupa de maneraparcial de la realidad y que el resto, y presumiblemente, la mayor parte, essilencio.

Todoresulta paradójico al considerar que hoy hablamos demasiado gracias a lateleinformática. No obstante en este apabullante voceo global mutilamos ellenguaje, sin mencionar que la cultura de masas constriñe y contamina el habla atal punto que hablamos como un anuncio publicitario: palabras simples y bajasen calorías intelectuales. A este respecto Steiner es tajante: “La comunicaciónsólo puede hacerse efectiva dentro del lenguaje disminuido o corrupto”.

Ellenguaje sometido a la mediocridad más espuria, y bajo el dictamen de lamayoría, es el pantano idóneo para que la política de baja estofa ocupeinstancias claves. No es exageración y un vistazo a Berlusconi, Sarkozy, almismo Chávez y un ramillete de politicastros de saldo se podrá comprobar como expresancada desatino amparados no por la lectura sesuda, sino por el caradurismo de lapolítica alapatallana.

Enla Grecia clásica los politicastros de entonces crearon una práctica punitivasingular para castigar los delitos políticos denominada ostracismo. Loscastigados con ostracismo perdían todo sus privilegios sociales erandesterrados de la vida pública. Aristóteles justificaba la de medida alegandoque “el poder es corruptor y no todos los hombres son capaces de mantenersepuros en medio de la prosperidad (...) Es, sobre todo, por medio de leyes comoconviene evitar la formación de estas personalidades temibles (...)".

Elsilencio y la muerte social es un lujo al que ningún politicastro, tanto delgobierno como de la oposición, puede renunciar. Por eso a cada sitio que vanhacen gala de una grandilocuencia indetenible sin medir en las sandeces ymentiras que pronuncia.

Elcaso de verborrea demagógica en tercera dimensión pertenece a un cuento deGarcía Márquez, en el que se narra la odisea del senador Onésimo Sánchez quienen plena campaña electoral encuentra al amor de su vida, sin mencionar los seismeses y once días que le faltaban para morirse. Su artilugio de campaña era unpueblo de escenografía de cartón piedra, con árboles de fieltro verde, ventanade vidrio y hasta con un trasatlántico. Mientras se largaba con su discurso susayudantes de alquiler armaban el pueblo y lo superponían sobre el pueblo real:“Estamos aquí para derrotar a la Naturaleza -empezó, contra todas susconvicciones-. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos deDios en el reino de la sed y la intemperie, los exilados en nuestra propiatierra. Seremos otros, señoras y señores, seremos grandes y felices. Eran lasfórmulas de su circo. Mientras hablaba, (…) sacaban de los furgones unosárboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de lamultitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón concasas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de vidrio, y taparon con ella losranchos miserables de la vida real. El senador prolongó el discurso, con doscitas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover,los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad queharían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en lasventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con eldedo. -Así seremos, señoras y señores -gritó-Miren. Así seremos. El público sevolvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y eramás alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propiosenador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugarpara el otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por laintemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal delVirrey”.

Ala postre la realidad ficticia del senador resultó tan miserable y deprimentecomo la realidad de todos los días, él quiso darle un escenario virtual a suspalabras, pero la realidad menos acomodaticia le mostró lo deplorable que puedeser la política basada en el engaño. Quizá la reconstrucción del pueblo era máseconómica que el costo del pueblo de cartón pintado trajinado de pueblo enpueblo.

Laescenografía de las palabras es el último recurso de seducción verbal denuestros politicastros de oficio, pero la realidad aunque se maquille y quepoco conoce de discursos o demagogias porcentuales deja ver la fisura de unarealidad no siempre agradable ni poética. “De lo que no se puede hablar esmejor callarse”, podría ser la muletilla retórica que todo político deberíatener presente siempre en el momento de darle rienda a su quincallería verbal,como bien escribiera otro gran politicastro de cuyo nombre no quiero acordarme.

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