Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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El instante de la escritura

Carlos Yusti

“Si el deseo de escribir es la constelación de unas cuantas figuras obstinadas, al escritor sólo le resta una actividad de variación y de combinación: nunca hay creadores, sólo combinadores, y la literatura es semejante a la nave de Argos: la nave de Argos no comportaba en su larga historia ninguna creación, sino sólo combinaciones; a pesar de estar obligada a una función inmóvil, cada pieza se renovaba infinitamente, sin que el conjunto dejara de ser la nave Argos”.

Roland Barthes, El grado cero de la escritura

 Alonso Quijano es un lector compulsivo. Como a todo buen y gran lector (como es lógico) le asalta la tentación de escribir, pero no todos los grandes lectores cruzan la línea y se enfrentan a la hoja en blanco. Don Quijote expone, o más bien Cervantes, expone las razones por la cuales no escribe: “...y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran”.

Tanto escritores grandes o pequeños se han visto zarandeados por la burla y el ninguneo de sus contemporáneos. El escritor Antón Chéjov le escribe (Moscú, 28 de marzo de 1886) a Dmitri V. Grigoróvich: “Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno solo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado ‘círculo literario’. Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria”.

No es por casualidad ni por prurito que el buen lector aplaza el momento de la escritura, ese momento de un encuentro de amor-odio con las palabras. No hay fórmulas para escribir, quizá existan algunos trucos, la consabida carpintería del oficio, pero a fin de cuentas todo escritor está un poco solo tratando de sacarle un brillo especial a esa hojalata de todos los días del lenguaje.

Los grandes escritores también han sido grandes correctores de sus libros. James Joyce realizó más de veinte mil correcciones nuevas a las galeradas finales del Ulises. Stendhal sometió a implacables y profusas correcciones a La cartuja de Parma. El más desquiciado corrector de sus libros fue sin duda Balzac y en una ocasión escribió: “Algunas veces una sola frase ocupaba toda la velada: la retorcía, la amasaba y la forma necesaria, absoluta, no se presentaba sino después de agotarse todas las formas aproximadas”. El torturado por excelencia con eso de la escritura fue Flaubert.

Pero la tentación de escribir no sólo asalta a despaginados lectores, sino que figuras de rock. Modelos, músicos, deportistas y demás grey de la farándula mediática cuenta en algunas entrevistas sus deseos de haber sido escritores. Groucho Marx aspiraba ser recordado más por los pocos libros escritos que por sus películas. Los ejemplos en este sentido abundan.

Aplazar el instante de la escritura está sujeto a muchos prejuicios. Si se te ocurre decir que escribes, familiares, amigos y conocidos buscan los argumentos más feroces para que desistas de ese “capricho” por convertirte en autor. Emil Cioran, el huraño filósofo rumano, por su parte crítica a uno de sus amigos que, apartado en un pueblo de provincia, le escribe su intención de escribir un libro, y Cioran escribe en una especie de carta: “Siempre había creído, querido amigo, que, enamorado de su provincia, ejercitaba allí el desapego, el desprecio y el silencio. ¡Cuál no sería mi sorpresa al oírles decir que preparaba un libro! Instantáneamente, vi dibujarse en usted un futuro monstruoso: el autor en que se va a convertir. ‘Otro que se pierde’, pensé”. Renglón seguido Cioran pasa a despotricar del mundo literario, especie de infierno lleno de artificio y veneno, en el cual el único tema de conversación son los libros. A los literatos los califica de indiscretos desvergonzados.

A pesar de los consejos y las recomendaciones uno se empeña en confrontar/enfrentarse a la hoja (o la pantalla de la computadora) en sana blancura.

Después que uno se ha embarcado en esa nave de Argos que la escritura  hay que corregir mucho, romper y atestar la papelera de hojas desechadas para no naufragar durante la travesía plena de peligros e incógnitas. Aunque eso del peligro es ya literatura por aquello escrito por Steiner: “El intelectual, el mandarín universitario, la rata de biblioteca, no suele formarse en la valentía”.

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