Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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LA ÚLTIMA METAMORFOSIS DE MICHAEL JACKSON

Carlos Yusti

A falta de héroes la gente echa mano de esos héroes subalternos de la música pop o del fútbol. A falta de santos un cantante negro trasmutado en blanco, a fuerza del “milagro” de la cirugía cosmética, también puede resultar valedero. Lo importante es la adoración, una panacea donde enfilar nuestras fuerzas, nuestra idolotraía y nuestra fe tan en el aire estos días. Esa hambre de ídolos es de antigua data. El hombre se crea sus santos y demonios para sentirse seguro. Se confecciona héroes a su medida para descargar su culpa, sus penas en los hombros de otro y así aligerar la carga. Tanto los ídolos del pasado como los de hoy vienen envueltos en el papel celofán del mito, una neblina de misterio los envuelve, una cortina de mago los oculta a nuestra ojos crédulos. Jamás vemos su fragilidad, sus miedos o tristezas; esos trucos baratos que le permiten permanecer inalterables a pesar de todas esas miserias mundanas que poco apoco los carcomen.

Michael Jackson fue uno de esos mitos extraños que la gente consumió con deleite morboso y sin miramientos. Como vampiros sedientas absorbieron sus cambios físicos, su hipocondría, sus hijos y sus objetables gustos sexuales. La prensa de farándula se sirvió a placer de sus debilidades y flaquezas mundanas para crucificarlo a cuatro columnas y a todo color. Sus taras, fobias, obsesiones y desviaciones de todo tipo siempre estuvieron en la mesa mediática para que sus admiradores y detractores las degustaran hasta el hartazgo.

Su paso de cantante pop estadounidense a mito global fue efervescente. Como mito Michael Jackson exhibió un museo de patologías y excentricidades que lo convirtieron un rey con el pedigrí que su arte le proporcionó. Fue un mito que se amoldó a esa insana de los tiempos: la eterna juventud. Especie de Dorian Grey  trató de ser el cuadro vivo para sus transformaciones. Tuvo algo de Peter Pan bizarro, de niño burbuja encaramado en su mundo carrusel, montañas rusas, cuarto de espejos y carritos chocones. Estuvo encerrado en ese país de Nunca Jamás  que él mismo se fabricó a la medida de sus obsesiones. Como ídolo fue consecuente con sus adoradores y jamás dejó de alimentarlos con sus rarezas, con su infancia zurcida por la explotación de un padre tiránico y otras aberraciones.

A pesar de su estela de rey del pop su gusto por los infantes (cuestión que negó a fuerza de dinero y estratégica publicidad de beneficencia por la niñez abandonada ) hizo tambalear su hoja casi intachable de mito. A pesar de todo sus seguidores se mantuvieron fieles a un fantasma despigmentado que con un tapaboca hacía fugaces apariciones públicas anunciando que estaba vivo, algo distinto, pero vivo.

Su voz de castrati se metió en la piel de millones de personas. Su música fue el telón de fondo de una época al borde del colapso de los psicotrópicos y los ansiolíticos. Su baile sentó las bases para sacudir el tedio incrustado en los huesos del alma, para sacudir el anticlímax que proponía la tecnología y que venía para quedarse en todos los intersticios de la existencia.

Su final de thriller oscuro y noveleta policial estaba ya escrito. Su horror a los contagios, su preocupación por el aspecto de su cuerpo fueron los ejes de su ocaso. Su vida, pasión y muerte será narrada en el cine para que el mito no se vuelva polvo de olvido. Fue un Gregorio Samsa en esos de los cambios. Sus seguidores siguieron paso a paso sus metamorfosis. Hoy asistimos (algunos llorosos, otros atónitos y otros indiferentes) a su última  transmutación: Otro leyenda inmortal. Su música quizá se vuelva soluble en ese clasicismo 200 años luz en el futuro y en el cual será imprescindible escucharlo junto a Mozart, Beethoven y compañía

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