Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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Carlos Yusti

Muchas veces en el universo de la literatura los lectores somos casos perdidos: creemos todo o simplemente buscamos en la lectura una distracción sin consecuencias perdurables para el alma. Como escritor o lector, según sea la circunstancia, me coloco en el bando de tener a ratos una vaga sensación de encontrarme del otro lado espejo.

Por un bituminoso azar la literatura, también aplicable a todo el arte en general, está asociada a todas las patologías posibles y la locura es una fiel acompañante al punto tal que de sus garfios cuelgan muchos artistas y escritores, semejando un desnudo y desolado cuadro de Francis Bacon. De uno de esos ganchos pende uno de los más enigmáticos y envolventes: Antonin Artaud.

En mis días de Animal Literario (con otros amigos conformé un grupo llamado Animales Krakers) la actriz Gladis Prince me regaló un ejemplar de “El teatro y su doble”. Aquel libro escrito con el sol de las vísceras posee una fuerza y una claridad descomunal. El libro no era en lo absoluto un manual para actores al estilo de “Un actor se prepara”  Constantin Stalivnasky, mucho menos un ensayo académico y crítico sobre el teatro, era (para ser exacto) una visión a quemarropa sobre el arte, la cultura y el teatro. En ese tiempo estaba urgido de escritores a contracorriente y no de esos lamebotas de las letras con aspiraciones de ingresar a la academia. Artaud cumplía con el perfil: actor de cine y teatro, adicto, poeta, integrante ultroso del surrealismo y a causa de ello expulsado, ateo de profunda y convicta espiritualidad, huésped asiduo del manicomio.

Antes de caer en laberinto de la locura había actuado en películas, escrito poemas años luz de su tiempo y en los cuales mezclaba sonidos guturales, giros gráficos y expresiones extrañas, pero con un alto sentido teatral que convertían al poema en una experiencia del espíritu despellejándose a los latidos de metáforas extrañas y profundas. También había escrito un libro inclasificable sobre los Tarahumara y una obra escrita de manera especial para la radio titulada: “Para acabar con el juicio de Dios”. La obra fue censurada y su trasmisión cancelada. Los surrealistas tan avanzados y vanguardistas lo expulsan de sus filas por considerar sus textos (y postulados estéticos) atrevidos y peligrosos. Toda esta incomprensión va pavimentando el camino para que sufra un colapso nervioso. Encerrado (por su bien) en el sanatorio mental de Rodez, reducirán su capacidad creadora.

En su libro “El teatro y su doble” deja en claro su visionaria posición por un teatro que rasgue las apariencias que comprimen la conciencia y se adentre para hurgar en el espíritu. Artaud lo llamó “teatro de crueldad” y los idiotas lo confundieron con violencia gratuita y sangre de utilería en escena. No obstante la propuesta de Artaud tenía unos derroteros menos bizarros y menos chapuceros que una película de terror serie “B”. Artaud quería un teatro que conectara con nuestras fuerzas sensibles y más hondas o como él escribió: “Un teatro que, abandonando la psicología, relate lo extraordinario, ponga en escena conflictos naturales, fuerzas naturales y sutiles, y que se presente en primer lugar como una fuerza excepcional de derivación. Un teatro que produzca trances como las danzas de los derviches, y que se dirija al organismo a través de medios precisos, con los mismos medios que las músicas curativas de ciertos pueblos que admiramos en los discos, pero que somos incapaces de hacer nacer entre nosotros. Ha y en ello un riesgo, pero estimo que en las circunstancias actuales vale la pena correrlo”.

Mi amigo el actor, pintor y poeta Roger Herrera escribió un breve ensayo “Apuntes sobre el Teatro y su doble” en el cual ubica en un sentido exacto las propuestas “crueles” de Artaud sobre la escena. Roger escribe: “Artaud augura la materialización de la idea-pensamiento en la escena a partir del rigor físico, el actor artudiano se caracteriza por su espiritualidad, economiza su energía. Un espacio es para el actor una posibilidad de respecto, pero a su vez una responsabilidad de cambio; el espacio como tal es ilusorio, abstracto, vacío. Quien lo llena es el actor y los elementos específicos del teatro”.

Con respeto a la cultura sus puntos de vistas no han perdido un ápice de vigencia: “Antes de llegar a la cultura, considero que el mundo tiene hambre, y que no se preocupa de la cultura, y que artificialmente queremos llevar a la cultura pensamientos que sólo están centrados en el hambre. No me parece qué lo más urgente sea defender una cultura cuya existencia jamás ha salvado a un hombre de la preocupación de vivir mejor o de tener hambre, sino extraer de aquello que llamamos cultura las ideas cuyas fuerza viviente es idéntica a la fuerza del hambre”.

La literatura permite encuentros extraños. El siquiatra y escritor José Solanes lo conoció en su periplo francés. Él tuvo el privilegio (según sus propias palabras) de escucharle leer en voz alta sus textos y por ello escribe: “Sus textos, especialmente, los de las últimas épocas, son a menudo descarriantes…Oírselos, era sentir algo muy diferente: los párrafos más obstrusos se podían juzgar, se hacían transparentes…” Artaud en una de sus últimas declaraciones puntualiza:"Sé que tengo cáncer. Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...

No es de manera gratuita y cultural que Artaud escribe esplendidos y lúcidos ensayos (aunque me gustaría denominarlos alegatos) sobre Nerval y Van Gogh. Ensayos de una genialidad agresiva sin igual: “Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad. No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III”.

He acariciado la idea de escribir una puesta en escena titulada: “A de Artaud”. El escenario sería una habitación desnuda con un elemento central oculto por la sombras. Ese elemento sería una máquina (lo más siniestra posible, con tubos, cables y sonidos que semejen aullidos de dolor) de electroshock. El actor leería cartas, recitaría poemas y otros textos de Artaud. La escena final sería un grupo de siquiatras accionando la máquina y crucificando/atando al pobre Artaud a la máquina.

En el ocaso de su vida torturada Artaud logra salir del hospital de Rodez. Su amigo Jean Paulhan hace lo necesario para crear un grupo para socorrerlo y apoyarle económica y moralmente. Importantes artistas como Picasso, Dubuffet y Balthus donan obras para ser subastadas en su favor. Se rinden homenajes y se le celebra como actor y poeta de primer orden. Por esos días se le detecta un cáncer que ha hecho estragos en su cuerpo zaherido por la censura, los medicamentos, la incomprensión y la humillación de los médicos que a fuerza de electricidad querían devolverlo a la normalidad que a la postre es más fétida y enferma. Muere a causa de una sobredosis. A su leyenda y a su obra no le ha faltado nunca adeptos y seguidores entusiastas. Con claridad escribió: “Es preciso tener mucha fuerza de voluntad para no dejarse llevar a la eternidad y permanecer en el tiempo”.

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