Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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EL ENSAYO DESDE OTRA ORILLA

"La conciencia de la no identidad de exposición y cosa impone a la exposición un esfuerzo limitado. Esto y sólo esto es lo que en el ensayo resulta parecido al arte"

W. T Adorno

Carlos Yusti

En literatura eso de los géneros en mi despierta más suspicacia que entusiasmo. Cada cual en su parcela de género literario y todos felices. Con el ensayo ocurre que es tomado como algo subalterno, especie de actividad sucedádenea ejercitada sin lujuria alguna por el poeta y el novelista (o en el peor de los casos por el crítico literario sin el talento suficiente para escribir poemas ni novelas).

Mi experiencia personal es más bien trivial, pero bien vale algunas líneas para ver si entramos en materia.

En esos días de juventud (y Lolitas con sabor a caramelo de menta) ingresé en un grupo literario, que era algo así como ingresar a la vagancia con ínfulas. Mis amigos entraban en la Universidad, en el Ince o en el cuartel. Yo me fui a un grupo literario a darle carne metafórica a mi bohemia y mis malas maneras. Éramos alrededor de 18 sujetos con malos hábitos y bastante desplanchados en cuanto a la apariencia y al estilo. 15 poetas, 2 narradores, un autor teatral y ningún ensayista era la suma reglamentaria de aquellos días. Por supuesto yo también escribía mis gusanos poéticos y sólo aspiraba a ser un poeta maldito, un navajero del verso libre. Mi amigo el poeta Pedro Osty postula que todo el mundo se mete a poeta, pero nadie se sale. En mi caso tuve que salirme de poeta para asumir el ensayo ya que democráticamente, como se elije todo en este país, el grupo decidió que era yo el más indicado para escribir los ensayos, además por esos días se cocinaba el primer número de nuestra revista.

Mis aspiraciones de ser el nuevo Rimbaud de los suburbios del barrio Bello Monte se vio así truncada, mi anhelo de ser el Baudelaire con un jardín del mal en las pupilas quedó aquel día hecho trizas. Como era un frotaesquina inculto de los barrios del sur en Valencia tuve que meterme en algunas bibliotecas públicas para enterarme de que mierda iba el ensayo. En esa época el Internet era una inquietud que se desarrollaba en un oscuro garaje a muchas millas del barrio. Así que tuve que leer mucho.

Montaigne en el primer momento me pareció petulantemente fastidioso por las citas en latín y otros adornos eruditos. Voltaire y Diderot resultaron a la postre más amables y el que me gustó a rajatabla fue Francis Bacon. A los ensayistas del patio fue fácil leerlos y me enseñaron que tipo de ensayo no quería/debía escribir. Así Mariano Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Arturo Uslar Pietri, María Fernanda Palacios y otro grupo de ensayistas desdoblados en poetas, novelistas y otras lides literarias me enseñaron que todo eso del ensayo estaba en el estilo y la erudición. Proveniente del barrio y sin pedigrí   intelectual esto de escribir ensayos se volvía un dilema de Shakespeare barato.

El ensayo es un género literario que tiene muy pocos adeptos (y adictos ni se diga). Luis Brito García apuntó con sobrada ironía a: «Con perdón de los ensayistas: las estrellas del equipo de Nuestra América son narradores y poetas. Y no por falta de oportunidades al bate. Hojee el lector cualquier publicación cultural y la encontrará agobiada de enjundiosos tratados. Apenas por el qué dirán se admite un poema (breve) o un relato (brevísimo). Según algunos papeles literarios, poesía o narrativa no son literatura.» George Steiner califica a críticos y ensayista como escritores en de segunda mano y es el que siempre Escribe acerca de .

Fernando Savater asegura que Montaigne inventó el ensayo debido a que su amigo Étienne de la Boétie murió. Con este amigo Montaigne pasaba largas horas conversando de los temas más variados. De allí que sus ensayos posean ese tono de conversación: Montaigne seguía conversando con su amigo aun después de muerto y esto le proporciona a sus escritos ensayísticos esa gran elasticidad estética que tienen. Otro punto a su favor es que Montaigne no quería enseñar nada, no deseaba desentrañar las grandes interrogantes de la vida, la literatura o la filosofía limitándose a describir sus preferencias mundanas y silvestres, sus puntos de vistas, algunas veces pacatos y estrechos. En ocasiones realizaba bocetos de su personalidad física y espiritual, e incluso llegó a quejarse en uno de sus ensayos de la pequeñez de su pene. A pesar de semejantes confidencias nada apropiadas sus ensayos no son divertidos y Montaigne insiste en muchas páginas que el tema de sus ensayos es él. No obstante la erudición lectora que despliega a lo largo de la obra le salva, sin mencionar el mezclaje temático que le ha valido a su estilo una permanencia en el tiempo.

Los ensayistas brújula han sido sin duda Voltaire y Francis Bacon. Voltaire en el Diccionario filosófico (que no tiene nada de diccionario ni de filosofía) ensayó una nueva manera de presentar los grandes temas (Dios, el alma, la intolerancia, etc.) como jugando. El Diccionario es un compendio de artículos con ese estilo periodístico del tema al voleo del momento inconfundible. Voltaire se comporta como un columnista de prensa y sus textos tienen ese aire desencuadernado en el cual opina de todo sin ser maestro en nada y quizá por esa razón hoy todavía se lee su Diccionario no sin cierto morboso deleite.

El que le proporciona el toque esencial al ensayo fue Francis Bacon. Su carrera como hombre público fue destacada. En 1603 fue hecho caballero, abogado general en 1613, consejero privado en 1616, señor cuidador (Lord Keeper) en 1617, canciller en 1618, barón de Veralamo en 1618, y vizconde de San Alano en 1621. En sus cinco minutos de gloria respectivos, Bacon escribió y publicó varias de sus obras más interesantes. entre ellas The advancement of learning ("El avance del conocimiento"), en 1605, y el Novum Organum ("El órgano nuevo"), en 1620. Bacon tuvo ya al final de sus días una vida privada sosegada y dedicada al estudio, pero su actuación como hombre público es algo oscura y bastante siniestra. Hasta el punto tal que su vida pública, en el círculo político de su tiempo, ha enturbiado en grado sumo su reputación intelectual. Nunca se dejó guiar por esos preceptos éticos pregonados con claridad y equilibrada sabiduría en sus textos. Su ambición desmedida, su amor irracional por el poder, su avidez demencial por obtener los favores de la corona lo llevó a desconocer a sus amigos más íntimos y a valerse de los diferentes altos cargos que ejerció para su beneficio personal sin reparar en nada. Fue un sabio como escritor y un miserable como persona.

Octavio Paz aseguraba: "El ensayo es un género difícil. Por esto, sin duda, en todos los tiempos escasean los buenos ensayistas. En uno de sus extremos colinda con el tratado; y en el otro, con el aforismo, la sentencia y la máxima. Además, exige cualidades contrariadas: debe ser breve pero no lacónico, ligero y no superficial, hondo sin pesadez, apasionado sin patetismo, completo sin ser exhaustivo, a un tiempo leve y penetrante, risueño sin mover un músculo de la cara, melancólico sin lagrimas y, en fin, debe convencer sin argumentar..." En los ensayos escritos por Bacon todas estas características enumeradas por el poeta mexicano, y también inigualable ensayista, se encuentran de forma bastante acentuada. Va a los temas sin otra pretensión que precisar sus puntos de vista. Por esa razón desde el título anuncia cual será la materia a tratar. Así escribe Del discurso, de la amistad, de la naturaleza de los hombres, de la fortuna, etc. Su estilo es algo así como cuando escribe de los grandes puestos: "Es un extraño deseo buscar el poder y perder la libertad; o buscar poder sobre los demás y perderlo sobre sí mismo. Elevarse a los puestos es trabajoso y esos hombres llegan con penalidades a penalidades mayores; a veces son viles y, mediante indignidades, alcanzan las dignidades". Con respecto a las riquezas escribe: "Trata de que no te colme de soberbia las riquezas y las que puedas alcanzar honradamente utilízalas con moderación, distribúyelas de buen grado y despréndete de ellas sin pena;..." Sobre la ambición acota: "La ambición es, como la bilis, un humor que hace a los hombres se activos, enérgicos, plenos de vivacidad y emotividad si no se la contiene; pero si se la contiene y no puede seguir su curso, se vuelve agresiva y por tanto maligna y venenosa". De la sospechas escribió: "Las sospechas entre los pensamientos son como murciélagos entre los pájaros, siempre vuelan en el crepúsculo. En verdad, deben ser reprimidas o, por lo menos, bien guardadas; porque nublan la mente, hacen perder los amigos, e interrumpen nuestros asuntos,..."

En nuestro país el ensayo ha tenido excepcionales autores. No obstante es un ensayo sometido al corsé académico o de la escritura políticamente correcta para ocupar su espacio en los suplementos culturales y las revistas arbitradas. Se da el caso de algunos ensayistas que intentaron escribir novelas y cuentos (a veces es el otro lado de la moneda y entonces poetas y novelistas se desdoblan en impecables ensayistas, pienso en Montejo, Oliveros o Luis Brito García) como tratando de salir del anonimato en cual los hundió el ensayo. Los más arriesgados intentan escribir poesía. Se asegura que al ensayo van los incompetentes del verso o la narración. No obstante el ensayo requiere de otra ingeniería estilística para que una página se convierta en un cielo estrellado. Se necesita mucha lectura, escepticismo en grandes dosis y un caradurismo a lo Bacon. De allí que comparta lo escrito por Pedro Téllez para definir el ensayo: "Judas como Mesías. Salir con blancas o con negras; elogiar a los caníbales, ironía por delante; la escritura ensayística nada contra la corriente o no es nada. Ese esfuerzo necesario, adicional, lo aporta un lector particular, el lector de ensayos. En la lectura ensayística se da un paso más allá del sentido común; o como en el ajedrez, se trata de ver una jugada mas que el adversario".

En lo personal creo que el ensayo debe asumir el rol de invitado indeseable, de ese personaje irrespetuoso que dice lo más inoportuno en el momento más desgarrador, de ese aguafiestas que en el instante más lúgubre y solemne cuenta un chiste (y de paso malo). El ensayo desde ese margen pagano, desde esa orilla maldita de la acera para saltar e ir siempre en contra, sea lo que sea que se encuentre en discusión o sea centro de la disputa.

Me gusta el ensayo que trabaja con la metáfora, la crónica, el chisme y la rigurosidad investigativa. Ese ensayo que muerde de otros géneros hasta llegar a ese orden caníbal de una página escrita como una alternativa creativa, como una propuesta de hallazgos lingüísticos y estilísticos.

Francisco Umbral ha escrito que un columnista es algo más que un articulista y algo menos que un ensayista. No obstante el ensayo debe tener retazos de articulo y trozos de la columna diaria, debe saber moverse con agilidad para que el lector pueda llegar al punto final.

El ensayo es algo así como el hijo bastardo, o al cual lo aguijonea una deformidad, que se mueve en la oscuridad. No obstante no busca la luz ni iluminar el camino, más bien indaga sobre las regiones turbias de esos arrogantes saberes y prejuicios atornillados a la racionalidad cotidiana a través de la crítica, deudora de sus propias fisuras, inseguridades y oscuridades.

El gran adversario del ensayo es el academicismo que trata de ahormarlo a métodos y estilos con un formato preestablecido y hasta con una estructura canónica. Una parvada de discípulos dispuesto a imitar a los maestros sin crear nada o como lo escribió hace bastante tiempo Jesús Semprum: "Hay quienes suponen ingenuamente que al copiar las palabras y remedar las maneras verbales preferidas por los escritores de primer orden, logran asemejarse a sus modelos en la belleza total de la obra que producen. Son "los discípulos", los humildes obreros del arte, mirados con desdén aniquilador por la crítica, arrendajos sin fortuna, turbios espejos en que aparece pálida y borrosa la imagen del dechado. (…)En literatura como en ciencias naturales, es menester conceder también galardones a los que propalan las ideas nuevas."

El ensayo, escrito desde la innovación y la creatividad afirma Steiner: "es aquel que, sin importar cuándo  fue escrito, no pierde la capacidad de cuestionarnos, de develarnos aspectos de nuestra propia naturaleza que antes nos eran desconocidos".

El ensayo enfrenta la dejadez mental que intenta hacer pasar por cultura letrada la repetición académica plena de pomposidad, apéndice, citas y una ramificada bibliografía, desechando el vuelo lúdico que es la naturaleza del ensayo. Los ensayistas de oficio ( o los que por no tener oficio conocido ensayan como es mi caso) saben que las verdades incrustan sus raíces en el aire, que toda ideología contiene dentro de sí misma los elementos que terminan disecándola. El ensayo es una búsqueda constante de la belleza crítica por la palabra, es una respuesta al vuelo que refleja las taras culturales del tiempo que le toca en suerte al ensayista. Lo permanente es que el ensayo siempre duda de todo, le da muchas vueltas a las verdades dadas e intentar mirar los grises de la vida con cinismo y un poco de escepticismo.

El ensayista toma la hojalata de las digresiones, las trivialidades de café , los lugares comunes del habla cotidiana y comienza a martillar hasta sacarle a todo eso un brillo y una forma inesperada. Este martillar constante sólo busca crear una estética. El ensayista situado en esa orilla como un gran lagarto dormido busca la belleza por contraste y el ensayo es la casualidad abierta y sin forma definida que permite todas las interpretaciones y combinaciones posibles. Ni el poema, ni la novela, ni los abultados y juiciosos tratados filosóficos pueden permitirse libertades irresponsables. Por eso ensayamos siempre. Más por irresponsabilidad que por libertad, se entiende, o sea.

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