Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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UN CHANCHITO REGALÓN SE ASOMA  

Carlos Osorio

clom99@gmail.com

Esta ejemplar familia se caracteriza por hacer de la tradición una costumbre y, por sobre todo, hacerla parte de la cotidianeidad. Aquí la herencia de gestos son ritos incapaces de quedar en desuso, no se botan en el cochinero de la vida, tan basural de las buenas cosas y de la decencia. Si hasta el pijama afranelado y apolillado del más viejo se conserva, y se conserva porque se encarga de vestir, generación tras generación, a los afortunados y flojos machitos descendientes y a sus muchas debilidades y deficiencias.

Ni hablar de las pantuflas de la abuela que son tremendas y tremendo patrimonio. Recuerdan que, con ellas, su paso matriarco veló todos y cada uno de los pasitos de las hijas e hijos del hogar. Su tranco fuerte fijaba límites, lijaba callosidades, espolones y todas las máculas que por allí pretendieran pisotear la moral. De que no se fuera a desvelar tanta educación rigurosa, por ningún motivo a trasnochar el insípido y rancio linaje. Si hasta de madrugada ejercía su liderazgo panóptico; vigilar y castigar el desvío del origen gracias a la casi angular piedra pome que masajeaba el juanetero líquido sanguíneo y que hoy todos los suyos sudan y portan dignamente.

Observar aquel retrato ya desgastado de la parentela en pleno, esa vez del funeral del recordado pater abuelo, odiado por algunos, querido por otros (y otras), y que fue la ocasión obligada para convivir y limar asperezas anteriores, es observar fijamente la debacle de un clan venido a menos y, entre otras cosas, de probar el trago amargo, de sentir la decepción al testamento garabateado por el viejo. Encuentro que a su vez permitió memorizar la estirpe de aquellos hijos de caudilla mueca triste, acaso por el cariño al difunto, acaso por las migajas que éste les dejaba o acaso porque son así de tristes en el ocaso.

Aquella postal malhumorada es la excusa eterna para culpar a la bella nodriza, la agraciada y excitante dama de compañía de los menores deslechados y que aparece radiante y protuberante al borde inferior de la foto: Si hasta se va de lado el retrato. Despechados gritan en desorden su furia. -¡Si fue ella quién se quedó con casi todo! – ¡Si terminó y acabó con el viejo putamadres de un santiamén! -¡Oiga! si es la responsable de su muerte. Si le paró y hasta el corazón enamoradizo dejó de latir en el revolcón ése, aquella vez que la ardiente empleada alimentaba, a pecho descubierto, al nieto, al padre y al querido abuelo respectivamente.

Que tal bajeza no les hizo mella, que no importa, que siempre existen mujeres así, pérfidas capaces de todo en pos de la herencia ajena. Que igual el tata requería atenciones especiales, que su mano tiritaba si no era atendido con urgencias, nada de negarle el deseo pese a su pañal de incontinente, si era un fértil a su edad, un regador innato de la semilla aristocrática, era su personalísimo chorreo para combatir la pobreza de otros... de otras en este caso. –Si hartas canas tenía como para oponerse a que las echara al viento o en una almohada ajena a la suya. Ejercía una especie de juego bancario cada vez que andaba con la maldad y entusiasmo acumulado. Depositar su, a esas alturas, escuálida millonada reproductora, en algún maculado deposito externo, era su inversión a plazo fijo, por lo demás, era cosa de cruzar hacia la estancia doméstica y ser acogido, con beneplácito, con cálido cariño y puertas abiertas, por la ejecutiva y siempre dispuesta pechugona dama.

Usos y tradiciones de bien y que a pesar del tejado de vidrio que hoy lucen (es familia campeona para eso de andar viendo en el ojo ajeno la paja acumulada), hasta son capaces de sermonear de lo lindo al resto y sus decadentes extravagancias o vidas ligeras, así le llaman. Su discurso público consiste (ya es su porfiada costumbre insistir con la misma cantaleta) en que nada de permitirse bajezas del ser y otras marigüancias. Su embustero tranco, su oportunista cara larga, que no hace más que mostrarlos de hilachas, a rostro descubierto, sin siquiera un dejo de vergüenza, pareciera es una siniestra coraza. Para ellos no es más que un modo correcto de advertir al mundo los peligros que la inmoralidad acarrea.

Con toda indiferencia y desgano a las santurronas directrices, de esa boca para afuera que se cargan, el chiquillo ciudadano se esmera, no le queda de otra, percibe que así su padre se sentirá orgulloso, y se esfuerza por los asuntos de poca monta que van curtiendo de a poquito, el porfiado pellejo heredado. Detalles que permiten perfilarle el sentido de la responsabilidad a los nuevos integrantes del clan y que deben cargar por el resto de sus días. Son la dosis y volada, se lo permiten, para efectos de no mancillar el psicodélico y sacrificado legado. Y ejercen ésa su necesidad, por lo demás les brota natural, de foguear al niño, de alistarlo, de irlo regaloneando con disparatados y reglamentados ejercicios.

Y si bien no consideran un burro al crío, menos uno de carga, ya es hora que se moje de responsabilidades. Y que oigan bien sus cerilleras orejas extremadamente grandes, ya está apto para entender las rutinas de sus progenitores. Las del padre sobretodo, que siempre está a la mano, rascándose el ombligo y otras concavidades, y que desde su epicentral alcoba, no descansa y todo lo controla, si hasta el control remoto no suelta, es su báculo, su poder omnímodo, por lo menos es su consuelo y se resigna a ejercerlo en su único metro cuadrado al que está acostumbrado. Y se esfuerza en sacarle la mejor sustancia al menor de los hijos; echado y en bata de dormir, sobándose los pies, medita y piensa a su angelito, su regalón y mejor inversión, de proyectarlo cada día mejor y, si se puede y dios quiere, que hasta las uñas le crezcan igualito a él.

De la madre poco se sabe últimamente, entre que practica todo el día el alpinismo y otras esforzadas acciones con su cuerpo en el pic de la edad, de resolana madurez y belleza expuesta, que no se deja ver demasiado, salvo a media luz, que déle con su asunto de gastar energías lejos de casa, que déle con saborear la cremosa libertad auto otorgada, que las operaciones y arreglos de sus partes íntimas hasta le complacen, que métale siliconas, que nada de obviar el deseo, que vamos regaloneando la libido, si ya ni duerme en el lecho matrimonial, no le atrae por más cebo que le unten a las sábanas que dejó la abuela, le molesta la grasita abdominal que ya porta su distinguido ex-poso, ni los calzoncillos ajustados que éste luce le atraen, le quitan el sueño por ridículos, que ya ni duerme en ese hilachento invernadero de buenas costumbres, que ya es poco probable volverla a ver deambulando por la residencia, ni siquiera los niños son una carga, definitivamente, ella está en otra cosa más a-cojedora.

Así, miguelangelito sigue su paso de infancia entrando a una especie de promiscua adolescencia, a esa edad en que no se sabe para dónde va el tren, ni por dónde viene el proyecto familiar al que quieren someterlo. Sus responsabilidades empiezan desde temprano, incluso antes que vaya al baño, es el encargado de recoger la prensa todos los días y leer los titulares, y si bien no entiende nada, su padre se entusiasma en que lo haga. El informe diario de la bolsa y las fluctuaciones del horóscopo son sus lecturas más solicitadas. Por lo demás percibe, como si se tratase de un adivinador innato, sus inversiones se balancean cuesta abajo y no logra un alza sustantiva, es un especulador por naturaleza y son las fluctuaciones las que determinan su relación con el entorno, y con los demás.

El niño ciudadano toma impulsos propios, en eso se parece a su madre, tan curtida ella del deseo, se aprovecha y goza fiel las páginas de entremedio, que ojea sin descanso del pasquín suscrito, busca nuevas sensaciones, otras emociones que aún son tabú en su existencia. Ya lo decía la tía del jardín, tan llena de premoniciones –Cuiden al pequeño, suele pasarse para la punta. Y su erección chiquita, no deja de entusiasmarlo cada vez que la espectacular y livianita de ropas modelo de la portada le guiña el ojo en señal de ternura casi materna, que ya está en edad o a un paso de ser más grande, de ser más independiente, de ser por último, un mocoso más atrevido.

Se sabe un reprimido obligado e intenta a toda costa sacarle provecho a cada una de las ta-r-e-as encomendadas. Su existencia no puede seguir siendo tan ambigua. Aún así, recae cada tanto en las insoportables proyecciones que su padre tiene con él, especialmente las que supone serán las que ordenen su modo de vida. Su lejana adultez de hombre comprometido con el negocio, con la economía del libre mercado y que pronto heredará a manos llenas, en aquella bandeja dorada que el capital ofrece a destajo a una criatura como él, son su motivo hoy en día. 

Se esmera y es aplicado cada vez que las matemáticas son el tema de sobremesa; cuenta servilletas muy bien, es su primer jobi. Los cubiertos son sus favoritos, allí se esfuerza junto a la servidumbre para que nada falte, incluso es capaz de poner menos platos. Gastar poco es su obsesión y desde ya su padre premia tales acciones, su alcancía recibe la generosa mesada por trabajo realizado, lo harán ahorrar lo suficiente para que, cuando grande, acceda al beneficio del auto propio, la casa no, vivirá para siempre en este palacio familiar y, por sobretodo, permitirá irlo asistiendo con los recursos necesarios, para cuando deba (es un decir porque el dinero sobra) formar otra generación, su futura familia por encargo.

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