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UNA CHISPA: "EL ALCOHOL DE LOS ESTADOS INTERMEDIOS", POEMARIO DE GLADYS MENDÍA (2007)

 

 El alcohol

 

Una chispa: "El alcohol de los estados intermedios",
poemario de Gladys Mendía (2007)

 

por Carolina Benavente Morales

cbenavem@gmail.com

 

Introducción a posteriori

Escribí este texto sobre El alcohol de los estados intermedios, de la poeta venezolana avecindada en Chile Gladys Mendía (Maracay, 1975), para una primera presentación que se haría de este poemario en el Primer Encuentro Latinoamericano de la Literatura y la Cultura, que tuvo lugar en Bogotá, Colombia, del 25 al 30 de abril de 2007. Gladys fue invitada de honor a ese evento, al que yo no asistí. Envié mi texto por correo electrónico y fue leído por otra persona. Desde entonces no supe lo ocurrido con él, hasta que recibí una alerta de Google hace unas semanas atrás. Fue publicado en el blog de poesía latinoamericana Sol Negro, mantenido por el poeta peruano Paul Guillén, al parecer porque el libro de Mendía fue reeditado en este año 2010. La primera edición fue el año pasado, 2009, pero tampoco lo supe. Supongo que en este tiempo Gladys le introdujo modificaciones a su poemario, pero las desconozco. Después de tres años, me habría gustado hacer lo mismo con mi artículo, pero, ya que no pudo ser, aprovecho esta columna para hacer un par de acotaciones, antes de publicarlo oficialmente.

La primera de ellas es que la lectura del poemario de Gladys Mendía fue muy importante para mí. En ese momento, yo estaba terminando de cursar el Doctorado en Estudios Americanos, mención Pensamiento y Cultura, de la Universidad de Santiago de Chile y, después de leer la obra de Gladys, decidí que el título final de mi tesis sería Incendio en Babylon: propagación de la cultura rasta hacia América Latina. Tal vez habría sido el mismo efecto de encontrarme con otro texto que evocara el fuego, ya que era el elemento en torno al cual giraba mi pensamiento sin que hubiese llegado a cuajar del todo como eje argumental, pero la chispa prendió con ese poemario porque la metáfora incendiaria es, a lo menos, uno de sus vectores. De allí, también, que haya incluido un epígrafe flamígero de Galo Ghigliotto, quien fue además la persona que me invitó a escribir sobre el libro de su amiga Gladys Mendía. Entregué mi versión final en mayo, defendí mi tesis doctoral el martes 8 de junio de 2007 y más adelante, una vez que ingresé al taller Moda y Pueblo de Diego Ramírez, escribí un poema llamado "Nieve" donde retomé la temática. Hasta ahora mi tesis sigue inédita, pero lo mucho que aprendí, sentí y experimenté a través de ella orienta mi visión y mi quehacer.

La segunda acotación que quiero hacer es que mi lectura es o procura ser cultural y poética, antes que estética estrictamente. Esto quiere decir que intento vincular el texto a algunas coordenadas de contexto en cuya interacción surgiría su poética, aproximándome a algo que no es la forma, la materialidad o el sentido plasmado o percibido, ni tampoco su estructura, sino aquello que le otorga su estructura. Aquello que moviliza el acto creativo del sujeto y que sin embargo lo atraviesa y lo desborda. Por el mismo motivo, no es mi interés señalar o recalcar la calidad de la obra según criterios universales que me serían ajenos, sino más bien los efectos que ella produce en mí, asumiendo la cantidad infinita de conexiones que, desde los ejes que orientan y se activan en el curso de mi lectura, puedo establecer con su autoría. Aún así, este texto difiere de otros que he publicado en Escáner Cultural porque su cuota autobiográfica, subjetiva y performativa o de situación es menor en comparación a otras contribuciones, situación que intento remediar en estas líneas. Todo esto puede ser un ripio, pero es un ripio importante para mí.

Una versión online del poemario de Gladys Mendía puede descargarse aquí. Los dejo entonces con mi crítica rasta de este texto venezolano-chileno, cuya versión original de abril 2007 copié del blog de Sol Negro sin cambiarle una sola coma. Al igual que ocurre con mi tesis doctoral, no lo publiqué antes porque es parte de mi pensamiento más íntimo y que me da más pudor dar a conocer. Pero creo que a pesar de decirlo todo o casi y de la divulgación blogosferina siempre existe una zona inapresable en las personas dispuestas a desplazarse sin moverse de lugar o viceversa.

Santiago de Chile, 13 de junio de 2010

 

Crítica del poemario

 

para mí Valdivia es
una casa que se incendia y se apaga
una y otra vez sin motivo


Galo Ghigliotto. Valdivia. Santiago: Mantra, 2006

 

El tramo de carretera que corre entre Santiago y Valparaíso, en Chile, tiene bastante en común con El alcohol de los estados intermedios, de Gladys Mendía, pues en él hay un largo túnel situado entre nieve y mar. Me gusta pensar que tal vez fue allí, a medio camino de la cordillera y el océano, donde Gladys se inspiró para escribir su texto. No sólo porque ella sea venezolana y con eso se estaría arraigando en un país diverso, el mío, sino sobre todo porque ella hace de ese cruce su punto de partida, y de su viaje una estadía en aquel territorio que no es Venezuela, ni Chile, ni cualquier otro país de la región, sino su opaco entrecruzamiento.

Solemos pensar en los túneles como lugares de tránsito, pero en el texto de Gladys la transitoriedad tiende a la permanencia, de manera que lo importante en este viaje no es la partida, ni tampoco la llegada, sino lo que hay entre medio. Es allí, en este estado intermedio, donde todo comienza, sucede y se prolonga. Pero un túnel volumétricamente encauza una trayectoria lineal y asimismo este viaje, mucho más que nómada errancia, es vector difractado e inflado, inflamado en el espacio de una demora, un desvío, una cálida y brumosa ensoñación. A diferencia de otro túnel que conocemos bien, el de la solitaria travesía de Ernesto Sábato, no es la muerte lo que nos espera en su diferido extremo, sino la vibrante forma de una vida: una voz que no es negra no es india no es blanca, una voz que suena a algo que no sé algo que llegará a ser, presiente Gladys.

Por lo demás, en este túnel ella descubre, y nos enseña, que todo siempre ha estado unido. Vida y muerte también lo están y este pasadizo los conecta, pues son los matices de una misma flama donde nacer es enfermar y morir es renacer. Gastón Bachelard nos explica que, dentro de un espíritu poético que necesita "integrar las ambigüedades para permitirnos soñar", la metáfora del fuego es "el más dialectizado factor de imágenes". Alojado en el interior de la tierra, así como lo está en el túnel o la caverna de Gladys, el fuego nos llama a descender al infierno, aunque un infierno que tiene mucho de paradisíaco, pues es calor del seno materno, intimidad e interioridad. En sus Memorias del fuego Eduardo Galeano nos evoca el impulso que tenemos a prender hogueras y a crear a través de ellas. Gesto de amor, porque para encender el fuego se necesita un frotamiento y "es posible que en ese tierno trabajo, el hombre haya aprendido a cantar", observa Bachelard, así como Gladys encantadoramente nos dice que en el fuego está el ritmo pulso de tamborcillo crepuscular...

Sin embargo, en Gladys esta tibieza adquiere proporciones descomunales: desde el principio arde bajo la forma de un incendio. Bachelard no se detiene en esta figura del fuego total y devastador, sino que más bien se desliza desde el hogar al volcán, desde la domesticidad al cosmos. En cambio, es en el orden social y en la celebración del desorden donde arden las incendiarias palabras de Gladys, sus chispas feroces.

Primero con parpadeante temor, luego con alevosía ante las señales prohibitivas que van tapizando la carretera, más allá del ojo del túnel (RESPETE LAS SEÑALES - EVITE ACCIDENTES - MANTENGA LA DISTANCIA - BOSQUE NO PRENDA FUEGO), el fuego, "objeto de prohibición general", motiva en Gladys más que la "desobediencia adrede" percibida por Bachelard a propósito de Prometeo. La búsqueda de esta joven poeta no es simple ambición de saber, sino necesidad vital. Atravesado más bien por el complejo de Empédocles, su texto remite a lo "ultra-vivo": tentación de arrojarse a las llamas para "atropellar el tiempo" y empujar la existencia a su "más allá".

Sí, el claroscuro viaje de Gladys es la destrucción... la destrucción lenta de un orden psíquico y social mediante una clase particular de fuego: el fuego incendiario que todo lo amenaza y todo lo consume, para fertilizar el suelo y reconstruir sobre él otro sistema, un sistema donde sí haya voz, por eso en este incendio todo arde y se ve tan verde... Búsqueda colectiva, por lo demás, pues, dice Gladys,

en el código original los difuminados son los que se adaptan los que se asoman quedando en líneas borrosas al pasar saben que del metabolismo de todos los discursos se producirá la voz con mi nuestro alcohol con mi nuestra alteridad

Aunque se le tienda a personificar, el fuego no es un elemental como lo son la tierra, el aire o el agua, sino relación entre elementos: frotamiento intensificado y reacción de combustión, movimiento flamígero y no flogística condición. En Gladys es movimiento cultural y generacional de una voz colectiva que se prende, se alza y se propaga al frotarse con otras voces, tan difusas, borrosas, podridas y caídas como la suya. Este texto es discurso subterráqueo, fronterizo y liminal construido a partir de dicotomías para subvertirlas y así preservar la ambigüedad de la implicación entre objeto y sujeto, entre individuo y colectividad. Esto marca, sin embargo, un deslinde, pues Gladys localiza el dolor en la pureza y dirige sus chispas hacia la prohibición. El viaje transcurre en el túnel, pero este túnel siempre fue zona de pasaje y tiene en su extremo un ojo, un ojo que mira hacia adentro y sabe que no ve todo.

Tránsito y permanencia, apertura y demarcación, en su viaje iniciático Gladys también reconcilia los opuestos del fuego y el agua para fluir y calcinarse en el agua-que-arde o el agua de fuego. El alcohol acompaña la ensoñación poética y la alimenta, es el combustible y el resultado del estado intermedio donde se fragua la voz. Para Bachelard, el aguardiente está asociado a diferentes temperamentos poéticos, más cercano de la ígnea masculinidad de Hoffman o bien de la acuática feminidad de Poe. En esta latinoamericana poeta del siglo XXI, Gladys Mendía, la masculinidad del discurso incendiario en cada instante sondea, interroga e incorpora la femineidad del agua en su estado sólido, como nieve, o en estado líquido, como mar. Me encandila el relámpago que salta de la nieve, dice esta joven mujer, y yo lo digo con ella, porque todo su texto provoca en mí esta ensoñación.

Solíamos pensar en el paisaje como vestigio, huella o rastro de un orden natural o cultural perdido, pero idílico, que debía ser invocado mediante la voz poética. Sin embargo, el asfixiante paisaje esbozado por Gladys Mendía está plagado de modernidad. En este contexto, el viaje toma sentido no en función de un destino, como evasión hacia algún edenístico paraje, sino para descubrir, interrogar y enfrentar la ubicuidad de una cultura que anula la voz, de manera de rearticularlas a ambas a partir de esta conciencia. El alcohol de los estados intermedios, de Gladys Mendía, deja entrever las huellas impresas en la creación poética por la reorganización espacial del pensamiento que está teniendo lugar al iniciarse el siglo XXI. El viaje comenzó hace largo rato comenzó: bienvenidos a bordo.

Santiago de Chile, 27 de abril de 2007 

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