Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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blog de Carlos Yusti

 

 

Albert Camus, el filósofo transparente

Carlos Yusti

 

En el barrio de mis andanzas adolescentes mi amigo Juan Aponte  era un nietzscheano de piel oscura y racista. Por mi lado yo leía en si no a Jean Paul Sartre y a Albert Camus. Juan me decía que leyera filósofos de verdad y no propagandistas partidista con labia seudofilosófica. Como es lógico le hice poco caso a Juan, aunque también leí a Nietzsche y al final me atrapó Camus.

 

Carlos Yusti

Uno de mi libros predilectos, y que llevo siempre en mis mudanzas/andanzas domésticas, es el “Índice del Libros prohibidos”. El ejemplar que poseo está en latín y fue un obsequio de mi amigo y profesor de castellano y literatura Humberto Gonzáles. Lo tengo entre mis libros preferidos por la sencilla razón de ser una advertencia de la estupidez humana, de su razonamiento intolerante y de ese espíritu de censura que emana siempre de cualquier estamento de poder sea religioso o político.

 Esa idea de que algunos libros son peligrosos y pueden torcer la mente de los individuos siempre ha parecido un chiste pésimo, pero que algunos se toman con una irracional vehemencia provocando no sólo la quema de algunos libros, sino la persecución, el boicot (y a veces) el asesinato de los autores de ichos libros.

Hace algunos años en Alemania se desató la polémica debido a que una editorial había decidido reimprimir Mi lucha, ese exaltado manifiesto que mezcla resentimiento, algunas ideas y brochazos autobiográficos escrito por Adolf Hitler y que se encuentra prohibido en el país desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

No obstante el libro que inspiró de manera contundente al nazismo no ese, sino una obra clásica escrita por Tácito titulada «Sobre el origen y territorio de los germanos», conocido también como Germania. Con menos de treinta páginas el libro no es un tratado político, sino étnicogeográfico escrito a finales siglo I. Cornelio Tácito (Cornelius Tacitus) (c. 55–120) aparte de su cargos políticos fue un historiador.

Los nazis encontraron en la obra un respaldo a sus motivaciones y a esa creencia de la superioridad de la raza y al parecer fragmentos del texto fueron utilizados para avalar la leyes raciales y segregacionistas de Núrenberg. Himmler estaba subyugado con el escrito y  en 1943  comisionó una patrulla especial las SS para que se trasladaran hasta Italia y obtuvieran el más antiguo manuscrito que se conserva del libro de Tácito, el Codex Aesinas.

 

Sicosis para leer

ARTE, LADRILLO Y MERCADO

Carlos Yusti

   Un elefante en la India que pinta cuadros y los vende por miles de rupias es noticia que recorre el mundo. También lo es lo que hizo una señora, Cecilia Giménez, en un pueblo español al intentar restaurar un pequeño mural que representa el rostro espinado de cristo. Dicho Ecce Homo fue realizado por Elías García Martínez, artista valenciano del siglo XIX que fue profesor de la Escuela de Arte de Zaragoza. La señora ante el deterioro (y la desidia, tanto de la iglesia como de la municipalidad) quiso devolverle la belleza a ese rostro agitado de dolor y carcomido por el goteo implacable del tiempo. Buscó un pincel y algunos tubos de colores y se entregó a su faena de restauración. Al finalizar del rostro adolorido de Cristo sólo quedó una máscara del día de brujas un tanto pavorosa. Si se compara el Ecce homo de la doñita con las pinturas rupestres prehistóricas hay que convenir que nuestros antepasados Neardenthales, que pintaron esos hermosos Bisontes en algunas cavernas del mundo, eran unos artistas y que la querida señora que se improvisó como restauradora no lo es. No obstante la señora Giménez realizó su primera individual para sorpresas de quienes la criticaron a favor o en contra.

   Estas dos noticias tienen en común esa minimización que se hace del arte. Tanto los dueños del elefante pintor como la señora Giménez ven el arte como una actividad dominguera que cualquiera sin el más mínimo talento, o sin un poco destreza y escuela, pueden llevar a cabo. Esto puede servir para abrir la ventana del arte actual en la cual un hervidero de hombres y mujeres (que se hacen llamar artistas) han encontrado en el arte efímero, en el performance, en las instalaciones y en los ready-made (término que se podría traducir como arte encontrado, o mejor como objeto encontrado, en francés objet trouvé; en inglés, found art o ready-made), su trinchera ideal para canalizar su falta de talento, su impericia para el dibujo y la escultura tradicional; en suma para darle rienda a su falta de idoneidad artística y a su definitiva ignorancia plástica con ínfulas.

   Que algunos estafadores del arte coticen en altos precios sus obras no dice mucho de la calidad de su trabajo, o del alcance plástico de obras en las cuales priva más la improvisación y el afán de figurar. Estos creadores han encontrado en los mercachifles del arte a los voceros perfectos para que curadores, críticos y demás bicho de uña, que viven a expensas del arte, sustenten sus obras artísticas dudosas con una palabrería pomposa y una filosofía de quincallería corta y pega, que ni Paulo Coelho, ofreciendo argumentos para explicarla y convertirla en algo trascendente. Todo esto a la postre parece una charada bien orquestada como aquel primer ready-made de Duchamp (un urinario masculino) que envió como una burla grotesca a un reputado salón de arte.

Sicosis para leer

 




DEL LECTOR HEMBRA AL LECTOR EN RED

 

"Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas".

ALBERTO MANGUEL


Por Carlos Yusti

Hoy día ese asunto de los géneros (no los literarios, sino los bilógicos se entiende) se ha tornado un tema en alza en la cotidianidad más mundana. El Término “lector hembra”, acuñado por el escritor argentino Julio Cortázar, hizo su aparición cuando esta discusión de los géneros no se vislumbraba por ninguna parte.

Por supuesto eso de “lector hembra” tiene una connotación machista y Cortázar lo utilizó de manera despectiva/irónica para designarlo como contrafigura del lector ideal. Para el sempiterno autor de Rayuela, el lector-hembra es ese individuo que quiere todo resuelto y no complicarse mucho mientras se arrellana a gusto y seguro en su sillón ajeno al drama, que como una borrasca se desata en algunas novelas o en determinadas historias. El lector destacado es ese que se compromete, que se arriesga y deviene en un lector-cómplice que hace suya tanto el drama que se desarrolla en novela como esa odisea del escritor al momento de crear la historia y los personajes. Mucho tiempo después Roland Barthes en otro barrio escribía: “…el objetivo del trabajo literario (de la literatura como trabajo) es hacer que el lector no sea más un consumidor, sino el productor del texto”.

Cortázar que no se chupaba el dedo, a pesar de ese aspecto de niño gigante que tuvo, se enteró por sus lectores(as) su excesivo traspié: “Yo creo que Rayuela es un libro machista (…) Es el momento de hacer una verdadera autocrítica, porque cuando empecé a recibir una correspondencia muy nutrida con respecto a Rayuela descubrí que una gran mayoría de lectores eran mujeres, y eran mujeres que habían leído Rayuela con gran sentido crítico, atacándola o apoyándola o aprobándola pero de ninguna manera en una actitud pasiva, con una actitud de lector-hembra: es decir que eran lectoras que no tenían nada de hembras en el sentido peyorativo que el macho tradicional le da a la palabra hembra”.

 

Rayuela: Instrucciones para salir ileso

 

 

Todo lector de Rayuela percibe de inmediato el acaudalado bagaje de lecturas que forma el andamio intelectual con cuya ayuda Cortázar levanta su novela. Esas lecturas aparecen a lo largo del libro a veces como puntos de apoyo sobre los cuales hace palanca la obra, otras, simplemente como nervaduras invisibles o semivisibles que alimentan o sostienen sus páginas”.

Jaime Alazraki (Prólogo a Rayuela, reedición Biblioteca Ayacucho)

 

Carlos Yusti

En esa montaña rusa (que es la experiencia lectora/leída) con sus movimientos de serenidad y de vértigo hay libros ( y autores) que te persiguen toda la vida aunque uno no se encuentre huyendo de manera abierta y declarada; libros que forman parte de tu arsenal espiritual, de tu trinchera para resguardarte de la artillería sostenida de la deshumanización y la estupidez que a diario te bombardea.

Rayuela, esa novela que escribió Julio Cortázar como un exorcismo y un recorrido de iluminación zen (el título pensado por el escritor para la novela en principio fue Mandala), especie de viaje místico hacia ese abismo personal del ser. Dicho así la trama de una novela que es dosenuna parece simple, pero zambullirse en sus páginas y personajes, más que en una trama especifica en sí, puede resultar resbaladizo para no utilizar la palabra peligroso. Su lectura te dejas marcas y moretones, nadie sale indemne de su lectura.

En mi biblioteca hay varias versiones, desperdigadas aquí y allá como pétalos de una flor exótica y cambiante. La razones para esta obsesión rauyuelesca la ignoro, pero he logrado contabilizar alrededor de 15 ediciones en español de países distintos, y sin duda incluiré la última edición en homenaje a sus 50 años. Novela que no envejece y la cual en el momento de su publicación resultó experimental y un tanto vanguardista, pero hoy su propuesta de los dos novelas en una resulta una especie de fuego/juego de artificio con esa subrayada petulancia tan argentinosa.

Lo que importa de Rayuela no es tanto su estuche (o sus pretensiones de puzzle que buscar hacer participe al lector), sino esa forma especial con los cuales Cortázar amasó a sus personajes; personaje, que al igual que en esas grandes novelas etiquetas como clásica adquieren vida autónoma, relegando a su autor al papel de secretario de esas pasiones tan humanas que de alguna manera se traspapelan con las pasiones de los lectores. Personajes que son vitrinas, espejos y ventanos donde el lector se pierde de manera irremediable.


 

MADRES LITERARIAS
Como es lógico a la memoria de mi madre


Carlos Yusti


Madre hay una sola, pero madres literarias hay en cantidad y no tan santas e inmaculadas como nuestras madres reales. Las madres literarias suelen ser un tanto excesivas y esto quizá cautiva en muchos lectores.

La madre por antonomasia está en la novela La madre de Máximo Gorki. Cuando se milita en un partido, de lo que antaño se llamaba de izquierdas, no leer esa novela era casi una traición a los ideales del partido. La novela cuenta, a grandes rasgos, el nacimiento de conciencia revolucionario de Pelagia (conocida como la madre), cuyo hijo Pavel es dirigente de la fábrica donde trabaja. Hoy sin duda la novela tiene los aditamentos del maniqueísmo más burdo, pero leerla en plena efervescencia juvenil y contestataria produce un deslumbramiento como pocos.

Otra madre a tomar en cuenta es Úrsula Iguarán, la mítica matrona que con su esposo José Arcadio Buendía, funda el iluminado y mágico Macondo de García Márquez. En la novela cien años de soledad se le describe como; “Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca”.


El Boom de memoria

Carlos Yusti

   Uno como lector/escritor es producto más de los libros que recuerda que de los escritos. También el auténtico lector no es otra cosa que un reincidente y obstinado relector. Por eso a veces en esas relecturas los libros que guarda la memoria sufren reveses sustanciales. No obstante no creo que la culpa sea de un autor o un libro determinado. El libro que leímos en la niñez (o la adolescencia)  sigue intacto y en realidad el que ha cambiado es uno como lector y ser humano; uno ha perdido ese brillo de asombro en la mirada, ha extraviado ese espíritu de intrepidez que se traspapela con los personajes, en fin ha ido envejecido y el tiempo, que es como un viento imperceptible que todo lo desgasta, ha desdibujado esa dosis necesaria de inocencia para dejarse ganar por la ficción más disparatada, para dejarse llevar de la mano por una historia donde la imaginación hace todo posible, palpable y verificable.

   Cincuenta años del Boom literario. Se dice como si nada y entonces uno hojea en la memoria, o en ese cuaderno ajado del alma, y comprueba que los fragmentos y esquirlas de esa explosión lingüística e imaginativa de alguna manera nos ha causado heridas profundas y duraderas. Ya André Breton lo postuló con certera puntería: “Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.”

   La palabra Boom no significa nada, pero en las comiquitas dibujaba es el sonido de una explosión y eso ocurrió con mucha metáfora en la literatura latinoamericana.  La explosión se inició en los años 60, no obstante su onda expansiva me alcanzó cuando estudiaba bachillerato. La primera novela que leí a duras penas fue “Rayuela” de Julio Cortázar. No tenía la cultura suficiente para encarar un libro profundo, fastuoso y jodidamente bien escrito, sin mencionar su experimentalismo y su juego de espejos de dos libros en uno.


Escritor entrecomillas

Nabokov y el buen lector de novelas

Carlos Yusti

 

La travesía lectora varia de un lector a otro y en ella participan el azar (al leer un determinado libro y no otro) y ese falso provecho que algunos buscan sacarle a los libros ( hacerse de una cultura, mejorar un poco ese vocabulario barriobajero, investigar para la tesina de grado y demás idioteces por el estilo). Leer por el simple placer de hacerlo es una aventura de la cual rara vez se sale ileso.

El escritor ruso Vladimir Nabokov relata que en cierta universidad de provincia, donde impartía un “largo cursillo” sobre novelas clásicas, realizó una encuesta para definir lo que sería un buen lector. La encuesta contenía diez definiciones (por ejemplo: debe pertenecer a un club de lectura, debe identificarse con el héroe o la heroína, debe haber visto la novela en película, debe ser un autor embrionario, debe tener imaginación, etc.) y los alumnos debían seleccionar cuatro que combinadas proporcionaría lo que sería un buen lector. Cuenta que la mayoría de los estudiantes se inclinaron por la armazón emocional, la acción y el aspecto socioeconómico o histórico.  Nabokov concluía que un buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico.

En la adolescencia uno vive como en una especie de encrucijada vital, de zona muerta en la que hay un sin fin de personas tratando de planificar tus pasos en la vida. Seguir los preceptos de los padres (estudiar para hacerse de una carrera utilitaria como médico, abogado y tener una base para un futuro siempre borroso e incierto) o torcer ese camino prefijado y devenir en escarabajo, en ese sentido metafórico y artístico en lo que se convierte el personaje del relato la metamorfosis de ese manoseado cuento de Kafka. Un artista en cualquier familia siempre resulta un bicho extraño que es mejor que permanezca aislado en su cuarto.

Capote en su nicho de perfección

Carlos Yusti

Releyendo a Truman Capote estos días, con el regocijo de diciembre en los huesos, encuentro que la perfección literaria tiene un mecanismo de gran delicadeza y si se quiere un tanto insólito, especie de filigrana que muchas veces pasa inadvertida. La relectura del libro Música para camaleones me enfrenta de nuevo con el mejor Capote; creativo, audaz y que decide darle otra vuelta de tuerca a lo literario e intentar descubrir el latir de la realidad, o esa música inesperada que tiene la vida en sus distintos escenarios, registros y facetas.

El libro no es de cuentos, ni de crónicas, ni de entrevistas y mucho menos un guión de cine, pero Capote los mezcla con una maestría imperceptible, con una desenvuelta carga de inteligencia y humor para descubrirnos un universo cotidiano que entre sus pliegues esconde una excelente porción de ficción y que Capote deja al descubierto con sobrio y trabajado estilo.

Cuando Capote escribió el libro gran parte de su etapa como escritor estrella estaba quemada. Su adicción a las drogas y al alcohol habían desgastado su espíritu creativo y se sentía en una especie de foso, de recuento e introspección.

Carlos Yusti

Dibujo de Baudelaire

De joven uno era perseguido por esos fantasmas eternos de la poesía como Baudelaire, Lautremont, Verlaine y Rimbaud. Eran poetas, pero también eran personajes trágicos de ese gran teatro que era la poesía moderna. Uno quería vivir esa vida, deseaba estar al borde del abismo de los vicios y broncearse la piel con el sol nocturno de la melancolía. También uno anhelaba escribir poemas rotundos, sentar a la belleza en las rodillas y escupirla, sembrar un jardín con muchas flores malignas y ennegrecidas por el mal. Pero el genio y el talento para la poesía no se encuentran a la vuelta de la esquina ni en la barra del bar, ni en la nerviosidad nocturna y cortante de los suburbios. Muchos terminarán como borrachines sin obra, otros como poetas municipales y los más inconstantes acabaran quemando sus poemas y aceptando algún cargo burocrático en una dependencia del estado. Salvase de la poesía podría ser la consigna. Aunque Enrique Vilas-Mata asegura que lo dicho por Rimbaud “Hay que ser absolutamente moderno”, es la frase que ha dejado sus consecuencias irremediables, que ha marcado a tanto poeta mediocre que no cesan en su empeño de llegar a esos abismos baudelerianos a través del poema. 

Carlos Yusti

Un hombre ciego se despedía de su amigo, el cual le dio una lámpara. El ciego dijo:

- Yo no preciso de la lámpara, pues para mí no hay diferencia entre claridad u oscuridad.

–Cierto – dijo su amigo-, pero si no la llevas tal vez otras personas tropiecen contigo.

- De acuerdo – dijo el ciego. Tras caminar un rato en la oscuridad, el ciego tropezó con alguien.

- ¡Ahhhh! – gritó el ciego.

- ¡Ay! – gritó el otro

- ¿Es que no has visto la lámpara? – dijo enojado el ciego.

- ¡Amigo! Tu lámpara está apagada – dijo el otro.

(Cuento de la tradición Zen)

Siempre me sorprendió ( y al mismo tiempo me producía una extraña gracia nerviosa) que Jorge Luis Borges se desempeñara como un agrisado bibliotecario al tiempo que escribía sus decantadas ficciones, sus ensayos como finos mecanismos de relojería lectora y esos poemas pulimentados con la piedra pómez de lo erudito.

 VIAJE SENCILLO A LO COMPLICADO

 

Carlos Yusti

Un hombre ciego se despedía de su amigo, el cual le dio una lámpara. El ciego dijo:

- Yo no preciso de la lámpara, pues para mí no hay diferencia entre claridad u oscuridad.

–Cierto – dijo su amigo-, pero si no la llevas tal vez otras personas tropiecen contigo.

- De acuerdo – dijo el ciego. Tras caminar un rato en la oscuridad, el ciego tropezó con alguien.

- ¡Ahhhh! – gritó el ciego.

- ¡Ay! – gritó el otro

- ¿Es que no has visto la lámpara? – dijo enojado el ciego.

- ¡Amigo! Tu lámpara está apagada – dijo el otro.

(Cuento de la tradición Zen)

Siempre me sorprendió ( y al mismo tiempo me producía una extraña gracia nerviosa) que Jorge Luis Borges se desempeñara como un agrisado bibliotecario al tiempo que escribía sus decantadas ficciones, sus ensayos como finos mecanismos de relojería lectora y esos poemas pulimentados con la piedra pómez de lo erudito.

 

Dibujo de Carla Daniela (4 años)

AL BORDE DE LA DISPERSIÓN

 

Carlos Yusti

Como mi norte en la vida era no terminar nada, y tener muchas ocupaciones extrañas para desenredar el gran ovillo de la existencia, de joven comenzaba varios proyectos en simultáneo (participaba en un grupo de teatro juvenil, elaboraba caricaturas para una exposición, editaba con otro grupo de amigos una revista, etc.) con la firme intención de no concluirlos o dejarlos a madias. No lo hacía con premeditación y alevosía, sino que ya otros nuevos proyectos sobrevolaban en mi cabeza y debía acometerlos antes que se espantaran.

Un día decidí mandar al diablo todos los proyectos y conseguí trabajo con un turco que vendía electrodomésticos. Durante 4 años me aparté de todo en plan de convertirme en un espectador omnisciente. En esta etapa  descubrí a George Lichtenberg, personaje curioso de la filosofía que al morir dejó una serie de cuadernos con anotaciones breves y de una brillantez como de fogonazo. Lichtenberg tuvo la facultad de asumir varios proyectos a la vez sin terminar ninguno. Construía pararrayos, hacia cálculos de probabilidades lanzando por horas una moneda al aire, con su telescopio veía cada noche las estrellas y a su vecina que se prepara para dormir, llevaba un cuadro clínico de sus padecimientos reales e inventados y escribía de moda, ciencia y de cualquier tema que llamara su atención.  Su interés por las cuestiones del mundo fue variado y disperso lo cual lo convirtió en una mente prodigiosa en su tiempo y aunque nunca se movió de Gotinga los pensadores y autores más ilustres  de su época viajaban a esa ciudad de la baja Sajonia en Alemania con la sola intención de conocerlo.

Sicosis para Leer

FAULKNER, POR FAVOR

 

Carlos Yusti

El escritor que mitologizó el sur norteamericano sería una excelente calcomanía para William Faulkner. Es además uno de esos escritores que hay que leer de joven, tiempo en el cual ese deseo hormonal de encarar la literatura en mayúscula va unido a cierta irreverente fortaleza para leer y releer esos pasajes abstrusos y llenos de complejidades (u olvidos) gramaticales tan propios de su manera de narrar. No sin cierto desdén respingando  el crítico literario Edmund Wilson escribió que “…los pasajes ininteligibles por culpa de una profusión de pronombres, o que hay que releer por deficiencia de la puntuación, no son resultado de un esfuerzo por expresar lo inexpresable, sino los efectos de un gusto indolente y una labor negligente.”

Desde esa etapa de lecturas juveniles no he vuelto a leer a Faulkner, pero todavía me acompaña esa imagen (perteneciente a Luz de agosto) de aquella mujer sentada en mitad de un día caluroso, del polvo de una calle quemado por sol y de sus pensamientos bullendo en su cabeza como único patrimonio. Del resto de sus novelas están por allí en la estantería a la espera de una tan necesaria relectura.