Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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blog de Carlos Yusti

Carlos Yusti

 

La biblia que es de esos libros que uno lee a ratos, no tanto por urgencias espirituales sino más bien por culpa de aquella sentencia de Borges: “Somos producto de la Biblia y los cantos homéricos”. Bíblicamente hablando me inclino más por los proverbios que por los salmos. Mi amigo José Carlos De Nóbrega ha publicado un libro, “Salmos compulsivos”, ediciones Protagoni, c.a 2011. A decir verdad los textos del libro tienen más de compulsivos que de salmos.

Antes de conocerlo personalmente leí primero sus escritos publicados en periódicos y revistas en los que notaba cierto desdén inteligente (y razonado) por lo sagrado. Luego hemos coincidido con nuestros amigos en común (nada comunes por cierto) que de alguna manera crean invisibles redes, necesarios puntos de encuentros. Después hemos conversado y bebido lo necesario. En nuestras diálogos, nada platónicos,  pasamos revista a ese zoológico de escritores de la ciudad de Valencia en la que escasean eruditos, pero sobran agoreros con título universitario, escritores de cubículo universitario, poetas con agudos despechos nostálgicos por las musas, novelistas de entelarañadas pasiones con obra que nadie lee y demás bicho de uña con veleidades de escritores domingueros, todos buscando un espacio en un medio cultural que aburre y lastra cualquier iniciativa artística. No obstante De Nóbrega  ha tratado de salir del bostezo valenciano de la manera más elegante: escribiendo.


Dime cosas sucias al oído

 

Carlos Yusti

Cuando era un militante pagano de un grupo literario pensaba que un texto con algunas groserías era más efectivo que un texto bien peinado y cuidando en extremo el uso de las palabras. Aprendí tarde que esos primeros escritos eran efectistas, pero nada efectivos. Cuando de literatura se trata la misma va referida en la utilización del lenguaje en una situación especial donde privan inteligencia, sensibilidad y profuso conocimiento de las palabras y las reglas para ordenarlas con cierta estructura sintáctica.

Uno cree que la literatura, tanto leído como la que se intenta escribir, debe enderezar el árbol torcido en tu alma y sucede que a medida que una trajina la vida y otras literaturas se percata que el trabajo de escritura debe mejorarse a cada instante, que es necesario podar y pulir las frases hasta lograr algo estético. Mi amigo poeta (Francisco Arévalo) tiene la teoría de que aquellos sabelotodos que viven preocupados por escribir bien, que sudan con eso del perfeccionismo estilístico no publicarán jamás y en el peor de los casos tampoco escribirán. Si se quiere escribir hay que apañárselas como se pueda con las palabras y salir al ruedo.


Alatriste visto por Y

Carlos Yusti

El escritor mexicano Sealtiel Alatriste fue objeto de críticas feroces (y fundamentadas). El detonante de los ataques fue el premio Xavier Villaurrutia otorgado al escritor. La acusación principal de las agresiones fue plagio. El final tuvo como saldo que Alatriste renunciara al premio, a su alto cargo cultural en la UNAM y admitiera que plagió en más de 500 artículos publicados en diarios y revistas. Algo pirático tiene eso de plagiar: aventura, peligro para no ser descubierto y seguir en la piratería robando los botines literarios más variados.

En los casos de plagios intriga la respuesta de los descubiertos. En nuestro país los casos que mi memoria tiene a la mano son los de Rafael Bolívar Coronado que no plagiaba, pero se apropiaba del nombre de escritores reconocidos y firmaba con ellos sus textos (e incluso libros completos). De igual modo confeccionaba antologías de poetas hispanoamericanos inventado poemas (y hasta poetas en un alarde de creación de heterónimos que el mismo Pessoa hubiese envidiado). Coronado hizo todas sus trapacerías en primer lugar, según sus palabras, debido a que él no era nadie en República de las Letras y por la urgente necesidad de “sacarle la telaraña a las muelas”.

Lolitas encerradas en el espejo de la locura

Ilustración: Carlos Yusti

Carlos Yusti

El escritor Vladimir Nabokov inventó a Lolita o más bien escribió la historia que retrata las peripecias de una niña de 12 años con un señor mayor (llamado Humbert Humbert). Nabokov tenía sus dudas sobre la novela. En primer lugar era el tema algo escabroso para un escritor serio, luego estaba que la historia que era un soberano invento. Los hechos narrados pertenecían en exclusiva a las elucubraciones imaginativa del escritor, hasta los moteles de carretera donde pernoctan los protagonistas, en una huida insensata (de esos oscuros deseos es muy difícil escapar), son sólo postales fijas de la inventiva literaria.

Al final la arrojó al fuego y de allí la rescató la mujer del escritor. Cuando la novela se publicó el griterío de la censura y las amonestaciones de la moralidad pacata no se hicieron esperar. Pero eso es ya otra historia.

Lolitas encerradas en el espejo de la locura

Ilustración: Carlos Yusti

Carlos Yusti

El escritor Vladimir Nabokov inventó a Lolita o más bien escribió la historia que retrata las peripecias de una niña de 12 años con un señor mayor (llamado Humbert Humbert). Nabokov tenía sus dudas sobre la novela. En primer lugar era el tema algo escabroso para un escritor serio, luego estaba que la historia que era un soberano invento. Los hechos narrados pertenecían en exclusiva a las elucubraciones imaginativa del escritor, hasta los moteles de carretera donde pernoctan los protagonistas, en una huida insensata (de esos oscuros deseos es muy difícil escapar), son sólo postales fijas de la inventiva literaria.

Al final la arrojó al fuego y de allí la rescató la mujer del escritor. Cuando la novela se publicó el griterío de la censura y las amonestaciones de la moralidad pacata no se hicieron esperar. Pero eso es ya otra historia.

Clarice Lispector, escribir para fracasar

Con las escritoras sucede que un buen número no alcanzan un siete en la clasificación de belleza, pero a la hora de enfrentarse con las palabras se requiere tenacidad, lectura e inteligencia antes que una cara bonita o un cuerpo para certamen de  belleza.

La escritora brasileña, de origen ucraniano, Clarice Lispector siempre fracturó estos monolíticos parámetros machistas. Era en verdad bella y tenía una inteligencia creativa como pocas escritoras en Latinoamérica. Su talento era proporcional a su belleza, pero al mismo tiempo no estaba interesada en brillar como cuiama, o una viuda negra, de las letras. No tuvo interés en ser despiadada a fuerza de inteligencia y no quiso ser filosamente profunda al momento de emitir juicios en sus crónicas o en alguna entrevista. Asumió con desden frívolo y sarcástico esa actividad subalterna del oficio: entrevistas, congresos literarios, etc. Su fortaleza siempre estuvo a la hora de escribir. Ida Vitale anota: “Los perfiles literarios se prestan a la convencionalidad: tanto espacio, tal enfoque. Pero Clarice Lispector, inmune a la convención, la dinamita. En una entrevista de 1974 le preguntan de qué tiene miedo. ‘Creo que tengo miedo del futuro. Siempre he tenido miedo del futuro. Creo que voy a hacerme cortar el pelo, ¿qué le parece?’ ¿No es esto dinamitar no sólo una entrevista, sino la importancia que la fama le está otorgando?”.

Nanacinder: Escribir desde la locura

Carlos Yusti

Mi amigo Pedro Téllez fue quien me proporcionó noticias de una publicación que realizaban los pacientes del siquiátrico de Bárbula en Valencia. Para mi resultó un hallazgo sorprendente. En primer lugar la escritura tiene mucho de terapia y de locura combinadas. Concebir mundos, con personajes y situaciones determinadas, a través de la literatura tiene como es lógico un poco de esa locura con método de la que dio muestras ese sempiterno personaje de Shakespeare llamado Hamlet. En segundo lugar para acometer la escritura de cualquier texto se necesita cierta coherencia para ordenar los pensamientos y darle una equilibrada transparencia a las palabras en esas cuerda tensa de la página en blanco.

Ambroce Birce o el diablo lexicógrafo

Carlos Yusti

Enemigos y amigos le llamaban el amargoso o el agrio Birce, pero también le concedian cierta genialidad para urdir historias de horror e ironía. La vida de Ambroce Birce, escritor, periodista y humorista, fue la de un nómada buscapleitos, luego dicen que se esfumó tras las polvareda levantada por la revolución Mexicana. Carlos Fuentes en su novela “Gringo Viejo” hace un bosquejo mitad invención, mitad mito y mitad realidad de su odisea; incluso hay una película, dirigida por Luis Puenzo y protagonizada por el también legendario actor Gregory Peck.

Después de su libro “Cuentos de soldados y civiles” el “Diccionario del Diablo” es lo que se podría llamar una joya de humor filosófico, de ironía amarga sobre lo humano y lo divino desde ese estilo típico de los diccionarios y en los cuales las palabras adquieren sus significados respectivos. Lo que sucede con en este diccionario peculiar de Birce es que las palabras de siempre adquieren un significado otro; un significado creativo, lleno de humor y crítica inesperada. Para Birce las palabras son sólo una excusa para exponer desde lo risible el mundo un tanto deschavetado que nos ha tocado en lotería.  Birce como buen satírico exprime las palabras hasta sacarle ese jugo cítrico/crítico. Con este diccionario las palabras salen de su eufemismo hipócrita y nombran el mundo desde una autenticidad cáustica. Birce le devuelve a las palabras un nuevo significado, pero no a capricho, sino apegándose a ese desplazamiento del significado en la realidad de todos los días. Por ejemplo:

 Arado, s. Implemento que pide a gritos manos acostumbradas a la pluma.

“La carrera literaria más difícil es la de lector”.
Macedonio Fernández

Carlos Yusti

Existe un consenso mayoritario entre escritores que tiende a considerar el medio literario como mezquino y sembrado de iniquidad en pequeña escala, al punto tal que parece haber más caballerosidad en el mundillo de los tahúres y apostadores. Sin mencionar el rechazo al por mayor de que es objeto todo escritor primerizo. En el medio literario hay egos para todo y muchas veces el ego se traspapela con el divismo y las pequeñas miserias humanas se desatan. Pero obviando ese infierno de guardarropía que es el ambiente literario siempre me ha intrigado ese salto que muchos lectores anónimos realizan hacia la escritura. Que los motiva cruzar el espejo de tinta impresa para aventurarse por el mundo de la palabra escrita.

“A mí siempre me ha interesado la política como una metáfora ilusionada del país”. Elisa Lerner

Escribir es una cosa. Pero escribir con inteligencia, garbo y ese humor de exquisita simetría estética es más complicado. En las fotos que he visto de la escritora Elisa Lerner percibo todo eso del garbo, la inteligencia y el humor cuando de escribir se trata. También trato de fijarme en sus zapatos y luego descubro en mi biblioteca casi todos los libros que ha publicado.

Cuando uno empieza a escribir (y si uno es autodictada ajado/distraído como Columbo) necesita leer a los maestros del día para salir un poco del despiste y enterarse sobre eso que llaman escribir. Los ensayos, las crónicas e incluso las obras de teatro de Elisa Lerner fueron un descubrimiento/deslumbramiento. Para mi sus libros se han convertido en amuletos que es necesario llevar a todas partes. Leerla siempre ha sido una pasión un tanto dispersa y que hoy todavía dura.

Con Elisa Lerner la crónica y el ensayo recobraron cierto desden con glamour, en cuanto a estilo se entiende, cierta relajada metáfora donde el humor bien administrado colocaba todo en perspectiva. Ensayos y crónicas que eran opuestos a esa crónica y a ese ensayismo profesoral y de revista arbitrada ( arbitrada por el tedio digo yo). Los textos de Elisa Lerner poseen algo de instantánea fotográfica sobre ese mundo contradictorio, y a veces de un trágico risible, que gira a su alrededor. Ella vive el mundo como espectadora atenta y en sus textos diseca esos momentos grandiosos o intrascendentes como si fuesen insectos. Nada se le escapa y todo eso que es comidilla, rumor de oficina, hablilla de antesala le sirve como aderezo para condimentar su lucida y cortante escritura.

“No creo en términos de categorías. El arte es tal vez una actividad subversiva. Hay una sedición cuando eres un artista de corazón, aunque sólo sea en el arte de vivir”.

Philippe Petit

Carlos Yusti

En el Adriano de Margarite Youcernar hay una frase: “La vida me enseñó los libros”. Como cada día leo y vivo mucho más voy desentrañando la impecable verdad que encierra la frase.

Carlos Yusti

Acabo de adquirir una nueva edición del Ulises de James Joyce, tenía una (seguro está extraviada en mi biblioteca) que consta de dos tomos. Quien me acercó a esta novela fue el escritor Vladimir Nabokov. Lector puntilloso y al cual le gustaba hurgar en el cuatro de traste de los detalles de las novelas, “Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos”. Disfrutaba la literatura escudriñando sobre la forma que tenía el insecto en el cual se transformó el personaje de Kafka, que noveletas románticas hacían soñar a Madame Bovary y cuestiones por el estilo.

Nabokov veía las grandes obras de la literatura como obras de arte de la cuales no se sacaba nada útil sobre la vida, pero se podría aprender sobre la belleza de las palabras en la creación de un mundo especial. Para el autor de “Lolita” los verdaderos escritores comenzaban desde cero, para ellos no existían valores predeterminado y ellos lo iban creando a medida que escribían, el mundo real existía sólo como plataforma para el mundo creativo de la ficción literaria y por esa razón escribe: “El arte de escribir es actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el substrato potencial de la ficción”.

 

Los granos se unen a los granos, uno a uno, y un día, de pronto, forman un montón, un pequeño montón, el imposible montón”.

(Final de partida- Samuel Beckett )

 

A Samuel Beckett lo leía a través del prisma del teatro. De joven era asiduo a una escuela de teatro. Iba como es lógico por las actrices. Me apasionaba ese desdoblamiento que hacían en escena, como se convertían en otros mujeres, pero de algún modo eran las mismas. En silencio las veía cambiar de piel. Eran otras, pero siempre eran las mismas. Estas actrices amateurs me llevaron de la mano hacia Artaud y Beckett. En ambos el fracaso se tejió de manera diferente, pero de todos modos ambos quedaron atrapados: Artaud en la locura y Beckett en el silencio; ese silencio donde las palabras se desgatan, se empobrecen. No por casualidad está ese proverbio árabe "No abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir sea más bello que el silencio”.

Sicosis para Leer

Carlos Yusti

El músico norteamericano Jhon Cage tiene tres composiciones (4`33``, 0`,00`` y reunión) cuya base es el silencio. Cage lo explicó en una conversación con Daniel Charles: “La primera, 4'.'3.'3", es para uno o varios músicos que no producen sonidos. La segunda, 0'00", indica una obligación respecto de otro que debe ser cumplida, parcial o totalmente, por una sola persona. La tercera consiste en la reunión de varias personas que practican un juego -puede haber dos o más jugadores- en una situación que se amplifica. Cualquier juego -por ejemplo una partida de bridge, o de ajedrez- se convierte en una obra musical, que es esencialmente silenciosa.” 

Kazemir Malevich, un pintor ruso,  es el creador de un famoso cuadro "Cuadrado blanco sobre fondo blanco" (1918), en el que el blanco representa lo que el silencio para Cage. Este gesto creativo  de no-pintura, de no-música lleva tanto al creador como al escucha (o al espectador) a entrar en esa zona en la cual la creación artística intenta explorar todas las posibilidades del arte, busca abrir puertas inéditas para que el acto creativo se radicalice a tal punto que se convierta en su propia caricatura, en una burla consciente, premeditada y alevosa.

Las vanguardias artísticas en su cinco minutos de fama buscaron darle otra de vuelta de tuerca al arte convencional y así el cine, la pintura, la escultura y la literatura se convirtieron en objetos llevados al laboratorio de la experimentación. Algunos productos fueron realmente interesantes, otros se quedaron en un amago deleznable. Luego estas vanguardias pasaron a formar parte de la tradición artística y el ciclo se iniciaba otra vez. Los vanguardistas  desmontaron el arte más que visto, le hicieron morisquetas al arte clásico archivado en los museos y en la memoria estética como obras intocables. Sólo trataron de que el arte volviera a escandalizar, a causar angustia, a que hiciera sentir vivo al espectador tan difunto en la cotidianidad doméstica con horarios.

Carlos Yusti


Obra de Andy Warhol

"La gente que me conoce me llama Elizabeth. No me gusta Liz"

Elizabeth Taylor

Nunca pisó una academia de actuación o una escuela de teatro. Nació en Londres un 27 de febrero del año 1932. De padre Norteamericano regresaría a Estados Unidos. Se inició a los 10 años con una película más bien boba. Su segunda película con la Metro Goldwyn Mayer, "La cadena invisible" (1943), la convirtió en una niña prodigio de la actuación. Su coestrella fue la perra Lassie, que pasó mucho trabajo para robarle cámara a la niña que a todas luces era ya un pequeño monstruo en eso de actuar.

Participó en muchas películas, pero son contadas las que hoy son inigualables clásicos del cine y las cuales sacó (sin metáfora alguna) sus garras de actriz para la inmortalidad. Elizabeth Taylor labró su leyenda a fuerza de escupir sus demonios en actuaciones memorables, de saborear los hombres como una gata en celo, de engordar como una nevera, de ser amiga incondicional de Rock Hudson y Michael Jackson, de apoyar causas inesperadas y estar allí como no como una actriz del montón (o como una actriz-empresaria de Hollywood), sino como un mito nada potable, pero inolvidable.