Escáner Cultural

REVISTA VIRTUAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO Y NUEVAS TENDENCIAS

ISSN 0719-4757
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blog de Carlos Yusti

 

Rayuela: Instrucciones para salir ileso

 

 

Todo lector de Rayuela percibe de inmediato el acaudalado bagaje de lecturas que forma el andamio intelectual con cuya ayuda Cortázar levanta su novela. Esas lecturas aparecen a lo largo del libro a veces como puntos de apoyo sobre los cuales hace palanca la obra, otras, simplemente como nervaduras invisibles o semivisibles que alimentan o sostienen sus páginas”.

Jaime Alazraki (Prólogo a Rayuela, reedición Biblioteca Ayacucho)

 

Carlos Yusti

En esa montaña rusa (que es la experiencia lectora/leída) con sus movimientos de serenidad y de vértigo hay libros ( y autores) que te persiguen toda la vida aunque uno no se encuentre huyendo de manera abierta y declarada; libros que forman parte de tu arsenal espiritual, de tu trinchera para resguardarte de la artillería sostenida de la deshumanización y la estupidez que a diario te bombardea.

Rayuela, esa novela que escribió Julio Cortázar como un exorcismo y un recorrido de iluminación zen (el título pensado por el escritor para la novela en principio fue Mandala), especie de viaje místico hacia ese abismo personal del ser. Dicho así la trama de una novela que es dosenuna parece simple, pero zambullirse en sus páginas y personajes, más que en una trama especifica en sí, puede resultar resbaladizo para no utilizar la palabra peligroso. Su lectura te dejas marcas y moretones, nadie sale indemne de su lectura.

En mi biblioteca hay varias versiones, desperdigadas aquí y allá como pétalos de una flor exótica y cambiante. La razones para esta obsesión rauyuelesca la ignoro, pero he logrado contabilizar alrededor de 15 ediciones en español de países distintos, y sin duda incluiré la última edición en homenaje a sus 50 años. Novela que no envejece y la cual en el momento de su publicación resultó experimental y un tanto vanguardista, pero hoy su propuesta de los dos novelas en una resulta una especie de fuego/juego de artificio con esa subrayada petulancia tan argentinosa.

Lo que importa de Rayuela no es tanto su estuche (o sus pretensiones de puzzle que buscar hacer participe al lector), sino esa forma especial con los cuales Cortázar amasó a sus personajes; personaje, que al igual que en esas grandes novelas etiquetas como clásica adquieren vida autónoma, relegando a su autor al papel de secretario de esas pasiones tan humanas que de alguna manera se traspapelan con las pasiones de los lectores. Personajes que son vitrinas, espejos y ventanos donde el lector se pierde de manera irremediable.


 

MADRES LITERARIAS
Como es lógico a la memoria de mi madre


Carlos Yusti


Madre hay una sola, pero madres literarias hay en cantidad y no tan santas e inmaculadas como nuestras madres reales. Las madres literarias suelen ser un tanto excesivas y esto quizá cautiva en muchos lectores.

La madre por antonomasia está en la novela La madre de Máximo Gorki. Cuando se milita en un partido, de lo que antaño se llamaba de izquierdas, no leer esa novela era casi una traición a los ideales del partido. La novela cuenta, a grandes rasgos, el nacimiento de conciencia revolucionario de Pelagia (conocida como la madre), cuyo hijo Pavel es dirigente de la fábrica donde trabaja. Hoy sin duda la novela tiene los aditamentos del maniqueísmo más burdo, pero leerla en plena efervescencia juvenil y contestataria produce un deslumbramiento como pocos.

Otra madre a tomar en cuenta es Úrsula Iguarán, la mítica matrona que con su esposo José Arcadio Buendía, funda el iluminado y mágico Macondo de García Márquez. En la novela cien años de soledad se le describe como; “Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca”.


El Boom de memoria

Carlos Yusti

   Uno como lector/escritor es producto más de los libros que recuerda que de los escritos. También el auténtico lector no es otra cosa que un reincidente y obstinado relector. Por eso a veces en esas relecturas los libros que guarda la memoria sufren reveses sustanciales. No obstante no creo que la culpa sea de un autor o un libro determinado. El libro que leímos en la niñez (o la adolescencia)  sigue intacto y en realidad el que ha cambiado es uno como lector y ser humano; uno ha perdido ese brillo de asombro en la mirada, ha extraviado ese espíritu de intrepidez que se traspapela con los personajes, en fin ha ido envejecido y el tiempo, que es como un viento imperceptible que todo lo desgasta, ha desdibujado esa dosis necesaria de inocencia para dejarse ganar por la ficción más disparatada, para dejarse llevar de la mano por una historia donde la imaginación hace todo posible, palpable y verificable.

   Cincuenta años del Boom literario. Se dice como si nada y entonces uno hojea en la memoria, o en ese cuaderno ajado del alma, y comprueba que los fragmentos y esquirlas de esa explosión lingüística e imaginativa de alguna manera nos ha causado heridas profundas y duraderas. Ya André Breton lo postuló con certera puntería: “Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.”

   La palabra Boom no significa nada, pero en las comiquitas dibujaba es el sonido de una explosión y eso ocurrió con mucha metáfora en la literatura latinoamericana.  La explosión se inició en los años 60, no obstante su onda expansiva me alcanzó cuando estudiaba bachillerato. La primera novela que leí a duras penas fue “Rayuela” de Julio Cortázar. No tenía la cultura suficiente para encarar un libro profundo, fastuoso y jodidamente bien escrito, sin mencionar su experimentalismo y su juego de espejos de dos libros en uno.


Escritor entrecomillas

Nabokov y el buen lector de novelas

Carlos Yusti

 

La travesía lectora varia de un lector a otro y en ella participan el azar (al leer un determinado libro y no otro) y ese falso provecho que algunos buscan sacarle a los libros ( hacerse de una cultura, mejorar un poco ese vocabulario barriobajero, investigar para la tesina de grado y demás idioteces por el estilo). Leer por el simple placer de hacerlo es una aventura de la cual rara vez se sale ileso.

El escritor ruso Vladimir Nabokov relata que en cierta universidad de provincia, donde impartía un “largo cursillo” sobre novelas clásicas, realizó una encuesta para definir lo que sería un buen lector. La encuesta contenía diez definiciones (por ejemplo: debe pertenecer a un club de lectura, debe identificarse con el héroe o la heroína, debe haber visto la novela en película, debe ser un autor embrionario, debe tener imaginación, etc.) y los alumnos debían seleccionar cuatro que combinadas proporcionaría lo que sería un buen lector. Cuenta que la mayoría de los estudiantes se inclinaron por la armazón emocional, la acción y el aspecto socioeconómico o histórico.  Nabokov concluía que un buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico.

En la adolescencia uno vive como en una especie de encrucijada vital, de zona muerta en la que hay un sin fin de personas tratando de planificar tus pasos en la vida. Seguir los preceptos de los padres (estudiar para hacerse de una carrera utilitaria como médico, abogado y tener una base para un futuro siempre borroso e incierto) o torcer ese camino prefijado y devenir en escarabajo, en ese sentido metafórico y artístico en lo que se convierte el personaje del relato la metamorfosis de ese manoseado cuento de Kafka. Un artista en cualquier familia siempre resulta un bicho extraño que es mejor que permanezca aislado en su cuarto.

Capote en su nicho de perfección

Carlos Yusti

Releyendo a Truman Capote estos días, con el regocijo de diciembre en los huesos, encuentro que la perfección literaria tiene un mecanismo de gran delicadeza y si se quiere un tanto insólito, especie de filigrana que muchas veces pasa inadvertida. La relectura del libro Música para camaleones me enfrenta de nuevo con el mejor Capote; creativo, audaz y que decide darle otra vuelta de tuerca a lo literario e intentar descubrir el latir de la realidad, o esa música inesperada que tiene la vida en sus distintos escenarios, registros y facetas.

El libro no es de cuentos, ni de crónicas, ni de entrevistas y mucho menos un guión de cine, pero Capote los mezcla con una maestría imperceptible, con una desenvuelta carga de inteligencia y humor para descubrirnos un universo cotidiano que entre sus pliegues esconde una excelente porción de ficción y que Capote deja al descubierto con sobrio y trabajado estilo.

Cuando Capote escribió el libro gran parte de su etapa como escritor estrella estaba quemada. Su adicción a las drogas y al alcohol habían desgastado su espíritu creativo y se sentía en una especie de foso, de recuento e introspección.

Carlos Yusti

Dibujo de Baudelaire

De joven uno era perseguido por esos fantasmas eternos de la poesía como Baudelaire, Lautremont, Verlaine y Rimbaud. Eran poetas, pero también eran personajes trágicos de ese gran teatro que era la poesía moderna. Uno quería vivir esa vida, deseaba estar al borde del abismo de los vicios y broncearse la piel con el sol nocturno de la melancolía. También uno anhelaba escribir poemas rotundos, sentar a la belleza en las rodillas y escupirla, sembrar un jardín con muchas flores malignas y ennegrecidas por el mal. Pero el genio y el talento para la poesía no se encuentran a la vuelta de la esquina ni en la barra del bar, ni en la nerviosidad nocturna y cortante de los suburbios. Muchos terminarán como borrachines sin obra, otros como poetas municipales y los más inconstantes acabaran quemando sus poemas y aceptando algún cargo burocrático en una dependencia del estado. Salvase de la poesía podría ser la consigna. Aunque Enrique Vilas-Mata asegura que lo dicho por Rimbaud “Hay que ser absolutamente moderno”, es la frase que ha dejado sus consecuencias irremediables, que ha marcado a tanto poeta mediocre que no cesan en su empeño de llegar a esos abismos baudelerianos a través del poema. 

Carlos Yusti

Un hombre ciego se despedía de su amigo, el cual le dio una lámpara. El ciego dijo:

- Yo no preciso de la lámpara, pues para mí no hay diferencia entre claridad u oscuridad.

–Cierto – dijo su amigo-, pero si no la llevas tal vez otras personas tropiecen contigo.

- De acuerdo – dijo el ciego. Tras caminar un rato en la oscuridad, el ciego tropezó con alguien.

- ¡Ahhhh! – gritó el ciego.

- ¡Ay! – gritó el otro

- ¿Es que no has visto la lámpara? – dijo enojado el ciego.

- ¡Amigo! Tu lámpara está apagada – dijo el otro.

(Cuento de la tradición Zen)

Siempre me sorprendió ( y al mismo tiempo me producía una extraña gracia nerviosa) que Jorge Luis Borges se desempeñara como un agrisado bibliotecario al tiempo que escribía sus decantadas ficciones, sus ensayos como finos mecanismos de relojería lectora y esos poemas pulimentados con la piedra pómez de lo erudito.

 VIAJE SENCILLO A LO COMPLICADO

 

Carlos Yusti

Un hombre ciego se despedía de su amigo, el cual le dio una lámpara. El ciego dijo:

- Yo no preciso de la lámpara, pues para mí no hay diferencia entre claridad u oscuridad.

–Cierto – dijo su amigo-, pero si no la llevas tal vez otras personas tropiecen contigo.

- De acuerdo – dijo el ciego. Tras caminar un rato en la oscuridad, el ciego tropezó con alguien.

- ¡Ahhhh! – gritó el ciego.

- ¡Ay! – gritó el otro

- ¿Es que no has visto la lámpara? – dijo enojado el ciego.

- ¡Amigo! Tu lámpara está apagada – dijo el otro.

(Cuento de la tradición Zen)

Siempre me sorprendió ( y al mismo tiempo me producía una extraña gracia nerviosa) que Jorge Luis Borges se desempeñara como un agrisado bibliotecario al tiempo que escribía sus decantadas ficciones, sus ensayos como finos mecanismos de relojería lectora y esos poemas pulimentados con la piedra pómez de lo erudito.

 

Dibujo de Carla Daniela (4 años)

AL BORDE DE LA DISPERSIÓN

 

Carlos Yusti

Como mi norte en la vida era no terminar nada, y tener muchas ocupaciones extrañas para desenredar el gran ovillo de la existencia, de joven comenzaba varios proyectos en simultáneo (participaba en un grupo de teatro juvenil, elaboraba caricaturas para una exposición, editaba con otro grupo de amigos una revista, etc.) con la firme intención de no concluirlos o dejarlos a madias. No lo hacía con premeditación y alevosía, sino que ya otros nuevos proyectos sobrevolaban en mi cabeza y debía acometerlos antes que se espantaran.

Un día decidí mandar al diablo todos los proyectos y conseguí trabajo con un turco que vendía electrodomésticos. Durante 4 años me aparté de todo en plan de convertirme en un espectador omnisciente. En esta etapa  descubrí a George Lichtenberg, personaje curioso de la filosofía que al morir dejó una serie de cuadernos con anotaciones breves y de una brillantez como de fogonazo. Lichtenberg tuvo la facultad de asumir varios proyectos a la vez sin terminar ninguno. Construía pararrayos, hacia cálculos de probabilidades lanzando por horas una moneda al aire, con su telescopio veía cada noche las estrellas y a su vecina que se prepara para dormir, llevaba un cuadro clínico de sus padecimientos reales e inventados y escribía de moda, ciencia y de cualquier tema que llamara su atención.  Su interés por las cuestiones del mundo fue variado y disperso lo cual lo convirtió en una mente prodigiosa en su tiempo y aunque nunca se movió de Gotinga los pensadores y autores más ilustres  de su época viajaban a esa ciudad de la baja Sajonia en Alemania con la sola intención de conocerlo.

Sicosis para Leer

FAULKNER, POR FAVOR

 

Carlos Yusti

El escritor que mitologizó el sur norteamericano sería una excelente calcomanía para William Faulkner. Es además uno de esos escritores que hay que leer de joven, tiempo en el cual ese deseo hormonal de encarar la literatura en mayúscula va unido a cierta irreverente fortaleza para leer y releer esos pasajes abstrusos y llenos de complejidades (u olvidos) gramaticales tan propios de su manera de narrar. No sin cierto desdén respingando  el crítico literario Edmund Wilson escribió que “…los pasajes ininteligibles por culpa de una profusión de pronombres, o que hay que releer por deficiencia de la puntuación, no son resultado de un esfuerzo por expresar lo inexpresable, sino los efectos de un gusto indolente y una labor negligente.”

Desde esa etapa de lecturas juveniles no he vuelto a leer a Faulkner, pero todavía me acompaña esa imagen (perteneciente a Luz de agosto) de aquella mujer sentada en mitad de un día caluroso, del polvo de una calle quemado por sol y de sus pensamientos bullendo en su cabeza como único patrimonio. Del resto de sus novelas están por allí en la estantería a la espera de una tan necesaria relectura.

Vuelo sin motor

 

Carlos Yusti

Aunque parezca anómalo la escritura es una actividad en solitario, pero la vida del escritor es todo lo contrario y allí están esos versos de Alberto Caeiro: No tengo ambiciones ni deseos. /Ser poeta no es una ambición mía./ Es mi manera de estar solo.

Al parecer se equivocaba Fernando Pessoa, a través de la voz de su heterónimo Caeiro, ser poeta es estar solo en la multitud, cuestión que aplica para los escritores en general.

Voltaire escribió que lo más funesto de la profesión de escritor era la inquina y envidia de los otros escritores, sin mencionar a los necios que mezclan espíritu de venganza y fanatismo para hacerle la vida a cualquier escritor un infierno portátil que le acompañará hasta la tumba.

Mi ideal de escritor era ser carcomido por el insomnio y el hambre que encerrado en su desaliñada buhardilla, y de espaldas al mundo, se enfrascaba a su tarea de escritura sin impórtale que su gran obra se publicara. Pero esta idealización romántica del escritor escondido en su torre de marfil jamás tuvo adeptos entusiastas entre mis amigos de farra y bohemia literaria. Para ellos el escritor ideal era ese que se inmiscuía en los vaivenes sociales y era un militante fervoroso por la redención de los pueblos sojuzgados.

Por un tiempo estuvo bien visto que escritores y poetas nadaran a contracorriente, que fueran el tóxico idóneo para espantar las moscas de la rutina y el bostezo social. Nunca declarados abiertamente de izquierdas, pero cuya actitud de desaliño y desplanche contracultural los ubicaba en esa orilla de intelectual progre. Esto les permitió darle mucha plusvalía curricular a su estado incivil y entrar por la puerta de servicio a las instituciones (burguesas) culturales que despreciaban, pero las cuales les permitiría subir un nuevo peldaño social y retomar su obra con más fiambre contestario.

Carlos Yusti

 

La biblia que es de esos libros que uno lee a ratos, no tanto por urgencias espirituales sino más bien por culpa de aquella sentencia de Borges: “Somos producto de la Biblia y los cantos homéricos”. Bíblicamente hablando me inclino más por los proverbios que por los salmos. Mi amigo José Carlos De Nóbrega ha publicado un libro, “Salmos compulsivos”, ediciones Protagoni, c.a 2011. A decir verdad los textos del libro tienen más de compulsivos que de salmos.

Antes de conocerlo personalmente leí primero sus escritos publicados en periódicos y revistas en los que notaba cierto desdén inteligente (y razonado) por lo sagrado. Luego hemos coincidido con nuestros amigos en común (nada comunes por cierto) que de alguna manera crean invisibles redes, necesarios puntos de encuentros. Después hemos conversado y bebido lo necesario. En nuestras diálogos, nada platónicos,  pasamos revista a ese zoológico de escritores de la ciudad de Valencia en la que escasean eruditos, pero sobran agoreros con título universitario, escritores de cubículo universitario, poetas con agudos despechos nostálgicos por las musas, novelistas de entelarañadas pasiones con obra que nadie lee y demás bicho de uña con veleidades de escritores domingueros, todos buscando un espacio en un medio cultural que aburre y lastra cualquier iniciativa artística. No obstante De Nóbrega  ha tratado de salir del bostezo valenciano de la manera más elegante: escribiendo.


Dime cosas sucias al oído

 

Carlos Yusti

Cuando era un militante pagano de un grupo literario pensaba que un texto con algunas groserías era más efectivo que un texto bien peinado y cuidando en extremo el uso de las palabras. Aprendí tarde que esos primeros escritos eran efectistas, pero nada efectivos. Cuando de literatura se trata la misma va referida en la utilización del lenguaje en una situación especial donde privan inteligencia, sensibilidad y profuso conocimiento de las palabras y las reglas para ordenarlas con cierta estructura sintáctica.

Uno cree que la literatura, tanto leído como la que se intenta escribir, debe enderezar el árbol torcido en tu alma y sucede que a medida que una trajina la vida y otras literaturas se percata que el trabajo de escritura debe mejorarse a cada instante, que es necesario podar y pulir las frases hasta lograr algo estético. Mi amigo poeta (Francisco Arévalo) tiene la teoría de que aquellos sabelotodos que viven preocupados por escribir bien, que sudan con eso del perfeccionismo estilístico no publicarán jamás y en el peor de los casos tampoco escribirán. Si se quiere escribir hay que apañárselas como se pueda con las palabras y salir al ruedo.


Alatriste visto por Y

Carlos Yusti

El escritor mexicano Sealtiel Alatriste fue objeto de críticas feroces (y fundamentadas). El detonante de los ataques fue el premio Xavier Villaurrutia otorgado al escritor. La acusación principal de las agresiones fue plagio. El final tuvo como saldo que Alatriste renunciara al premio, a su alto cargo cultural en la UNAM y admitiera que plagió en más de 500 artículos publicados en diarios y revistas. Algo pirático tiene eso de plagiar: aventura, peligro para no ser descubierto y seguir en la piratería robando los botines literarios más variados.

En los casos de plagios intriga la respuesta de los descubiertos. En nuestro país los casos que mi memoria tiene a la mano son los de Rafael Bolívar Coronado que no plagiaba, pero se apropiaba del nombre de escritores reconocidos y firmaba con ellos sus textos (e incluso libros completos). De igual modo confeccionaba antologías de poetas hispanoamericanos inventado poemas (y hasta poetas en un alarde de creación de heterónimos que el mismo Pessoa hubiese envidiado). Coronado hizo todas sus trapacerías en primer lugar, según sus palabras, debido a que él no era nadie en República de las Letras y por la urgente necesidad de “sacarle la telaraña a las muelas”.